Capítulo 35
S entía la cabeza rara, embotada y desconectada.
Retazos de recuerdos se colaron por mi mente cuando me desperté.
La seda que caía sobre mi piel me hizo sentir una oleada de pánico.
No lleva ba mi ropa. Unas cuerdas se me clavaron en la carne cuando tra té de mover las manos; una silla de madera crujió bajo mi peso.
El sabor metálico. El ardor de la garganta. Los ojos dorados volviéndose blanquecinos.
—Deberías haberte quedado en tu torre, cielo.
La oscuridad…
Abrí los ojos de golpe.
Un vestido. Llevaba puesto un vestido carbón con unos adornos de cuentas rojos que subían desde el dobladillo. Poco a poco, se me fue aclarando la visión y contemplé el esplendor que me rodeaba.
Había una mesa interminable llena de cosas que ya no deberían existir en este reino.
Pan recién hecho, tostado, crujiente y humeante.
Carnes glaseadas con vino que relucían a la luz de las velas brillantes.
Fruta de verdad en cuencos plateados, no las cáscaras que había llegado a conocer en Ravenfell.
Unos retratos decoraban las paredes del comedor; unos marcos de oro enormes albergaban generaciones de nobles.
Uno de ellos en concreto me llamó la atención.
Un Valkan joven con unos llamativos ojos azules en lugar de blanquecinos de pie junto a quien debía de ser su hermano.
El parecido era inequívoco, aunque las facciones de su hermano eran más suaves, menos serias.
Tras ellos, se alzaba una pareja mayor. La mujer tenía el mentón alzado con orgullo y el hombre apoyaba la mano sobre el hombro de Valkan. Un retrato familiar.
Me saltaron las alarmas cuando me percaté de dónde me encontraba.
Busqué mi telaraña, esa sensación conocida de energía que se me desbordaba de la base de la columna, lista para desplegarse…
Nada.
Me invadió un miedo agudo y frío. La invoqué otra vez, con más fuerza ahora, tratando de sentir esa red translúcida de poder que se había vuelto tan natural como respirar.
Sin embargo, no había más que vacío donde debería estar mi foco.
Era como intentar mover una extremidad que me hubieran cercenado.
Aquello con lo que me había drogado me había desconectado de mi telaraña.
Un paso suave hizo que mirara a la derecha corriendo. Valkan se aproximaba a lo largo de la mesa, tocando la llama de cada vela. Sus ojos reflejaron la luz cuando se giró y los clavó en mí.
—Aquí estás. —Las palabras le salieron de los labios como miel.
—Suéltame. —Forcejeé contra las cuerdas, ignorando cómo la habitación dio vueltas ligeramente.
—Eso pretendo. —Sonrió, y me dio un vuelco el estómago—. Cuando esté seguro de que te comportarás.
Las sombras ondearon justo bajo mi piel. «Gracias a los Esprithe». Parecían débiles y apagadas, pero ahí estaban. Y podía utilizarlas. Antes de pensármelo mejor, la oscuridad se derramó de mis poros, arremolinándose en el aire entre nosotros.
—Eh, eh, eh. —Valkan chasqueó la lengua y se acercó con el sigilo de un gato. Giró los dedos en la niebla negra—. Esto no es propio de una persona tan lista como tú.
Mis sombras le envolvieron la muñeca, enroscándosele brazo arriba como si fueran humo. Dio un paso comedido atrás, aunque no abandonó la sonrisa.
—Piensa bien, querida mía —su voz era más baja—, lo que harían mis hombres si se encontraran a su lord en cualquier otra condición distinta a como me ves ahora.
—Le destellaron los ojos—. Sería bastante decepcionante que tu primer acto oficial como duskbound fuera conducir al reino a una guerra civil.
La ira hirvió dentro de mí, empeorada por la sonrisa petulante que tenía en la cara. Mantuve las sombras a mi alrededor, evitando que se extendieran hacia él, pero negándome a retirarlas.
—Este reino te importa un comino —siseé.
—Oh, más bien al revés. —La sonrisa de Valkan se hizo más grande—. Quiero verlo en su época dorada de nuevo. Pero los que ocupan los puestos de liderazgo están decididos y resueltos a llevarnos a la ruina. Soy el único dispuesto a hacer lo que sea para salvarnos a todos.
—Das asco —escupí las palabras como si fuera veneno.
—Qué boquita más sucia. —Se acomodó en la silla enfrente de mí, poniendo los pies cruzados sobre la mesa con una arrogancia distendida—. Me temo que habrá que corregir eso.
—¿Has llegado a encontrar tus propias sombras? —pregunté hecha una furia—. Como no pudiste crearlas al salir del Vacío…
Mis palabras hicieron que su satisfacción flaqueara, pero se recuperó enseguida.
—Tal vez el Vacío no me haya concedido los poderes de un duskbound, pero me dejó vivo, intacto. —Paseó la vista por la habitación—. Yo diría que eso es muy acertado. Ni la fuerza más grande de este reino ha podido marcarme, nunca ha podido reclamarme.
—O puede que simplemente te haya rechazado —repliqué, tirando todavía de mi amarre.
—Cree lo que quieras, cielo mío, pero los dos hicimos historia ese día.
—¿Por qué estoy aquí? —demandé, aunque tenía los nervios de punta. No quería conocer la respuesta, pero no sabía qué más decir.
—Porque quiero hacer un trato contigo. —Alzó un cáliz dorado mientras estudiaba el líquido que había dentro con un interés exagerado.
—¿Y por qué iba yo a hacer un trato contigo? —Las palabras salieron como un gruñido.
—Porque, a pesar de lo que opines de mí, veo lo que eres de verdad. —Soltó un largo suspiro, mirándome por encima del borde—. Alguien dispuesto a sacrificarlo todo por aquello en lo que cree. Y pienso que, con la suficiente… persuasión, podría hacerte entrar en razón.
Se me escapó una carcajada amarga.
—¿Hacerme entrar en razón? ¿Así es como lo llamas?
—Creo que eres más lista que los demás. Creo que comprendes que a veces hay que tomar decisiones difíciles. —Tenía esos ojos apagados fijos en mí—. Y creo que, con la motivación adecuada, podrías llegar a ver las cosas desde mi perspectiva. Incluso compartirla quizá.
Sus palabras me rasgaron la piel, revolviendo algo muy dentro de mí.
Toda mi vida, la gente había intentado decirme quién era yo, qué debería ser.
Los aossí me marcaron como riftborne, definiéndome por mi pasado.
La Guardia trató de modelarme como arma.
Hasta Laryk me vio como algo a lo que dar forma, a lo que controlar.
Y la Umbra, Urkin… Llegado el momento, todos me veían como un arma que empuñar.
No obstante, yo ya no era aquella chica perdida y oculta en las sombras que permitía a los demás escribir su historia. Había encontrado mi propio poder, mi propia verdad. Y aquí estaba Valkan, otro hombre tratando de imponerme su visión, creyéndose que podría doblegarme a su voluntad.
Había permitido que otros me definieran. Quizá había estado entre dos reinos, pero aquellas partes de mí, las partes que me volvían un arma, un activo, algo que temer, soldar o forjar…
Esas partes me pertenecían solo a mí.
—Yo jamás permitiría, ni en un millón de años, que desataras tus fuerzas sobre Sídhe. Eso es lo que no entiendes. —Me tembló la voz—. No quiero más muerte ni destrucción, y eso es lo que tú ofreces. Eso es lo único que saben hacer todos tus hombres.
—A veces —dijo con voz suave—, el fin justifica los medios.
Mis sombras se expandieron más, extendiéndose hacia él antes de poder detenerlas.
—Tenía la esperanza de que esta conversación hubiera sido distinta. —Suspiró con una decepción casi teatral—. De veras que odio verme obligado a adoptar un enfoque más firme, pero no me has dejado otra opción.
Correspondí a su mirada con todo el odio que ardía dentro de mí, y se le iluminaron los ojos con una maldad que me heló la sangre.
—No me mires así —soltó—. Resérvatelo para nuestra noche de bodas.
Las palabras me golpearon con fuerza. Por un momento, fui incapaz de procesar lo que había dicho, a lo que se refería. «¿Noche de bodas?». Mis sombras se convirtieron en un muro de oscuridad a mi alrededor, listas para destrozarlo.
—Te he pedido muy amablemente que las mantengas contenidas. —Su voz atravesó mi creciente furia—. Si el destino del reino no basta para acatar mi advertencia, tal vez esto sí lo haga.
Valkan deslizó algo sobre la mesa, y el corazón se me detuvo. Un trozo de cuero, arrancado y deshilachado en algunas zonas, pero inconfundible. El nombre de Aether aún se veía en el borde de fuera. La tela tenía manchas oscuras en lugares en los que no me apetecía pensar.
—Si te preocupa lo más mínimo su vida, te sugiero que empieces a cooperar. —Su sonrisa se tornó malvada cuando observó cómo se me extendía la impresión por la cara.
—La Umbra vendrá a por ti —me las arreglé para replicar, aunque sentí las palabras vacías en el instante en el que las dije—. Si le haces daño, se dirigirán a Draxon…
—¿En serio crees eso? —me interrumpió.
La pregunta me golpeó más fuerte de lo que quise admitir.
¿Vendrían? Urkin tenía la atención puesta solo en Sídhe, el Consejo estaba sumido en el caos…
Solo Vexa y Effie sabían dónde nos encontrábamos.
¿Supondrían que habíamos muerto en el fondo de esa cueva?
Mis sombras se estremecieron con una rabia impotente, pero las replegué. Inútil, me volvía a sentir inútil.
—Eso creía. —Su voz rezumaba satisfacción.
Permanecí callada con la mandíbula tan apretada que dolía.
Las lágrimas me ardían en los rabillos de los ojos.
Sabía que era mejor intentar apaciguarlo, al menos de momento, aunque no sabía si tenía la fuerza para hacerlo.
Para no mostrar rechazo cada vez que pusiera los ojos sobre mí con esa curiosidad asquerosa.
Para no desatar las reservas de mi poder hasta que no fuera más que polvo cubriendo el suelo. Pero, si no, lastimaría a Aether.
«Respira».
—¿Me permitirías quitarte las cuerdas ahora? Seguro que te mueres de hambre. —Se levantó de la silla con un movimiento fluido.
«Que piense que está ganando. Es el único modo de salir de aquí».
Asentí ligeramente, odiándome a mí misma por ello.
Él se aproximó con esa sonrisa de satisfacción y me desató, asegurándose de rozarme la piel con los dedos antes de sentarse en la silla junto a mí.
—Come, querida.
No me moví. El aroma de la comida me llenó las fosas nasales, haciendo que me rugiera el estómago, pero el recuerdo del sabor metálico en el bosque me siguió dejando inmóvil. Mis ojos iban de Valkan al festín colocado delante de nosotros.
—Debes mantenerte fuerte. —Comenzó a llenarme el plato con movimientos deliberados y precisos—. Fíjate en todo lo que puedo darte.
Despacio, cogí el tenedor y desperdigué la comida sin llevármela a los labios.
—Juntos conquistaremos los dos reinos. —Su voz parecía lejana, como si hablara consigo mismo.
Lo miré de reojo, tratando de enmascarar el odio que me corría por las venas.
—Si no intervenimos, este conflicto nunca terminará. No basta con controlar Sídhe. No basta con reabastecer Umbrathia. —Se acercó, y luché contra las ganas de retroceder—. Para conservar la paz, atravesaremos la brecha; tendremos que doblegarlos a todos.
Apreté el tenedor hasta que los nudillos se me pusieron blancos y clavé el extremo en la mesa de madera.
—Esos guardias son bastante formidables, debo admitir. Tus amigos. —Su sonrisa se volvió cruel.
El pánico me atravesó.
—¿De qué estás hablando? —Me salió la voz entrecortada.
—La Umbra no sabe todo lo que ocurre en este reino. O al otro lado de la brecha. —Se encogió de hombros, pero no había nada casual en el gesto.
Se me aceleró el corazón mientras las caras se me venían a la mente. Raine. Briar. Laryk.
—Has estado allí —susurré.
—Es tan estimulante; sus venas palpitan con avidez con esencia robada. —Se pasó la lengua por los dientes—. El festín más exquisito que he probado jamás.
Algo en mí se quebró. Antes de pensarlo, le clavé el tenedor en el muslo.
Su alarido de dolor se convirtió en un gruñido cuando se abalanzó sobre mí, transformándose en una figura ondulada y cada vez más grande hasta alcanzar un tamaño imposible.
Me agarró del cuello y me estampó de espaldas contra la mesa.
El metal frío presionó contra mis labios, obligándome a abrirlos. Un líquido metálico me llenó la boca.
—Qué pena. Esperaba que esto fuera de otra manera.
Me acarició la cara con la mano, e intenté apartarme, pero ya estaba perdiendo la consciencia.
—Tyreth, llévala a la cámara. —Su voz flotó sobre mí mientras la oscuridad reclamaba mi visión. El sonido de una puerta abriéndose y de unos pasos apresurándose hacia mí fue lo último que escuché.