Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

El nivel más bajo se abrió en una enorme extensión, vacía salvo por el equipo minero abandonado por el suelo. Las vigas de soporte se extendían hacia arriba, hacia la oscuridad; la madera desgastada crujía un poco en el aire viciado.

—Bien —dije, tratando de distraerme—, al menos, esta cueva no intenta congelarnos hasta la muerte.

Aether torció los labios.

—No hay venas de hielo de las que rescatarte esta vez.

—¿Rescatarme? —Alcé una ceja—. Creo recordar haber aguantado bien el frío.

—¿Así llamas a que te castañeteen los dientes y se te pongan los labios azules?

—Me parece que estás exagerando un poquito.

—Claro que sí. —Su voz tenía un tono seco que había empe zado a reconocer como una muestra de diversión—. Aunque pare cías bastante dispuesta a aceptar mi ayuda en aquel entonces.

El calor me lamió el cuello con una caricia suave y traicionera mientras recordaba cómo me hacían sentir sus brazos a mi alrededor, su calidez deslizándose por mi piel.

—Sí, bueno, era una situación de vida o muerte y tal.

—Por supuesto. —Un destello juguetón se le reflejó en los rasgos antes de que se girara y examinara la habitación—. Tres túneles. ¿Alguna preferencia?

Me dirigí al camino del medio mientras un silencio se sumía entre nosotros, roto solo por el goteo distante de agua resonando contra la piedra. Estudié su perfil en la oscuridad.

—¿Planeabas contarme quién creías que era? —pregunté al fin—. ¿O estabas esperando el momento perfecto para soltárselo a Urkin?

Se le tensaron los hombros un poco.

—No estaba seguro. No hasta que mencionaste el nombre de Fiandrial.

—Pero lo sospechabas. —No fue una pregunta.

—Había… señales. —Se giró para mirarme.

—¿Y no creías que merecía saberlo?

—¿Me hubieras creído? —Su voz era tranquila pero intensa—. Como te he dicho, ni siquiera yo estaba seguro hasta que me dijiste tu nombre.

—Al principio, me llamabas «princesa» —repliqué.

Ahora sonreía de oreja a oreja mientras se pasaba una mano por el pelo, lo que hizo que le cayera en mechones despeinados por la frente.

—Ojalá pudiera decir que lo había sabido todo este tiempo. Pero, de verdad, te llamaba «princesa» porque te comportabas como una.

Me detuve, me giré hacia él y entrecerré los ojos.

—¿En serio?

—Llevabas una versión horrenda de un vestido de gala, el pelo en ricitos perfectos y ordenados, y comenzabas a hacer pucheros en cuanto te despertabas.

¿Qué se suponía que tenía que pensar? —Alzó una ceja, pero esa misma diversión insufrible había vuelto a su rostro y un hoyuelo apareció en sus facciones.

—Me acababas de secuestrar literalmente de mi hogar y me habías encerrado en una torre. No estaba haciendo pucheros, estaba que echaba humo. Quería matarte —repliqué.

—A mí también se me pasó por la cabeza ese pensamiento. —Su sonrisita se agrandó mientras daba un paso hacia mí y susurraba—: Muchas veces.

Lo empujé varios centímetros y continué andando, ocultando una sonrisa mientras él se reía a mis espaldas.

—Y luego me aislaste durante semanas, fuiste grosero conmigo cada vez que nos atrevíamos a intercambiar algún tipo de conversación y me asaltaste con tus sombras —proseguí mientras nos adentrábamos en el túnel.

—¿Ves? Ya estás haciendo pucheros otra vez —dijo, y se puso a mi lado, rozándome con el brazo—. Princesa.

Le di un codazo en el costado.

—No empieces. Tal vez lo prefiriese cuando no tenía significado. —Dirigí la vista al suelo y no pude evitar la punzada de incomodidad repentina que me provocó el título. Su carga.

—Sé que nunca imaginaste esto para ti. —Sentí sus ojos en mí; la ligereza de la conversación anterior ahora se había espesado hasta ser algo más serio—. Pero te lo mereces más que muchos.

—¿Por qué crees eso? —pregunté en voz baja.

—Porque antepones a los demás por encima de ti. Es una cualidad bastante inusual.

—No sé si hago eso. —Las palabras me salieron antes de que pudiera detenerlas—. Tal vez solo me he encontrado en situaciones donde era conveniente que lo hiciera. Quizá no fuera mi elección, al fin y al cabo.

Aether se detuvo y me agarró del brazo cuando se giró en dirección a mí.

—Salvaste a Lael —dijo mientras me taladraba con la mirada.

—Apareció en el suelo ante mí. No lo estaba buscando —repliqué, encogiéndome de hombros. De pronto, la intensidad de su mirada fue demasiado, y aparté la vista al tiempo que sus dedos empezaron a subir por mi brazo.

—La mayoría de la gente lo habría dejado allí.

Tú no lo hiciste. La mayoría de la gente jamás habría accedido a entrar en el Vacío, a enfrentarse a algo tan horrible por un reino entero que no conoce.

—Movió la mano por mi hombro, guiando mis ojos de vuelta a los suyos.

Hubo una cierta determinación en su susurro que casi hizo que me flaquearan las rodillas—.

Todo lo que has hecho des de que has llegado a Umbrathia ha sido altruista.

Nunca he querido conocer a alguien tanto.

Deslizó la mano hacia arriba por mi cuello, me rozó la mandíbula con el pulgar y todo lo demás se desvaneció.

Su mero contacto mandó una descarga eléctrica a lo largo de mi columna e hizo que contuviera el aliento.

A él se le oscurecieron los ojos mientras los dirigía a mis labios, despertando una necesidad salvaje y desgarradora en lo más profundo de mi ser.

Jamás había deseado las caricias de alguien de este modo, como si mi piel las anhelara, como si cada punto de contacto fuera a la vez demasiado y para nada suficiente.

Con Laryk, había habido ardor y tensión, la liberación explosiva de meses coqueteando. Intenso, incontenible, pero siempre con un toque de incertidumbre. Como si ambos estuviéramos reteniendo partes de nosotros y nunca nos dejáramos ir del todo.

Esto se sentía distinto. Peligroso de una forma totalmente nueva. Como si no hubiera vuelta atrás si me dejaba llevar. No quedaban muros ni defensas. Solo el deseo puro y aterrador que parecía ignorar todo pensamiento lógico.

La intensidad me pilló por sorpresa. Hace un mes, habría evitado este sentimiento, la manera en la que mi cuerpo parecía reconocer su tacto antes de que mi mente fuera capaz de reaccionar. Ahora, en cambio, me encontraba inclinada contra su mano, deseando más.

No estoy segura de quién se movió primero.

Deslizó los dedos por mi pelo cuando yo me acerqué más, eliminando el poco espacio que quedaba entre nosotros.

Mis manos acudieron al encuentro de su pecho, sintiendo el temblor de sus sombras a lo largo de su piel, notando cómo le iba el corazón tan rápido como a mí.

Exhaló contra mis labios; el sonido casi me desarmó, y entonces se inclinó, apoyó la frente contra la mía…

Tres silbidos agudos se oyeron en la oscuridad.

Nos apartamos de un salto, volviendo a la realidad. Me latía el corazón a mil en el pecho mientras ambos nos giramos hacia el sonido, alertas de inmediato.

—El nivel superior —dijo Aether, ya moviéndose. Yo lo seguí de cerca mientras corríamos de vuelta por el túnel, subiendo los escalones en espiral de dos en dos. Los silbidos se oyeron de nuevo, más urgentes.

Irrumpimos en la sala principal justo cuando la voz de Vexa hizo eco por el pasillo.

—¡Aquí!

El corredor se abría en una enorme caverna, y me detuve de golpe cuando observé el muro negro. Decenas de cristales sobresalían de la pared rocosa. Su luz azul violácea proyectaba unas sombras extrañas por la habitación.

Arcanita.