Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

L as olas rompían contra el acantilado mientras finalizábamos nuestros planes.

A pesar de la nueva vacilación de los Soleil sobre mi implicación ahora que sabían quién era con exactitud, acordamos seguir adelante, confirmar que una vez cada quince días mandaríamos representantes a Riftdremar para intercambiar información y cualquier nuevo avance.

Se me revolvía el estómago al pensar en regresar a Sídhe, pero necesitábamos aliados.

Necesitábamos que la verdad se extendiera.

—Son unas cuatro horas en barco. —La voz de Osta interrumpió mis pensamientos mientras se acercaba; su presencia familiar ya calmaba mi ansiedad de algún modo—. Por favor, dime que ya no te mareas. Acuérdate de la última vez que tomamos el ferry para…

Antes de que pudiera continuar, Aether soltó un silbido agudo.

Tryggar y Nihr emergieron de la linde de los árboles; sus formas colosales proyectaron sombras por todo el claro.

Reparé en cómo la expresión de Osta pasó de la confusión al miedo mientras retrocedía tropezando.

Incluso los Soleil dieron unos cuantos pasos atrás, perdiendo su compostura anterior.

—En realidad, tenemos nuestro propio medio de transporte —dije, conteniendo una sonrisa.

—¿Eso? —A Osta se le quebró la voz al decirlo y abrió los ojos como platos al ver las alas de Tryggar extendiéndose bajo la luz del sol.

—No dan tanto miedo. —Agarré a Osta de la mano y casi la arrastré hacia los vördr. Tryggar presionó de inmediato su cabeza contra mi palma en cuanto nos acercamos, con sus ojos oscuros amables. Osta se quedó paralizada a mi lado, claramente dividida entre la fascinación y el terror.

Dio un paso dudoso hacia delante sin apartar la vista de Tryggar.

—¿Quién eres? —inquirió en voz baja.

Me detuve, no muy segura de cómo responder a su pregunta.

—Han pasado muchas cosas —contesté al fin; las palabras me parecieron inadecuadas incluso al tiempo que me salían de la boca.

—Ya veo. —Sus ojos al fin encontraron los míos—. Pareces diferente.

—Puedes acariciarlo, ¿sabes? —Me burlé, haciéndome a un lado para dejarle espacio a Osta para avanzar.

Me dirigió una mirada que me recordó a todas esas veces en las que había intentado convencerme de hacer algo cuestionable y yo me había negado.

Con el tiempo, suspiró y dio un paso inseguro hacia delante, alzando una mano para pasarla por el cuello del vördr—.

Se llama Tryggar —dije mientras él le daba un empujoncito con suavidad, provocando que a ella se le escapara una risita nerviosa de la garganta.

—Ay, eres un bebé gigante, ¿a que sí? —arrulló Osta; su confianza crecía más con cada caricia de su pelaje.

Miré a mis espaldas y me encontré a Aether en el borde del acantilado.

Estaba muy quieto, mirando el mar, con el cabello alborotado por el viento.

Había dejado de llover, pero el aire salado y la humedad habían hecho cosas maravillosas con sus ondas ónices y habían causado que las puntas se le rizaran justo por encima de los hombros y en las sienes.

—¿Qué hay entre vosotros dos? —La pregunta de Osta provocó que volviera a centrarme en ella. El calor me subió por el cuello cuando me percaté de que me había pillado mirándolo.

—No lo sé muy bien —conseguí responder, pero la mirada cómplice de Osta me dijo que no se lo creía.

—Vamos, Fia. Ya sabes que no puedes mentirme sobre estos asuntos.

—Bajó la voz, aunque Aether estaba demasiado lejos para oírla—.

Si creía que las miradas de Laryk eran intensas…

—Sacudió la cabeza—. La forma en la que ese hombre te mira…

es como si fueras la única persona que existe.

—Se detuvo—. En realidad, eso es aterrador.

—Él es… protector —contesté vagamente.

—Y bastante bruto. —Osta arrugó la nariz—.

Y también muy maleducado, si te soy sincera.

—No obstante, en ese momento sus ojos adquirieron un brillo travieso y bajó la voz hasta un susurro conspirador—.

Pero, por todos los Esprithe, es el hombre más guapo que he visto en mi vida.

—Se fijó en la silueta lejana de Aether.

Solté una risa incómoda.

—A ver, está bien.

—Esas piernas, esos brazos… —prosiguió Osta, sacudiendo la cabeza—. Es enorme. Me destrozaría.

—Para, por favor. —Le di un codazo, aunque no pude evitar soltar una carcajada por su típica falta de filtro. Algunas cosas nunca cambiaban, incluso cuando todo lo demás sí.

—Muy bien. No tienes que contarme todos los detalles sucios. —Hizo un mohín y se cruzó de brazos—. Pero algún día me dirás con todo lujo de detalles cómo ha pasado esto.

Me giré hacia ella entonces, poniéndole un espejito en la mano antes de que pudiera pensármelo dos veces. Ella lo agarró de manera instintiva.

—Cuando vuelva a Umbrathia, podremos comunicarnos así —le expliqué en voz baja—. No es para usarlo a menudo, solo en caso de emergencia. Pero, si hablas por él, podré oírte y viceversa.

—Es genial. —Osta lo giró entre las manos, examinando los grabados delicados—. ¿Quieres que mantenga esto en secreto?

—Por ahora, sí. —Asentí, echando un vistazo a los Soleil—. Sé que confías en ellos, y yo también quiero, pero todavía no he llegado a ese punto.

Osta se metió el espejito en el bolsillo sin preguntar nada más. Un silencio se instaló entre nosotras mientras yo me afanaba asegurándole la montura a Tryggar, aunque el peso de lo que ella quería preguntar permanecía en el aire.

—Entonces… ¿ahora eres una princesa? —soltó al fin, tratando de sonar relajada, pero sin conseguirlo.

—No estoy segura de cómo sentirme ante esa palabra aún. — Hice una mueca; no obstante, me giré hacia ella—. Pero, técnicamente, sí.

—¿Eso significa que has descubierto quiénes son tus padres? —Su voz destilaba emoción.

Me dio una punzada de culpabilidad. Osta siempre había sido la que había estado desesperada por saber más sobre nuestro pasado, sobre de dónde proveníamos.

Se había pasado años preguntándoselo, teniendo esperanza, mientras que yo trataba de olvidar.

Y ahora aquí estaba, con respuestas sobre mi propia historia, pero nada que ofrecerle a ella sobre la suya.

—Sí —respondí en voz baja—. Antes de que Riftdremar cayera, la Umbra estuvo aquí —miré a mi alrededor, de pronto consciente de la importancia de este lugar, donde nuestras dos historias empezaron— negociando una alianza contra Sídhe.

Mi padre… era el hijo de la reina actual. Murió aquí cuando el continente ardió.

—Lo siento, Fia. —La tristeza en sus ojos era casi insoportable.

—No lo conocí —la interrumpí con una mirada, sacudiendo la c abeza—. Sin embargo, este… —señalé a Tryggar, que nos estaba observando con aquellos viejos ojos sabios— era su vördr.

Osta asintió, contemplando a la bestia gigante con una nueva comprensión.

—¿Y tu madre? —preguntó en voz baja.

—No sé nada de ella.

Osta se mordió el labio, y no supe afirmar si la mirada que me dirigió fue de entendimiento o de tristeza. Tal vez ambas. No obstante, antes de que cualquiera de nosotras pudiera añadir algo, ella deslizó los ojos más allá de mí. Me volteé y me encontré a Aether acercándose.

—Deberíamos marcharnos pronto —dijo él.

—Soy Osta. —Le tendió una mano; la energía burbujeante que tan bien recordaba había vuelto a su voz—. No nos han presentado de manera oficial.

Puse los ojos en blanco mientras Aether se quedaba mirando su mano tendida durante un instante demasiado largo antes de extender la suya y darle un apretón incómodo.

—Un placer —dijo.

—Estoy segura de que has oído hablar mucho de mí. —Desvió la vista en mi dirección con un destello cómplice en ella.

No pude evitar reírme por lo absurdo de esta interacción: mi mejor amiga y el hombre que había puesto mi mundo patas arriba tratando de conversar.

—Algo he oído. —Torció la comisura de la boca y ese hoyuelo amenazó con aparecer.

—Todo cosas buenas —le aseguré corriendo a Osta.

Ella me miró alzando una ceja.

—¿Qué iba a ser si no?

—Nada, por supuesto. —Me reí, pero dirigí mi atención a Aether.

Se hallaba allí, claramente incómodo con las convenciones sociales, sin intentar ocultarlo.

Sin sonrisas falsas ni cumplidos artificiales.

Solo él, sin complejos. Se me instaló una calidez en el pecho al percatarme de ello, de cómo nunca fingía ser algo aparte de lo que era.

Incluso ahora, cuando la diplomacia podría venirle bien.

Tiré de Osta para darle un gran abrazo, tratando de transmitir todo lo que no podía decir.

—Te prometo que hablaremos pronto.

Ella susurró contra mi pelo:

—Te quiero.

—Yo también te quiero —contesté, pero las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta.

Cuando nos separamos, Osta tan solo se giró hacia Aether y le dio unas palmaditas en el pecho.

—Cuida de ella —dijo, como si no fuera la persona más letal que hubiera conocido.

Como si no fuera un guerrero que pudiera destruir ejércitos.

Contemplé cómo a él se le cambió la expresión ante el contacto, cómo se le tensaron los hombros, y contuve una carcajada mientras Osta volvía con los Soleil sin inmutarse lo más mínimo.

Aether ladeó la cabeza hacia un lado y yo tan solo me encogí de hombros.

—Así que esa es tu mejor amiga —soltó, aún un poco pasmado.

—La misma.

—Todavía dudo de tu juicio. —Sin embargo, cuando le di un codazo, por fin sonrió de oreja a oreja.

Contuve el aliento; era devastador así, con todas sus facciones angulosas suavizadas por aquel hoyuelo, aquellos ojos brillantes por la diversión.

A lo mejor sí que era el hombre más guapo que había visto en mi vida.

Montamos a nuestros vördr mientras lord Soleil se adelantó unos cuantos pasos.

—Buena suerte —dijo con un asentimiento solemne, y lady Soleil lo imitó. Eron tan solo se despidió con la mano.

Mientras guiábamos a nuestros vördr al claro para despegar, la mente me iba a mil con todo lo que nos aguardaría en Sídhe.

No obstante, cuando Tryggar desplegó las alas, preparándose para elevarnos hacia el cielo, sentí la presencia de Aether a mis espaldas como un ancla.

Ocurriese lo que ocurriese, al menos estaríamos juntos en esto.