Capítulo 50 #2
Corrimos por tejados y callejones hasta que alcanzamos la familiar calle tras la botica.
El invernadero se vislumbraba en el horizonte mientras sus paneles de cristal reflejaban la luz de la luna.
Detrás de él, situada entre las plantas aromáticas y los cobertizos de almacenamiento, encontramos una caja de pociones sanadoras.
Aether la agarró con facilidad y nos encaminamos por la ciudad hacia la arboleda. No se me ralentizó el ritmo frenético del corazón hasta que llegamos a los árboles, que nos ofrecieron con sus ramas un refugio acogedor mientras empezábamos a buscar a los vördr.
—¿Tryggar? —susurré a la oscuridad, examinando entre los árboles. A mi lado, Aether se movía con un silencio letal, pero la tensión que emanaba de él era casi palpable.
Incapaz de soportar el peso de aquello más tiempo, saqué los pergaminos con dedos temblorosos.
«Por favor, que esté aquí». Los dos primeros eran listas de suministros y el tercero, un informe de los turnos de la Guardia.
No obstante, el cuarto… Casi jadeé cuando lo desenrollé.
El plano de Stormshire se extendió ante mí con todo lujo de detalles, con cada pasillo y habitación marcados.
—Lo tengo —susurré, y se me dibujó una sonrisa en el rostro.
Aether no dijo nada. Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija al frente mientras nos adentrábamos más profundo en el bos que.
—Sé que casi me pillan —admití—, pero ha valido la pena. Ya no vamos totalmente a ciegas.
Él me dedicó un único asentimiento; sin embargo, el gesto pareció incómodo.
Me adelanté y me planté enfrente de él. Se detuvo justo antes de que nos chocáramos, pero no me miró a la cara.
—¿Qué pasa? —pregunté. Se le tensó más la mandíbula mientras se apartaba, se pasaba una mano por el pelo y dejaba escapar un suspiro largo y lento.
Cuando al fin me miró, la intensidad de sus ojos me hizo sentir que estaba ahogándome en oro líquido.
—Me alegro de que hayas encontrado lo que estabas buscan do —espetó en un tono alarmantemente tranquilo mientras pasaba de largo.
Me giré para seguirlo y capté la figura plateada de Tryggar materializarse entre los árboles. Aether se dirigió directo a Nihr, y Tryggar soltó un gruñido de advertencia cuando pasó por su lado. Aether lo ignoró por completo.
—Ahora no —susurré mientras Tryggar acudía dando fuertes pisotones a mi encuentro—. Alguien está de mal humor. —Observé cómo Aether montó a su vördr con un movimiento fluido; tenía los hombros tensos bajo el uniforme de cuero.
El bosque se abría más adelante, lo que le proporcionó a los vördr espacio suficiente para extender sus alas colosales.
Nos ele va mos hacia el cielo en silencio, ascendiendo hasta que desapareci mos entre las nubes.
Durante la hora que volamos, la tensión era tan palpable que apenas podía respirar.
Aether emanaba ira, pero no me atreví a presionarlo más.
Las nubes nos proporcionaban un escondite excelente, aunque también oscurecían el terreno a nuestros pies.
Descendí bajo ellas un instante y apareció ante mi vista una franja plateada que atravesaba la oscuridad, el río Sprithe.
Me dio un vuelco el corazón cuando el recuerdo se me vino a la cabeza: cómo obser vé impotente cómo mis amigos se ahogaban en esas corrientes, víctimas de la mismísima Guardia a la que después me uní.
Me esforcé por deshacerme de esos pensamientos y examiné el norte hasta que divisé los molinos de viento de Obsidia girando muy lentos en el aire nocturno; un bosque espeso se extendía tras ellos.
Aterrizamos entre aquellos árboles sin que nos vieran y luego nos movimos como humo por el pueblo dormido. La posada apareció ante nosotros, un edificio erosionado de dos plantas situado a las afueras de cuyas ventanas salía una luz cálida.
—Nos buscaré una habitación —dije, ya poniéndome la capucha para ocultar mi peculiar cabello—. Quédate aquí.
A Aether se le oscureció la expresión.
—Eso no es…
—Tú llamarás demasiado la atención —espeté, interrumpiéndolo. Aquellos ojos dorados y aquellas quemaduras del Vacío serían imposibles de ocultar. Sin duda, la gente se haría preguntas. Después de un momento de clara lucha interna, volvió a desvanecerse entre las sombras.
Abrí la pesada puerta de madera y una campana repiqueteó con suavidad sobre mí.
El salón principal estaba casi vacío; unos cuantos granjeros tomaban cerveza en un rincón, un hombre mayor dormitaba junto a la chimenea.
Mesas y sillas desgastadas llenaban el espacio, y toda la habitación olía a humo de pipa y carne cocinándose.
Tras un mostrador con la madera rayada, una mujer con el pelo canoso alzó la vista de su libro de cuentas. Estrechó los ojos un poco mientras observaba mi figura encapuchada.
—¿Necesitas una habitación? —preguntó con ese acento del norte que recordaba de las personas que visitaban Luminaria para los solsticios y se adentraban en la botica a por tónicos para mejorar su experiencia.
—Solo para esta noche —respondí, manteniendo la cabeza un poco hacia abajo—. Nos marcharemos antes de que amanezca.
Alzó una ceja ante el «nos», pero no lo comentó.
—Dos monedas de plata —contestó, ya agarrando la llave—. Planta de arriba, última habitación a la derecha. Hay más mantas en el baúl, por si hacen falta. —Se detuvo—. Nada de travesuras, ¿vale? Estas paredes son de papel de fumar.
Un escalofrío me recorrió de arriba abajo cuando le tendí las monedas.
—Claro que no.
Me miró con complicidad, y aquello solo hizo que me pusiera más colorada; luego, volvió a su libro de cuentas. Yo cogí la llave y corrí escaleras arriba, muy consciente de cómo la vieja madera crujía bajo mis pies.
La habitación era pequeña, pero estaba limpia; tenía una cama estrecha, un sillón de buen tamaño al lado de la chimenea y una ventana que daba al bosque.
Perfecto para escapar rápido si lo necesitábamos.
Me dirigí al cristal y, justo cuando fui a abrirlo, Aether se materializó a mi lado, aún manteniendo esa condenada distancia que hacía que me doliera el pecho.
Fuera lo que fuera lo que estuviera fraguándose bajo esa apariencia controlada, tenía la sensación de que no podríamos evitarlo mucho más tiempo.