Capítulo 51 #2
Me levanté un poco y colé la mano entre los dos para posicionarlo en mi entrada.
Nuestras miradas se encontraron en el instante en el que empecé a descender; su envergadura hacía que se me entrecortara la respiración mientras me acostumbraba.
El dolor y el placer eran exquisitos. Aether exhaló con brusquedad; parecía como si tuviera que contenerse.
Como si estuviera dejándome a mí controlar el descenso hasta que su polla estuvo del todo enterrada en mi interior.
—Estás temblando —susurró.
—Igual que tú —logré decir con la voz débil.
Deslizó las manos hacia arriba por mi espalda, atrayéndome más hasta que no hubo ni un ápice de espacio entre nosotros.
—Treinta años —gruñó—. Treinta años sin sentir nada, y ahora… —Sus palabras se desvanecieron en un gemido cuando me moví contra él—. Me estás matando.
Presioné la frente contra la suya; nuestras respiraciones se entremezclaban.
—Bien.
Sin embargo, yo ya estaba viendo las estrellas. Mi cuerpo se movía solo, mis caderas se balancearon despacio antes de volver a hundirse.
Aether echó la cabeza hacia atrás contra el sillón; parecía estar con la mirada perdida, pero nunca apartó los ojos de los míos. Tenía el labio inferior carnoso entre los dientes, y casi sangró con el siguiente movimiento de mis caderas.
Me incliné hacia abajo con ganas de morderle el labio yo misma.
Besé el borde de su boca y él vino al encuentro de mis labios sin apenas contención.
Pasé la lengua por el corte que se había hecho, chu pándolo un poco, mientras mis caderas continuaban moviéndose a un ritmo pausado, aumentando el placer con cada movimiento.
Sabía que la velocidad a la que lo estaba tomando era peligrosa.
No obstante, había algo en cada momento prolongado, en sentir cada centímetro de él a este ritmo devastador, que era como saborear el más mortífero de los vinos, sabiendo que podría matarte, aunque deseándolo de todos modos.
Y una lenta caída libre hacia la muerte era justo lo que yo quería con él.
Cada movimiento me provocó oleadas de placer. Sus manos parecían estar en todas partes a la vez: en mi cabello, en mis pechos, agarrándome de los muslos. Como si no tuviera suficiente, como si quisiera memorizar cada centímetro de mí.
—Mírame —me ordenó con voz ronca por la necesidad. Cuando lo hice, vi que tenía los ojos dorados como oro líquido—. Necesito verte.
Y, en un instante, tiró de mí hacia abajo una y otra y otra vez. Tanto que no sabría afirmar dónde acababa yo y dónde empezaba él; la sensación de notarlo por completo, total e inimaginablemente dentro de mí estuvo a punto de llevarme al límite.
Recliné la cabeza hacia atrás, exponiendo cada delicada parte de mí.
Quería poner los ojos en blanco, que se fundieran en este momento perfecto, grabar para siempre esta sensación en mi mente, en mi cuerpo.
Pero, a medida que Aether embestía y se hundía de nuevo, liberándome de la presión más divina, me encontré de pronto viva otra vez; giré la cabeza hacia él, la desesperación de mi mirada rivalizaba con la suya, y mis labios acudieron al encuentro de los suyos.
—Te estás conteniendo —jadeé contra su boca.
Él me apretó con fuerza las caderas.
—Porque si no… —dijo con voz tensa.
—¿Qué? —lo desafié, haciendo rodar las caderas más despacio y sonsacándole un gemido de lo más profundo del pecho.
Y, en un segundo, estaba en todas partes, llenándome de nuevo, embistiéndome con una fuerza que parecía perturbar los delicados cimientos del sillón que teníamos debajo, cuyo crujido reverberaba por la habitación.
—Ten cuidado —gimoteé—. Estas paredes son de papel de fumar.
Su expresión me dijo todo lo que no me podía decir con palabras cuando se volvió a hundir en mí; un grito se me escapaba de los labios en el preciso instante en el que llevó la mano a mi boca para contener el sonido que brotaba de mi garganta.
Probé su piel, la salada y ahumada delicadeza de sus dedos.
—¿Quieres que todo el mundo escuche lo que me haces? —susurró contra mi oído.
Le mordí los dedos en respuesta, y todo su cuerpo se estremeció. El sillón protestó bajo nuestro peso conforme los movimientos se volvían más primitivos. Y quise más.
«Más».
Arqueé la espalda en consecuencia, volviendo a caer con fuerza sobre él mientras Aether acometía de nuevo y nuestros cuerpos colisionaban en una tormenta furiosa.
El sillón bajo nosotros chirrió otra vez; la madera crujía a cada movimiento.
Él clavó los ojos en los míos, con el peligro brillando en sus doradas profundidades.
Retiró la mano de mi boca, volvió a agarrarme el muslo con ella y, sin previo aviso, se levantó; el movimiento repentino me hizo jadear.
Durante un momento, permanecimos suspendidos, con mis piernas envueltas alrededor de su cintura y con sus manos sujetándome mientras tensaba los músculos.
Entonces, dio tres pasos comedidos, cada uno deliberado, haciendo que sintiera cada movimiento de su cuerpo contra el mío.
Cuando al final toqué la pared fría con la espalda, me arqueé alejándome por instinto, presionándome más cerca del ardiente calor de él.
Retiró una de las manos de mi muslo para taparme la boca otra vez cuando un chillido amenazó con escapárseme en el instante en el que se enterró tan adentro de mí que creí que igual me perdía a mí misma.
Aguantó todo mi peso con la otra mano, manteniéndo me sujeta contra la pared.
La postura me dejaba completamente a su merced, atrapada entre el frío glacial de la piedra y el olvido que me prometían sus ojos.
—¿Mejor? —gruñó. Sentí la palabra como una caricia sobre mi piel, provocándome un escalofrío.
Cuando asentí, apartó despacio la mano de mi boca y la sustituyó con sus labios para darme un beso que era todo dientes y desesperación—.
¿Crees que pue des estar callada tú sola?
—susurró tras apartarse, y no había nada de inocente en la sonrisa que le adornaba los labios.
—Seguramente no —admití, jadeando.
—Bien, porque quiero oír cómo gritas mi nombre.
Y, a continuación, empezó a llenarme una y otra vez; cada embestida más fuerte que la anterior.
Su nombre abandonó mis labios con facilidad. Un ruego para que me diera más. Estaba convencida de que jamás tendría suficiente.
Una gota de sudor le bajó por la sien cuando se le tensaron los músculos. Se desató una maraña de inquietante anhelo en mi interior al verlo a él, a este guerrero salvaje con los ojos prácticamente negros de deseo.
Apreté las piernas en torno a sus caderas y todo mi cuerpo se tensó.
—Aether, me…
Apenas podía pronunciar las palabras, pero él parecía saber que yo estaba llegando a la cima, pues mi interior lo apretaba con fuerza.
Eso no hizo que aminorara el implacable ritmo, y me desmoroné a su alrededor, mis sombras llenando la habitación un segundo antes de volver a nuestros cuerpos; el éxtasis casi fue cegador.
No me concedió un momento para recuperar el aliento; su rit mo me condujo a través de un orgasmo estremecedor mientras otro ya comenzaba a formarse.
—No tienes ni idea de lo que me provoca eso —dijo contra mi garganta, arañándome la piel sensible con su barba incipiente—. Ver cómo te deshaces.
Sus sombras nos rodearon con más fuerza mientras la respiración se le volvía irregular contra mi cuello. Dobló el brazo que soportaba mi peso para ajustar el agarre y embestir más profundo. El movimiento hizo que se me pusiera la mente en blanco y se me fuera la cabeza hacia atrás contra la piedra.
—Aún no —gruñó con voz ronca y contenida—. No he acabado contigo.
Pese al temblor de sus músculos, pese al deseo que crecía en su interior, mantuvo ese ritmo devastador.
Cada acometida estaba calculada a la perfección para conducirme más alto, para empujarme de nuevo a esa cima.
Su autocontrol era enloquecedor; incluso ahora, completamente deshecho, no iba a dejarse llevar hasta que antes me hubiera exprimido hasta la última gota de placer.