Capítulo 40
M apas de Riftdremar se extendían por la mesa de los archivos con los filos curvados por el tiempo. Recorrí las líneas difuminadas con el dedo, tratando de memorizar cada detalle, cada camino que podría llevarnos a lo que necesitábamos.
—Aquí. —Raven dio unos toquecitos en un punto cercano a la frontera occidental—. Los antiguos túneles mineros.
Me acerqué más y examiné las notas alrededor de la zona.
—¿Crees que estaban extrayendo la arcanita aquí?
—Los marcadores geológicos coinciden. —Reorganizó unos papeles sueltos—. Y mira esto: la Guardia mantuvo estos lugares muy fortificados incluso después de que cesaran oficialmente las operaciones mineras.
—¿Para qué proteger minas vacías?
Esbozó una ligera sonrisa.
—Exacto.
Trabajamos en un cómodo silencio durante un rato; el único sonido era el crujido del pergamino y el ruido de la pluma de Raven mientras tomaba notas. Había acabado apreciando estos momentos tranquilos con él. Su presencia constante, su atención al detalle.
—Viví en Draxon una temporada, ¿sabes? —Su voz era amable, aún centrada en sus notas—. Trabajé como comunicador. Manteníamos los canales de comunicación a lo largo del territorio sudoeste.
Bajé el mapa que estaba estudiando.
—Las cosas cambiaron poco a poco al principio —prosiguió—.
Tan despacio que casi ni me percaté. Los mensajes empezaron a ser interceptados.
Ciertas comunicaciones se… alteraron. —Mantuvo la pluma parada sobre el pergamino—.
Luego la gente comenzó a desaparecer. Otros comunicadores.
Comerciantes. Cualquier persona que hablara en contra de los cambios que estaban sucediendo en la región.
—¿Cuándo te marchaste?
—Después de que colapsara la red. —Alzó la vista, y su expresión pareció afligida—.
No obstante, debería haberme ido antes. Debería haber visto lo que estaba ocurriendo de verdad.
Las seña les estaban allí, en el miedo que empezó a reflejarse en los ojos de la gente, en el modo en que corrían a refugiarse dentro cuando sus hombres pasaban.
—Negó con la cabeza—. Algunas veces sueño con aquellos que desaparecieron.
Me pregunto si podría haberlos advertido de alguna forma.
—No lo podías haber sabido —respondí en voz baja.
—Tú tampoco. —Su respuesta era amable pero firme, y me di cuenta de que esa era la razón por la que me lo estaba contando ahora. No para cargarme con su pasado, sino para decirme que no era la única que había sobrevivido.
Volvimos a nuestro trabajo; el silencio ahora resultaba cómodo de una manera distinta. La pluma de Raven rayaba el pergamino mientras tomaba notas sobre los túneles mineros. Yo me encon traba leyendo una sección detallada sobre la frontera oriental cuan do de pronto dejó de escribir.
—Ah, y nadie sabe lo de… —Se calló cuando unos pasos resonaron en los archivos.
—No. Todavía no. —Mantuve la voz baja mientras Raven deslizaba dos espejitos por la mesa. Apenas tuve tiempo de guardármelos en el bolsillo antes de que las puertas se abrieran de par en par.
Tres centinelas se acercaron a grandes zancadas hacia nosotros; tenían una expresión adusta bajo sus ojos ensombrecidos.
—Te escoltaremos hasta la oficina del general Urkin de inmediato.
Se me hizo un nudo en el estómago.
«Joder. Es demasiado tarde».
—¿Para qué? —El comportamiento relajado de Raven se había desvanecido.
Lo ignoraron por completo y unas manos ásperas me sujetaron de los brazos mientras me ponía de pie. Durante un momento, consideré invocar mi telaraña, mis sombras, cualquier cosa para que soltaran su agarre.
—Tu cómplice ya está esperando.
«Aether».
Les permití guiarme por la calle vacía hasta la ciudadela, a través de sus pasillos sinuosos, clavándome los dedos en los brazos con una fuerza innecesaria. Incluso desde lejos, la voz de Urkin se oía a través de las paredes de piedra; cada palabra destilaba furia.
La puerta se abrió y, de pronto, me caí, pues me empujaron con la fuerza suficiente para tirarme al suelo. Antes de que pudiera recuperar el aliento siquiera, hubo un movimiento borroso y un crujido nauseabundo.
Aether sujetó al centinela contra la pared con la mano fija alrededor de la garganta del hombre. Al centinela se le pusieron los ojos en blanco mientras se desplomaba, inconsciente. El otro guardia se retiró al instante y cerró la puerta detrás de él.
—¿Te has vuelto loco? —La voz de Urkin estalló por la habitación.
—¿Y tú? —La rabia anterior de Aether se había convertido en ese control tranquilo mientras le daba la espalda al centinela inconsciente y me ofrecía una mano.
El gesto me provocó una cálida sensación que me recorrió entera mientras le dejaba que me irguiera; mi mano se quedó un momento demasiado largo sobre la suya.
—Has asesinado a un lord de Umbrathia. —Urkin golpeó la mesa con el puño—. ¿Tienes idea de lo que has hecho? Todo el reino arderá por esto.
—Hemos descubierto algo —espeté, alisándome la ropa—. Si escucharas…
—¿Si escuchara qué? —Soltó una risa amarga—. ¿Más de tus planes? ¿De tus teorías? ¿Mientras las fuerzas de Draxon se reúnen en nuestras fronteras?
—Estamos abordando esta guerra de forma equivocada… —em pecé a decir, pero él me cortó.
—Continuaremos lo que hemos estado haciendo.
Es la única manera de acabar con esta guerra.
—La voz se le quebró por una emoción que no le había oído antes—.
Perdí a mi hijo por estos monstruos. Lo vi morir defendiendo nuestro reino de Sídhe.
¿Y ahora quieres que reconsidere otra manera?
—Volvió a golpear la mesa con el puño—. No hay otra manera.
La comprensión me invadió. Al fin vi al hombre bajo la máscara del general: un padre cuyo duelo lo había endurecido hasta convertirlo en alguien imprudente.
—Podemos restaurar la esencia —murmuró Aether—. Sin destruir todo en el proceso.
—No hay otra manera. —La voz de Urkin sonó vacía—. No permitiré que su sacrificio sea por nada.
—Entonces, nos condenarás a todos. —Había una carga en las palabras de Aether que hizo que el aire se sintiera denso.
—Escucha lo que hemos descubierto —insistí, acercándome a su escritorio—. El rey de Sídhe es un sifón.
—¿Un qué? —Urkin desvió la atención hacia mí.
—Alguien que puede redirigir la esencia por sí solo —explicó Aether con voz firme—. La coge de un lugar y la canaliza a otro. Las torres de arcanita no están drenando la esencia de Umbrathia, la están almacenando.
—Aunque lo que estuvierais diciendo fuera cierto —contestó Urkin con la voz tensa—, ¿qué cambia eso? Todavía hay que destruir las torres.
—No. —Aether dio un paso adelante—. Si las destruimos, toda la esencia guardada se perderá para siempre. El reino jamás se recuperará.
—Tenemos un plan —me apresuré a añadir—. Una manera de restaurar potencialmente lo que han robado. Pero necesitamos tiempo…
—¿Mientras se reúnen las fuerzas de Draxon? —Sacudió la cabeza—. Tus teorías sobre los sifones y la esencia robada no cambian el hecho de que has empezado una guerra que no nos podemos permitir luchar.
Intercambié una mirada con Aether.
—Si la guerra llega a Ravenfell, entonces tendremos que estar lo más fuertes posible para enfrentarnos a los damphyre. —Hice una pausa antes de proseguir—. Necesitamos nuestra propia arcanita. Necesitamos ir a Riftdremar.
Urkin se quedó paralizado.
—Riftdremar se destruyó.
—La superficie sí —respondió Aether—. Pero los túneles mineros podrían seguir intactos. Y si queda arcanita…
—¿Queréis ir a un páramo por si ha sobrevivido algo al incendio? —Se rio de forma vacua—. ¿Con qué propósito?
Me acerqué más al escritorio, manteniendo la voz baja.
—Porque yo puedo crear esencia. No canalizarla de una tierra como una atadura, sino generarla dentro de mí. Si podemos encontrar arcanita, puede que sea capaz de imbuirla. Empezar a reemplazar la que se ha robado.
—Habéis perdido el juicio. —No obstante, ahora había una incertidumbre en la voz de Urkin—. Aunque encontrarais arcanita, aunque pudierais de alguna forma restaurar la esencia en ella, no sería suficiente. No contra lo que nos enfrentamos.
—Sería un comienzo —replicó Aether.
Durante un instante, Urkin bajó la vista; se le tensó la cara mientras observábamos físicamente cómo asimilaba lo que le proponíamos. Sin embargo, justo cuando la comprensión se le reflejó en el rostro, se limitó a alzar los ojos.
—No puedo permitir que os marchéis mientras las fuerzas de Draxon se movilizan.
Entonces, sentí la atención de Aether sobre mí y me giré para verlo. Algo había cambiado en su expresión. Nos sostuvimos la mirada unos segundos, como si estuviera tomando una decisión, algo de lo que yo no era consciente. Al final, apartó los ojos de los míos y los dirigió a Urkin una vez más.
—Me temo que no puedes darle órdenes a ella. —Su voz tenía un tono cortante—. Ya no.
A Urkin se le tensó la mandíbula.
—Es miembro de mi unidad, está bajo mi autoridad directa…
Aether dio un paso adelante.
—Dime, ¿cuándo fue la última vez que Tryggar eligió a un jinete?
A Urkin se le contrajo el rostro de la exasperación.
—¿Qué tiene que ver eso con…?
—Casi medio siglo, desde él —prosiguió Aether, que cada vez elevaba más el tono—. Y ahora, después de décadas rechazando a todos los soldados que se acercaban, la elige a ella.
Urkin cambió la expresión.
—Su poder por sí solo debería haber sido nuestra primera pista. —Aether entrecerró los ojos—. Una duskbound que aparece al otro lado de la brecha. Cuando ese don lleva sin manifestarse fuera de una línea de sangre más de un siglo.
El corazón me retumbaba en el pecho. ¿Qué estaba haciendo?
—Su apariencia es tan distinta de la nuestra que resulta impresionante, el pelo negro, los ojos opalescentes…; aun así, comparte nuestros rasgos oscuros, nuestras sombras perpetuas.
—Al grano, Aether. Estoy empezando a perder la paciencia —murmuró Urkin.
—El Vacío le mostró a Fia una pareja, una aossí y un kalfar, justo antes de ser engullidos por las llamas, las mismas que destruirían Riftdremar. Creo que se trataba de sus padres.
Urkin desvió los ojos por el aire en mi dirección tan rápido que me sobresalté.
—Al principio, creí que solo era una coincidencia. —Aether dirigió la atención al suelo—. Que su nacimiento en Riftdremar había sido el simple resultado de una aventura prohibida entre rei nos. Un soldado de la Umbra que había cruzado la brecha y se había enamorado de una mujer aossí.
Urkin se había quedado muy quieto.
—Estábamos juntos aquel día. —Aether bajó la voz a un tono muy peligroso—. Cuando quemaron Riftdremar. Cuando él se negó a marcharse. La gente tal vez crea que murió de una enfermedad, pero nosotros sabemos la verdad, ¿a que sí?
—Suficiente. —A Urkin le temblaba la voz.
—Regresé a los archivos para echar otro vistazo a los informes de aquella época. Nueve meses antes de que naciera Fia, él presen tó un aviso de que iba a dividir su tiempo entre ambos reinos. —A Aether le ardían los ojos—. Qué coincidencia, ¿no?
Acto seguido, se giró hacia mí.
—Y además está el nombre del que me habló anoche.
Se me paró el corazón.
—La familia real ha seguido la misma tradición durante siglos —prosiguió—. Cada nombre de heredero es un testimonio de los padres con sombras en su sangre. —Me miró fijamente—. Has soñado con esta familia por un motivo, Fia.
Urkin nos miraba a uno y a otro, llegando a comprender algo que yo todavía no.
—No puede ser… —tartamudeó al tiempo que rodeaba el escritorio y daba unos cuantos pasos en mi dirección con los ojos llenos de preguntas.
—Y es porque perteneces a ella —dijo Aether mientras una mirada maravillada se le extendía por el rostro—. Tu padre fue el príncipe Andrial Valtýr, hijo de Andrid, nuestra reina gobernante.
«¿Andrial?».
El nombre resonó en mi mente como el repiqueteo de una campana, tan alto que el mundo pareció inclinarse bajo mis pies.
—Nunca has sido solo Fia Riftborne.
Me agarré al respaldo de la silla; las rodillas amenazaron con ceder cuando comprendí aquella revelación.
Mis ojos trazaron patrones en el suelo, incapaces de procesar lo que estaba diciendo.
Lo que significaba. Todo lo que pensaba que sabía sobre mí misma, sobre mi pasado, empezó a resquebrajarse y remodelarse.
Poco a poco, alcé la cabeza y me encontré con la mirada de Aether, pero él ya se estaba girando hacia Urkin.
—Así que dile al Consejo que lo que Valkan hizo fue un acto de guerra. Diles que capturó y se alimentó de la heredera al trono de Umbrathia.