Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

L os hombres de los Soleil sí que se habían superado a sí mismos.

Sirvieron un auténtico festín en el acantilado, con manteles que podrían haber costado más que nuestro antiguo piso incluido.

El despliegue era impresionante: pan recién hecho, fruta que no había visto desde que dejé Sídhe, incluso vino en copas finas que pare cía absurdamente fuera de lugar entre las ruinas.

El océano rompía contra las rocas abajo, enviándonos una bruma que nos rociaba la cara de vez en cuando.

Solo los seis estábamos sentados a la mesa, yo entre Osta y Aether, como un sándwich, y Eron y los Soleil enfrente de nosotros.

El resto de su gente se había desplegado por las ruinas, concediéndonos privacidad mientras vigilaban.

Cada vez que pillaba a Osta mirándonos a mí y a Aether, ella desviaba la vista corriendo.

—Antes de tu desaparición —comenzó a decir lord Soleil, rompiendo el incómodo silencio—, ya habíamos conformado una buena red.

Mi gente en la Guardia creaba pequeños agujeros en las patrullas, instantes en los que la Umbra podía colarse sin que los notaran.

Con las visiones de Kalea guiándonos para saber cuándo era el momento perfecto… —Señaló a su mujer.

Aether alzó la mirada de su plato intacto.

—¿Se supone que debo dar las gracias por eso?

—Entiendo que no llega ni al mínimo —dijo Soleil con tacto—. Pero hacemos lo que podemos con lo que tenemos.

Aether no despegó la vista de él; el silencio se alargó de un modo incómodo.

—¿Por qué nos estáis ayudando? —pregunté—. Vuestra familia debe beneficiarse de todo lo que Sídhe ha obtenido. Nada os ata a Umbrathia, no tenéis motivo para preocuparos por lo que le ocurra a su gente. —Me incliné hacia delante, estudiándole el rostro—. Así que ¿qué ganáis vosotros con esto?

A lord Soleil le mudó la expresión. Intercambió otra mirada con su mujer antes de contestar, pero lo interrumpí.

—Los nobles de Sídhe jamás han sido tan ricos ni ostentado tanto poder. Y, sin embargo, aquí estáis vosotros, arriesgándolo todo para ayudar al mismo reino que estáis robando.

A lord Soleil se le endureció el semblante.

—Una prosperidad que se sustenta sobre el sufrimiento de los demás no es prosperidad en absoluto; es parasitismo.

Y no puede seguir así. —Soltó su copa de vino—.

Es posible que gente como mi hermano esté contenta viendo cómo nuestro reino progresa mientras otro languidece, pero he visto a dónde conduce este camino.

—Sacudió la cabeza—. ¿Qué ocurrirá cuando no quede nada más que drenar de Umbrathia? ¿A dónde crees que irá el rey después?

Lady Soleil le cogió la mano a su marido.

—Los nobles se piensan que son intocables en sus torres de oro. Pero están tan ciegos como los demás. Esto no es sostenible, y, cuando todo se derrumbe, dará lo mismo lo rico o poderoso que se sea.

—El equilibrio entre los reinos se ha desestabilizado por completo —continuó lord Soleil—. Sé que muchos no siguen las enseñanzas de los Esprithe; sin embargo, yo siempre he sido un seguidor devoto de su sabiduría. Y este crimen no quedará impune.

Vi cómo Aether sofocaba un resoplido, pero la veneración del tono de Soleil me llamó la atención y no estaba segura de por qué.

—Lo que nos lleva a la razón por la que necesitamos algo más que colar gente por la frontera —prosiguió lord Soleil, negándose a venirse abajo ante los ojos de Aether—.

Hemos estado reuniendo apoyo poco a poco.

Con cautela. Incluso hemos conseguido unos cuantos oficiales de la Guardia.

Pero solo podemos llegar hasta cierto punto con ese tipo de influencia.

—Hizo una pausa, intercambiando una mirada con su mujer—.

Lo que necesitamos es a alguien de alto rango. A alguien con poder de verdad.

—Un general —añadió lady Soleil con delicadeza.

Noté cómo Aether se ponía rígido a mi lado.

—Osta mencionó lo cercanos que os habíais vuelto Laryk As hford y tú —señaló lord Soleil.

Un rubor se deslizó despacio por mi cuello. Fulminé con la mirada a Osta, quien de repente encontraba su plato fascinante. Entonces, sentí los ojos de Aether sobre mí.

—Ah —dijo en voz baja—. Conque es ese.

—¿Qué esperáis que haga en concreto? —pregunté, pasando los dedos por mi copa de vino sin tocar.

—Ashford siempre ha sido… impredecible —respondió lord Soleil—.

Desprecia abiertamente a mi hermano, lo que es un punto a su favor.

Pero, además, siempre ha sido el que cuestiona cosas.

El único general que ha ido alguna vez contra órdenes directas.

—Se inclinó hacia delante un poco—. Si alguno de ellos pudiera convencerse de la verdad, ese sería él.

A Aether se le oscurecieron los ojos cuando apartó su plato con demasiada fuerza. Osta se reclinó ahora de manera evidente, mirándonos a los dos con la cabeza un poco ladeada.

—Hay que ocuparse primero de los juramentos de sangre —señalé, tratando de redirigir la conversación—. Da lo mismo a quién convenzamos de la Guardia si no puede hablar de lo que sabe.

—No podría estar más de acuerdo. —Lord Soleil asintió—. Hay que destruir los juramentos de sangre.

—Era uno de nuestros planes —admití.

—Unos cuantos de mis guardias trabajan en las verjas principales del cuartel —comentó—. Podría garantizaros acceso…

—No lo necesitamos. —La voz de Aether atravesó el aire con un tono de desconfianza—. Solo llamará la atención. Es mejor entrar a nuestra manera.

—El lugar está muy fortificado —repuso lord Soleil.

Aether bufó, aún negándose a tocar la comida que había delante de él.

—Pero… usad el método que prefiráis —accedió Soleil; era obvio que había notado el mal humor de Aether.

—Los guardan en Luminaria, ¿verdad? —pregunté—. Hasta los de otras regiones, ¿no?

—Sí, todos se guardan en el cuartel.

—Pues esa es nuestra prioridad entonces —declaré con firmeza antes de girarme hacia lady Soleil—. ¿Has visto alguna vez algo del rey? ¿De su foco?

Lady Soleil miró a su marido antes de contestar.

—Nunca he sido capaz de ver nada concerniente a él. Solo puedo tener visiones claras de gente con la que he interactuado. —Recorrió con los dedos el borde de su copa—. Y jamás lo he conocido en persona. Es muy frustrante.

—Nosotros hemos descubierto algo en Umbrathia. —Me moví hacia delante, bajando la voz, aunque no había nadie cerca que nos escuchase—. Una atadura, bueno, un foco. Se llama «si fón». Con él se puede transferir la esencia de un lugar a otro.

La mesa se quedó callada. Hasta las olas parecieron guardar silencio.

—Eso tendría sentido —habló por fin Eron con los ojos iluminados—. Nunca hemos sabido concretamente cómo lo hacen. Creíamos que estaba relacionado con las torres de arcanita.

—La arcanita solo almacena. —Contemplé sus caras mientras empezaban a comprender—. Pero hay algo más importante que el rey. Su pueblo debe saber la verdad antes de que podamos hacer algo al respecto. Hay que darle la oportunidad de elegir bando en esta guerra.

—Tienes razón —asintió Soleil—. Esa ha sido nuestra estrategia desde el principio. Provocar trastornos desde dentro. —Cruzó la mirada con la mía de nuevo—. Y contar con el apoyo de un general sería inestimable.

Me removí, incómoda, y Aether presionó la pierna contra la mía bajo la mesa.

—No pensaba hablar con él —dije en voz baja.

—Está en Stormshire con el resto de tu antigua unidad. —Las palabras de lord Soleil me cayeron como un jarro de agua fría.

Miré a Osta.

—¿Nazul sabe algo de todo esto?

A Osta se le mudó la expresión y negó con la cabeza.

—No. No he hablado mucho con él últimamente. Desde que… ocurrió todo.

Otra oleada de culpabilidad me embargó.

—Si pudieras infiltrarte en Stormshire, convencer a Ashford… —Soleil se inclinó hacia delante—, sería el punto de inflexión que todos necesitamos.

Noté a Aether ponerse rígido junto a mí.

—Podríamos ayudarte, claro. Sé que es un poco tarde, pero mañana por la noche van a asistir todos los generales a una asamblea en la sala de control central. Si fuera posible que te colaras en su cuarto sin ser vista…

Aether se levantó de manera tan repentina que la mesa se sacudió y las sombras lo rodearon en oleadas.

—Eso no va a pasar. —Su voz era poco más que un gruñido.

Vi cómo Osta abría los ojos como platos mientras soltaba el tenedor y este producía un sonido metálico al chocar contra la porcelana. Me dirigió la mirada a mí, pero ya no había quien parara a Aether.

—No tenéis ni idea de quién es ella. —La oscuridad de su tono hizo que hasta lord Soleil se echara hacia atrás—. Para noso tros. Lo importante que es.

—Aether, detente. —Me puse de pie a su lado.

—Quizá ella confíe en todos vosotros, pero yo no. —Las sombras se le salían de las comisuras de los ojos—. Y no me voy a quedar de brazos cruzados mientras enviáis a la heredera al trono de Umbrathia a una trampa mortal.

El silencio se propagó por toda la mesa como una ola. A Osta se le escurrió la copa de vino de entre los dedos y el líquido rojo se extendió por el mantel blanco como si fuera sangre. Abrió la boca y la cerró varias veces antes de decir:

—Perdona, ¿que ahora eres qué?

Lord Soleil se había quedado del todo tieso, empezando a perder la compostura. Hasta lady Soleil parecía petrificada.

—La heredera a… —soltó Eron—. Pero si creciste en Sídhe. En una casa de acogida. Con… —Señaló a Osta; era evidente que le costaba comprenderlo.

—Fia. —Osta había adoptado ese tono familiar que siempre usaba cuando parecía a punto de desmayarse—. ¿Me estás diciendo que, además de ser alguna clase de dominadora de las sombras, controladora de mentes y antigua prisionera, también perteneces a la realeza?

—Lo he descubierto hace poco —respondí en voz baja, mirando con los ojos entrecerrados a Aether.

—Ah, bueno, entonces no pasa nada. —Soltó una breve carcajada histérica—.

Yo pensando durante meses que estabas muerta y tú descubriendo por casualidad que eres la heredera de todo un reino.

—Se detuvo y luego añadió—: Aunque supongo que eso explica por qué siempre se te ha dado tan mal doblar la colada.

—Osta —dije, pero ella había cogido carrerilla ya.

—¿Eso significa que debo hacerte una reverencia? Porque he estado practicando, ya sabes, mientras trabajaba para los Soleil y eso, pero todavía se me da fatal. Aunque supongo que eres demasiado…

—Tan solo las implicaciones políticas… —comenzó a decir lord Soleil.

—Ay, por favor —interrumpió Osta, poniendo los ojos en blanco.

A continuación, se quedó paralizada con el horror reflejándosele en el rostro—.

Espera, ¿debería dejar de decir esas cosas?

¿Hay reglas sobre insultar a la realeza de otro reino?

¿Me van a arrestar? Porque tengo muchas historias que me incriminan…

—¡Osta! —Pero yo ya estaba intentando reprimir una sonrisa, agradecida por su habilidad para reducir la tensión. Sin embargo, la postura de Aether no cambió; si acaso, parecía más irritado que antes.

—Disculpadnos un momento —solté, agarrando a Aether del brazo y llevándolo hacia la linde del bosque—. ¿Es que no puedes contenerte? —espeté hecha una furia cuando estuvimos lejos de los oídos.

—Iban a mandarte a Stormshire —gruñó, girándose para encararme—. Como una especie de enlace para ganártelo.

—Eso no se ha decidido…

—Eso es justo de lo que depende su plan. —La oscuridad palpitaba a lo largo de sus quemaduras del Vacío—. Y ahora ellos saben quién eres y todo lo que conlleva.

—No tenías ningún derecho a contárselo. —Las palabras salieron cortantes.

—Tenía todo el derecho. —La voz le salió peligrosamente baja—. Ya no eres una simple soldado a la que enviar a una misión suicida. Eres más…

—¡Ni siquiera sé qué soy! —El estallido nos sorprendió a los dos—. Apenas he tenido tiempo de procesar nada de esto yo misma, y resulta que acabas de anunciárselo a todos como si fuera una especie de escudo para protegerme.

—Por supuesto que voy a protegerte de aquellos que tengan malas intenciones. —La ira destellaba en sus ojos.

—Puedo pensar por mí misma. —Me aproximé, envalentonada por la furia—. Tomar decisiones por mí misma. Antes te parecía estupendo. ¿Qué ha cambiado?

No respondió, pero entrecerró los ojos.

—¿Es por Ashford? —Alcé una ceja—. Porque yo ya tenía pensado buscar a mis amigos en el oeste, los que estaban en la unidad conmigo. Te lo dije anoche.

—No entiendo por qué tienes que ser tú la que hable con él —res pondió, pasándose la mano por el pelo y desviando la vista al océano.

—Porque llevan razón. Es posible que no escuche a nadie más —admití en voz baja, dando un paso hacia Aether—. Si se uniera a esta resistencia que han empezado, eso lo cambiaría todo.

Quería verlo. Aun cuando trataba de ignorar ese sentimiento, todavía quería verlo. Pero la idea de plantarme de verdad delante de Laryk otra vez hacía que se me encogiera el corazón por el miedo.

¿Y si no me creía? ¿Y si le hablaba de todo: de las tierras agonizantes, de la gente muriéndose, de las pruebas del robo de Sídhe…, y aun así elegía su reino por encima de la verdad? ¿Y si su lealtad al rey era más fuerte que cualquier prueba que pudiera mostrarle?

E, incluso si me creía en lo respectivo a Sídhe, tendría que contarle todo lo demás. Lo de unirme a la Umbra. Lo de quién era en realidad. Y lo de Aether.

No podía mentirle. Laryk lo vería al instante. Tendría que ser honesta. Brutal y totalmente honesta.

Y no sabía si lo que sea que hubiéramos tenido sobreviviría a semejante honestidad.

Deslicé la mano en la de Aether, y la rigidez de su postura se aflojó cuando me atrajo hacia él y presioné la cara contra su pecho.

—No quiero que te pase nada. —Su torso vibró con las palabras. El pánico de su voz podría haber sido por mi seguridad, pero el instinto me decía que le daba más miedo perder lo que fuera que estuviera ocurriendo entre nosotros. Eso tan frágil que apenas habíamos comenzado a comprender.