Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

E l aire cambió primero. Atrás quedó el regusto rancio y ceniciento de Umbrathia; lo había reemplazado algo tan lleno de vida que casi me abrumó.

Luz solar, luz solar de verdad, se filtraba por las copas de los árboles sobre nosotros y proyectaba sombras danzantes en el suelo que parecían latir con un verde vibrante.

Casi me flaquearon las rodillas al verlo.

Esto era Riftdremar. No era la cáscara quemada que siempre me había imaginado.

No, este lugar era salvaje y estaba vivo.

La naturaleza había reclamado todo y había transformado las ruinas de mi lugar de nacimiento en un paraíso enmarañado.

Enredaderas tan gruesas como mi brazo se enrollaban alrededor de trozos de piedra ennegrecida.

El musgo cubría lo que una vez debían de haber sido calles, interrumpido aquí y allá por retoños que se habían abierto paso a través de los viejos cimientos.

Los otros cruzaron detrás de mí. Alguien jadeó, tal vez Effie o Mira, pero apenas me percaté. Centré toda mi atención en un muro medio en pie donde unas delicadas flores moradas florecían de las grietas del antiguo mortero.

—El tiempo hace maravillas —susurró Tamir, aferrándose más a sus mapas—. La naturaleza siempre prevalece.

Me obligué a avanzar, dejando que mis dedos recorrieran la piedra aún ennegrecida por las llamas de hace décadas. La vida había vuelto con ganas, pero bajo la belleza se ocultaban los restos de la masacre.

Saqué uno de los espejos que Raven me había dado antes de marcharnos.

—Lo conseguimos. No hay guardias a la vista; todo el lugar parece abandonado.

El reflejo de Raven apareció con ese destello familiar en los ojos.

—¿Decepcionada? Sé lo mucho que te gusta hacer una entrada triunfal.

—Intentaré contener mi decepción. —Giré el espejo y le mostré el caos verde a nuestro alrededor—. Supongo que nos dirigiremos a los túneles mineros ya.

—Muy al norte, cerca de la frontera oeste. —Revolvió algunos papeles—. Aunque te advierto que estos mapas son viejos. Puede que sean menos fiables que mi trabajo habitual.

—Bueno, por ese motivo trajimos a Tamir, al fin y al cabo.

—Ahora sí que me siento realmente indispensable en esta misión, Alteza —soltó Raven con sarcasmo. Suavizó la expresión un poco—. Tened cuidado ahí fuera.

—Tú también. —Me guardé el espejo y sacudí la cabeza mientras me giraba otra vez hacia el grupo.

—Habrá que seguir la cordillera oeste —dijo Tamir, extendiendo el mapa sobre una columna caída—.

Las operaciones mineras se concentraban cerca de las montañas, alejadas de los principales asentamientos.

—Trazó con el dedo un camino por la tinta descolorida—.

Si seguimos los picos de nuestra izquierda, deberíamos llegar a la entrada del valle en unas tres horas.

Uno a uno, nos montamos en los vördr que ya estaban arran cando el césped por la raíz. La vacilación anterior de Tamir volvió cuando se colocó detrás de Rethlyn.

—Agárrate bien —soltó Rethlyn, divertido—. A menos que te apetezca una larga caída.

Los vördr despegaron en parejas; sus alas colosales mandaron onda s a las copas de los árboles de abajo.

Tryggar los siguió, y me enco n tré conteniendo el aliento a medida que nos elevábamos por encima de los árboles.

Riftdremar se extendía bajo nosotros en un derroche de verde que no había visto desde que me marché de Sídhe.

No obs tante, este era diferente; era salvaje, indómito.

Veinte años de naturaleza reclamando lo que las llamas habían tratado de destruir.

Cuanto más al norte volábamos, más cambiaba el paisaje.

El bosque denso dio paso a colinas onduladas y, a continuación, a acantilados escarpados.

Las enormes formaciones rocosas sobresalían de la vegetación como huesos atravesando la piel.

El tiempo pasó mientras navegábamos por las nubes iluminadas por el sol.

—¡Allí! —gritó al fin Tamir por encima del viento, señalando un valle estrecho enclavado entre dos picos—. El complejo minero debería estar más allá de ese paso.

Las alas de Tryggar atraparon una corriente ascendente, y se me revolvió el estómago cuando planeamos más alto.

Abajo, algo relucía entre los árboles, tal vez metal o cristal reflejando el sol.

Un indicio de que esto no siempre había sido naturaleza, de que aquí, en otra época, había vivido y trabajado gente.

—Necesitaremos encontrar un lugar lo bastante despejado para aterrizar —chilló Dannika detrás de Vexa—. Estos árboles parecen demasiado espesos para los vördr.

Tenía razón. El terreno del valle era una maraña de vegetación interrumpida solo por una roca saliente o algún que otro árbol caído. Pero entonces lo vi: un hueco en las copas donde algo inmenso había colapsado hacía años y había dejado un claro irregular tras de sí.

Rethlyn hizo una señal y empezamos a descender.

Los vördr aterrizaron por turnos; sus cascos encontraron adherencia en un suelo que no había sentido tanto peso en décadas.

Cuando me bajé del lomo de Tryggar, mis botas pisaron algo que no solo eran ramas u hojas y que crujió.

Bajé la vista y me encontré fragmentos de cristal negro esparcidos por el musgo; su superficie todavía tenía unos patrones extraños y en espiral.

Me agaché para examinar el cristal, pero la voz afilada de Dannika resonó por el claro.

—Movimiento en los árboles.

Todo el mundo se quedó paralizado. Mis sombras se alertaron bajo la piel mientras yo examinaba el espeso follaje que nos rodea ba. Los vördr se removieron incómodos; Tryggar agitaba la cola con nerviosismo.

—Allí —susurró Mira, señalando a nuestra izquierda, donde las ramas se mecían contra el viento.

Aether se movió primero; su forma se disolvió hasta convertirse en sombra mientras volaba hacia el alboroto. El resto nos desplegamos y desenfundamos las armas. Incluso Tamir había sacado una pequeña daga de algún lugar debajo de sus ropajes.

Un destello blanco corrió a toda velocidad entre los árboles, demasiado rápido para discernir algo. El corazón me latía a mil. ¿Se habría enterado la Guardia de alguna manera de que íbamos a venir?

La criatura apareció en el claro, y todos retrocedimos tambaleándonos.

No era un guardia. Ni un aossí siquiera.

Lo que se encontraba ante nosotros era un ciervo macho enorme con un pelaje blanco puro y los cuernos ramificándose hacia el cielo.

Nos con templó sin dudar. Hasta los vördr se quedaron pasmados; un contraste drástico respecto a la última vez que persiguieron a un ciervo por el territorio de Draxon.

—Esprithe —soltó Effie en voz baja.

El ciervo paseó la vista por nuestro grupo.

—Fascinante —dijo Tamir con un tono teñido de asombro—. El ciervo blanco es el símbolo de Riftdremar.

—Nunca había visto nada igual —susurró Vexa.

El ciervo ladeó la cabeza un poco, como si sopesara las palabras de Tamir. A continuación, se giró y dio tres pasos deliberados hacia el acantilado antes de mirarnos de nuevo.

Entonces, el ciervo continuó moviéndose, adentrándose en el sotobosque. Sin pensarlo, lo seguí.

Los brazos de Aether me atraparon antes de que pudiera ha cerlo; recorrí con la vista el camino que tomó hasta que desapare ció en el matorral espeso.

—Es mejor que no nos separemos —murmuró Aether contra mi oído.

—Por supuesto, no… —tartamudeé—. No sé en lo que estaba pensando.

Aether me ayudó a recuperar el equilibrio y dejó un brazo apoyado en la espalda.

—La entrada de la mina debería estar cerca —dijo Tamir, desplegando su mapa de nuevo.

—Vaya, eso ha sido interesante —murmuró Dannika, examinando la linde del bosque por la que el ciervo se había desvanecido. No apartó la mano de su arma—. Sin embargo, hemos de movernos con rapidez. La luz del sol no durará para siempre.

Tenía razón. Aunque el sol de Riftdremar resplandecía en comparación con el eclipse infinito de Umbrathia, había empezado a descender hacia los picos del oeste.

—Por aquí. —Tamir señaló una cresta de piedra oscura que sobresalía del follaje—. El pozo principal debería estar justo después de ese ascenso.

Nos movimos con cuidado por el sotobosque; las botas atrapaban las ramas retorcidas y los restos de lo que en algún momento podría haber sido un camino.

Cada sonido parecía amplificado: ramas crujiendo por encima de nuestras cabezas, hojas susurrando por la brisa, el chasquido ocasional de ramitas bajo nuestros pies.

—Eso parece prometedor —gritó Tamir con suavidad, señalando dos pilares desgastados que emergían de las enredaderas densas.

Dannika dio un paso adelante, presionando la palma contra la piedra de detrás de los pilares. Los ojos se le perdieron en la lejanía durante un momento.

—Es estable. El túnel debería ser estructuralmente sólido; al menos, cerca de la entrada.

—¿Cuánto nos vamos a adentrar? —preguntó Mira, observando la oscuridad más allá.

—Los registros mencionan tres niveles principales —contestó Tamir, mirando sus notas con los ojos entornados—. Pero podría haber más. Estas operaciones no fueron… transparentes, que digamos.

—Deberíamos dividirnos en equipos —soltó Vexa, ya sacando sus armas—. Cubriremos más terreno.

—Estoy de acuerdo. —La voz de Aether destilaba autoridad mientras evaluaba nuestro grupo—. Vexa, llévate a Dannika y Effie. Mira y Theron juntos. Rethlyn, tú con Tamir. Yo iré con…

—Conmigo —terminé. Nadie discutió.

—El resto, comenzad con los niveles superiores —prosiguió—. Nosotros iremos al túnel más bajo. Si alguien encuentra algo…

—O se mete en problemas —añadió Vexa.

—Tres silbidos agudos —explicó Aether—. Eso debería resonar por los túneles.

Dannika y Tamir encendieron sus antorchas; las llamas proyectaban una luz irregular a lo largo de los pilares esculpidos.

El resto de nosotros no las necesitaríamos.

Nuestros ojos podían navegar por la oscuridad con bastante facilidad.

Inspiré hondo, intentando ignorar cómo parecían danzar las sombras más allá de la entrada.