Capítulo 44
C uando la Umbra despegó, la realidad de mi elección me golpe ó.
—Deberíamos encontrar un lugar mejor para acampar —dijo Aether, examinando el paisaje oscuro—. Un sitio más defendible.
Asentí, ya dirigiéndome hacia Tryggar. El vördr plateado agachó su enorme cuerpo para permitirme subir a su lomo con mucha más gracia que mis primeros intentos. Una pequeña victoria, pero una que me hizo sonreír a pesar de todo.
Aether montó a Nihr a mi lado y nos elevamos hacia el cielo, manteniéndonos lo bastante bajos para examinar el terreno a nuestros pies.
La luz de la luna reflejaba las olas a lo lejos, y reparé en que nos estábamos aproximando a la costa.
A medida que nos acercábamos volando, pudimos ver un acantilado con una pared que descendía en picado hasta una playa de arena.
—Ahí —grité, señalando el saliente. La elevación nos dejaría ver con claridad cualquier cosa que se avecinara, y el océano a nuestras espaldas significaba tener una dirección menos que vigilar.
Aether hizo que Nihr descendiera, y Tryggar los siguió; sus alas me mandaron ráfagas heladas de aire por la piel a medida que aterrizábamos.
Me bajé del lomo de Tryggar y comencé a descargar los suministros que Raven había logrado encontrarme: unas cuantas mantas, algo de carne seca, una bolsa de cuero desgastada llena de equipo básico de supervivencia.
Antes de que pudiera terminar, Aether apareció y ya me estaba quitando los suministros de los brazos.
—Yo me ocupo.
No pude evitar percatarme de cómo flexionaba los músculos de sus antebrazos mientras lo agarraba todo, de cómo se le marcaban los hombros bajo el uniforme de cuero.
—Cuidado —solté, conteniendo una sonrisa—. Alguien podría confundirte con un caballero.
Sacudió la cabeza, pero capté una leve sonrisa jugueteando en sus labios cuando pasó por mi lado y empezó a instalar el campamento. Tras colocar las mantas, trajo unos cuantos troncos caídos de la linde del bosque y los dispuso cerca del filo del acantilado antes de tenderme el encendedor.
—Ahora vengo —se limitó a decir, ya dirigiéndose a la pendiente hacia la playa—. ¿Podrás hacerlo?
—Me las apañaré.
Puse los ojos en blanco y empecé a colocar los troncos, intentando crear una buena hoguera.
Cuando golpeé el pedernal contra el acero, dirigí la vista hacia el camino que había tomado.
Me dije a mí misma que solo estaba vigilante, manteniéndome al tanto de dónde se encontraba, pero entonces se quitó la camisa por encima de la cabeza y abrí los ojos de par en par.
El calor se extendió por mi rostro a medida que él se deshacía de sus pantalones de cuero, quedándose solo con la ropa interior negra.
Me dije que tenía que apartar la vista. Debía hacerlo, definitivamente.
Sin embargo, fui incapaz de alejar los ojos de él mientras se adentraba en el agua con una espada en la mano.
El fuego crepitó a mi lado, al fin encendiéndose, y me forcé a girarme hacia él. Se me escapó una risa de los labios mientras prendía más leña, preguntándome qué pensarían los demás si pudieran ver a este imponente guerrero umbra ahora mismo cazando peces en ropa interior.
Un tiempo después, Aether volvió vestido por completo y con cuatro peces de un tamaño decente ensartados en la espada.
—¿Qué? —conseguí decir, contemplando la vista.
—No vamos a malgastar la oportunidad de comer algo fresco —respondió, dirigiéndome una mirada cómplice que hizo que el estómago me diera un vuelco, aunque aquello podría haber sido al pensar en pescado fresco de verdad tras meses de grano seco.
Apenas pude contener la emoción cuando él se arrodilló junto al fuego y comenzó a prepararlos; se movió con destreza mientras los limpiaba y los destripaba uno a uno.
—¿Dónde aprendiste todo esto? —pregunté, viéndolo trabajar.
—En la cabaña que viste. —Colocó el pescado sobre las llamas—. Es donde pasaba la mayoría del tiempo antes de la sequía.
Me volví hacia la costa, donde la oscuridad del océano se en contraba con el cielo lleno de estrellas. En algún lugar más allá de aquel horizonte, se hallaba Sídhe y lo que fuera que nos aguar da ra allí. Pensarlo me provocó un escalofrío por la columna que nada tenía que ver con la brisa nocturna.
El olor del pescado cocinándose me trajo de vuelta al presente.
Aether sacó uno del fuego y comprobó la carne con los dedos antes de tendérmelo en un paño.
Salía vapor de la piel crujiente y se me hizo la boca agua al observarlo.
Toda esta noche parecía surrealista: estar sentados bajo las estrellas, el aire del océano inundándome los pulmones, la sensación de soledad, de ser libre en esta tierra indómita.
Di un bocado con cuidado y la calidez me invadió. La carne estaba perfecta, se desmenuzaba con facilidad, sazonada con nada más que el humo y la sal del océano. Se me escapó un sonido de la garganta, algo entre una risa y un gemido de placer.
—¿Está bueno? —preguntó Aether, y, cuando alcé la vista, aquella sonrisa con el hoyuelo había vuelto.
Me encontraba demasiado ocupada dando otro bocado para responder.
Comimos en un silencio cómodo con el fuego crepitando y el sonido rítmico de las olas como nuestra única compañía.
No me acordaba de la última vez que había probado algo así de fresco.
Parecía que volvía a estar viva de nuevo tras un sueño muy largo.
Deslicé los ojos hacia Aether mientras comía, observando cómo se le movía la mandíbula, la manera en la que sus labios voluptuosos se presionaban el uno contra el otro entre los mordiscos.
La luz de la hoguera captó sus rasgos y danzó a lo largo de los planos afilados de su rostro, y me encontré recordando los míos.
Lo cerca que él había estado, sus dedos deslizándoseme por el pelo, su aliento cálido contra mi boca.
Cómo durante un momento intenso casi me había besado.
Cómo yo casi se lo había permitido. Cómo deseaba haberlo hecho.
La calidez trazó un camino hacia mi cuello y me obligué a centrarme en la comida.
¿Qué me ocurría? Teníamos preocupaciones más graves que lo que sea que fuera esta cosa entre nosotros, esta atracción que no podía entender ni ignorar.
Y, aun así, no era capaz de evitar que la mirada se me fuera a él de nuevo; no era capaz de evitar preguntarme qué habría ocurrido si aquellos silbidos no hubieran resonado por los túneles.
Cuando terminamos, me apoyé hacia atrás sobre las manos, contemplando las llamas.
—Gracias —dije en voz baja—. Eres un cocinero excelente.
—Cuando vives solo en el bosque, aprendes a cocinar. —Tiró otro trozo de leña al fuego—. Aunque aceptaré ese cumplido excepcional.
—¿Eso prefieres? ¿Estar solo?
Sus ojos encontraron los míos a través de las llamas.
—Durante mucho tiempo, sí.
El corazón me dio un vuelco ante su tono.
—¿Y ahora?
—Ahora… —pareció sopesar las palabras— no estoy tan seguro.
Me llevé las rodillas al pecho y me las abracé.
—Debió de haber sido bastante tranquilo. Antes de todo esto.
—Lo era —afirmó—, pero estoy empezando a descubrir que hay una diferencia entre la tranquilidad y el vacío.
Las olas rompían bajo nosotros, llenando el silencio posterior. Observé cómo las sombras bailaban bajo su piel, preguntándome si él siquiera era ya consciente de ellas.
—¿Alguna vez te sentiste solo? —La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerla.
—La soledad requiere saber lo que echas en falta. —Su voz era suave, casi distante—. Y yo no lo sabía, no entonces.
Una parte de mí quiso ir más allá; no obstante, algo me retuvo mientras preparábamos el lecho para dormir.
No estaba segura de cuánto tiempo habíamos pasado tumbados ahí, uno al lado del otro, contemplando la extensión infinita de estrellas.
Una tensión extraña vibraba entre nosotros, pero bajo ella había una sensa ción de seguridad que no había experimentado desde que me ha bían secuestrado en Sídhe. Tal vez incluso antes de eso.
—¿Te resulta extraño estar aquí, en Riftdremar? —preguntó Aether en voz baja.
Medité su pregunta, observando cómo las nubes flotaban por delante de la luna.
—Es diferente a lo que me imaginaba. Ver todo esto resurgiendo, lleno de vida… —Me detuve y dejé escapar un suspiro.
Las palabras apenas habían abandonado mi boca cuando la culpa se me instaló en el estómago. Aquí estaba, buscando consuelo en este paraíso desértico mientras su reino se marchitaba, mientras su gente sufría en calles abarrotadas.
—Acabo de darme cuenta de lo desconsiderado que suena eso.
—No —respondió en un susurro—. Solo porque Umbrathia esté agonizando no significa que el resto del mundo deba también.
Giré la cabeza para mirarlo, examinando su perfil bajo la luz de las estrellas.
—Me siento una tonta. —La admisión me salió con más facilidad de lo que esperaba—. Cuando las cosas empezaron a cambiar en Sídhe, cuando el reino comenzó a prosperar, jamás me lo cues tioné. No como debería haberlo hecho.
—No sé por qué debías. —Hizo una pausa—. En la hoguera, cuando te oí…, no parecía precisamente que tu vida fuera tan estupenda para empezar.
—No, no lo era. —El recuerdo de esa noche, cuando le conté mis secretos a gente que apenas conocía, hizo que la culpa me oprimiera el pecho—. Pero no se parecía en nada a lo que experimentaban los kalfar. Yo era privilegiada comparada con eso.
Aether estiró un brazo y me agarró una mano. La giró para ponerla con la palma hacia arriba, estudiando la marca de riftbor ne bajo la luz del fuego.
—Seguro que esto lo hacía un poco complicado.
—Bueno, servía a su propósito. —Sonreí con cansancio—. Pero llevábamos guantes la mayoría del tiempo.
—¿Llevábamos? —Me sostuvo la mirada con un brillo de curiosidad en los ojos.