Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

L a luz se proyectaba más allá de mis párpados.

Fue lo primero de lo que me percaté. Lo segundo fue la suavidad que había debajo de mí, desconocida pero agradable.

No se trataba de mi cama en la torre ni de la del alojamiento de la Umbra.

Abrí los ojos de golpe cuando el terror me formó un nudo en la garganta.

Un trozo de cristal colgaba de una cuerda cerca de mí, provocando que una serie de patrones de rayos tenues bailaran sobre unos troncos tallados con tosquedad, alumbrando un cuarto pe queño con vigas de madera a la vista en el techo.

Había una chime nea de piedra construida en una de las paredes; su calor todavía irradiaba de las ascuas que se apagaban.

Paseé los ojos por el lugar y me fijé en una mesita junto a la cama.

Allí había varios ungüentos y vendas; su aroma herbal se mezclaba con el del jabón y el humo de leña. Todo el lugar parecía habitado pero austero; el refugio de un cazador, tal vez.

A través de una única ventana, atisbé unas ramas meciéndose con la brisa suave; sus hojas eran de ese extraño y apagado color que tenía pinta de definirlo todo en este reino.

El aislamiento del sitio me impactó; no había otros edificios a la vista, solo la naturaleza muerta extendiéndose hacia el horizonte gris.

Llevaba puesta una camisa blanca muy grande que no era mía.

El corazón aún me iba a mil mientras intentaba ubicar dónde me encontraba, quién habría…

El sonido del batir de las alas de los vördr contra el viento me llegó desde fuera, seguido de su distintivo relincho, y empecé a comprenderlo.

—Te has despertado. —Me llegó la voz de Aether desde la puerta.

Se me relajó el cuerpo de alivio solo por un instante antes de que me sobrevinieran unos recuerdos: unos labios fríos contra mi piel, el interminable tirón de ellos alimentándose, los ojos apagados de Valkan mientras él…

Me estremecí de manera involuntaria. Aether dio medio paso adelante antes de detenerse, con la inseguridad pintada en la cara al darse cuenta de mi reacción.

Subí poco a poco la mirada y lo vi alzarse imponente, casi tocando el techo, con los brazos cruzados con firmeza.

Su rostro había recuperado su perfección angulosa sin ningún rastro del labio partido ni de los moretones que había visto en Draxon.

—¿Cuánto tiempo? —Las palabras me arañaron la garganta, áspera por el poco uso.

Él me tendió su cantimplora.

—Bebe primero.

La vista de aquello me heló las venas. Sacudí la cabeza con brusquedad, acordándome del líquido metálico inundándome la boca. Acordándome de la mano de Valkan rodeándome el cuello. De cómo me había estampado la espalda contra la mesa de madera.

Él soltó un suave suspiro mientras se acomodaba en una silla al otro lado de la habitación. Clavó los ojos más allá de mi hombro, evitando a propósito el contacto directo.

—Dos días —respondió al final.

—¿Dos días? —El pánico me atravesó mientras bajaba las piernas al suelo—. Los demás… ya habrán vuelto de la brecha…

—No. —Su voz no transmitía ninguna fuerza real—. Lo hecho, hecho está. Urkin sabe que nos fuimos. Unas pocas horas más no cambiarán nada ahora.

Desvié la vista a mis brazos, dándome cuenta de las vendas que me rodeaban las muñecas y los antebrazos, extendiéndoseme por la piel en parches de blanco intenso.

El horror me embargó a medida que recordé cada corte, cada hoja deslizándose sobre mí.

La forma en la que sus labios se habían presionado contra mi piel, chupándome. Retorcí la sábana con los dedos.

Cuando al fin alcé los ojos, la postura de Aether era rígida, preocupada. Seguía mirando más allá de mí con la mandíbula apretada con fuerza.

—¿Dónde estamos? —pregunté en voz baja.

—En una cabaña a media hora más o menos de Ravenfell.

—¿De quién es? —Paseé la mirada de nuevo por el lugar.

—Mía. La construí hace unos años —contestó sin más—. En teoría, nadie la conoce. Aunque supongo que Rethlyn ahora sí.

—¿Por qué no me llevaste de vuelta a la ciudad y ya?

Él se detuvo; las quemaduras del Vacío se le oscurecieron cada vez más.

—No quería que te sintieras abrumada cuando te despertaras.

Asentí con un nudo en el pecho.

—Draxon tomará represalias —respondí en voz baja.

—Lo sé. —Sus ojos trazaron unos patrones sobre el suelo antes de alzarlos despacio hacia las vigas de madera.

—¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé.

Mantuvo la vista en la pared que había a mis espaldas con el ceño fruncido. Y no dijo nada más.

La frustración se apoderó de mí.

—¿Por qué no me miras?

Sacudió la cabeza un poco y finalmente clavó los ojos en los míos antes de bajarlos a mis brazos vendados. La expresión que había en ellos era de dolor, de aflicción. Acabó meneando la cabeza, y la oscuridad se le derramó de las quemaduras del Vacío.

—Lo que te hicieron… —Su voz era forzada, como si luchara por contener algo volátil—. No conseguí llegar lo bastante rápido.

—Deberías haber regresado a Ravenfell.

Sus ojos reflejaron tensión.

—¿Y abandonarte? ¿Con esos monstruos? —Casi se levantó de un salto de la silla; la ira le relucía en el semblante.

—Es mejor que empezar lo que sea que vaya a suceder ahora. La Umbra no puede librar dos guerras a la vez. —Bajé la vista a mis manos—. Habría encontrado una manera de escapar con el tiempo… —Ni yo misma me lo creía.

—Ya nos las arreglaremos —replicó Aether, inhalando con fuerza de nuevo.

—¿Qué pensará el Consejo? —pregunté con un nudo en la garganta.

—Draxon necesitará tiempo para elaborar sus planes —contestó—. No van a atacar de inmediato. Y Valkan ya había perdido la mayoría del apoyo.

—Pero lo que hicimos —susurré— provocará una guerra.

—Lo haría de nuevo —dijo Aether con voz grave, y volví a cruzar la mirada con la suya. Mi cara bien podría haber sido un hierro candente cuando me miró de ese modo, oscuro y desesperado. Anhelante. Se me entrecortó la respiración.

—Vendrán a por todos nosotros.

—Sí. En algún momento.

Se produjo otro silencio cargado por el peso de lo que habíamos comenzado. De lo que ya no podíamos dar marcha atrás.

—¿Cómo escapaste de ellos si los vördr se habían ido? —La cuestión había estado rondándome la cabeza.

Apretó un poco la mandíbula.

—Unos veinte me rodearon en ese claro cuando regresé. Les dije a Tryggar y a Nihr que se marcharan; no quería que esos hombres intentaran hacerles daño. —Una sombra le cruzó el rostro—. Me imaginé que a ti ya te habían cogido, porque no estabas ni se veía a Valkan por ninguna parte.

—¿Dejaste que te capturaran? —Me salió la voz con una conmoción contenida.

—Parecía la forma más rápida de dar contigo. —Su voz era muy débil—. Aunque no conté con que me obligarían a tomarme ese tónico para dormir.

Se me revolvió el estómago ante el recuerdo del líquido metálico.

—¿Cuánto tiempo estuviste inconsciente?

—Es difícil de decir. Me desperté en las mazmorras.

—Tenía los ojos clavados en algún punto distante al otro lado de la ventana—.

Encontré el modo de escapar. —Se aclaró la garganta y ladeó la cabeza como si procesara algo.

Era evidente que no quería hablar de lo que hubiera tenido que hacer para huir de aquella celda.

—Te torturaron —señalé en voz baja, fijándome en que le ha bían desaparecido del cuello las zonas moradas.

—Yo no lo llamaría así. —Hizo un amago de sonrisa con los labios—. En cuanto se desvaneció el efecto de las drogas, se vieron con los hierros de marcar ensartados en la garganta.

El fuego me recorrió, seguido de una oleada de ira que me pilló desprevenida. Mis sombras respondieron al instante, pulsando hacia fuera mientras se me iba oscureciendo la visión.

—Ten cuidado —sugirió Aether, pero había algo parecido al asombro conforme observaba mis sombras enroscarse en el aire—. Conserva tus energías.

—Te hicieron daño. —Las palabras salieron como acero.

—Ya están muertos —respondió sin más, aunque sus ojos se volvieron cortantes otra vez—. Todos.

Obligué a mis sombras a retroceder, tratando de comprender por qué su dolor me afectaba de manera tan visceral. Por qué la idea de ellos haciéndole daño mientras se encontraba indefenso hacía que quisiera volver a destrozar el castillo.

—¿Qué les hiciste exactamente? —La pregunta me había estado reconcomiendo desde que me desperté.

Incluso a través de la neblina de lo que había sucedido, el recuerdo era tan vívido que me provocó un nudo de miedo en el estómago.

El modo en el que se había quebrado el mismísimo aire, el modo en el que se habían retorcido sus cuerpos y se habían roto sin que les hubiera puesto la mano encima.

A Aether se le tensaron los ojos, pero no se giró para mirarme.

—¿Qué importa?

—Los destrozaste por dentro. —Las palabras me salieron con suavidad—. Ni siquiera sabía que eso fuera posible.

Apretó la mandíbula.

—Te estás preguntando por qué no lo he utilizado nunca. —No era una pregunta—. En Sídhe.

—Se me ha pasado por la cabeza.

Se removió en la silla, y, por un segundo, creí que no iba a responder. Cuando al fin habló, su voz sonó tensa:

—Lo que hice… no es algo que pueda controlar. No realmente. —Curvó un poco los dedos sobre el reposabrazos—. Una vez que empiezo a usarlo de esa manera, es difícil parar. Y, pese a lo que pienses de mí, no quiero matar a cientos de personas en un abrir y cerrar de ojos.

Observé su perfil, notando lo rígido que se había puesto. Como si contuviera algo que ansiaba ser liberado.

—Pero lo usaste. Por mí.

—Lo que hice en esa sala… —apartó la vista de nuevo, aunque no antes de que atisbara algo oscuro en su cara— no fue una decisión táctica. No fue estratégico.

—Entonces ¿qué fue?

Se detuvo.

—Al ver lo que estaban haciendo… —se calló y tuvo que inhalar antes de proseguir—, perdí el control. Del todo. Y es justo por eso por lo que jamás me permito utilizarlo. No así.

Recordé la calma de su voz cuando los destrozó, cómo las pro pias rocas del castillo habían crujido bajo la fuerza de su ira. Debe ría haberme dado miedo, pero no lo hizo.

—Tenemos que regresar a Ravenfell —contesté al fin.

—Tienes que descansar.

Le lancé una mirada molesta.

—No hay tiempo para eso.

—Habrá que enfrentarse a Urkin cuando regresemos. Estará furioso. —Su voz tenía un deje de preocupación—. No tengo ni idea de lo que hará tras nuestra incursión. Debes recobrar las fuerzas.

—Tenemos que contarle lo que hemos descubierto del sifón. Del rey de Sídhe —siseé.

—Ya te lo he dicho: no nos va a creer sin pruebas.

El silencio que siguió se sintió cargado. Me acaricié una de las vendas del brazo mientras recordaba.

—Valkan mencionó algo. Cuando estaba… —Fui incapaz de terminar la frase.

A Aether se le puso la mandíbula rígida y los nudillos blancos, pero permaneció callado.

—Dijo que ojalá pudiera abrirme y derramar mi sangre por la tierra. Que quizá eso restauraría la esencia. —Respiré hondo—. No se me había ocurrido algo así.

Clavó los ojos en mí.

—¿Qué tratas de decir?

—Talon insinuó que yo creaba la esencia en mi interior. Solo me preguntaba… —Sacudí la cabeza, reuniendo el valor—. ¿Y si pudiera transferir mi esencia a la tierra? ¿Y si pudiera imbuir arcanita? —Lo miré de reojo.

—No tenemos arcanita.

—¿Y si pudiéramos conseguirla?

—¿Cómo?

—En Riftdremar.

Aether se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Lo destruyeron, Fia. Lo sabes.

—Pero no sabemos si acabaron con todas las reservas de arcanita. Fue hace más de veinte años. Hasta donde sabemos, cogieron lo que necesitaban y dejaron el resto.

Se reclinó, sumido en sus pensamientos con la mirada perdida.

—¿Quieres ir a Riftdremar por otro impulso?

—Llevaba razón en lo del sifón. —Lo miré a los ojos—. ¿No puedes intentar empezar a confiar en mí?

Me evaluó durante unos instantes.

—Sé que no es una prueba —repliqué a su silencio—. O la prueba que hará que Urkin nos crea con lo del sifón. Pero podría concedernos tiempo. Si somos capaces de comenzar a alimentar la tierra de nuevo con esencia, aunque sea en pequeñas cantidades, ¿no valdría la pena?

Aether suspiró y se pasó una mano por el cabello oscuro.

—¿Seguro que quieres hacer esto?

—El tiempo es nuestro principal enemigo ahora mismo. Abordemos primero esa batalla.

—El tiempo. —Asintió con la cara ilegible.

—Volvamos a la ciudad. —Me levanté, pero, en el segundo en el que eché el peso sobre el tobillo izquierdo, el dolor me atravesó la pierna en el lugar en el que quedaba un corte profundo. Me tambaleé; la habitación se inclinó peligrosamente.

Aether estuvo allí en un instante estabilizándome con los brazos. Sin embargo, incluso después de recuperar el equilibrio, no me soltó.

—Lo siento —dijo por fin; su aliento cálido contra mi oído.

—No es tu culpa —susurré mientras las lágrimas me escocían en los ojos.

Permanecimos así, sin apartarnos ninguno de los dos, y me di cuenta de que era la primera vez desde que había llegado a este reino que me sentía segura de verdad.

La primera vez que la opresión constante del pecho se había aligerado, aunque fuera un poquito.

No supe cuánto tiempo nos quedamos allí, pero sí que algo había cambiado entre nosotros, algo que no sabría cómo denominar.