Capítulo 44 #2
—Osta y yo. —La calidez se me extendió por el pecho al recordarla—.
Mi mejor amiga. Bueno, supongo que es como una hermana más que otra cosa.
Crecimos en una casa de acogida. Cuando al fin nos mudamos, alquilamos un piso juntas.
Nos quedamos ahí hasta que ella consiguió trabajo con una familia noble y a mí me destinaron al oeste.
—Solté un pequeño suspiro—. Te caería bien. A todo el mundo le cae bien.
—No sé si me fío de tu criterio. —Soltó una suave carcajada.
Le lancé una mirada.
—Buena observación. Después de todo, estoy aquí contigo.
Ambos nos reímos, y el silencio cómodo cayó entre nosotros cuando devolvimos la vista hacia las estrellas. El fuego crepitaba a nuestro lado, mandando chispas danzantes al aire nocturno.
—¿Sabes? Llevo años sin ver las estrellas —dijo tras un rato.
—¿Ni en Sídhe, cuando cruzasteis la brecha?
Se detuvo.
—Jamás estuvimos allí demasiado tiempo, y nunca miré hacia arriba.
Estudié su rostro, la forma en la que sus ojos dorados reflejaban la luz de los astros, cómo un asombro casi infantil suavizaba sus rasgos angulosos.
—Siempre me han encantado las estrellas. Las echo de menos. Salir a verlas cada noche cuando la oscuridad se traga el día —prosiguió, contemplándolas como si estuviera buscando alguna cosa.
—Hay algo que me produce curiosidad —solté, rompiendo el silencio.
Se giró para mirarme.
—¿El qué?
—Las sirenas te llamaron «destructor de reinos» —expliqué—, y me hizo acordarme de la primera noche en la torre. Dijiste algo sobre estrellarte contra el reino. —Me detuve, observando su expresión—. No pensé mucho en ello hasta aquel día cuando lo soltaron en la cueva.
Aether volvió a mirar hacia arriba, torciendo la boca. Durante unos segundos, creí que no iba a responder.
—Te conté que solo tenía un recuerdo de mi vida pasada —contestó al fin—, pero eso no es del todo cierto. Me acuerdo de caer. Durante mucho tiempo.
—¿Al Vacío? —pregunté; algo intentaba abrirse paso en mi memoria.
—La oscuridad era abrumadora. Pensé que moriría allí sin dudar, pero la muerte jamás vino a por mí.
Me erguí, comprendiéndolo de golpe.
—Yo he soñado eso —susurré, de pronto con el recuerdo muy nítido.
—¿Cuántas veces has soñado conmigo exactamente? —preguntó con una sonrisa juguetona en los labios, pero con los ojos aún serios.
Empezó a ponérseme el cuello rojo y me giré.
—Es extraño —admití.
Ninguno de los dos dijo nada durante un largo instante.
—Yo sueño con ello casi todas las noches. —Su voz había perdido el matiz burlón.
—¿Y no sabes nada más del lugar de donde provienes?
—Algunas veces siento cosas, como si me atrajeran a algún sitio, pero se desvanece corriendo.
El silencio se instaló entre nosotros, interrumpido solo por el crepitar del fuego y el sonido lejano de las olas.
—¿Por qué no aceptaste el puesto de comandante? —inquirí, preguntándome si estaba yendo demasiado lejos.
La expresión de Aether se volvió pensativa; frunció el ceño mientras contemplaba las estrellas.
—Del lugar del que provengo… —dijo en voz baja— me expulsaron.
Debió de haber un motivo para ello. Algo que hiciera.
—Un destello de dolor le cruzó la cara tan rápido que casi me lo perdí—.
Esta vida parece en parte una oportunidad de redención.
—Hizo una pausa e inspiró hondo—. No creo que alguien así deba dirigir a otros.
—Hablas de la redención como si fuera algo religioso —respondí en un susurro—. Creía que no pensabas mucho en que había un poder superior.
—No toda redención es por el bien de los dioses, Fia. —Se giró hacia mí, y algo se agitó en mi pecho por la forma en la que dijo mi nombre.
—¿Los dioses? —Arqueé una ceja.
—Los Esprithe, supongo.
—En Draxon, me pregunté durante un instante si no eras uno de ellos. —La admisión se me escapó antes de que pudiera detenerla—. Nunca había visto algo así. Lo que hiciste.
—Jamás lo había hecho antes. —Algo oscuro le cruzó el rostro—. Al menos, no en esta vida.
El peso de esas palabras se instaló entre nosotros, y me percaté de cuánta culpa cargaba, cuánta incertidumbre sobre su pasado lo atormentaba.
—¿Nadie de los demás lo sabe? —pregunté en voz baja.
—Saben que puedo manipular la materia, pero no saben hasta qué punto.
—Parecía más que eso. La presión dentro de aquella habitación cambió por completo. Como si me estuvieran arrastrando al fondo del océano.
—Estoy seguro de que has visto dones mejores —replicó, desviándose del tema—. La Guardia de Sídhe parece tener un montón.
—No como el tuyo —contesté, pensando en mis días en la Guardia—. Había algunos dones únicos en el equipo del que yo formaba parte. Una de mis amigas podía crear rayos. Otro podía paralizar a la gente con solo una gota de su sangre.
Aether se quedó callado durante un momento. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz monótona.
—¿Es el mismo del que hablabas en la hoguera?
Abrí los ojos como platos cuando se me vino el recuerdo de todo lo que me había oído decir de Laryk aquella noche.
—No, no era él.
—Tenía pinta de imbécil.
—Mira quién fue a hablar. —Me reí, aunque sentí la incomodidad en la garganta.
El silencio que se extendió después pareció más denso.
—¿Has soñado con él? —preguntó al final Aether.
Contemplé cómo responder con una sensación de angustia que se me instaló en el estómago.
—Sí —dije con suavidad, y, acto seguido, hice una pausa—. Cree que sigo viva.
Un deje de violencia cruzó los ojos de Aether; todo rastro de diversión se le borró de la cara. Y, de pronto, parecía que habíamos entrado en terreno peligroso.
—¿Estás enamorada de él? —Su voz era fría.
La pregunta me impactó, y, antes de que pudiera pensarlo siquiera, me oí murmurar:
—Creía que sí.
—¿Y ahora? —Sus palabras fueron cortantes, pero había un trasfondo de algo en su voz que no pude ignorar. Algo que sonaba a esperanza.
La culpa se me instaló en el estómago cuando pensé en ello, sobre lo desolado que se veía a Laryk en mis sueños, sobre lo seguro que estaba de que yo volvería.
Había momentos en los que lo echaba de menos, al hombre que creía que existía debajo, al que ahora aparecía en mis sueños.
Otros, me molestaba cómo me había mantenido atada a lo desconocido.
Laryk siempre había parecido arenas movedizas debajo de mí, y en el pasado ese peligro había sido embriagador.
Había hecho que me ardiera la sangre. No obstante, tal vez aquel entusiasmo se había desvanecido. Igual ahora quería tierra firme.
—No lo sé —contesté al fin.
El silencio que lo siguió me resultó vacío.
El viento hizo que se me pusieran los vellos de punta y me coloqué las manos debajo de la cabeza.
Una parte de mí quería estar más cerca de él, absorber su calidez infinita, pero no podía moverme.
Algo había cambiado. La energía entre nosotros ya no era la misma, y durante un instante, me arrepentí de haber respondido a su pregunta.
Aether se giró y me dio la espalda.
—Tenemos que descansar un poco.
Un pánico extraño se me acomodó en el pecho ante su distanciamiento. De pronto, quise estar otra vez en Ravenfell. En su cama, con sus brazos envolviéndome como una armadura. Una que, tal vez, acababa de romper con una afirmación que ni siquiera estaba segura de que fuera cierta.
Ese sentimiento me acompañó hasta que caí en un sueño inquieto.