Capítulo 51
A ether estaba plantado junto a la ventana como una estatua, contemplando la oscuridad que había al otro lado.
Encontré una puerta pequeña en un rincón de la habitación y eché un vistazo: el baño, si es que se podía llamar así.
Alguien había convertido un viejo barril en una bañera improvisada junto a la que descansaba un cubo de agua todavía caliente por la chimenea. Perfecto.
Como Aether había estado tan distante desde que nos habíamos ido del cuartel, me parecía estupendo tener un momento a solas.
El agua caliente era una gozada después de todo aquello por lo que habíamos pasado hoy.
Me lavé rápido y luego me envolví en una de las toallas desgastadas que colgaban de un gancho.
Mi ropa de cuero yacía en un montón en el suelo, y la idea de volver a ponérmela me dio repelús.
Tenía ropa limpia en la bolsa, pero me la había dejado junto a la ventana. Junto a Aether.
Cuando regresé a la habitación, él no se había movido ni un ápice.
Echó un vistazo por encima del hombro ante mis pasos y se giró igual de rápido, aunque no sin antes darme tiempo a fijarme en la barba incipiente que le ensombrecía la mandíbula, una vista que me hacía contener una sonrisa.
Si antes lo encontraba guapo, ahora era irresistible.
—¿Vamos a hablar de lo que te molesta en algún momento? —pregunté.
Aether se volvió y se recostó contra la pared, pero evitando mi mirada. Negó con la cabeza cuando bajó la vista al suelo.
—No quiero ser malo contigo —dijo, pasándose una mano por la boca—. Solo estoy tratando de procesarlo.
Fui a sentarme en el filo de la cama.
—Cuéntamelo.
—Nunca había hecho esto antes. Nunca había sentido estas cosas.
—Su voz era áspera—. No que yo recuerde, al menos.
—Pa recía casi como si le doliera, como si cada palabra le fuera arranca da—.
Sé que no puedo culparte por nada de lo ocurrido tiempo atrás —añadió enseguida—.
Pero estoy intentando darle sentido a por qué me afecta de esta manera.
Observé cómo se debatía; prácticamente podía ver los pensamientos corriendo tras esos preciosos ojos.
—Aether… —Me detuve, buscando las palabras adecuadas—. Laryk y yo… No es lo que tú te crees.
Aether permaneció callado un buen rato.
—Tú pensabas que lo querías —replicó al fin—. Parece algo más que eso, y resulta complicado competir frente a semejante historia.
—«Historia » es una palabra muy fuerte —solté—.
Lo que sentía por Laryk era lo más intenso que había experimentado entonces.
Pero él mantenía las distancias. Dejaba muy claro que no teníamos una relación, que no la tendríamos.
Primero me buscaba y luego me alejaba. Yo no paraba de darle vueltas y de preguntarme siempre si le importaba o si solo le era útil.
—Pero para ti fue real —continuó con la voz tensa—. Lo intento, Fia. Es que no sé cómo ser lo que necesitas. Estoy dando palos de ciego con esto.
Sacudí la cabeza.
—No lo conocía, Aether. No como te conozco a ti.
Nos miramos a los ojos al fin y, por primera vez, vi verdadera vulnerabilidad en los suyos, en aquellos ojos dorados que se derretían como oro líquido a la luz del fuego. Pero desvió la vista de golpe y fue a sentarse en el sillón que había junto al fuego. Enterró la cara entre las manos.
—No quiero joderlo todo —soltó sin más.
Me recoloqué en la cama para encararlo con una opresión en el pecho por lo perdido que se le veía.
—No necesitamos todas las respuestas ahora mismo —dije con suavidad—. Lo iremos viendo juntos.
Alzó la vista para mirarme con atención.
—Durante mucho tiempo, he bloqueado cada parte de mí capaz de sentir.
—Su voz adquirió un tono cansado—. Siento como si me ahogara.
A veces es increíble, como esta mañana en el acan tilado.
—Se detuvo y exhaló despacio—. Otras, es como si fuera a estallar dentro de mi propia piel. Y, en mitad de todo esto, estás tú.
No soportaba verlo así. Antes de poder evitarlo, me levanté y me puse delante de él y le cogí las manos entre las mías, notando las callosidades que las cubrían.
Las mismas manos que habían pa sado incontables páginas para averiguar exactamente quién era yo, las mismas manos que me habían sacado de Draxon.
Sus manos. Las manos de Aether. Eran cálidas, casi quemaban.
—¿Sabes lo que significa para mí que pienses en estas cosas? —pregunté en voz baja.
Llevé los dedos a su cabello, y él se inclinó bajo mi tacto y por fin me sostuvo la mirada con aquellos ojos dorados. Algo se había abierto en dos dentro de él; ya no había excusas ni evasivas, solo pura honestidad en sus iris.
—A veces necesito… —dijo; le costaba encontrar las pala bras— tiempo. Para procesarlo todo. Lo último que quiero es de cir algo movido por la rabia, algo que luego no pueda retirar.
Presionó la frente contra mi vientre cubierto por la toalla mientras yo le acariciaba el cabello. Aquel toque tan simple se sentía más íntimo que cualquier cosa que hubiéramos compartido antes.
—Nunca he conocido a nadie como tú —comenté, diciéndolo más en serio de lo que podía expresar.
Giró la cara hacia mí, inhalándome. Llevó las manos a mis piernas desnudas y me presionó con los dedos los muslos cuando me atrajo más cerca.
—Quiero conocer cada parte de ti —murmuró contra la tela—. Absorber cada pedacito.
El calor se acumuló en mi vientre ante sus palabras. Yo también lo quería con una ferocidad que me aterrorizaba a la vez que me excitaba, que me hacía sentir libre y viva. Quería conocer a este hombre por completo. Sin barreras.
—Estoy harta de esconderme —susurré en voz baja contra el chisporroteo del fuego. Él inclinó la cabeza hacia atrás, creando una devastadora distancia entre nosotros.
Y dejé que la toalla cayera al suelo.
Aether se puso rígido y se le ralentizó la respiración mientras me admiraba. El modo de mirarme, como si yo fuera algo sagrado, hizo que se me ruborizara la piel y que me sintiera como si me estuviera quemando por dentro. Como si yo fuera lo único que mereciera la pena contemplar en su mundo.
Llevó las manos a mis caderas, y, cuando inclinó la cabeza para deslizar la boca por mi caja torácica, la áspera barba incipiente provocó que se me pusiera la carne de gallina.
Depositó un beso justo bajo la turgencia de mi pecho con los ojos clavados en los míos, y la intensidad de su mirada casi me deshizo allí mismo.
Me mordisqueó en la curva de la cintura; acto seguido, llevó la boca a mi vientre y me apretó con fuerza, como si fuera incapaz de soportar que hubiera más distancia entre nosotros.
Deslizó las manos por la parte de atrás de mis muslos, apenas tocándolos, con un roce ligero y tan embriagador como el filo de una pluma, haciendo que me estremeciera a pesar del calor del fuego.
Entonces, de repente, me sujetó de la parte de atrás de las rodillas y tiró de mí hacia el sillón, hacia él.
Le envolví el cuello con las manos mientras atraía su boca a la mía, y el aire de la habitación se volvió eléctrico. Sentí cómo me latía el pulso bajo la piel al notar su dureza bajo el uniforme y las manos que parecían arder en todas las partes en las que me tocaba.
Me rodeó la espalda con un brazo y, con el otro, me agarró de la cadera, presionándome contra él. No me cansaba de su sabor, de la calidez de su piel, de la forma en la que sus sombras nos envolvían, de cómo parecían alcanzar las mías.
Pasó los labios por mi mandíbula y luego por mi cuello, y el sonido que surgió de su garganta era casi doloroso mientras se removía debajo de mí. Cada roce de su barba incipiente contra mi piel hacía que me recorriera una descarga por las venas.
Quería que sintiera lo mismo que yo, quería ver a este hombre que se aferraba con tanto ahínco al control deshacerse del todo, por completo, para mí y solo para mí.
El calor se arremolinó en mi interior cuando vi el ardor de sus ojos.
Para tratarse de alguien que se había pasado décadas sin sentir nada, el hambre voraz de su expresión me aceleró el corazón.
Pasó las manos por mi cuerpo, dejando rastros de fuego a su paso, y, cuando llegó a mis caderas, presionó los dedos contra mi piel como si tuviera miedo de que yo fuera a desaparecer.
—Nunca he… —Su voz era ronca, tensa—. No quiero hacerte daño.
La vulnerabilidad de su tono hizo que se me oprimiera el pecho. Aquí estaba Aether, el hombre que podía destruir ejércitos, que podía doblegar la materia a su voluntad en un instante, temblando ahora bajo mis caricias.
Me incliné hacia abajo y presioné los labios en aquella mandíbula perfecta.
—No lo harás.
Se le entrecortó la respiración cuando froté las caderas contra él. Incluso a través de la tela gruesa, podía notarlo. Estaba duro. Cuando llevé los dedos a los cierres, todo él se puso rígido.
—Fia. —El nombre salió como advertencia de sus labios, pero pude oír la desesperación que había debajo, el anhelo.
—Déjate llevar —susurré contra su boca.
Él enredó las manos en mi cabello cuando me atrajo para besarme de un modo que me dejó sin aliento. Atrás quedaron las dudas y la distancia. Esto era pura necesidad.
Deslizó la boca hacia mi cuello y me rozó con los dientes la piel sensible mientras exploraba cada centímetro de mí con las ma nos.
Sentía cada caricia como si me marcara con un hierro candente.
No pude evitar contener los sonidos que me salieron de la garganta cuando me deslizó las uñas por la piel.
—Eres tan preciosa… —Suspiró contra mi clavícula—. Tan perfecta…
Sus manos fueron a mis pechos, y el sonido que brotó de él fue casi feroz. El guerrero cauto que conocía se estaba deshaciendo debajo de mí.
—He imaginado esto incontables veces —confesó contra mi piel—. Tocarte, saborearte.
Me di prisa en desabrocharle el pantalón, desesperada por sentir su piel contra la mía. Cuando al fin lo liberé, los dos jadeamos. Era más grande de lo que esperaba, y me temblaron las rodillas de forma vergonzosa al absorber la imagen.