Capítulo 49
T ryggar arrojó unas sombras ondulantes con las alas sobre el suelo del bosque cuando descendimos en la arboleda.
Los viejos árboles se extendían hacia nosotros con dedos torcidos; sus ramas aún estaban desnudas por el paso del invierno.
Me detuve, asimilándolo todo: el olor de las flores frescas, la brisa fría que lle gaba de las Tierras Altas, al norte.
Eché un vistazo a Aether, que tenía la mirada fija en el suelo con cierta expresión ilegible en la cara.
—Esto no está cerca de la frontera occidental —dijo en voz baja, desmontando de Nihr a mi lado.
—No. —Le pasé la mano por el cuello a Tryggar, sintiendo los músculos contraerse bajo mi palma—.
Pero es donde está el cuartel, donde guardan los juramentos de sangre.
Todos. —Me giré hacia la ciudad que se extendía más allá de los árboles con sus torres atravesando el cielo matutino—.
Eso es Luminaria. La arboleda permanece relativamente vacía cuando no se celebran los solsticios —expliqué, aunque se me quebró la voz cuando me invadieron los recuerdos de Bekha y Jordaan y de sus gritos silenciosos reverberando por estos mismos árboles cuando mi foco atravesó sus mentes.
La cara de Laryk cuando me descubrió. El instante en el que todo cambió.
Ahora estaba en el mismo lugar, pero era una persona diferente.
Me volví hacia Tryggar y presioné la frente contra la suya.
—Escóndete —le susurré—. Nada de impulsos curiosos como en Riftdremar. —Me mantuvo la mirada con aquellos ojos oscuros y noté un dolor desconocido al preguntarme si mi padre le habría hablado alguna vez así—. Ten cuidado.
Nihr ya se estaba ocultando entre la linde de los árboles, pero Tryggar se quedó un momento y me dio un golpecito en la mano antes de seguirla.
—Tenemos que ir primero a un sitio —dije, girándome hacia Aether—. La botica.
Arrugó la frente.
—¿Donde trabajabas?
—Sí. He de ver a alguien. —Me dirigí hacia los límites de la ciudad, donde las sombras alcanzaban la piedra—. A alguien importante.
Aether se puso a mi lado cuando nos disolvimos en oscuridad, fluyendo de árbol en árbol hasta que el bosque se convirtió en un callejón.
Luminaria se extendió ante nosotros en toda su gloria: mármol blanco y torres doradas que llegaban hasta las nubes, calles pavimentadas con adoquines que resplandecían a la luz del sol entre todas las enredaderas y el musgo, canales que dividían la ciudad en zonas.
Una vez, había encontrado aquello precioso.
Ahora, lo veía diferente, cada superficie reluciente parecía mofarse de las calles llenas de ceniza de Ravenfell.
—Conque así es como vive la otra mitad. —La voz de Aether tenía un tono seco conforme nos fundíamos entre las sombras, entrando y saliendo de nuestras formas umbrías—. Es bastante llamativo, ¿no?
Alcé la vista hacia las imponentes cúpulas con sus cúspides doradas que reflejaban la luz del sol. Todo refulgía con un brillo artificial que hacía que me dolieran los ojos.
—Ahora parece… distinto.
—¿Distinto cómo?
Nos pegamos a una pared cuando un carro ambulante pasó traqueteando; el sonido de las ruedas contra los adoquines casi resultaba ensordecedor.
—Como si fuera una fachada —susurré cuando la calle se quedó vacía. Nos conduje hacia otro callejón; este más oscuro, más seguro—. Cuando vivía aquí, pensaba que la ciudad era hermosa.
Las sombras de Aether rodearon las mías conforme avanzábamos.
—Y esa botica… ¿Vale la pena arriesgarse a que nos vean por ir ahí?
—La regenta Ma. Podemos confiar en ella.
—Se me quedaron atascadas las palabras en la garganta—: Es…
Me acogió cuando nadie más lo hizo. Me dio trabajo cuando los demás no vieron más que mi marca.
Es familia. —Me detuve al principio de otro callejón y comprobé si venía alguien—.
Jamás me vio de otra manera que no fuera Fia. Jamás quiso que fuera otra cosa.
—¿Y ahora? —Su tono me hizo volverme.
—¿A qué te refieres?
—Cuando descubra qué eres. Quién eres. —Me miró a través de la oscuridad—. ¿Seguirá viéndote del mismo modo?
La pregunta me impactó con más fuerza de la que esperaba.
—No sé lo que ha ocurrido desde que me marché —admití—, pero necesito averiguarlo.
Un grupo de nobles pasó por allí; sus ropajes de seda susurraron contra la piedra. Aguardamos, pegados a las sombras de una puerta.
—¿Y si alerta a la Guardia? —La pregunta de Aether apenas era un susurro contra mi oído.
—No lo hará. —Pero, conforme lo dije, me surgió la duda.
Había estado produciendo en masa los tónicos para respirar para las fortificaciones occidentales.
Tal y como le había pedido que hiciera. La culpa me invadió mientras miraba los adoquines—.
Ma es distinta. Ella ve más allá de lo que otros pueden ver. O quieren.
Salimos a otro callejón; este me era tan familiar que me resultaba doloroso. El letrero deslucido de la botica, con sus plantas pintadas en dorado descolorido sobre la madera gastada, chirriaba con la brisa matutina. Se me aceleró el pulso a medida que nos aproximábamos.
No hacía mucho, había estado en este mismo lugar, desespera da por advertir a Ma de los espectros que destruían la frontera oc cidental.
Ahora, había regresado con uno de esos supuestos monstruos en un intento por deshacer aquello en lo que una vez había creído.
La chica que había sido entonces no me reconocería ahora, no comprendería cómo me había convertido en esto.
—No hay nadie más dentro —susurré, extendiendo mi foco para confirmar lo que ya sospechaba—. Solo Ma, en la trastienda.
Aether cambió junto a mí.
—Permaneceré en las sombras.
Asentí con la mano ya alargada hacia el pomo.
La familiar campana repiqueteó cuando entré y, por un instante, todo me pareció extraño.
Las habituales plantas y especias que antaño habían perfumado el aire ya no estaban; habían sido sustituidas por un fuerte olor a salmuera.
El polvo revestía las estanterías donde antes se acumulaban las plantas secas, y los frascos se veían en mal estado, su contenido parecía apagado y pasado de la fecha de caducidad.
—¡Ahora mismo estoy contigo! —gritó Ma desde atrás, y se me formó un nudo en la garganta ante el sonido. Eché el pestillo de la puerta con dedos temblorosos.
Fui a la trastienda; cada paso me pesaba más que el anterior.
Ma estaba en su mesa de trabajo con el pelo salpicado de canas recogido en un moño con mechones sueltos; la sola visión me sacudió el corazón con una fuerza brutal.
De alguna manera, ha bía manchas de hibisco desperdigadas por la parte de atrás de la bata de trabajo en lugares que parecían imposibles de alcanzar.
Me acerqué otro paso más mientras ella removía algo en un caldero; el movimiento se veía mecánico y cansado.
—Un momento —dijo sin girarse aún.
—Ma.
El vial de cristal se le escurrió de entre los dedos y se hizo añicos contra el suelo. Se giró aprisa y se quedó pálida cuando nuestras miradas se cruzaron.
—¿Fia? —Se le quebró la voz al decir mi nombre y, de repente, me estaba moviendo, atravesando el espacio entre las dos mientras las lágrimas me nublaban la vista.
Ma me abrazó con una fuerza demoledora y yo enterré la cara en su hombro, inhalando el familiar olor a romero quemado. Todo su cuerpo se estremeció mientras me sujetaba, o tal vez era yo la que temblaba. No lo sabía.
—Pensé que… —Se le quebró la voz. Se echó hacia atrás y me acunó la cara con las manos, mirándome como si no pudiera creerse del todo lo que estaba viendo—. Pensé que… —Unas nuevas lágrimas le corrieron por las mejillas—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es que estás aquí?
—Lo siento —susurré; las palabras me parecieron inadecuadas—. Quería decirte que estaba viva, pero no podía…
—¿Dónde has estado? —Se le volvió a quebrar la voz, y las manos todavía le temblaban contra mi cara—. Todo este tiempo he creído que esos monstruos habían… —Se detuvo, incapaz de acabar el pensamiento.
Cogí sus manos entre las mías.
—Ma, hay muchas cosas que tienes que saber. Todo lo que creíamos… no es cierto. Nada lo es.
Me buscó la mirada, con el ceño fruncido por la confusión.
—¿A qué te refieres?
—Acabo de venir de Riftdremar. —Las palabras cayeron entre nosotras, y Ma abrió los ojos de par en par.
—¿Qué?
—Hay grietas entre reinos; brechas, las llamamos. —Tenía la voz afectada a pesar de mis esfuerzos por mantenerla firme—. Cuando estaba en la Guardia, solo sabíamos de la existencia de la del oeste. Pero hay otra. En Riftdremar.
—¿Has estado en otro reino… todo este tiempo? —Le temblaron las manos cuando las alejó de las mías y se retiró el pelo de la cara.
—Los espectros de los que te hablé la última vez…
—Tragué saliva con fuerza—. Es solo cómo se ocultan a sí mismos; no son monstruos, Ma.
Son gente, como nosotros. Una raza llamada «kal far».
—Las palabras me salieron más rápido ahora—.
Han estado atacando la frontera occidental porque están desesperados.
La isla lleva robándoles esencia una década.
Todo su reino se está muriendo por culpa de Sídhe.
Ma se dejó caer en su taburete, pero no desvió la vista de mi ros tro. Reconocí esa mirada, la misma que ponía cuando ataba cabos.
—Cuéntamelo todo —pidió en voz baja.
Asentí mientras el alivio me inundaba y alejaba todas las dudas.
—Es mucho —la advertí.
—Lo soportaré.
Empecé desde el principio, por el verdadero motivo de la guerra con Riftdremar.
—Pero ¿por qué? —Se inclinó hacia delante—. ¿Por qué la necesitaban tanto?
—Existe una habilidad…, un foco que puede robar esencia y desplazarla a otro sitio.
Se llama «sifón». —Le lancé una mirada significativa—.
¿Te acuerdas de tus plantas, Ma? Las que se murieron con la arcanita cuando creías que esta las ayudaría a crecer.
Nos mintieron con lo que hace. No crea esencia, la almacena.
Puede tomarla o darla a la tierra, según cómo esté dirigida la energía en ella.