Capítulo 41
L a sala de guerra estaba llena de energía nerviosa cuando entré por la puerta.
Vexa se paseaba cerca de las ventanas mientras Effie se encontraba sentada en el filo de una silla con los dedos tamborileando sobre una rodilla.
Theron y Mira charlaban en voz baja con los hombros tensos.
Rethlyn permanecía de pie solo, de brazos cruzados, mirando a todo el mundo con ojos desconfia dos.
Únicamente Raven parecía tranquilo repantingado sobre una silla con la cara enterrada en un libro.
—Por fin —susurró Vexa, deteniendo su caminar—. Urkin nos ha mandado llamar a todos. Estaba segura de que…
—¿Qué ha pasado? —Effie ya se acercaba hacia nosotros.
Raven se levantó.
—Los centinelas prácticamente te sacaron a rastras de los archivos.
La cabeza aún me daba vueltas. No sabía si podía formular palabras coherentes.
—Nos van a despojar del rango, ¿verdad? —La voz de Theron rezumaba pánico.
—Con suerte, eso será lo único que hagan —murmuró Mira.
—Ir a Riftdremar sigue en pie —dijo Aether con voz firme a mi lado—. Esta noche, según lo planeado.
—¿Habéis perdido del todo la cabeza? —Theron se apartó de la pared—. Urkin ya ha regresado. Jamás lo permitirá.
—Ya lo ha hecho. —Las palabras me parecieron extrañas cuando salieron de mi boca, como si hubiera hablado desde algún lugar más lejano.
—Eso es imposible. —Mira sacudió la cabeza—. Después de lo sucedido en Draxon…
—Algo ha cambiado —replicó Raven con calma, evaluándonos con ojos agudos—. ¿Verdad?
—¿Qué ha ocurrido exactamente en esa reunión? —Vexa paseó la mirada entre Aether y yo con su habitual confianza vacilante.
Me dejé caer en la silla más cercana; el peso de todo se me vino encima. Mi padre. Un príncipe. Las implicaciones de aquello ha cían que se dispersaran mis pensamientos cada vez que trataba de comprenderlas.
—Le hemos contado lo del sifón —respondió Aether, movién dose para colocar una mano en el respaldo de mi silla—. Lo del rey de Sídhe.
—¿Y os ha… creído sin más? —Effie arrugó la frente—. ¿Así como así?
—Ha habido otros factores —contestó Aether.
—¿Qué factores? —inquirió Rethlyn, hablando por primera vez—. ¿Qué es lo que no nos estáis contando?
La puerta se abrió antes de que ninguno pudiera responder. Urkin entró, y la sala se sumió en el silencio. Algún tipo de deter mi nación cansada se le reflejaba en los ojos, y su postura rígida se había suavizado por la fatiga. Nos observó a todos antes de hablar.
—Me marcho a Stravene dentro de una hora para dirigirme al Consejo. —Su tono carecía de su habitual autoridad—. El resto de vosotros partirá hacia Riftdremar según lo acordado. Raven se quedará aquí para mantener la comunicación entre reinos.
La confusión en la sala era palpable. Effie se quedó con la boca abierta, mientras que Vexa entrecerró los ojos con desconfianza.
—Dos más se os unirán —prosiguió Urkin—. Una centinela cuya atadura permite la manipulación de piedras y minerales y un archivista especializado en cartografía. Se reunirán con vosotros esta noche en los establos.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y se marchó, dejando la sala en un silencio atónito.
—Por el Vacío, ¿qué coño acaba de pasar? —preguntó Mira con un ligero temblor en la voz.
—¿Cómo habéis conseguido esto? —inquirió Vexa, acercándose a mí—. Los centinelas te sacan a rastras un momento… ¿Y al siguiente Urkin nos da permiso para desertar?
Las preguntas zumbaban a mi alrededor como insectos, pero era incapaz de centrarme en una sola voz.
Mi atención no dejaba de irse a detalles absurdos: el modo en el que Effie se retorcía los anillos con los dedos, la forma en la que la sombra de Rethlyn se extendía por el suelo o el ligero temblor de las manos de Mira.
Cualquier cosa con tal de evitar procesar el peso de lo que habíamos descubierto en el despacho de Urkin.
—Una especialista en minerales será de ayuda con la arcanita —comentó Mira—, pero ¿por qué enviar a un archivista?
—Es un continente inmenso. Sin duda, ese tipo de habilidad nos servirá para recorrerlo —respondió Rethlyn, aunque seguía teniendo el ceño fruncido por la confusión.
—¿Cómo vamos a llegar allí? —preguntó Effie, dejándose caer en una silla.
—Yo ya tengo vördr. Justo antes de la reunión, Easkath me ha reclamado. —Mira escondía una sonrisa que amenazaba con asomarse a sus labios.
Rethlyn le lanzó una sonrisa de orgullo.
—Estupendo, Mira…
—Me preocupa más por qué Urkin apoya esto de repente — interrumpió Theron—. Esta mañana estaba dispuesto a arrestarnos a todos.
—Algo le hizo cambiar de opinión. —Vexa continuaba sin quitarme los ojos de encima.
—Sea lo que sea —replicó Theron con voz afilada—, más vale que merezca la pena como para que arriesguemos nuestras vidas. Algunos no podemos permitirnos el lujo de marcharnos en misiones secretas cuando nos parece y ocultarle cosas al resto de la unidad. —Sus ojos estaban clavados en mí.
La figura de Aether cambió cuando se acercó a Theron, ahora grácil como un depredador. El aire pareció detenerse a su alrededor, y, cuando abrió la boca, lo hizo con una ferocidad que no le había oído nunca.
—No vuelvas a hablarle así.
La amenaza de sus palabras provocó que se me acelerara el pulso.
La sala se quedó en silencio. Hasta Theron parecía haber perdido su bravuconería anterior y ahora se veía embargado por la confusión.
—Aether —lo reprendió Vexa—, ¿qué es lo que te pasa?
Todos se fijaron en mí con un montón de preguntas en los ojos. Tenía la verdad en la punta de la lengua, pesada, pero era incapaz de formular las palabras.
Aether cruzó una mirada conmigo con tal intensidad que se me encogió el corazón. Estaba esperando a que yo decidiera si lo revelaba todo o si lo ocultaba. No obstante, sentía la mente atrapada tras una niebla.
—¿Fia? —preguntó Vexa con suavidad.
Abrí la boca y luego la cerré. El silencio se alargó de manera incómoda.
—Es la hija del príncipe Andrial Valtýr —respondió Aether con voz intensa, pero sin dramatismo—. La heredera al trono de Umbrathia.
Silencio.
—¿Cómo es eso posible? —A Vexa se le quebró la voz—. El príncipe Andrial murió de una enfermedad antes de tener herederos, antes incluso de poder casarse.
—No. —Los ojos de Aether se habían vuelto penetrantes—.
Esa es la historia que se ha contado públicamente.
Urkin y yo estábamos juntos ese día, cuando Riftdremar ardió.
Cuando el príncipe se negó a marcharse. —Apretó la mandíbula—.
Los informes dicen que había estado pasando tiempo entre los dos reinos los meses anteriores. Nueve meses antes de que ella naciera.
La sala enmudeció conforme el entendimiento los atravesó. El corazón se me aceleró cuando vi cómo les cambió la cara y la confusión daba paso a la sorpresa.
—Una aventura prohibida —susurró Raven—. Entre reinos.
—Eres ambas cosas a la vez —señaló Vexa, mirándome de otro modo—. Aossí y kalfar.
—Así es —confirmó Aether.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Vexa con una voz que apenas se distinguía de un susurro. La cuestión parecía dirigida a los dos.
—Desde esta mañana. —Aether volvió a mirarme con la mirada suavizada.
—Por ese motivo, Urkin… —Se interrumpió Rethlyn con la comprensión dibujándosele en la cara.
—Estás por encima de él, Fia —logró decir Effie con un hilo de voz.
—Entonces ¿cómo deberíamos llamarte ahora…? ¿Princesa? —Rethlyn arrugó el entrecejo mientras paseaba la vista por la habitación.
—Ni de coña —contesté demasiado deprisa y con la voz no tan segura como me hubiera gustado—. Sigo siendo yo. Fia… Solo Fia.
—El Consejo no tendrá más remedio que escuchar ahora —señaló Mira—. Después de que Valkan haya atacado a la heredera al trono…
—Si es que se lo creen —interrumpió Theron, aunque su hostilidad previa había desaparecido—. Esto lo cambia todo.
—No cambia nada. —Las palabras me salieron cortantes. De repente, sentí como si pudiera moverme y respirar. Me levanté de la silla y caminé hasta el centro de la sala—. Aún debemos ir a Riftdremar. Aún debemos encontrar la arcanita. Mi sangre no hace que la misión sea menos urgente.
—No —repuso Aether en voz baja—, pero nos concede una ventaja que no teníamos antes. —Cruzó de nuevo la mirada con la mía desde el otro lado de la estancia—. Y, ahora mismo, necesitamos cualquier ventaja que podamos conseguir.
Raven se dirigió hacia mí con ese brillo familiar de vuelta en sus ojos a pesar del ambiente cargado que seguía habiendo en la habitación. Me dedicó un breve asentimiento.
—Muy bien. A robar arcanita, entonces.
Había un ambiente frenético en los establos debido a cuantos corrían para preparar el viaje a Riftdremar.
Una mujer con armadura de centinela se hallaba junto a Vexa con el cabello oscuro recogido hacia atrás en un moño apretado.
La insignia de la Umbra relucía en su pecho cuando se presentó como Dannika.
A su lado, un hombre delgado con ropajes de Archivística cambiaba el peso de un pie al otro con pinta de encontrarse muy incómodo entre los vördr. Inclinó un poco la cabeza cuando Vexa lo presentó como Tamir.
—Vale —dijo Vexa, observando a los recién llegados—. Dannika, tú vendrás conmigo. Tamir… —Miró al vördr que quedaba.
—Puede montar conmigo —se ofreció Rethlyn, aunque su expresión sugería que no le entusiasmaba demasiado la idea.
Tryggar bufó con impaciencia junto a mí, con sus alas susurrando. Los demás vördr parecían igual de inquietos: Nihr golpeaba el suelo con la pata mientras Draug y Raskr sacudían sus descomunales formas.
Me percaté del cambio en las posturas de Dannika y Tamir cuando me aproximé: el modo en el que se enderezaron y bajaron la mirada un instante antes de volver a mirarme.
La actitud rígida que había mostrado antes la centinela se había suavizado y se había convertido en deferencia, mientras que la energía nerviosa de Tamir se había transformado en atención. Se veía que las noticias volaban.
«Claro que sí».
—Altez… —comenzó a decir Tamir, pero Vexa lo cortó con una expresión afilada.