Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

Los ojos de Ma iban de un lado a otro ahora, por toda la habitación.

—Creemos que el rey de Sídhe es un sifón —concluí al fin.

Ma se reclinó y se pasó las dos manos por el cabello hasta que se sacó todos los pelos del moño. Tras lo que pareció una eternidad, soltó una carcajada que sonó más bien a derrota.

—Siempre supe que la Guardia era el puñetero mal.

Me acerqué y la miré a los ojos.

—Debería haber confiado en tu intuición.

Siempre ha acertado. Pero hay mucho más.

El rey está mintiéndoles a todos. La mayoría de la gente de la Guardia cree que está defendiendo nuestro reino.

Tenemos que sacar la verdad a la luz de algún modo.

Es la única forma de acabar con el derramamiento de sangre.

—Supongo que… —Se calló, sosteniéndome la mirada de nuevo—. No lo entiendo. ¿Por qué tú?

Fruncí los labios, eligiendo las palabras con cuidado.

—Soy una de ellos. —Desvié la vista a la parte delantera de la habitación—. Bueno, en parte… Mi padre era kalfar y mi madre, aossí. Los dos murieron en Riftdremar cuando cayó.

Ma paseó la mirada por la estancia como si fuera a encontrar las respuestas escritas en las paredes.

—Por todos los Esprithe —susurró.

—Y, de hecho, hay algo más… —Respiré hondo—. No he venido aquí sola.

Arqueó una ceja.

—¿Uno de los espectros está aquí?

—No es un espectro, Ma. —No pude evitar sonreír.

—¿Está en la tienda ahora mismo? —Entornó los ojos mientras examinaba el lugar—. ¿Dónde?

—Aether —lo llamé bajito.

Las sombras surgieron a mi lado y, de pronto, Aether estaba allí.

Mi mundo casi se puso patas arriba al verlo tan cerca del escritorio en el que había trabajado durante tantos años antes de saber siquiera de su existencia, con las quemaduras del Vacío recorriéndole el cuello como venas oscuras que desaparecían en su cabello negro azabache.

El metal de sus piercings reflejaba la luz del fuego que había bajo el caldero; el fuego que seguro que había prendido Ma con sus propias manos.

Evaluó a Ma con la mirada, pero, para mi sorpresa, ella ni se inmutó. La mujer se quedó observando el modo en el que me envolvía la cintura con el brazo, y un rubor rápido me subió por el cuello.

Hubo un momento de insoportable silencio mientras los dos se limitaban a contemplarse el uno al otro.

Aether acabó asintiendo con la cara neutra.

—Encantado de conocerte.

Ma me miró, luego a Aether y de nuevo a mí con una expresión del todo ilegible. Al final, soltó un suspiro.

—Bueno, esto sí es un hombre de verdad y no lo que he visto hasta ahora. —Ma se rio entre dientes y alzó los brazos en un gesto de rendición.

Mortificada, me encontré con la mirada de Aether, pero ahí estaba ese puñetero hoyuelo amenazando con salir mientras contenía una sonrisa.

—Vaya mejora. —Ma soltó un suspiro de alivio antes de darme una palmada en el hombro—. Bien hecho, chica.

La carcajada fuerte y auténtica que se le escapó a Aether me pilló desprevenida. Parecía irritantemente encantado consigo mismo cuando ladeó la cabeza.

—Creo que estoy de acuerdo.

—Y con sentido del humor. —Ma asintió con aprobación—. Sí, me gusta.

—Bueno, ya vale de cumplidos, ¿no? —Me notaba la cara al rojo vivo.

Ma regresó junto al caldero y levantó la tapadera para echar un vistazo.

—Entonces, supongo que querrás que deje de hacer esto, ¿no? —preguntó, removiendo el contenido.

Miré a Aether y le tomé de la mano.

—¿Te acuerdas de los tónicos para respirar de los que te hablé?

Se fijó en el caldero antes de devolverme la mirada de nuevo. Asintió una vez, cayendo en la cuenta.

—Ma fue la que los creó —expliqué; las palabras me supieron amargas—. Para mí. Cuando creyó que podría necesitarlos en el oeste. Fue idea mía que hiciera más para la Guardia.

Aether se puso rígido a mi lado, pero asintió otra vez.

—Imagino que tiene sentido —soltó, aunque lo que dijo sonó forzado.

—Sí, esos brazos me van a ser muy útiles —intervino Ma, rompiendo la breve tensión y fijándose en el cuero que apretaba los bíceps de Aether—. Tengo un montón de cajas en la parte de atrás.

El hoyuelo apareció al fin cuando Aether sonrió. No pude evitar reírme mientras sacudía la cabeza por los dos.

—No puedes dejar de hacerlos. —Me acerqué a donde se en contraba ella—.

Ya hay una resistencia formándose en Sídhe.

No creo que el rey esté al tanto. Pero hay gente que sabe la verdad, que quiere ayudar.

Si paras la producción de repente, tal vez eso atraiga unas sospechas que no nos podemos permitir ahora mismo.

—Me detuve, pensando—. Aunque si fuera posible que los hicieras menos potentes…

Ma suspiró, pasando una mano por el borde del caldero.

—Y yo que tenía la esperanza de que mi tienda dejara de oler a tripas de pescado de una vez. —Sacudió la cabeza—. Pero sí, estás en lo cierto. —Entonces, entornó los ojos con esa mirada cal culadora que me era tan familiar cruzándole la cara—. Aunque eso me lleva a la siguiente cuestión.

Arqueé una ceja.

—¿Qué vamos a hacer con el rey? —Se encogió de hombros como si hablara del tiempo—. Parece simple, ¿no? Con él fuera de la ecuación, se acaba el drenaje.

—No podemos empezar la casa por el tejado —repliqué, dándome cuenta del ligero asentimiento de aprobación de Aether—. Hay que dejar que la verdad se propague antes. Si el rey muere y la gente no entiende por qué… —Me callé, permitiendo que ella pillara el resto.

—Eso suena complicado. —Ma arrugó la nariz.

—Es lo mejor. Además, los guardias reales son prácticamente impenetrables. No tenemos acceso. De momento.

Ma asintió, pero la curiosidad se le reflejó en los ojos un instante, un pensamiento que no iba a compartir. Al final, preguntó:

—Entonces ¿te vas otra vez? ¿Vuelves a…?

—Umbrathia —acabó Aether.

—Eso. —Ma me miraba con fijeza, viendo demasiado, como siempre.

Observé a Aether, atrapada de nuevo entre dos mundos. ¿Cómo podía explicar que ahora pertenecía a los dos? ¿Que no podía elegir sin más uno por encima del otro?

—Debo hacerlo. Al menos por ahora…

—¿Por ahora? —El filo de la voz de Aether hizo que me diera un vuelco el corazón. No habíamos hablado de esto, de lo que ocurriría después. Después de que la verdad se extendiera, de que nos ocupáramos del rey. De que todo cambiara. Y eso si conseguíamos tener éxito.

Ma alternó la vista entre los dos, cruzándose de brazos. La tensión en el ambiente había cambiado.

—¿Qué es lo que no me estás contando, Fia? —Sus ojos tenían esa mirada perspicaz que había visto miles de veces antes.

Fruncí los labios.

—Mi padre fue alguien importante allí. —Intenté sonar distendida, pero me tembló la voz—. Alguien con poder.

Ma ladeó la cabeza, y supe que no era suficiente.

—Importante… ¿Cómo? —preguntó.

—Igual quieres sentarte —respondí, buscando mi propio asiento.

Las palabras salieron en tropel entonces y se lo conté todo, lo de que mi padre era el príncipe Andrial Valtýr, lo de que era una duskbound y lo que significaba.

Le hablé de cómo básicamente me había unido a las fuerzas de la Umbra y me gané que pusiera los ojos en blanco en una mirada tan típica de Ma que casi esbocé una sonrisa.

Le expliqué lo del Vacío, lo de los dominadores de las sombras, lo de que Tryggar me había elegido.

Con cada revelación, la expresión de Ma variaba entre la incredulidad y ese ceño fruncido.

Cuando al fin terminé, el silencio cayó con intensidad por todo lo que acababa de soltarle.

Ma se limitó a contemplarme durante un largo rato y luego asintió una vez.

—Bueno, ya sé que eres de la realeza y todo eso.

—Se levantó y regresó a su escritorio. Cuando se dio la vuelta para mirarnos de nuevo, sostenía un par de tijeras de podar—.

Pero ¿podrías ir a buscar un poco de raíz de montaña del invernadero?

Si vamos a derribar este reino, necesitaremos suavizar esta poción.

Acepté las tijeras de podar con una sonrisa, agradecida por la sencilla aceptación, por el modo que yo esperaba que reaccionara. Por el modo que esperaba que todos reaccionasen, como si siguiera siendo yo.

Ma guiñó un ojo antes de volverse hacia Aether.

—Y tú. —Lo señaló—. Sígueme. Tengo algunos paquetes que traer y mi espalda ya no es lo que era. —Se dirigió hacia el almacén, acompañada de Aether, que llevaba una sonrisa en los labios cuando desapareció por la puerta.

La noche llegó a Luminaria, arrojando sombras alargadas por las ventanas de la tienda.

Ma la había cerrado durante el resto del día para que nos pudiéramos preparar.

Me incliné sobre un mapa desplegado por el mostrador; el pergamino tenía los bordes estropeados de cuando había intentado escapar el verano pasado.

—Aquí. —Tracé un sendero con el dedo mientras sentía la calidez de Aether, de pie a mi lado—. Podemos ir al norte y buscar algún sitio donde quedarnos en Obsidia.

—¿Un pueblo agrícola? —Siguió mi mano por el mapa con la mirada.

—Es pequeño, tranquilo. Si llegamos lo bastante tarde, no deberíamos llamar la atención. —Alcé los ojos hacia él—. Además, hay un bosque enorme alrededor. Los vördr tendrán mucho sitio donde esconderse.

Él asintió, estudiando la ruta.

—¿Y luego?

—Rodeamos el lado norte de la cordillera central, hacia Aedenvale.

—Será más rápido si atravesamos las montañas.