Capítulo 36
«D espierta».
«Fiandrial».
«Despierta».
La consciencia volvió a mí a retazos, como tratando de unir los fragmentos de un espejo roto.
Me pesaban muchísimo las extremi dades. Las voces se desvanecían en la neblina, distantes al princi pio y más claras después.
Había quejidos en algún lugar cercano. A mi mente le costó encontrarle sentido a cualquier cosa más allá de la niebla que parecía inundarme el cráneo.
Cuando por fin conseguí obligarme a abrir los ojos, el mundo se negó a enfocarse.
Unas figuras distorsionadas nadaban sobre mí; tela colgando en el aire.
A medida que se me fue aclarando la visión, emergieron los detalles con una claridad repugnante.
La cama debajo de mí parecía extraña, demasiado suave, demasiado lujosa, con postes tallados con formas en espiral que daban la sensación de retorcerse en mi visión periférica.
Traté de moverme, de girar la cabeza, pero el cuerpo no me respondía.
En mi campo de visión, se movían unos borrones, hombres con uniformes grises andando entre filas de camas más pequeñas que se alineaban en las paredes.
Más quejidos captaron mi atención y me encontré otros cuerpos de kalfar tumbados inmóviles bajo ropa de cama fina.
Se me quedó atrapado un grito en la garganta cuan do le supliqué a mi cuerpo que colaborara.
Tras pasar varios segundos estirando con tanta fuerza los mús cu los que se me formaron lágrimas en los ojos, ladeé la cabeza hacia la derecha y se me encogió el corazón en un puño.
Valkan se hallaba sentado a mi lado con aquellos ojos apagados fijos en mi rostro.
Traté de invocar mi telaraña, mis sombras, cualquier cosa que pudiera ayudarme a luchar. Sin embargo, la droga mantenía todo fuera del alcance y me había dejado atrapada en un cuerpo que no respondía.
—Hola otra vez. —Curvó los labios en la sonrisa más terrorífica del mundo.
El horror me invadió al oír esa voz, sedosa y falsa, mientras mi mente narcotizada al fin registraba dónde me encontraba. Con quién estaba. «Oh, Esprithe. Oh, no. No. No. No».
Intenté gritar, pero la boca no me funcionaba, no se movía, no hizo nada más que soltar un gimoteo patético que provocó que los ojos de Valkan brillaran con placer.
—He de admitir —se inclinó hacia delante, tan cerca que su aliento gélido me rozó la piel— que estaba empezando a preocuparme por haberte dado demasiado.
Se estiró y se ajustó los puños de su chaqueta perfectamente a medida.
—Aunque, ahora que estás despierta, podemos tener una conversación como es debido sobre el futuro.
—Le refulgieron los ojos blanquecinos a medida que comenzó a caminar—.
¿Sabes? Hay algo poético en tener a una duskbound aquí para presenciar lo que se avecina.
Una de sus elegidos más preciados, observando cómo destrozo todo lo que han construido.
Se detuvo y ladeó la cabeza hacia un lado con un ángulo antinatural.
—Dime, pequeña duskbound, ¿te han enseñado la verdadera historia de nuestro reino? ¿O solo la versión idónea que la Corona quiere que creas?
El corazón se me iba a salir por la boca cuando se volvió hacia mí con esa sonrisa cruel permanente en los labios.
—Hace siglos, el linaje Syrndore gobernaba Umbrathia.
Éramos reyes antes de que tus preciados Valtýr soñaran con portar la corona.
—Su voz transmitía siglos de amargura heredada—.
Sin embargo, declararon que el Vacío los había elegido, que solo su linaje podría entender de verdad su poder.
Y el reino, desesperado por cualquier señal de derecho divino, los creyó.
Tres generaciones de mi familia fueron masacradas; solo dejaron a un niño para reconstruir nuestra gran estirpe mientras se sentaron en nuestro trono y se llamaron a sí mismos «monarcas».
Traté de volver la cabeza, apartar la vista de aquellos ojos vacíos, pero no me respondían los músculos. La parálisis me había dejado atrapada, obligada a ver cómo él continuaba andando alrededor de la cama.
—Durante generaciones, aguardamos. Jugamos a su juego.
Sonreímos a la corte mientras ellos desperdiciaban su poder.
—Su risa fue falsa—. Y ahora mira en lo que se han convertido; el preciado reino de los Valtýr se debilita mientras que la reina permanece oculta.
Mientras sus simpatizantes se aferran a tradiciones obsoletas.
Yo, al menos, he tenido el valor de hacer lo que se necesitaba cuando vino la sequía.
Durante generaciones, mi familia sirvió con lealtad a su corte, todo mientras recordaban lo que nos habían arrebatado.
—Pasó un dedo por el filo de una mesa cercana—.
Observamos cómo se volvieron confiados, blandos.
¿Y ahora? —Los ojos blanquecinos le destellaron—.
Ahora su preciada reina se encuentra en su torre mientras su gente se muere de hambre. Mientras su reino perece.
Una nueva oleada de terror me invadió cuando sus pasos lo trajeron más cerca. No se me movían los labios, pero por dentro estaba gritando.
—Los Skaldvindr serán los primeros en caer —dijo; su tono había mudado a uno de júbilo—.
Qué rápido cambiaron de aliados cuando la sequía empeoró.
Un día se inclinaban ante la Corona y al siguiente apoyaban mi innovación.
—Se le curvaron los labios—. Unas criaturas tan débiles no merecen sus títulos.
Creo que empezaré con los niños. Haré que los padres vean cómo los dreno uno a uno.
Les mostraré el verdadero precio de los juegos políticos.
Se me revolvió el estómago y se me subió todo a la garganta. Quería vomitar, gritar, hacer cualquier cosa salvo hallarme aquí escuchando los planes de este monstruo.
—¿Y luego? —Extendió los brazos de par en par—.
Las otras casas obedecerán. Y las que no…
, bueno, tengo planes para sus hijas. Matrimonios estratégicos con mis seguidores más fieles.
Nada une a los hombres más que compartir los mismos pecados.
—La sonrisa se le tornó despiadada—. Aunque dudo que muchas sobrevivan a su noche de bodas.
Mi telaraña se tensó contra aquello que la estaba bloqueando, desesperada por extenderse, por luchar, por hacer cualquier cosa. No obstante, solo había silencio a lo largo de mi columna.
—Y en cuanto a Sídhe… —Se inclinó más aún; noté su aliento gélido en la cara—.
Tengo algo especial planeado para ellos.
Tu Guardia no se esperará un ejército que no necesita comer ni des cansar.
Imagina la cara que pondrán cuando se percaten de que sus preciadas torres de arcanita no los salvarán.
Cuando vean a su pro pia gente convertida en alimento.
Las lágrimas me ardieron en los ojos cuando imaginé a Raine, a Briar, a todos ellos enfrentándose a una marea interminable de damphyre. Los horrores que presenciarían antes de su final.
—Pasearé sus cuerpos sin sangre por las calles de Ravenfell como celebración. —Bajó la voz, saboreando cada palabra—. Apilaré sus cabezas en picas fuera de palacio. En recordatorio de quién salvó de verdad Umbrathia.
«Por favor», traté de suplicar, pero solo se me escapó un gemido.
—Lo que me lleva a tu comandante. —La oscuridad y el hambre destellaron en su expresión—. ¿Te gustaría saber lo que le está pasando ahora mismo? ¿En mis mazmorras?
«No. No. No, por favor».
—Es bastante resiliente —caviló Valkan, mirándose las uñas—. La mayoría se habría roto ya. Pero ¿él? Solo sigue preguntando por ti. Incluso mientras mis guardias le arrancan las sombras de la carne.
Se me paró el corazón al oír sus palabras. Ahora, las lágrimas me corrían por las mejillas con libertad y a Valkan se le iluminaron los ojos al verlo.
—¿Sabes? Hay algo bonito en ello. En la tortura de un recipiente.
Cuando se quedan sin esa oscuridad deliciosa que les has proporcionado con tanto cariño, vuelven a ser todo piel y huesos.
—Me pasó un dedo por las lágrimas—. Y los huesos se pueden romper…
—Cerró los ojos—. Los gritos son exquisitos.
La habitación empezó a dar vueltas mientras me volvieron a entrar náuseas y se me subió todo a la garganta de nuevo. Quería vomitar, gritar, suplicarle que parara.
—Pronto comenzará a perder la cabeza. Esa es mi parte favorita. Cuando empiezan a alucinar, a gritar sus nombres, a rogarles a los fantasmas. —Bajó la voz a un susurro—. Me pregunto qué secretos revelará en esos momentos finales.
«Para. Por favor, para».
—Eso asumiendo que mis hombres no corten muy profundo, claro. —Le brillaron los ojos—. Mis guardias pueden ser bastante creativos con sus herramientas.
La ira, impotente y devastadora, me abrasó los miembros paralizados.
No obstante, bajo aquella furia, la culpa me golpeó como una ola, amenazando con sofocar la poca fuerza que me quedaba.
Esto era mi culpa. Todo. De mi arrogancia, al pensar que podría entrar en este territorio sin problemas.
De mi estupidez, al volar hacia Draxon a pesar de las advertencias de Aether.
De mi debilidad, al dejar que me capturaran con tanta facilidad.
Aether había intentado pararme. Me había pedido que encontrara otro modo.
Sin embargo, no lo escuché. No podía. Y ahora él estaba pagando el precio.
El recuerdo de sus ojos dorados destelló en mi mente; cómo se le iluminaron cuando tomó la decisión de acompañarme.
La forma en la que su calidez me rodeó en la cueva.
«Lo siento mucho», traté de susurrar, aunque los labios no se movían. «Lo siento muchísimo».
—Pero ya basta de hablar de él. —Valkan interrumpió mis pensamientos—. Prefiero centrar toda mi atención en ti, cielo. — Me acarició la mandíbula con esos dedos fríos.
Inhaló hondo en mi cuello, haciendo un sonido que me provocó fuertes escalofríos.
—Ahora que estamos tan cerca… —se calló y me pasó una mano por el costado—, puedo oler lo poderosa que eres. Cuánta esencia fluye por esas venas.
Mi mente le gritaba a mi cuerpo que reaccionara, que luchara, que hiciera algo. No me podía mover.