Capítulo 36 #3
—Cuidado. —La voz de Valkan se quebró cuando su cuerpo se elevó del suelo—. Mis seguidores destruirán este reino si algo me sucede.
—Pareces creer que me importa. —La voz que se oyó en mitad del caos me era conocida pero extraña, más oscura, más letal de lo que jamás la había oído.
Aether emergió de las sombras y casi se me paró el corazón.
Tenía el labio perfecto cortado y unos cardenales morados le aparecieron por el pecho desnudo, zigzagueando entre sus quemaduras del Vacío.
Sus sombras palpitaban. El mismísimo aire a su alrededor pareció doblarse y retorcerse.
Curvó los dedos y el brazo derecho de Valkan se quebró hacia atrás con un crujido húmedo. No solo se rompió, sino que se hizo añicos; el hueso se astilló por tantos lugares que le sobresalió por debajo de la piel.
Un grito amenazó con salírseme de la garganta.
El aire me azotó, silbando a través de las ventanas rotas mientras Aether daba otro paso.
—El reino necesita lo que yo ofrezco —jadeó Valkan en medio del dolor; la sangre le goteaba de los labios—. Es el único camino a la salvación.
Aether volvió a retorcer los dedos y el brazo izquierdo de Valkan se quebró. El sonido fue distinto esta vez, más lento, más deliberado, como hielo rompiéndose en un lago helado. Cada crujido resonó por la estancia mientras el hueso se astillaba en trozos más y más pequeños.
—¡Detén esto mientras puedas, idiota! No tienes ni idea de lo que nos augura…
—La voz de Valkan era gutural, ahogada por la sangre mientras graznaba.
No obstante, Aether se limitó a la dear la cabeza y a estudiar al damphyre.
De repente, la pierna derecha de Valkan se retorció hasta que el hueso atravesó la carne.
Su grito se volvió un gorjeo mientras Aether lo mantenía suspendido en el aire.
—Espero que tengas unas buenas criadas. —La voz de Aether bajó a un tono peligrosamente grave al tiempo que se fijaba en la sala teñida de rojo.
—Moriréis todos por esto. —El gruñido de Valkan se vio interrumpido por otro grito cuando su pierna izquierda empezó a astillarse; cada rotura era más insoportable que la anterior. El sonido del hueso triturándose rugía en mis oídos.
La temperatura de la habitación cayó en picado cuando Aether se acercó más.
—Lo que tienen los huesos —dijo con un tono muy calmado— es que se pueden romper en muchos trozos. ¿Los contamos?
Otro giro rápido de sus dedos y las costillas de Valkan comenzaron a crujir una a una, de manera metódica, con cada chasquido retumbando por la habitación. El candelabro se hizo añicos y los cristales cayeron a nuestro alrededor, pero de alguna forma evitaron mi cama por completo.
—¿Merece ella tanto la pena como para iniciar otra guerra? —La voz de Valkan ya era solo un susurro; unos gruñidos de dolor atravesaban sus palabras.
Aether se limitó a bajar la barbilla al mismo tiempo que curva ba los dedos. El cuerpo de Valkan se dobló hacia atrás en un ángu lo imposible y un grito desgarrador resonó por la habitación.
Valkan giró la cabeza hacia la izquierda; le salía sangre de la nariz. Sus ojos blanquecinos encontraron los míos una última vez.
—Pedazo de puta desagrade…
El resto de sus palabras desaparecieron en una violenta explosión que se extendió por toda la estancia. Se me liberó la presión de los oídos tan de sopetón que se me volvieron a taponar, y pude escuchar mi propia respiración entrecortada en el silencio repentino.
Observé los restos triturados de Valkan deslizarse por las paredes adornadas y dejar manchas carmesíes por el papel dorado.
Unos pasos se aproximaron a la cama.
Se me encogió el corazón cuando la figura de Aether se acercó a mí con sangre empapándole la piel, goteándole del pelo por el rostro anguloso en riachuelos hasta el pecho marcado.
Le ardían los ojos con tanta intensidad que se le pusieron plateados cuando me recorrió de arriba abajo.
Casi pude sentir cómo latía cada herida abierta al tiempo que sus ojos se detenían en ellas y que su cara componía una mueca de disgusto.
Traté de alejarme cuando alzó un brazo para tocarme, pero mi cuerpo aún no me respondía. Se me escapó un gimoteo de la garganta cuando al fin fui capaz de enterrar los dedos en las sábanas. Detuvo la mano a mitad de camino y algo se le cruzó por el rostro.
Este no era el soldado controlado que conocía. Era algo más. Algo que acababa de poner una docena de cuerpos del revés con un mero giro de muñeca. No con sombras, sino por pura voluntad.
—Fia. —Su voz era más suave ahora, aunque le temblaba. Se movió despacio; cada gesto vacilaba cuando levantaba el brazo para volver a tocarme—. No te voy a hacer daño.
Deslizó los brazos por debajo de mí. A pesar de mis sentidos apagados, pude haber jurado que la energía lo invadía, como si una tormenta que se avecinase me estuviera alzando, llevándome a través de los truenos.
Me apretó contra su pecho y capté el aroma a l luvia bajo el intenso olor metálico de la sangre.
—Te voy a sacar de aquí.
El mundo se sumió en la oscuridad cuando al fin la consciencia, apiadándose de mí, se desvaneció.