Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Antes, se había quedado desolado tras lo que vimos en la enfermería.

¿Y si necesitaba estar solo? Aquello sería justo.

No es que me debiera nada. Y, lo que era aún peor, ¿y si me echaba la culpa de lo que le había ocurrido a Lael por hacerle abandonar la misión y acompañarme?

Si no fuera por mí, él habría estado allí, y nada de eso habría ocurrido.

Lael no habría salido herido. Me mordí el labio y dirigí la vista al suelo de piedra bajo mis pies.

Se me nubló la visión y cerré los ojos de golpe. No. No iba a llorar.

Una hoja me rozó la clavícula, afilada y fría.

Me retiré y me choqué contra la pared al tiempo que me llevaba las manos a la garganta.

El olor metálico de la sangre me llenó la nariz, pero, cuando aparté los dedos, estaban limpios.

El corazón me martilleaba contra las costillas al tiempo que me miraba las manos tembloro sas. «No es real, no es real, no es real».

«No puedo. No puedo hacer esto».

Los pasillos se encontraban en silencio, salvo por mis pies descalzos contra la piedra.

Cada paso hacia su dormitorio era como admitir la derrota, y casi me volví dos veces.

El corazón no se me ralentizaba, no me dejaba respirar en condiciones, pero prefería morir a dejar que alguien me viera así. Alguien salvo…

Cuando llegué a su puerta, me quedé allí parada como una idiota con la mano alzada para llamar. «Esto es ridículo. Eres ridí cula». Sin embargo, antes de que pudiera retirarme, la puerta se abrió de par en par.

Aether llenó la entrada y, durante unos instantes, los pensamientos atropellados se detuvieron.

Se le veía distinto sin el uniforme de la Umbra, solo con un pijama negro simple y el pelo retirado de la cara.

Se le agrandaron los ojos un poco cuando me sostuvo la mirada, y vi el momento justo en el que la preocupación reemplazó a la sorpresa.

—Yo… —Me salió la voz pequeña y temblorosa, y lo odié.

Odié el que no me pararan de temblar las manos, el que las paredes parecieran estar estrechándose.

Traté de decir algo ingenioso, algo que demostrara que no me estaba desmoronando, y casi abrí la boca para intentarlo, pero no me salieron las palabras.

—Entra —susurró, como si entendiera todo lo que yo no era capaz de decir.

Unas cortinas negras tupidas bloqueaban el crepúsculo eterno y envolvían todo en una oscuridad que debería haber sido sofocante, pero que, de algún modo, no lo era.

Toda la estancia olía a él, a lluvia y a humo, con toques de aceite para armas. Algo se me aflojó en el pecho un poco por el aroma familiar. Me abracé, intentando detener el temblor que no se me quitaba.

—Lo… —empecé a decir, pero luego me detuve—. Lo siento —solté al fin.

—¿Por qué estás aquí, Fia? —Su tono era tranquilo; no obstante, había algo más en él. Preocupación, quizá. O entendimiento.

La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Me quedé observando las armas de la pared, incapaz de mirar aquellos ojos dorados.

—No puedo dormir. —La voz me salió más débil de lo que pretendía—. No quería molestarte, con lo de Lael y todo, pero…

No pude terminar. No pude admitir que cada vez que cerraba los ojos volvía a estar ahí. En Draxon. Que me había pasado horas tratando de convencerme a mí misma de que mi comportamiento era ridículo, que era más fuerte que esto. Que solo había venido cuando la alternativa se había vuelto insufrible.

Algo cambió en su expresión. No se acercó, no me ofreció consuelo vacío. Solo asintió.

—Dormiré en el suelo —me apresuré a añadir—. Es que… no puedo estar sola ahora mismo.

—No vas a dormir en el suelo. Quédate la cama —me ofreció, acercándose a un sofá de cuero desgastado que había en una esqui na de la habitación—. Yo dormiré aquí.

Observé cómo agarraba una almohada de la cama; su enorme cuerpo hacía que los muebles parecieran imposiblemente pequeños.

—Ese sofá apenas es lo bastante largo para mí, mucho menos para ti.

Se sentó de todos modos; el cuero crujió bajo su peso cuando estiró las piernas mucho más allá del reposabrazos.

—Esto es ridículo. —Me acerqué de brazos cruzados—. Tu cama es enorme. Podemos compartirla.

Se quedó paralizado, y pude ver la vacilación en su postura.

—No quiero hacerte sentir incómoda —respondió en voz baja.

—¿Más incómoda que si te veo intentando encogerte en esa cosa? —Sacudí la cabeza—. Venga.

Se acercó a la cama despacio, como si no estuviera seguro. Yo me metí bajo las sábanas en el extremo opuesto, tratando de hacerle la decisión más fácil a él. Las sábanas eran suaves y tenían el mismo aroma que parecía seguirlo a todos lados.

Tras lo que pareció una eternidad, el colchón se hundió bajo su peso. Se quedó en el filo, manteniendo las distancias. El silencio se sentía denso.

—¿Sabes algo de Lael? —pregunté en la oscuridad.

El suspiro de Aether fue profundo.

—No ha habido cambios. Los médicos están haciendo todo lo que pueden, pero… —Se calló—. Debería haber estado ahí. Para ambos.

—No puedes estar en todos lados.

—Mañana todo cambiará. —Le costó pronunciar las palabras, como si le dolieran—. Urkin no puede seguir tomando estas decisiones.

Comprendí la frustración de su voz. La jerarquía estricta de la Umbra casi había hecho que nos asesinaran a Lael y a mí. No obstante, no sabía qué responder, así que permanecí callada.

Me estaba quedando dormida cuando las imágenes se me vinieron encima de golpe; no solo de Valkan esta vez, sino de todo.

De las quemaduras de la piel de Lael. De la sangre en el suelo.

De esa puñetera sonrisa con demasiados dientes.

Se me tensó el cuerpo y el corazón se me aceleró cuando traté de acordarme de dónde estaba. Los pulmones no me funcionaban.

—¿Fia? —La voz de Aether se abrió camino en medio del pánico.

Conseguí tomar aire, temblorosa.

—Estoy bien. —La mentira fue automática.

El colchón se sacudió cuando él se sentó. Por un instante, ninguno de los dos se movió. Entonces, poco a poco, con delicadeza, como si tuviera miedo de que yo echara a correr, me puso una mano en el hombro.

—No lo estás. —Su voz era un susurro en la oscuridad. Entonces, me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo contra su pecho. Debería haberme resistido, debería haber mantenido alguna apariencia de dignidad, pero su calidez sólida echó abajo la última de mis defensas.

«Esprithe». Qué bien sentaba. Era peligroso dejarme necesitarlo. Sin embargo, a medida que sus latidos tronaban contra mi espalda, no pudieron importarme menos las consecuencias. Por primera vez desde lo de Valkan, desde todo, la oscuridad no parecía estar intentando tragarme entera.