Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

N uestras botas golpeaban el camino de piedra a medida que abandonábamos los establos.

Vexa apareció por una puerta lateral, pero no parecía ella misma.

Tenía los ojos violetas vidriosos por no haber pegado ojo y le faltaban varios piercings que por lo general adornaban sus rasgos, algo que jamás había visto en ella antes, incluso cuando más informal había vestido.

—¿Dónde os habíais metido vosotros dos? —La voz le salió ronca, como si hubiera estado gritando—. Urkin está furioso.

—Bueno, pues va a ponerse aún más furioso en cuanto hablemos con él. —Aether ya estaba dirigiéndose a la ciudadela.

—No podéis ahora mismo; lo han llamado para una reunión del Consejo en Stravene. Se marchó hace una hora. —Las palabras le salieron atropelladas mientras intentaba alcanzarlo.

Aether se detuvo y compartimos una mirada cómplice mientras se me encogía el estómago. El Consejo ya lo sabía. Mierda. Aether caminó con pesar hacia nosotras otra vez y me percaté de cómo se colocó más cerca que antes, con su antebrazo tenso rozándome.

Vexa nos miró a uno y a otro con ojos cansados.

—¿Ha ocurrido algo? ¿En Draxon? —Bajó la voz—. Habéis estado fuera más tiempo del que acordamos. Y, Aether, nos podrías haber dicho que ibas con ella.

Me tiré de la manga, tratando de ocultar las vendas que me envolvían el brazo, muy consciente de pronto de lo expuesta que me sentía.

—Hubo, eh…, complicaciones.

Se fijó en el movimiento y después miró a Aether. La comprensión se le reflejó en el rostro, seguida de inmediato por la ira.

—¿Qué hizo? —Las palabras salieron como un gruñido; había cerrado las manos en puños.

Abrí la boca, pero ¿cómo podía siquiera empezar a explicárselo? Cómo se alimentaron de mí, la oscuridad, la forma en la que Aether los había destrozado. El caos político que acabábamos de desatar.

—No podemos hablarlo aquí —espetó Aether, sin dejar lugar a discusiones—. Luego.

Vexa tamborileó los dedos contra el cinturón de armas y asintió, aunque la ira no abandonó sus ojos.

—¿Qué pasó en la brecha? —pregunté, desesperada por cambiar de tema.

La expresión cambió de furia a algo que hizo que se me formara un nudo en el estómago.

—Esa es otra. —Le dedicó a Aether una mirada adolorida antes de encaminarse hacia el ala médica arrastrando los pies por el camino—. Venid conmigo.

La puerta de la enfermería se abrió con un chirrido y reveló dos camas ocupadas. Effie y Theron se encontraban recostados contra unas almohadas con los rostros macilentos y pálidos. Corrí hacia ellos; las preguntas me salieron de manera atropellada antes de que pudiera organizar mis pensamientos.

—Estamos bien —consiguió responder Effie, pero dirigió la vista más allá de mí e intercambió una mirada con alguien que no pude ver.

Me di la vuelta y me encontré a Mira y a Rethlyn sentados en un rincón cerca de la entrada; ambos parecían haber atravesado algo inimaginable. Rethlyn me sostuvo la mirada y me dedicó un ligero asentimiento, pero su expresión hizo que se me formara un nudo en el estómago.

Recorrí la habitación con los ojos otra vez, contando las caras, y al comprenderlo fue como si me hubieran dado un puñetazo.

La forma oscura de Aether atravesó la habitación hasta el fondo. Lo seguí sin pensar; mis pies me llevaban a pesar del miedo que se me acumulaba en el pecho. Agarró una cortina y tiró de ella con la fuerza suficiente como para que la barra de arriba hiciera ruido.

Una figura desgarbada se encontraba bocabajo en la cama con una sábana blanca envuelta en la mitad inferior del cuerpo.

«Lael».

Aether se arrodilló junto a la cama con los hombros tensos mientras examinaba al chico.

La piel de la espalda de Lael estaba en carne viva y ennegrecida, abierta en lugares donde algo le había desgarrado.

En algunas zonas habían empezado a formarse ampollas y supuraban, mientras que otras permanecían ennegrecidas y tensas.

El daño continuaba por sus brazos, que desaparecían bajo la sábana.

Se puso de pie de un salto y caminó hacia el centro de la habitación.

—¿Qué ha ocurrido?

Oí cómo se removían mientras pasaban unos segundos.

—Fue como si nos hubieran estado esperando —dijo la voz de Rethlyn al fin desde atrás.

—Nos atacaron al instante, más rápido de lo que ninguno pudo pensar siquiera —masculló Vexa—. Y esta vez fue distinto. No respondieron a las sombras de la misma manera. Como si el que le quitaran el aliento ya no fuera disuasorio.

Sus palabras se me clavaron como espadas. A eso se había referido Laryk cuando dijo que la Guardia tenía una nueva estrategia. Me agarré a la barandilla junto a Lael para recuperar el equilibrio.

—Los tónicos para respirar —susurré cuando me volví a girar hacia la habitación.

—¿Qué? —preguntó Vexa mientras todos los ojos recaían sobre mí.

—Algo que Sídhe estaba desarrollando. —Tragué saliva con fuerza; quería dejar a Ma fuera de la ecuación—. Así fui capaz de escaparme de vuestras garras en el prado de Emeraal.

Todo el mundo se quedó mirándome en silencio. Todos, salvo Aether, que seguía dándome la espalda mientras los hombros se le alzaban y bajaban de forma agitada.

—Supongo que han conseguido producirlos en masa —dije otra vez, dirigiendo la vista al suelo al tiempo que la culpa se me acumulaba en el pecho. Me retiré unos cuantos pasos.

—¿Qué hacen esos tónicos? —preguntó Effie; su voz había bajado unas cuantas octavas.

—Permiten que alguien no tenga la necesidad de respirar durante un periodo de tiempo mucho más largo.

El grupo lo comprendió. Nadie se movió, y Aether siguió sin girarse hacia mí.

—Gracias por contárnoslo —dijo al fin con una voz tan baja que casi no lo oí.

Lael soltó un gorjeo y corrí a su lado; Aether me siguió de cerca. No obstante, permanecía igual: el pecho le subía y bajaba con lentitud y tenía una expresión de paz en el rostro, que no había sufrido daños.

—Los médicos no saben por qué no ha despertado todavía —dijo Effie con la voz quebrada.

—¿Qué hacemos? —Las palabras de Aether destilaban algo oscuro.

Casi pude sentir la desesperación agitarse en el aire, reflejando el temor vacío que ahora me llenaba las venas. Sin embargo, nadie contestó durante un largo instante.

—No lo sé —respondió Vexa con gran agotamiento.

—Las cicatrices… —Mira se calló—. Los médicos no son lo bastante fuertes para eliminarlas. Ese tipo de quemaduras…

—¿Quemaduras? —Me sujeté a la estructura de la cama para erguirme y me giré hacia la habitación.

Los otros se habían juntado más. Effie estaba encaramada en el filo de la cama mientras Theron se agarraba la cabeza con las manos. Mira permaneció en su silla y Rethlyn, de pie; no obstante, Vexa los separó de Aether y no dejó de tocar con ansiedad su cinturón de armas.

—Nos atacaron con todo —espetó Rethlyn, alzando las manos en señal de sumisión—. Pero lo primero que vimos fue el fuego.

El nombre se me vino a la mente antes de poder detenerlo:

«Baelor Soleil».

Un dominador del fuego. Y un pedazo de cabrón.

—Lael perdió el control de su forma umbría —dijo Effie con la voz entrecortada—. Se giró para huir, para volver a la brecha.

Había seguido las instrucciones de Aether. Se me nublaron los ojos y traté de contener las lágrimas pestañeando, pero fue inútil, ya me corrían por la cara. Me di la vuelta para observar a Lael mientras un sollozo amenazaba con salírseme del pecho. Si hubiéramos estado allí…

—Lo sacamos y volvimos a toda prisa. —A Vexa se le quebró la voz—. Aquello fue inútil y temerario. No conseguimos ninguna de la información que nos mandaron recopilar. Nunca debimos haber ido. Urkin no debería haber dado esa orden.

—Tendremos una reunión de emergencia. Mañana a primera hora.

—Aether pasó junto a todos ellos y la puerta se cerró a sus espaldas con tanta fuerza que el cristal se agitó.

Se hizo el silencio mientras unas cuantas personas corrían tras él.

No estaba segura de quién permanecía aún en la habitación, si es que había alguien.

No podía oír nada aparte del sonido constante de la respiración de Lael.

Acerqué una silla a su cama unos momentos después. Cuando alargué la mano para pasársela por el cabello negro, agarré algo con los dedos. Una hoja de un verde intenso contra la almohada blanca.

Le examiné el pelo, los hombros y el cuello, y miré debajo de su barbilla y encontré más hojas pegadas debajo de él.

Fue entonces cuando le noté las marcas del cuello, como si algo lo hubiera envuelto. Marcas de ligaduras, escondidas a medias por las quemaduras, pero lo bastante claras en la piel indemne. Lo habían estrangulado.

Volví a bajar la vista hacia la hoja y me quedé paralizada.

Briar.

Arrugué la hoja con el puño cuando lo entendí todo de golpe. Mis amigos habían formado parte de esto. Y Baelor Soleil había vuelto al equipo V.

El sueño no solo era esquivo, sino imposible.

Cada vez que cerraba los ojos, la mirada blanquecina de Valkan estaba ahí, viendo cómo sangraba.

Se me erizó la piel por las sensaciones fantasmas: el ace ro clavándoseme en la carne, la sangre corriéndome por los brazos, ese goteo nauseabundo sobre el suelo de piedra mientras unas bo cas hambrientas me chupaban la sangre.

Me paseé por la habitación como un animal enjaulado, pero los recuerdos continuaron. No se me quitaban de la cabeza.

«Aether».

El pensamiento me golpeó como un látigo y me detuvo a mitad de un paso. Su habitación no estaba lejos, solo unas cuantas plantas arriba. No obstante, la mera idea de aparecer en su puerta, de admitir que no podía manejar esto yo sola… Se me contrajo el pecho y la vergüenza me ardió bajo la piel.