Capítulo 46
– A ether. —Se me quebró la voz al pronunciar su nombre. Él se paralizó y sus ojos buscaron los míos antes de seguir mi mirada al otro lado del agua.
Nos movimos como uno solo, cambiando a nuestra forma de sombra en un instante. Me iba el corazón a mil cuando nos materializamos junto a los vördr, instándolos a que se metieran más adentro del bosque. «¿Nos habrán visto ya?». El pensamiento hizo que me estremeciera de la cabeza a los pies.
—Tenemos que estar cerca cuando lleguen a la orilla. —La voz de Aether había cambiado; todo rastro de intimidad se había desvanecido—. Y descubrir lo que están haciendo aquí.
Asentí, aún saboreándolo en mis labios, aún sintiendo la sensación de su tacto en la piel. Sin embargo, no había tiempo para aquello ahora. Nos convertimos en sombras una vez que escondimos a los vördr y nos movimos en silencio hacia la orilla.
Entre la niebla, el barco emergió como un fantasma; primero solo una sombra, luego su forma sólida.
El agua se revolvía blanca contra su casco oscuro, y el blasón de Sídhe ondeaba al viento, con los hilos dorados captando la poca luz que atravesaba las nubes.
El fuego me recorrió las venas cuando reparé en la segunda bandera bajo el blasón de Sídhe: un sol abrasador con unas espadas cruzadas.
«No puede ser».
Pero conocía ese emblema. El blasón de la familia Soleil.
El ancla del barco salpicó el agua; las cadenas traquetearon cuando bajaron barcos más pequeños a las olas embravecidas.
—Voy a ver cuántos hay a bordo. —Mi voz sonó más segura de lo que me sentía.
Jamás había intentado usar mi foco en mi forma umbría, pero la telaraña respondió al momento, entrelazándose a través de mi niebla oscurecida. Unos orbes plateados de consciencia se encendieron en el barco como estrellas. Cuatro en la cubierta superior y seis debajo.
—Diez —dije en voz baja.
—Tenemos dos opciones —espetó la voz de Aether en medio de la lluvia—. Podemos esperar a que lleguen a la orilla para ver por qué están aquí o podemos arrojar oscuridad y sacar a todo el mundo del barco.
—¿Arrojar oscuridad? —Las palabras me resultaron extrañas al decirlas.
—No te preocupes, yo me encargo. —Había una naturaleza letal en su tono.
Dos figuras aparecieron en la proa del barco; sus formas difusas por la neblina. Alzaron lo que parecían unos catalejos de latón y examinaron de modo metódico la costa.
—Están buscando algo —susurré, pero las palabras murieron en mi garganta cuando uno de los hombres de repente señaló algo a nuestras espaldas y le dijo algo a gritos a su tripulación.
Me dio un vuelco el estómago cuando me giré. Tryggar se encontraba al borde del acantilado; su forma plateada era inconfundible contra el cielo oscurecido por la tormenta.
«Mierda».
Se me agolparon las opciones en la mente, cada una peor que la anterior.
No podíamos huir, pues ya habían visto a Tryggar.
Y si aquellos eran los hombres de los Soleil…
No me permití que el pensamiento fuera más allá.
Si vieran aunque fuera un destello de mi marca de riftborne, estoy segura de que nos aguardaría alguna especie de tortura.
No obstante, dejarlos volver a Sídhe con la noticia de que estábamos aquí podría echar a perder todo lo que habíamos planeado.
—Tenemos que hacer algo, Fia. —La voz de Aether era grave, urgente—. Tú decides.
Tragué saliva con fuerza, saboreando la bilis.
—Sácalos. —Las palabras me quemaron en la garganta.
La tripulación había empezado a desembarcar en botes más pequeños cuando nos movimos. Atravesamos el agua como humo viviente y nos materializamos en la cubierta del barco justo cuando una oscuridad impenetrable descendió sobre él. Unos gritos de pánico emergieron en torno a nosotros.
Me lancé contra un guardia con los colores de Sídhe, con sombras enroscándoseme en el puño, y, entonces, me detuve. A través de la oscuridad, vi un destello de pelo rubio miel.
Se me paró el corazón.
—Aether —me atraganté—. Detente. ¡Aether, detente!
La oscuridad se disolvió, y de repente estaba mirando unos ojos aguamarina que conocía mejor que los míos propios. Osta se encontraba delante de mí; el terror se convirtió en conmoción al percatarse. Las lágrimas brotaron cuando se tiró a mis brazos.
No pude moverme. Tampoco respirar. No era posible que fuera real.
La última vez que la había visto, tenía los ojos abiertos como platos por el miedo mientras un grito le desgarraba la garganta.
Cuando me llevaron de Emeraal. Y, ahora, aquí estaba, en un barco en Riftdremar, con las lágrimas cayéndole por el cuello.
Mi Osta siempre había sido rayos de sol y chistes malos, no esta cosa temblorosa y rota.
Algo se rompió en mi interior, una presa que había construido hacía meses para contener todos los recuerdos de ella que dolían demasiad o como para hacerles frente.
Osta, que había sido mi hermana en todo menos en sangre, ambas marcadas como riftborne, ambas supervivientes al margen de una sociedad que nunca nos quiso de verdad.
Había soñado con este momento muchísimas veces en mi torre de Ravenfell.
Había imaginado todas las cosas que diría, cómo le explicaría todo.
Sin embargo, ahora, teniéndola entre mis brazos, sintiendo sus hombros temblar por los sollozos contra mí, las palabras parecían imposibles.
¿Cómo podía contarle que mientras ella pensaba que estaba muerta, o algo peor, yo había descubierto la v erdad sobre nuestro lugar de nacimiento, sobre quién era en realidad?
¿Que había encontrado respuestas a preguntas que ella me había susurrado a altas horas de la noche, queriendo saber sobre nuestros padres, sobre la guerra que nos convirtió en huérfanas?
Aún olía a vainilla y calidez, todavía me recordaba a casa. No obstante, ahora ambas éramos diferentes, habíamos cambiado con el tiempo, los traumas y el peso de los secretos que no estaba segura de cómo compartir…
—Bueno, eso ha estado a punto de acabar en tragedia. —Una voz vagamente familiar interrumpió mis pensamientos.
Puse a Osta detrás de mí y alcé la vista para encontrar a lord Soleil observándonos, con lady Soleil a su lado.
«No es el general. No es Baelor». Un movimiento a mis espaldas captó mi atención: Aether se hallaba rodeado de guardias, muy quieto, con las manos atadas a la espalda.
Aunque había armas apuntando hacia él, permaneció con los ojos fijos en mí.
—Basta —ordenó lord Soleil—. Liberad a ese hombre.
En cuanto bajaron las armas, Aether se desvaneció y reapareció a mi lado como una sombra hecha carne.
Una lluvia cubría las tablas desgastadas de la cubierta; cada gota reflejaba el cielo sobre nosotros. La madera bajo mis pies estaba suave por los años de botas y sal; había unos parches oscuros que señalaban dónde el mar había reclamado su territorio.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —Me giré hacia Osta, pero ella siguió con los ojos abiertos de par en par fijos en Aether.
—¿Quién es él? —susurró, aún con lágrimas recorriéndole el rostro.
—Osta, céntrate. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Desvió la vista a los Soleil, y el orgullo en su expresión me hizo seguirla.
Lady Soleil dio un paso adelante con una sonrisa amable realzando sus rasgos.
—Te he estado buscando, Fia. Desde que desapareciste de Emeraal.
—¿Buscándome? —Las palabras se sentían huecas en mi garganta—. ¿Qué quieres decir?
Lord Soleil se movió al lado de su mujer.
—Esa noche, cuando nos conocimos, me percaté de inmediato de que no eras como nosotros. ¿Lo recuerdas?
El encuentro me vino a la memoria: su mirada curiosa, el peso de sus palabras. «Es genial tenerte de nuestro lado». El corazón me dio un vuelco cuando comencé a entenderlo todo. Mis ojos iban de los Soleil a Aether, que parecía tan confundido como yo.
—Mi mujer… Su foco le permite tener premoniciones. —La voz de lord Soleil cargaba un deje de orgullo—. A veces, solo son sensaciones, pero otras son visiones completas. Es una absoluta maravi…
Lady Soleil lo detuvo con una mirada.
—Como te he dicho, te he estado buscando desde que desapareciste. Y ayer sentí tu presencia otra vez en este reino.
—No lo entiendo. —Me giré hacia Osta, cuyas lágrimas no habían cesado.
Parecía la misma y completamente distinta a la vez.
Todavía se le rizaba el cabello rubio miel de manera indómita por el aire húmedo, aunque le había crecido más allá de los hombros ya.
Unas líneas nuevas le arrugaban las comisuras de los ojos.
Llevaba uno de sus viejos vestidos, el azul con florecitas que cosió ella cuando aún trabajaba para Thearna, pero ahora le quedaba más holgado.
—Creía que estabas muerta —dijo, y se le quebró la voz—.
Cuando desapareciste…, me quedé hecha polvo, bloqueada por completo.
—Seguía haciendo eso con las manos, lo de retorcerse los dedos hasta que los nudillos se le ponían blancos y luego los soltaba.
Aquel hábito nervioso era nuevo. Al igual que los círculos negros bajo los ojos y la manera en la que su sonrisa parecía temblar en las comisuras antes de formarse del todo.
Y yo la ha bía dejado sola, sumida en el dolor mientras descubría mis verda des al otro lado de la brecha.
La carga de aquello me oprimió el pecho hasta que apenas pude respirar—.
Los Soleil —prosiguió Osta, señalando a la pareja— vieron cuánto estaba sufriendo y acabaron contándome la verdad.
Me giré para verlos justo cuando lord Soleil se agarraba a la barandilla que nos separaba.
—Nunca creímos que estuvieras muerta. Ni tampoco que ellos le hicieran daño a una de los suyos.
Al igual que sabíamos que no nos harían daño a nosotros aquella noche.
—Se volvió hacia Ae ther—. Ninguno de vosotros ha atacado a civiles jamás, a pesar de lo que diga la Guardia —dijo lord Soleil con un tono serio—.
Yo era joven cuando Riftdremar se alzó contra Sídhe.
Joven pero observador. Sabía que lo que ellos estaban contando era mentira.
Muchos se percataron entonces, aunque a pocos les importó.
La lluvia pareció amainar mientras hablaba.
—Así que, cuando empezamos a experimentar los «ataques» en nuestra frontera occidental, me permití acercarme a la Guardia y les dejé explotar mi foco.
Y, una vez que viajamos a Emeraal, a Stormshire, y vimos aquellas torres de arcanita, me di cuenta de que aquello era otra mentira oculta bajo capas de propaganda y nacionalismo ingeniosamente construido.
—Se detuvo, poniendo en orden sus pensamientos—. Pero todavía no sé todos los detalles.
Lady Soleil se aproximó más con los ojos fijos en los míos.
—No sabíamos quién era este supuesto enemigo, así que empecé a investigar después de que Henrick me contara sus sospechas.
Y hacéis todos bien en manteneros ocultos.
Me llevó casi un año poder ver algo a través de esa oscuridad.
—Desvió la vista a Aether—. Con el tiempo, vi atisbos de un reino agonizante en el que el verde se había convertido en cenizas.
—Sus palabras me dieron como un puñetazo.
Pensé en mi primera visión de Umbrathia, en el eclipse eterno, los cultivos marchitos, los ojos vacíos de la gente.
¿Cómo de diferente serían las cosas ahora si otras personas en Sídhe hubieran visto lo mismo que los Soleil?
Ojalá pudiéramos hacerles ver más allá de todas las mentiras.
Los Soleil compartieron una mirada significativa antes de que el hombre prosiguiera:
—Desde entonces, hemos comenzado a formar una pequeña resistencia: algunos ciudadanos de a pie, otros dentro de la Guar dia, todos aquellos que están dispuestos a destruir sus juramentos de sangre.
Muchos como tú, supongo. —Me contempló, pero entonces observó por encima de mi hombro y oí pasos detrás de mí.
—Cuánto tiempo. —La voz hizo que me sobresaltara.
Me giré y me encontré a un hombre con el pelo rubio desgreñado y unos familiares ojos marrones, los ojos del chico riftborne con el que había crecido en la Casa de la Unión.
Que había sido uno de mis verdaderos amigos en Sídhe.
La última vez que lo vi, había sido fuera del cuartel, cuando me había mirado como a una extraña.
—Eron. —Me salió su nombre en poco más que un suspiro mientras caminaba hacia él.
—Cuando me enteré de que te habías unido a la Guardia, no supe qué pensar. Cómo hablar contigo. Porque yo ya formaba parte de esto y… —Se calló, y la incertidumbre se le reflejó en el ceño—. Bueno, no sabía si podía ya confiar en ti.
Me ofreció una sonrisa tímida y me tendió la mano. Yo me quedé mirándola por un instante antes de darle un abrazo.
Cuando me volví hacia Aether, este tenía un rostro ilegible, pero una ceja alzada un poco; una pregunta silenciosa: «¿Podemos confiar en ellos?».
Suspiré, contemplando la escena a nuestro alrededor.
Formaban un grupo extraño en la cubierta resbaladiza por la lluvia: guardias de Cuerpo con sus uniformes junto a civiles en ropa de viaje.
Los Soleil parecían casi etéreos con sus prendas finas; el vestido de seda de lady Soleil ondulaba como agua en el viento, mientras que el abrigo de lord Soleil estaba lleno de botones a juego con los accesorios de latón del barco.
—Bueno, pues me habéis encontrado —dije al fin, girándome hacia lady Soleil—. ¿Qué queréis de mí?