Capítulo 49 #3
—La Guardia acampa allí cuando viaja al oeste. —Las palabras me salieron solas. Me vinieron los recuerdos… de aquella noche en las montañas, cuando descubrí que podía adentrarme en los sueños. Me puse colorada al acordarme del sueño de Laryk en el que me había metido. El que trataba sobre mí.
Aether alzó una ceja un poco, pero no dijo nada más.
—Además —añadí enseguida—, si nos acercamos por el norte, tendremos una ventaja. La mayoría de las fuerzas estarán más al sudoeste, cerca de la brecha. —Tracé el tramo final de nuestra ruta—. Nunca he ido a Stormshire antes, así que cuando estemos allí…
—Tendremos que improvisar —concluyó, aunque capté la reticencia en su voz.
La tienda se había vuelto tan oscura que Ma encendió unos faroles cuyas llamas arrojaban sombras danzantes por las paredes. Vino de la trastienda con una caja de madera que le entregó a Aether.
Él miró confundido la caja y, acto seguido, a mí.
—Pociones sanadoras —dijo Ma, limpiándose las manos—. Para tu reino.
—Ma… —comencé a decir, pero ella me detuvo.
—No es mucho. —Se encogió de hombros, aunque vi la intensidad que había en sus ojos—. En un reino agonizante, dudo que todavía tengáis acceso a los recursos para hacerlos.
El dolor cruzó el semblante de Aether mientras bajaba la vista a la caja.
—No. —Cuando volvió a mirar a Ma, tenía la voz ronca—. Gracias.
—No es que podamos precisamente llevar esto con nosotros hasta el cuartel… —dije.
—Los dejaré atrás, detrás de los invernaderos. —Ma ya se estaba moviendo y señalándole a Aether que bajara la caja—. Podéis llevároslos antes de iros al norte.
—Los voy a sacar —repuso Aether con suavidad mientras volvía a alzar la caja y desaparecía por la puerta trasera.
Ma se dejó caer en su sillón con un suspiro y giró los hombros para destensarlos.
—Siento no ser de más ayuda, chica.
—Ya has hecho mucho, Ma. —Fui a situarme junto a ella con los ojos llenándoseme de lágrimas.
—A decir verdad, me siento un poco inútil quedándome aquí sentada mientras todos vosotros partís en esas misiones. —Su sonrisa era pequeña, triste de una forma que me partió el corazón—. Nunca tuve mucha iniciativa cuando era joven. No me metía en este tipo de aventuras.
Alcancé mi bolso y saqué uno de los espejitos de Raven. Ma arqueó una ceja cuando se lo puse en las manos.
—¿Y esto qué es?
—Lo podemos usar para comunicarnos cuando me marche. —Vi cómo lo miraba con reticencia—. Necesitaremos la mayor cantidad posible de ojos y oídos aquí. Así que, Ma, no eres inútil. Eres nuestra espía.
Le dio vueltas al espejo entre las manos, examinando los delicados grabados.
—Vaya, qué brujería más sofisticada. —Sacudió la cabeza—. No entiendo bien cómo hablarle a mi reflejo me va a conectar de algún modo contigo, pero me fiaré de ti.
No pude evitar reírme.
—Deberíamos ir yéndonos —dije. Ma soltó el espejito con cuidado, como si fuera algo preciado, y se puso de pie.
Por unos segundos, nos quedamos mirándonos la una a la otra.
La tienda parecía reducirse en torno a nosotras, cargada con recuerdos de incontables tardes pasadas machacando plantas, madrugones reorganizando estantes y noches en vela preparando tónicos para la élite de Sídhe, riéndonos de lo absurdo hasta que casi llorábamos.
Ella me lo había dado todo cuando yo no tenía nada.
Un hogar. Un propósito. Un amor incondicional.
—¿Sabes? —soltó Ma con voz áspera cuando me atrajo para abrazarme—. Siempre me he preguntado por qué parecías tan diferente a nosotros. —Me apretó con fuerza—. Pero ahora creo que quizá estabas destinada a algo mayor de lo que Sídhe podía ofrecerte.
—Ma… —Se me quebró la voz.
—No, escúchame. —Se echó hacia atrás y me puso las manos sobre los hombros—.
Me he pasado años viendo cómo tratabas de empequeñecerte en un intento por encajar en los moldes que este reino te imponía.
Pero jamás pudiste, ¿a que no? —Tenía los ojos brillantes por las lágrimas—.
Porque no estabas destinada a ser pequeña, Fia. Nunca lo estuviste.
Entonces, me rompí y las lágrimas se derramaron por mis mejillas mientras me arrojaba de nuevo a sus brazos. Olía a hogar, a romero y a fuego.
—Tengo miedo —susurré contra su hombro.
—Bien. —Me acarició el pelo—. El miedo te mantiene espabilada y evita que hagas cosas demasiado estúpidas. —Se detuvo—. Bueno, más estúpidas de lo normal.
La puerta de atrás se abrió con un chirrido y supe que Aether había regresado. Ma se echó hacia atrás y se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Cuida de mi chica —le dijo a él, y, aunque le tembló la voz, había firmeza en ella.
—Siempre —replicó como si lo jurara.
Ma asintió una vez y después se giró hacia mí.
—Ve a salvar el mundo, chica. —Me besó la frente—. Pero procura no reducirlo todo a cenizas en el intento.
Me reí entre lágrimas, y luego nos empujó hacia la puerta, murmurando lo mal que se le daban las despedidas. Sin embargo, cuando nos adentramos en la oscuridad, atisbé un último vistazo de ella a través de la ventana, de pie sola en su tienda, aferrándose al espejito como si fuera un ancla.