Capítulo 50
A una manzana del cuartel, nos pegamos a la piedra fría de la pared de un callejón.
El edificio, que parecía un fuerte, se elevaba una cantidad innumerable de pisos hacia el cielo y sus muros negros reflejaban la luz de la luna.
Las torres de vigía se hallaban en cada esquina, aunque solo la entrada principal estaba iluminada por faroles de hierro que emitían charcos de luz amarilla a través de los adoquines.
Había atravesado aquellas verjas muchísimas veces. Nerviosa ese primer día cuando Laryk me había enseñado todo, segura de que iba directa hacia mi propia muerte. Y lo había sido de alguna forma. Porque este edificio había cambiado toda mi vida y me había proporcionado una nueva.
Aquí era donde había dejado de ser la boticaria riftborne y me había convertido en algo más. Donde había encontrado al equipo V. Donde había descubierto que podía ser extraordinaria.
Y ahora me estaba colando para destruirlo desde dentro.
La culpa se me instaló en el estómago, pero me deshice de ella.
Esto era necesario. Los juramentos de sangre eran herramientas de control; mantenían a los soldados atados a un reino construido con mentiras.
Aunque, Esprithe, parecía que estaba traicionando al primer lugar que me había hecho sentir que encajaba.
—Te sigo —dijo Aether en voz baja a mi lado—, pero hemos de ceñirnos al plan. Destruimos los juramentos de sangre y nos vamos. Nada más.
Asentí, observando las verjas principales donde dos guar dias con camisas blancas impecables se apoyaban contra sus postes.
Las insignias plateadas relucían mientras charlaban; era evidente que estaban relajados por ser las horas de la noche más tranquilas.
Antes, la entrada habría estado atestada de personal, pero, con todo el mundo destinado al oeste, parecía una sombra de lo que había sido.
—Por aquí. —Nos dirigí hacia el muro este, donde el ala de los sanadores sobresalía del edificio principal. Nuestras formas se disolvieron en sombra a medida que nos acercamos. Una simple puerta de metal destacaba en la superficie, por lo demás lisa.
Eché mano de mi foco y rastreé las mentes dentro. Un orbe plateado de consciencia pasó al otro lado, pero se desvanecía a medida que las pisadas se oían cada vez más lejanas.
—Ahora —susurré, y nos deslizamos como humo.
Dentro, unas filas de almacenes se alineaban en un pasillo estrecho con puertas de roble marcadas con placas de latón.
El aire olía a plantas y a antiséptico; era muy distinto del hedor metálico de los gimnasios de entrenamiento.
Por suerte, no brillaba ninguna mente tras aquellas puertas.
Nos conduje hacia la derecha pegando nuestras sombras contra la pared hasta que el corredor dio paso a un espacio más extenso.
Allí, muchas mentes se agrupaban en una habitación de la que salía luz por debajo de la puerta.
La enfermería. Estábamos cerca.
—Es aquí. —Se me aceleró el pulso cuando divisé la pesada puer ta de hierro al final del pasillo, la sala de los juramentos de sangre.
Nos movimos como la niebla y nos materializamos en una habitación que permanecía inalterada desde la última vez que me colé.
Había cientos de viales de cristal en bandejas, cada uno con pequeños papeles teñidos de carmesí.
Las enredaderas oscuras se retorcían entre ellos, derramando una savia pegajosa que goteaba sobre el suelo.
Toda la habitación daba mala espina; era como adentrarse en algo vivo y hambriento.
En macetas, unos fragmentos de arcanita relucían con aquella luz azul violácea familiar. Los mismos que había visto hacía meses, cuando había venido a hacerme con mi propio vial.
Aether se colocó a mi lado, irradiando tensión de su cuerpo.
—Lágrima de sangre —habló en un tono conciso—. También la usábamos en Umbrathia, antes de que la reina la prohibiera. Decía que era una salvajada.
—Bueno, pues no iba mal encaminada. —Recordé cómo la savia me había cubierto el brazo aquella primera vez, cómo pareció alcanzarme con una mente propia.
—Los viales no son nada sin la planta. —Aether se acercó más a una de las macetas y examinó las enredaderas retorcidas—. Si la matamos, los juramentos se secarán. Puede que no se den cuenta hasta dentro de semanas, quizá más.
—Es mejor que destruirlo todo. —Observé los miles de viales—. ¿Y cómo la matamos?
—Como a cualquier otra planta. —Se acercó a la primera maceta y estiró la mano sobre la tierra oscura—. La destruimos desde dentro.
Observé, absorta, cómo las enredaderas empezaron a temblar.
Bajo la superficie, se quebraban; el sonido de raíces rompiéndose hizo eco por la habitación.
Aether se movió de forma metódica de maceta en maceta con una gracia mortal en cada movimiento mientras las hojas ensangrentadas temblaban bajo su tacto.
—Impresionante —susurré al tiempo que él terminaba con la última.
—Puedo ser delicado cuando es necesario. —Le apareció ese hoyuelo cuando sonrió.
Se me aceleró el pulso ante su insinuación.
—No todos los usos de mis habilidades tienen que acabar en masacre —añadió, ladeando la cabeza.
Contuve una sonrisa mientras me arrodillaba y examinaba uno de los viales a la altura de los ojos.
El carmesí resplandeciente que había teñido el papel de dentro ya se estaba apagando y convirtiendo en un feo marrón.
—Funciona —solté en voz baja, llena de adrenalina.
Sin pensar, me moví y me acerqué a él, que me rodeó con los brazos mientras yo tiraba de su cara hacia abajo y nuestros labios se encontraban en una oleada de necesidad. El beso sabía a victoria, aunque todavía teníamos un largo camino por delante.
—Hemos de irnos. —Casi gimió contra mi boca, pero me agarró con más fuerza.
Nos dirigimos a la puerta antes de que yo me detuviera de pronto, provocando que Aether se chocara con mi espalda. Desli zó un brazo a mi alrededor y me atrajo contra su pecho.
—¿Qué pasa? —murmuró contra mi pelo.
Me giré en su abrazo.
—Tengo una idea.
—Fia. —Mi nombre era una advertencia en sus labios—. Eso no era parte del plan. Tenemos que marcharnos. Ahora.
—Pero ya que estamos aquí… —Presioné las manos contra su pecho—. ¿Y si buscamos más información de Stormshire? Un pla no o mapas.
La frustración se le reflejó en las facciones al tiempo que bajaba la vista hacia mí.
—¿Qué tienes en mente? —Su voz era plana.
—Creo que sé dónde buscar. Y debería estar vacío.
—¿Vacío?
Antes de que pudiera protestar más, invoqué mi telaraña y eché un vistazo al pasillo.
Unas cuantas mentes se movían, pero, en cuanto se fueron a sus respectivas habitaciones, cambié a mi forma de sombra.
Corrimos por el ala de los sanadores como humo, emergiendo en el vestíbulo circular justo antes de la zona social.
Unas escaleras en espiral me atrajeron a la izquierda.
Sentí la oscuridad de Aether rozar la mía al tiempo que subíamos a toda prisa por ellas, manteniéndonos cerca de las paredes.
Arriba del todo, encontré la puerta que estaba buscando. Una comprobación rápida me confirmó que estaba vacía, y nos colamos dentro.
El despacho estaba justo como lo recordaba: paredes rugosas de piedra gris se alzaban hasta las vigas de madera oscura.
Un escritorio de caoba maciza dominaba un lado con su superficie organizada con meticulosidad.
En el otro, se hallaban unos muebles de cuero dispuestos sobre una alfombra de piel de vaca con aspecto de no haberse usado apenas.
Todo en aquel espacio hablaba de control estricto. Su control estricto.
Mal. Esto me parecía mal.
Este era su espacio y yo lo estaba profanando.
Con Aether.
Casi pude sentir la presencia de Laryk, como si su esencia se hubiera impregnado en las mismísimas piedras. El estómago me dio un vuelco, pero me obligué a continuar. No me podía permitir sentir culpa en ese instante.
Volé hacia el escritorio, abriendo cajones de un tirón y removiendo los papeles.
—¿Dónde estamos? —preguntó Aether, apoyándose contra la pared.
Lo ignoré, sacando pergaminos y extendiéndolos en la superficie del escritorio. Mapas de Fuerte Ágata y de Emeraal, de fuertes, pero no los correctos. Las manos se me movieron con más rapidez, abriendo otro cajón.
La forma de Aether se movió hacia el pasillo y se paralizó de inmediato mientras echaba un vistazo a una de las habitaciones, la de Laryk. Una en la que yo jamás había entrado.
—¿Cómo sabías que iba a estar vacía? —preguntó; su voz adquirió un tono sombrío.
—Tiene que estar en algún sitio —murmuré, ignorando la pregunta de Aether y girándome hacia los armarios a mis espaldas.
—Es de él, ¿verdad? —La voz de Aether se había vuelto totalmente fría.
Me detuve.
—Sí.
Por el rabillo del ojo, vi la forma de Aether transformarse en sombra y reaparecer cerca de la puerta exterior, como si estuviera muriéndose por salir de aquí. La frustración aumentó a medida que buscaba con más velocidad, sabiendo que llevábamos demasiado tiempo dentro.
Unos pasos resonaron en el pasillo.
—Tenemos que irnos. —Las palabras de Aether rompieron el silencio.
Los pasos se detuvieron fuera. Extendí mi foco: alguien se encontraba justo al otro lado de la puerta. Mis manos se movieron con frenesí por los cajones restantes al mismo tiempo que el pomo comenzaba a girarse. «No puede ser él, ¿no?».
—Fia, ya. —El filo de la voz de Aether era peligroso.
La puerta se abrió con un chirrido justo cuando estaba enrollando otro conjunto de pergaminos.
Los cogí, rezando por que uno de ellos contuviera un plano de Stormshire, por que esto no hubiera sido para nada.
A toda prisa, justo cuando unos pies aparecieron por la puerta, cambié a mi forma de oscuridad y atisbé un destello de un uniforme esmeralda antes de seguir a Aether por la pared hacia la noche.
«¿Por qué hay un guardia real en la habitación de Laryk?».