Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—No tienes ni idea de cuánto tiempo llevo esperando esto. —Bajó la voz por la necesidad—. Desde la primera noche en Stravene, cuando capté tu olor. El poder en ti… es puro. Inmaculado. —Sentí que me devoraba con los ojos.

Un cuchillo le apareció en la mano y la mente me estalló por el pánico. «No. No, por favor». Aquello no podía estar ocurriendo. Tenía que despertarme. Tenía que marcharme. Tenía que…

Presionó la hoja contra mi garganta y contuve un sollozo en el pecho. Las lágrimas me manaban de los ojos mientras él se inclina ba más y el rostro se le transformaba en algo grotesco.

—Podríamos haber sido magníficos juntos.

—Suspiró contra mi piel, y contuve las ganas de vomitar—.

Una duskbound de verdad y un rey damphyre.

Podríamos haber llevado Umbrathia a la gloria.

—Su voz era despiadada—. Ahora servirás para un propósito diferente.

—Enredó en mi pelo la mano libre y tiró de mi cabeza hacia atrás para exponer mi garganta—.

Serás mi manantial personal. Mi fuente de esencia infinita.

La herramienta que necesitaba para conquistar ambos reinos.

Volvió a inhalar, más hondo esta vez, como si estuviera saboreando un buen vino.

—Aunque he de confesar que será… complicado mostrar au todominio y no drenarte por completo cada vez. Eso sería un desperdicio, ¿no? Cuando puedo mantenerte así, suspendida entre la consciencia y la inconsciencia, todo el tiempo que desee.

El cuchillo se clavó aún más hondo y noté una calidez deslizár seme por el cuello.

La mente se me hizo añicos cuando él puso la boca sobre el corte.

El sonido que hizo fue obsceno, placer y hambre mezclado con un gemido monstruoso mientras bebía; cada movimiento de sus labios hacía que me recorriera una oleada de debilidad.

Pude sentir cómo drenaba mi esencia y cómo robaba partes de mí.

Los segundos se convirtieron en una eternidad.

La consciencia se me iba y venía al tiempo que él se alimentaba; la oscuridad se extendía por los bordes de mi visión.

Justo cuando creía que podría desmayarme, se retiró con un jadeo, con la sangre manchándole los labios y la barbilla.

Sus ojos blanquecinos se habían vuelto salvajes.

—Oh —gimió, pasándose la lengua por los dientes ensangrentados—. Eres más divina aún de lo que creía. Cuánto poder. Cuánta vida. —Me enterró los dedos en los hombros cuando se estremeció—. ¿Puedes sentir cómo tu esencia canturrea en mis venas?

Quise gritar, luchar, morir, cualquier cosa salvo soportar la forma en la que me miraba en ese instante, como si fuera algo que consumir. Que devorar. Sin embargo, ni siquiera pude girar la cara cuando él se volvió a inclinar y trazó con la lengua la herida que me había hecho.

—Quizá tu sangre nos salve a todos —susurró contra mi garganta—.

Tal vez deberíamos abrirte, derramarte sobre la mismísima tierra, ver si podemos restaurar todo el reino con lo que fluye por esas venas.

—Deslizó la mano hacia abajo hasta mi corazón—.

Eso es lo que quieres, ¿verdad, querida mía?

Ser la salvación de Umbrathia. Hermanos y hermanas mías —gritó de pronto—. Venid a probarla.

Unos uniformes grises se acercaron a la cama con cuchillos relucientes en las manos y los ojos blanquecinos fijos en mí con esa misma hambre terrible.

Se me quebró todavía más la mente cuando me rodearon y las hojas captaron la luz.

«No. No, por favor». Luché internamente contra la parálisis, pero el cuerpo me traicionó y se negó a responder mientras ellos descendieron.

Un dolor agudo se me extendió por los brazos, los hombros, las muñecas, los tobillos.

A cada nueva herida la seguía la presión de labios fríos, los sonidos grotescos que hacían mientras se alimentaban.

Estaban tirando de mi esencia en muchísimas direcciones, sacándomela como el veneno de una herida.

La habitación empezó a girar aún más rápido.

La risa de Valkan flotaba en algún sitio por encima de mí.

—Cuidado. No debemos drenarla por completo. Todavía no. —Me acarició la mejilla con los dedos ensangrentados—. Es demasiado valiosa para eso.

Lo último que vi antes de perder la consciencia fue su rostro sobre el mío con aquellos ojos vacíos brillando de triunfo cuando susurró:

—Bienvenida a tu nueva vida.

El tiempo perdió todo su significado. Vagaba entre la oscuridad y el horror, jamás ida por completo ni despierta del todo.

Cada vez que recuperaba la consciencia, unas bocas nuevas se alimentaban de diferentes cortes.

La sala giraba sin parar, y mi esencia se sentía hecha jirones, desgarrada como una cuerda deshilachada.

En ocasiones, pude distinguir conversaciones lejanas, fragmentos de frases.

—Señor, acabo de volver de Ilsthyre. ¿Me has mandado llamar?

—Oh, dime, ¿cómo está mi querido hermano? ¿Todavía enfa dado por su nuevo título? —La voz de Valkan atravesó la neblina de mi mente.

—Parece estar pasándolo mal. —La voz del otro hombre sonaba incómoda, casi con miedo.

—Pues claro que sí. Siempre ha sido muy estúpido. Siempre se ha acobardado por un simple conflicto. Dime, ¿cómo están los sangreputrefactos?

—Son incontrolables. Letales y fuertes. No obstante, no disciernen entre un rival y un amigo, señor. Parecen estar empeorando.

Durante una décima de segundo, pude haber jurado que los ojos de Valkan recayeron sobre mí.

—Tengo una idea, Frederick. —Su voz destilaba un toque burlón—. Un descubrimiento reciente. Me ha hecho sentir curiosidad. —Valkan me deslizó la mano por el brazo—. Trae a uno de ellos. Me pregunto si responderán de manera distinta ante ella. — Encontró mi mano y se la llevó a los labios.

—¿Quieres traer a uno de ellos aquí, señor? —inquirió la voz con un ligero temblor en su tono—. ¿A la ciudad?

—¿Es que no lo he dejado claro? ¿Por qué sigues ahí parado delante de mí? Vete.

—Pero…

Un grito interrumpió los murmullos silenciosos del resto de la habitación.

Al principio, creí que tal vez había sido producto de mi imaginación, pero luego hubo más.

Cada vez sonaban más alto, más marcados.

¿Habría más víctimas en otras salas? Nadie se prestaría voluntario para esto si supiera el destino que le aguardaba cuando las fuerzas de Valkan comenzaban su tortura.

Sin embargo, no parecía eso. Tanto Valkan como los otros damphyre se habían quedado en silencio de una forma espeluznante y habían girado la cabeza hacia la puerta.

—¿Cómo ha…? —La voz de un hombre sonó más allá de la estancia, seguida de más gritos.

Una profunda vibración empezó a retumbar por el suelo de piedra. El candelabro de cristal sobre nosotros se balanceó. Una de las ventanas se agrietó; una fina línea apareció en el cristal y se extendió como una telaraña.

La presión de la habitación cambió de pronto y se tornó más violenta. Me pitaban los oídos y me zumbaban, como si me estuvieran arrastrando a las profundidades del océano. Las paredes parecieron gemir bajo una especie de peso invisible.

Un enorme chasquido atravesó el aire: el sonido de la madera y la piedra protestando ante una fuerza imposible. Los postes de la cama se astillaron; los trozos de esculturas ornamentadas cayeron a mi alrededor.

Los damphyre salieron en desbandada de la habitación, pero era demasiado tarde.

Sus cuerpos fueron elevados como si unos ganchos invisibles les hubieran dado un tirón; las botas raspaban con desesperación el mármol mientras los elevaban en el aire.

Por un te rri ble momento, se mantuvieron suspendidos con los ojos blanqueci nos abiertos como platos con un miedo genuino por primera vez.

La presión en la habitación se volvió muy sofocante mientras los cuerpos de los damphyre pendían muy quietos aun cuando el caos se desataba a su alrededor.

En un instante, sus formas comenzaron a contorsionarse.

El sonido de huesos rompiéndose llenó la habitación mientras se comprimían y se doblaban hacia dentro como un papel aplastado por un puño gigante.

La sangre les salió de cada orificio al tiempo que la presión aumentaba.

Unos borboteos húmedos interrumpieron sus gritos antes de que sus cuerpos implosionaran por completo y se redujeran a amasijos irreconocibles que cayeron sobre el suelo de mármol.