Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

E l olor a humo de leña me sacó del sueño.

Parpadeé para espabilarme y vi a Aether ya despierto, agachado junto al fuego.

Unas nubes oscuras se revolvían en el horizonte donde el mar tocaba el cielo y sus bordes se fundían entre sí hasta que no sabía decir dónde acababa uno y dónde empezaba el otro.

Al parecer, la tensión de la noche anterior aún perduraba en el ambiente. En la vacilación de sus movimientos, en cómo se le tensaron los hombros cuando me levanté. Hasta sus sombras se veían más contenidas, envueltas con firmeza contra su piel como una armadura.

—Parece que va a llover —dije; las palabras salieron neutras en ese ambiente cargado.

Aether alzó la vista del fuego y observó el mar.

—Eso parece, sí.

Me agaché para sentarme frente a él y observé el modo en el que agarró el espeto improvisado con más fuerza de la necesaria. La conversación de anoche flotaba entre nosotros como una niebla.

Sacó un pescado de las llamas y me lo tendió a mí primero.

—Cuidado, quema.

Mientras comíamos, se oyó en la distancia el estruendo de los truenos, cuyo sonido retumbaba en el acantilado. Ninguno dijo nada. Yo me encontré contando los segundos entre el relámpago y el trueno con tal de llenar el silencio.

—¿La lluvia afectará a los vördr? —pregunté, viendo cómo Aether asaba pescado para Nihr y Tryggar. Las descomunales bestias devoraron su desayuno sin la incomodidad que asolaba a sus jinetes.

—Les encanta —comentó cuando terminó su comida con la mirada fija en otra parte, en cualquiera menos en mí—. Para viajar, no importa mucho. Podemos volar por encima.

Asentí, siguiendo con la mirada el destello de otro relámpago cuando atravesó el cielo.

Aether se puso de pie de manera abrupta y se recolocó las correas de la armadura de cuero.

—Cuando acabes, hay algo que tenemos que hacer antes de marcharnos.

—No deberíamos perder el tiempo —protesté, pero su postura me indicó que esto no era debatible.

—Sé que crees que vamos a hacer esto sin luchar —dijo con los dedos sobre el cinturón de armas, comprobando cada una de ellas—, pero necesito que estés preparada para lo que pueda pasar.

—¿Qué quieres decir?

—Nunca has usado tus sombras en batalla. Al menos, no a propósito. —Al fin volvió la mirada hacia mí, aunque la detuvo en un punto sobre mi hombro—. Debes aprender a luchar con ellas a propósito.

Me levanté y me sacudí la tierra de la ropa.

—Soy toda oídos.

Unas olas enfurecidas rompían contra la orilla mientras Ae ther comenzaba a explicar con ese tono autoritario que me sonaba tan familiar de mis primeros días en la torre:

—Entrar y salir de tu forma umbría puede desorientar a tu enemigo.

Cuando eres sombra pura, eres resistente a los daños físicos.

Debes usarlo en tu provecho. —Fue hacia el centro del acantilado, manteniéndose bien alejado del borde—.

Pero eso requiere rapidez y precisión. Una consciencia total de lo que te rodea.

Lo seguí, notando la electricidad en el aire cuando otro trueno retumbó y sacudió el terreno a nuestros pies.

—Intenta atacarme. —Las palabras le salieron secas.

Dudé durante apenas un momento y me abalancé hacia delante. Sin embargo, donde Aether había estado, ahora solo había humo. Antes de poder girarme, me agarró de las muñecas y me las puso detrás de la espalda.

—Mira lo extremadamente útil que puede ser en combate —susurró con el aliento cálido contra mi oído. Entonces, me liberó con la misma rapidez, y noté el frío en los lugares donde me había tocado.

Un relámpago atravesó el cielo cuando me giré para encararlo con mis propias sombras arremolinándoseme bajo la piel en respuesta a su desafío.

—Otra vez —ordenó, dando vueltas a mi alrededor despacio—. Ahora, no te limites a atacar a ciegas. Siente las sombras a tu alrededor. Úsalas.

Cerré los ojos apenas un instante, dejando que mi consciencia se expandiera. Las sombras estaban por doquier, proyectadas por las nubes de arriba, por las rocas dispersas por el acantilado, por nuestros propios cuerpos. Me llamaban.

En esta ocasión, cuando me moví, me permití disolverme como lo había hecho él.

La sensación era estimulante; estar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo.

Nada más que niebla negra. Volví a tomar forma tras él, pero ya se estaba girando y me bloqueó el golpe con el brazo con una velocidad exasperante.

—Mejor. —Se le habían oscurecido los ojos; las sombras se retorcían debajo de ellos—. Pero sigues pensando demasiado. Deja que tu instinto tome las riendas.

Un trueno retumbó encima de nosotros cuando empezamos a movernos.

La forma de Aether se desdibujó en oscuridad y yo hice lo mismo; nuestras sombras bailaron alrededor de la otra como humo.

Cada vez que creía que lo tenía, se me escapaba, cambiando de forma fuera de mi alcance.

Pero yo estaba aprendiendo al ver cómo se movía, cómo utilizaba el entorno en su beneficio.

Divisé un destello de su forma sólida y ataqué; mi puño entró en contacto con su hombro. La victoria no duró demasiado, pues me agarró el brazo y aprovechó el impulso para voltearme. Me disolví antes de golpear el suelo, volviendo a mi forma varios pasos más allá.

—Ya lo vas pillando —señaló, y, por primera vez esa mañana, había más que distancia en su voz.

Continuamos luchando mientras la tormenta se aproximaba; los relámpagos alumbraban el acantilado con fuertes explosiones.

Cada destello arrojaba sombras nuevas que torcer y manipular.

Estaba comenzando a comprender lo que quería decir con lo de dejar que mi instinto tomara las riendas.

Era como si mi cuerpo supiera qué hacer antes que mi mente.

Mi siguiente ataque lo pilló desprevenido. Finté hacia la izquierda antes de disolverme, cambiar de forma despacio y barrerle las piernas. No obstante, en lugar de caerse, se volvió humo y reapareció detrás de mí. Me rodeó la cintura y me atrajo hacia su torso.

—Creativa —murmuró, agitándome el pelo con su aliento—. Pero te has dejado al descubierto.

El siguiente enfrentamiento vino más rápido, con más intensidad.

Atisbé un destello de la forma de Aether entre las sombras y me moví por instinto, extendiendo el brazo para agarrarlo.

Sin embargo, todo sucedió muy deprisa, los movimientos se mezclaron entre sí, y, con el estado de nervios que sentía, percibí que las sombras empezaron a fluir hacia él sin permiso.

Aether se solidificó de inmediato con los ojos en llamas.

—Fia —espetó, apartando el brazo.

—¿Qué pasa contigo? —Notaba las mejillas ardiéndome; no sabía si por la vergüenza o por la furia.

Él se rio de manera sombría y meneó la cabeza, alejándose.

—Así no es como se hace. Ya lo sabes.

—Pero ¿por qué? ¿Te duele? —pregunté, observando cómo se le habían tensado los músculos de la espalda bajo el uniforme, cómo había apretado los puños.

Permaneció callado mientras la primera gota impactaba contra mi hombro. La tormenta nos había alcanzado al fin.

—No llegamos a hacer la transferencia antes de marcharnos. Sé que debes de ir un poco justo. —Mi voz apenas era audible sobre el creciente viento.

—Si me hubieras contado tu plan antes de irnos de Ravenfell, esto no estaría pasando —dijo en voz baja.

—Lo entiendo. Pero ya no es una opción. —Vi cómo la lluvia comenzaba a oscurecerle el pelo, cómo las gotitas trazaban senderos por su cuello hacia abajo.

Se dio la vuelta hacia mí despacio.

—Lo hace más difícil —replicó, mirándome por fin a los ojos—. Para mí.

El corazón me martilleó en el pecho cuando me acerqué, atraída por la crudeza de su tono.

—¿A qué te refieres? —Pero el fuego en su expresión me dijo más de lo que podrían hacerlo sus palabras. El modo en el que se le oscurecieron los ojos, la forma en la que su aliento parecía entrecortarse al aproximarme.

—¿Te acuerdas de lo que sentiste cuando te di sombras en el pasto aquel día?

El recuerdo me vino de pronto; ese momento cuando su oscuridad me había llenado, cómo me había parecido como ahogarse de la manera más exquisita. Cómo por un instante aterrador y precioso casi me había dejado llevar por la sensación. Cómo una parte de mí había querido hacerlo.

Asentí, notándome ruborizada de repente pese a la fría lluvia que empezaba a caer.

—Lo que te di es una fracción de lo que tú acabas de transferirme a mí. —Se acercó un paso. Clavó los ojos en los míos.

—¿Por qué es difícil? —Las palabras se me atascaron en la garganta. La razón me gritaba que retrocediera, que me alejara de lo que fuera que estuviera creándose entre nosotros. Pero una parte traicionera de mí quería acercarse más.

Él se detuvo, con el conflicto escrito en el semblante. La lluvia le caía de las oscuras pestañas mientras parecía luchar consigo mismo.

—Hace que las cosas sean confusas para mí. —Las palabras eran cautas, como si no fueran esas las que de verdad quisiera decir.

—Yo también estoy confundida —admití antes de poder evitarlo.

Bajé la mirada, alejando la culpa que venía con aquellas palabras; la culpa por lo que no decíamos, por todo lo que yo pensaba que sabía de mí misma.

Su presencia parecía llenar todo el espacio a mi alrededor, haciendo que fuera difícil pensar con claridad.

—No he sentido nada en décadas. —Su voz era ronca—.

Existía, pero apenas vivía. No me escondía de nadie más que de mí mismo, pero me escondía de todas formas.

Y entonces tú… Y ahora… —Se calló, con el dolor en la cara mientras trataba de serenarse.

Sentí una oscura sensación de familiaridad que me atraía—.

He intentado volver a ese lugar, pero ya no encuentro el camino.

Ni siquiera estoy seguro de que siga existiendo.

No desde que tú apareciste y destruiste todos y cada uno de los muros que yo había construido.

Casi me tambaleé hacia atrás.

Porque yo también lo había sentido. Hasta ese momento, jamás lo había visto tan claro.

Aether no solo me veía, sino que entendía quién había sido siempre. De esa forma inexplicable y profunda que solo dos almas que han existido escondiéndose podrían comprender de verdad.

La lluvia me corrió por la cara cuando alcé la vista hacia él con el corazón retumbándome en el pecho.

—No eres solo tú, Aether. Tú también has estado derribando mis muros.

De pronto, se movió, y todo mi mundo se redujo a nada más que él. Me rodeó con los brazos mientras sus labios iban al encuentro de los míos y el cielo se abría en dos.

La lluvia cayó. Un trueno retumbó. Pero lo único que sentí fue el sol.

Su calidez ardía a través de mi ropa mojada, abrasando cada lugar en el que nos tocábamos.

Quería más. Necesitaba más. Enredé los dedos en su cabello mientras mis sombras se desataban en busca de su oscuridad.

El gemido que brotó de su garganta me atravesó las venas, y él profundizó el beso con un hambre a juego con la mía.

Deslizó las manos hacia abajo, me agarró de los muslos y el mundo se inclinó. Mi espalda golpeó el suelo mojado, y entonces él estaba en todas partes, presionándome con su peso, su calor ca lándome los huesos. Más sombras fluyeron de mí, buscándolo, necesitándolo.

Se apartó, respirando con dificultad. Las gotas le colgaban de las pestañas mientras me miraba desde arriba con los ojos derretidos como oro fundido.

Enredó los dedos en mi cabello empapado y me miró de un modo que hizo que se me detuviera el corazón.

Como si yo fuera su salvación y su condena. Como si yo lo fuera todo.

La oscuridad se apoderó de mi visión cuando nuestras sombras se fusionaron, danzando bajo nuestra piel.

Cada caricia provocaba algo más profundo.

Cada roce de sus dedos dejaba rastros de fuego.

Era devastador el placer de esto, de dar y tomar, de compartir la os curidad.

No sabía decir dónde acababa yo y empezaba él.

Llevó la boca a mi cuello y trazó con la lengua senderos abrasadores a pesar de la lluvia helada. Surgió otra oleada de sombras entre nosotros y gemí; el sonido era salvaje y desesperado. Su gemido en respuesta vibró contra mi garganta cuando me rozó la piel con los dientes.

Mi cabeza cayó hacia atrás, con los ojos vueltos, mientras el placer amenazaba con consumirme. A través de la lluvia, a través de la bruma de deseo, se me abrieron los ojos de golpe.

Y se me paró el corazón.

El miedo se había cristalizado en mis venas, agudo y repenti no. Allí, a través de la tormenta, había un barco. El blasón de Síd he ondeaba en sus velas.

Y navegaba directo hacia nosotros.