Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

Nos quedamos tumbados así durante un rato; su respiración poco a poco se fue estabilizando. Creí que se había quedado dormido cuando su murmullo rompió el silencio.

—Necesito disculparme por algo.

Me removí un poco, confusa.

—¿Por qué?

—Por la torre. —Hubo una larga pausa—. Por esas primeras semanas. Por haberte mantenido encerrada así.

Me dio un vuelco el corazón. De todas las cosas que esperaba que me dijera, aquella no era una de ellas.

—Estabas asustada. Sola en un reino desconocido con gente que te había secuestrado. Y yo… te dejé ahí sin más. —Me agarró un poco más fuerte—. Aquello fue cruel. Y lo siento mucho.

Una parte de mí quiso decirle que no pasaba nada, que lo entendía. Sin embargo, aquello habría sido una mentira, y ya había habido bastantes entre nosotros.

—Fue cruel —coincidí en voz baja—. Creí que iba a perder la cabeza ahí dentro. Cada día que pasaba parecía una semana, y no tenía ni idea de si me ibais a dejar salir o si solo iba a ser… eso. Mi nueva realidad.

—Lo sé. —Se le quebró la voz un poco—. Te vi aquel primer día en el patio después de que Vexa por fin me convenciera para dejarte tomar el aire.

La forma en la que mirabas el cielo, el espacio abierto…

, como si te hubieras estado ahogando y al fin pudieras respirar.

—Se detuvo—. Me duele saber que te hice eso.

—Estabas lidiando con un reino que se desmoronaba —dije, aunque no lo excusé por completo—. Pero, sí, fue horrible.

—Me equivoqué. —Ahora hablaba con más firmeza, como si necesitara que yo lo oyera—. No te lo merecías. Y lo siento mucho, Fia. De verdad.

Me giré en sus brazos hasta que le pude ver la cara en la oscuridad. Tenía los ojos cargados de arrepentimiento.

—Gracias —respondí en voz baja—. Por decir eso. Por… verlo.

—Debí verlo entonces.

—Pero lo has hecho ahora. —Estiré la mano y casi le acaricié la barbilla antes de retirarla, pensándomelo mejor.

—No pondré excusas —soltó tras un instante—. Pero necesito que sepas que, si pudiera volver atrás y hacerlo de otro modo, lo haría. Sin dudarlo.

—Te creo.

Y lo hacía. El Aether que me mantuvo encerrada era el mismo que había echado abajo un castillo para liberarme de las garras de Valkan.

—Por si te sirve de algo —murmuré, ya sintiendo cómo me quedaba dormida—, no sé si yo hubiera sobrevivido todas esas semanas sin enfadarme contigo. La ira me mantuvo espabilada.

—Menudo consuelo.

—Es lo único que puedo decirte.

Sentí cómo una risa silenciosa le retumbaba en el pecho.

—Lo acepto.

Y entonces el sueño me sobrevino con facilidad, envuelta en sus brazos, rodeada de su aroma.

Y soñé con las mellizas otra vez.

Estaba en un jardín con las manos pegajosas por cortar enredaderas gruesas y oscuras que parecían soltar una sustancia negra en el cubo a mis pies.

El sonido de unos pasos corriendo me hizo alzar la vista cuando dos mujeres salieron de una arcada, las mellizas, aunque habían pasado años desde la escena del patio.

Una llevaba un vestido violeta y una tiara delicada sobre el cabello oscuro; se le notaba la barriga de embarazada bajo la fina tela. Una alianza dorada le brillaba en el dedo cuando gesticulaba mucho. La otra llevaba ropa de jardinería simple y tenía las rodillas mancha das de tierra.

—¡Déjame en paz! —espetó la de la tiara mientras se giraba para encarar a su hermana. Le corrían lágrimas por el rostro, arruinándole el maquillaje alrededor de los ojos.

—Por favor, déjame que te explique… —La otra mujer la agarró del brazo, pero ella se apartó.

—¿Que me expliques qué? ¿Que siempre has estado enamorada de él? —Sus palabras retumbaron por el prado—. ¿Que, mientras yo estaba preparando nuestra boda, tú estabas…? —Se atragantó con las palabras.

—Yo siempre he deseado lo mejor para ti —suplicó la mujer—. Todo lo que he hecho…

—¡No! ¡Yo siempre te he protegido, he estado ahí para ti en todo momento! —La hermana se llevó las manos al vientre de manera protectora—. Siempre has estado celosa de mí. Desde que el Vacío te rechazó…

—¡Esto no es por el Vacío! Es por padre, por cómo siempre nos enfrentó a la una contra la otra. ¿No ves lo que nos ha hecho?

—¿Lo que nos ha hecho? —La hermana noble soltó una risa amarga—. Me hizo más fuerte. Me dio todo mientras que tú… tú elegiste consumirte en estos jardines y fingir ser alguien que no eres.

—¡No tuve otra opción!

Se hizo el silencio entre ellas.

—Lord Skaldvindr me eligió a mí —dijo la del vestido al fin, a pesar de que le temblaba la voz—. Recuérdalo.

—No lo hizo.

Se acercó unos cuantos pasos a su hermana, pero la mujer se giró y echó a correr por el prado; sus faldas ondeaban tras ella y el anillo dorado reflejaba la luz del sol a medida que se marchaba.

Luego, la hermana que quedó permaneció allí parada sola, quieta, viéndola marchar.

Poco a poco, volvió andando a donde me encontraba yo entre las enredaderas sangrantes y se sentó en el suelo a mi lado.

Le temblaron los hombros cuando enterró la cara en las manos.

Sentí cómo mis manos se movieron para consolarla, y ella se recos tó sobre mi regazo con el cuerpo convulsionándole por los sollozos.