Capítulo 41 #2
—Solo Fia —repuse, y le lancé a ella una mirada agradecida. Al menos mis amigos seguían viéndome igual.
—Hace casi dos décadas que no se utiliza la brecha —señaló Tamir, aclarándose la garganta y regresando al mapa—. Pero, se gún informes antiguos, debería estar a una hora al noreste de Rav enfell. Si vamos volando, claro.
—¿Debería estar? —preguntó Theron corriendo.
—El paisaje ha… cambiado desde que se hicieron los informes. —Tamir trazó una línea con los dedos por el pergamino—. La sequía ha alterado muchos de los puntos de referencia que normalmente usamos para viajar.
—Estupendo —musitó Effie, recolocándose sobre el vördr—. Así que, básicamente, volamos a ciegas.
—No del todo —replicó Tamir en un tono académico—. Las formaciones geológicas seguirán ahí incluso aunque la vegetación haya cambiado. Buscamos una formación rocosa concreta: tres picos que forman un triángulo visto desde arriba.
Dannika se subió detrás de Vexa con tanta soltura que se podría pensar que había cabalgado vördr cientos de veces. Sin embargo, Tamir contempló a Raskr como si fuera a morderlo.
—Huelen el miedo, ¿sabes? —dijo Rethlyn serio, y yo contuve una sonrisa cuando Tamir se puso pálido. Al menos esta vez sí sabía que estaba de guasa.
—Está bromeando —intervino Mira, ya a horcajadas de su recién reclamado vördr, con Theron sentado tranquilamente a sus espaldas—. En parte.
Uno a uno, los vördr emprendieron el vuelo.
La conocida sensación de abandonar el suelo se me instaló en el estómago cuando Tryggar nos elevó más alto.
Abajo, los chapiteles torcidos de Ravenfell se hicieron más pequeños, hasta que no fueron más que formas oscuras.
Por un instante, me pregunté si volvería a verlos, y aquello me provocó una punzada en el corazón que no me esperaba.
Volamos al noreste, siguiendo las indicaciones de Tamir, que iba aferrado a Rethlyn con los nudillos blancos contra su uniforme.
El mundo se extendió sin fin delante de nosotros; una extensión de grises apagados donde deberían haber estado bosques vibrantes.
Donde volverían a crecer si teníamos éxito.
Todo parecía diferente ahora. Cada batir de alas nos acercaba a Riftdremar, al lugar donde había respirado por primera vez, donde mis padres lo habían hecho por última.
Me había pasado años evitando cualquier pensamiento sobre mi pasado por temor al dolor que pudiera causar.
Ahora, aquellas diminutas piezas que Aether se las había arreglado para encajar pesaban.
Mi padre no había sido otra víctima más de guerra, sino un príncipe que había elegido el amor por encima del deber, que había renunciado al trono para quedarse con mi madre cuando las llamas devoraron su mundo.
¿Qué iba a encontrar en aquellas ruinas?
Una parte de mí quería descubrir algo que me ayudase a comprender quiénes eran ellos, quién estaba destinada a ser yo.
No obstante, otra parte temía lo que aquellas respuestas pudieran implicar.
Resultaba más fácil ser Fia Riftborne, la huérfana que se había labrado su propio lugar en el mundo, aunque en su momento fuera pequeño y sofocante.
Ser Fiandrial Valtýr, heredera a un trono cuya existencia antes desconocía…
, me parecía como estar atrapada en la vida de otra persona.
Pensé en la reina, mi abuela, perdida en su propia locura en aquel castillo imponente. ¿Sería ese mi destino también? ¿Habría algo en nuestra sangre que convertía el poder en veneno? ¿Que provo caba la destrucción de los que nos rodeaban?
—¡Allí! —La voz de Tamir se abrió paso a través de mis pensamientos. Señaló tres picos escarpados alzándose del páramo; su formación era inconfundible incluso con la niebla.
¿De veras llevábamos volando una hora?
Rethlyn nos gesticuló para que descendiéramos.
Los vördr se inclinaron con brusquedad, y, a través de huecos entre las nubes, atisbé lo que nos aguardaba abajo.
La vegetación muerta se extendía en todas direcciones; los esqueletos de la naturaleza volvían a adueñarse poco a poco de lo que antaño habían sido senderos pulcramente trazados.
El corazón se me subió a la garganta cuando bajamos. Aquí era. Aquí era donde todo empezó.
Aterrizamos en lo que una vez debió de haber sido un claro, aunque era difícil afirmarlo con aquella excesiva presencia de ceniza. Unas enredaderas apagadas trepaban por los restos de mojones de piedra cuyas superficies se habían desgastado y alisado por décadas de abandono.
—La brecha debería estar cerca —dijo Tamir, deslizándose con torpeza de la vördr de Rethlyn. Había sacado el mapa otra vez, pero el papel parecía inútil contra la realidad de lo que el tiempo y el abandono le habían hecho a este lugar.
Nos desplegamos, buscando. Fragmentos de viejas estructuras asomaban entre marañas de vegetación apagada, indicios de la civilización que había prosperado aquí antes de la sequía.
Los minutos se sucedieron en lo que parecieron horas. Los demás gritaban de vez en cuando, marcando sus posiciones, aunque sin encontrar nada. La duda comenzó a surgir. ¿Y si la brecha se había cerrado? ¿Y si habíamos venido hasta aquí para nada?
Entonces lo sentí. Un cambio en el aire, sutil pero inconfundible. Como el momento antes de que la tormenta se desate, cuando todo está callado y cargado. Seguí esa sensación, abriéndome paso a través de enredaderas espinosas hasta que me encontré en un claro más pequeño.
La brecha se hallaba allí, apenas visible. Un destello que atravesaba la realidad. Una grieta entre mundos. Una entrada a todo aquello de lo que me había pasado toda mi vida huyendo.
Me volví hacia los demás con un nudo en el estómago. Se reunieron despacio, formando un círculo abierto alrededor del fenómeno. Nadie habló. ¿Qué iban a decir? Nos disponíamos a adentrarnos en un cementerio de mi pasado en busca de algo que podría no existir siquiera.
Sentí el peso de sus miradas sobre mi espalda mientras observaba la brecha. Un movimiento veloz me llamó la atención, y entonces Aether estaba ahí, justo a mi lado, lo bastante cerca como para notar su calor.
—¿Lista? —preguntó en voz baja, dirigida solo a mí.
Me giré para mirarlo, impresionada por cómo la luz tenue le iluminaba la mandíbula cuadrada, cómo le danzaba por los pómulos altos.
Cómo unos mechones de cabello ónice le caían a la perfección sobre la frente.
Y también estaba la mirada de aquellos ojos dorados, esa que me hacía sentir viva entre tanta muerte.
Traté de ignorar cómo sus sombras parecieron extenderse hacia las mías en el espacio entre nosotros y el sentimiento traicionero que las acompañaba.
—¿Acaso importa?
Se le suavizó la mirada.
—No tenemos que encontrar todas las respuestas hoy.
—Solo las que podrían salvarnos a todos. —Traté de sonreír; sin embargo, no lo conseguí del todo.
Movió la mano como si fuera a tocarme el brazo, pero se detuvo y cerró los dedos a los lados.
—Estaré contigo. Siempre.
Asentí al final, sin confiar en mi voz, y me giré hacia la brecha. Una respiración, después otra y me adentré en ella.