Capítulo 43
– T endremos que echarlo abajo —dijo Dannika, examinando la formación de cristal. Alargó la mano para tocar uno de los fragmentos más pequeños, que se separó con facilidad de la masa más grande, como un imán que pierde su fuerza de atracción—. Qué… interesante.
—¿Qué pasa? —Vexa se acercó más.
Dannika presionó el fragmento contra la formación y vimos fascinados cómo parecía volver a encajar a la perfección en su lugar; la estructura de cristal se había realineado consigo misma.
—La arcanita… quiere permanecer unida. Es como si se atrajera.
—Pues claro —susurró Tamir—. Así es como han logrado construir esas torres tan grandes. Los cristales se reconstruyen una vez que entran en contacto. No es solo un mineral, es como si estuviera…
—Viva —concluí, observando cómo Dannika separaba otro fragmento más grande esta vez.
—Esto simplifica las cosas —dijo ella—. Podemos separarla en fragmentos más pequeños para transportarla y reconstruirla después cuando hayamos regresado a Ravenfell.
—Los vördr pueden manejar ese peso si lo distribuimos bien —añadió Aether—. Pero necesitaremos algo para guardar los fragmentos.
—Podemos utilizar algunas de estas viejas vigas de soporte — propuso Theron, señalando los numerosos travesaños caídos—. E improvisar unos arneses y repartir el peso entre ellos.
—No nos adelantemos. Todavía no sabemos si puedo imbuirla —intervine mientras sentía de repente otro tipo de presión sobre mis hombros.
Fragmento a fragmento, transportamos la arcanita fuera de las minas y soltamos cada cristal en el claro donde habíamos dejado a los vördr. Cuando los trozos se tocaron, se reunieron a la perfección, reconstruyéndose en su formación natural.
Pronto, se alzó sobre el terreno una estructura casi tan alta como yo y el doble de ancha, con su resplandor azul violáceo incluso más impresionante a la luz del sol del atardecer.
—Es… mucho más de lo que esperaba —susurró Vexa, rodeando la formación.
—Menudo botín —comentó Rethlyn, secándose el sudor de la frente—. Aunque imagino que eso es lo que ocurre cuando nadie extrae nada en décadas.
—Es preciosa —musitó Effie, alargando el brazo como si fuera a tocar los cristales antes de retirarlo.
—Pero ¿será suficiente? —preguntó Theron con la voz llena de esperanza.
Analicé la formación, observando cómo la luz parecía moverse a través de cada cristal, como si algo vivo habitara atrapado bajo la superficie. El sol ya se había puesto, coloreando el cielo de tonos púrpuras oscuros que hacían que el resplandor de la arcanita fuera más pronunciado.
—Incluso si pudiera hacerlo —dije, respirando hondo—, no sabemos cuánta esencia almacenará. Cuánta puedo dar yo.
—No tienes por qué hacerlo ahora —comentó Aether, poniéndose a mi lado. Toda su silueta se recortaba contra los últimos rayos del sol poniente, tan nítida y brillante que era casi imposible distinguirla, como si los dos fueran una sola cosa.
—No. —Sacudí la cabeza—. Debemos saber si esto funcionará antes de llevarla a Umbrathia.
Me aproximé más a la formación y pasé los dedos por encima de la superficie sin llegar a tocarla.
Los cristales vibraron con su propia energía extraña, pero yo desconocía realmente cómo trans ferir la esencia a ellos.
Presioné la palma contra la arcanita; su su perficie estaba fría.
No ocurrió nada. Ningún aluvión de poder, ninguna transferencia de energía, solo el cristal suave contra mi piel, tan inanimado como cualquier otra piedra común.
Se me formó un nudo en la garganta mientras retiraba la mano.
Todos miraban, aguardando, con la esperanza casi palpable a la luz que se desvanecía. Esperanza que seguro estaba muriendo un poco más a cada segundo que pasaba.
—Igual si pruebas… —comenzó a decir Vexa, pero se calló cuando exhalé con brusquedad.
Esta vez, coloqué las dos manos sobre la formación, presionando más, como si la fuerza por sí sola hiciera que esto funciona se.
La luz azul violácea palpitó sin cesar, pero irónicamente sin que se produjeran cambios.
Se me formaron unas gotitas de sudor en la frente mientras intentaba introducir esencia a través de las palmas, tal y como había aprendido a canalizar las sombras.
Sin embargo, la esencia no era la oscuridad; no era algo que pudiera ver, agarrar o controlar.
Existía dentro de mí sin más, tan natural e inalcanzable como mi propio latido.
—No sé cómo hacerlo —susurré, más para mí misma que para los demás. Admitirlo parecía fracasar, decepcionar no solo a mis acompañantes, sino a todo un reino. Mi reino, según cierto nacimiento por accidente que aún no lograba comprender del todo.
—Tómate tu tiempo —dijo Rethlyn desde algún lugar a mis espaldas. Pero tiempo era lo que no teníamos.
Retrocedí y me pasé los dedos temblorosos por el pelo.
¿Cuántas personas en Ravenfell se estarían muriendo de hambre ahora mismo?
¿Cuántos niños como Lael se encontrarían heridos porque la esencia de su reino se les había arrebatado?
Y heme aquí, en teoría cargando en mi interior con el mismo poder que podría restaurarlo todo, pero incapaz de hacer nada con ello.
Cerré los ojos, tratando de centrarme en ese pozo de energía que Talon había descrito, esa esencia infinita que se suponía que fluía a través de mí. No obstante, era como intentar atrapar la lluvia con un colador. Cada vez que creía sentirla, se me escapaba.
«Tranquila».
Aquel pensamiento no parecía mío, pero decidí seguir el consejo.
Me giré hacia la formación con la desesperación atenazándome la garganta.
Debía de haber un modo. Había sentido poder antes, cuando mi telaraña se había entrelazado consigo misma y había subido por mi columna, cuando me había llenado el cráneo con su iridiscencia.
Casi por instinto, traté de alcanzar esa parte profunda de mí. La telaraña respondió de inmediato; sin embargo, en lugar de de jar que subiera hasta mi cabeza como siempre hacía, me centré en a traerla hacia los brazos.
Al principio, la telaraña se resistió de la misma manera que un río que intentase fluir cuesta arriba.
Me temblaron los dedos contra el cristal mientras me esforzaba por redirigir ese poder familiar.
Cada instinto me gritaba que le permitiera subir, le dejara llenarme la cabeza.
Aunque había algo en esto que parecía correcto.
La respiración me salió en pequeños jadeos a medida que me concentraba.
La telaraña me palpitó por las venas, siguiendo su camino habitual, pero yo me mantuve firme y la canalicé hacia abajo, más abajo, a través de los hombros, los codos y hacia las palmas.
La sensación era extraña, casi incómoda, como si llevase un guante en la mano equivocada.
—¿Fia? —La voz de alguien sonaba lejana, preocupada. No sabría decir quién había hablado. Todo se había reducido a este momento, a esta sensación de poder corriendo a través de mí.
«Por favor», pensé, presionando la frente contra la superficie fría del cristal. «Por favor, funciona. Lo necesitamos. Lo necesitan». Cerré los ojos.
La telaraña vibró ahora con más fuerza, dejando de luchar contra la nueva dirección y fluyendo con libertad. Me pareció distinto a cuando dominaba las sombras o me metía en las mentes. Más salvaje. O básico. Como si hubiera accedido a algo que siempre había estado ahí.
Un jadeo interrumpió mi concentración y abrí los ojos de golpe.
Una luz blanca resplandeció dentro de los cristales con tanto fulgor que tuve que entrecerrar los ojos.
Se propagaba desde donde tocaban mis manos, transformando la luz azul violácea en algo tan puro que resultaba imposible.
El brillo se extendía hacia fuera a través de los picos como venas de luz estelar; cada cristal reflejaba y amplificaba el resplandor hasta que toda la estructura pareció cobrar vida con su propia luna deslumbrante.
—Por los Esprithe —susurró Effie detrás de mí.
Retrocedí de la formación a trompicones con las piernas flojas. La luz blanca continuó palpitando a través de los cristales en un marcado contraste con el refulgir de la luz violácea de antes.
—Increíble —murmuró Tamir con los ojos vidriosos y abier tos de par en par. Alargó la mano hacia la formación, pero se detu vo a escasa distancia de tocarla, como si temiera que se hiciera añicos bajo los dedos.
Noté la presencia de Aether antes de verlo con aquella calidez familiar mientras se movía para situarse a mi lado otra vez. Cuando al final alcé la vista hacia él, la luz blanca de la arcanita se le reflejaba en los ojos, volviéndolos casi plateados.
—Lo has conseguido —dijo en voz baja.
—Vamos a probar a amarrar esto a los vördr —propuso Rethlyn, pasando la mano por uno de los arneses improvisados que habían hecho con las vigas de soporte—. Aunque atravesar la brecha igual es complicado.
—Deberíamos ponernos en movimiento —intervino Mira—. Se está haciendo de noche.
Y comenzaron a preparar a los vördr.
—Cuidado con ese fragmento —gritó Vexa cuando Theron y Rethlyn aseguraron otra parte de arcanita al arnés de Draug. El vördr se removió, recolocándose el peso cuando Dannika fue a abrochar las últimas correas.
—Talon debería ser capaz de decir… Cuando lo llevéis a Umbrathia —empecé a explicar, nerviosa—.
Puedo notar la esencia fluir ahí dentro, pero no sé cómo vais a redirigirla.
—Solo Mira parecía prestar atención—. Talon debería ser capaz de sentir en qué dirección fluye.
Debería ser capaz de deciros cómo situar la arcanita en el suelo para que suelte la esencia en el terreno.
Mira entornó los ojos.
—¿Por qué nos cuentas eso?
Observé cómo Aether se acercaba a Tryggar con el último fragmento. El corazón me iba a mil cuando solté:
—Espera.
Me salió claro y directo, e hice que todo el mundo se detuviera y clavara los ojos en mí con una evidente confusión en las caras.
—No lo cargues a él. —Sentí las palabras como piedras en la garganta, pero me obligué a decirlas—. No voy a regresar a Umbrathia. Todavía no.
—¿Cómo? —Vexa frunció el ceño.
—Debo regresar a Sídhe. —Los miré uno a uno—. Si queremos tener alguna posibilidad de ganar esta guerra contra el rey, hay que empezar por desenmascarar las mentiras que ha estado propagando por la isla.
—¿Quieres volver? —El tono de Effie estaba lleno de incredulidad—. ¿Después de todo lo que ha ocurrido?
—Es un suicidio —intervino Theron—. No puedes regresar allí sin más y…
Saqué los espejitos que Raven me había dado y les di vueltas entre las manos.
—Tengo amigos allí…, contactos. Gente que quizá me escuche. —Alcé los espejos—. Gente que podría ayudarnos a revelar la verdad. Gente de dentro.
Aether se acercó a mí con los ojos en llamas.
—Esto no era parte del plan —prácticamente gruñó.
Dannika lo rodeó.
—Alteza, me temo que no podemos permitir que hagas eso por muy noble que suene.
Retrocedí un paso.
—Todo aquel que entra en la Guardia hace un juramento de sangre.
Así es como los amordazan y no les permiten hablar de cualquier cosa que ocurra en el oeste.
Mientras eso no cambie, seguiremos enfrentándonos a un ejército de miles cada vez que atra vesemos la brecha.
—Paseé la vista por el grupo con determina ción en la voz—.
Y ahora tienen una ventaja con la que no contábamos. Los tónicos para respirar.
La mirada de Aether cambió de furia ardiente a ligera conside ración, pero aun así permaneció con los brazos cruzados, mirándo me con los ojos entrecerrados.
—Con todo respeto, Dannika. No os estoy pidiendo permiso. Os estoy diciendo lo que voy a hacer. Y si alguien intenta detenerme…
—Vale —accedió Aether, y me llené de satisfacción. Abrí la boca y luego la cerré.
—No hablas en serio… —logró replicar Tamir, asomándose por detrás de Dannika.
Theron dio un paso adelante.
—Ella es el futuro de nuestro reino; es una idea absurda.
—Ya no responde ante nosotros ni ante Dannika o Urkin.
—Aether tenía los ojos clavados en los míos y, aunque podía afirmar que mi anuncio repentino no le gustaba mucho, había comprensión en ellos—.
Si eso es lo que quiere, ninguno de nosotros puede detenerla.
—Hizo una pausa, colocándose a mi lado—. Pero voy a ir contigo.