Capítulo 34 #3
Los ojos se le volvieron como oro fundido.
Me sujetó la muñeca con una fuerza dolorosa y, durante un momento, creí que había cometido un terrible error.
Sin embargo, en vez de apartarme, me atrajo hacia él y me rodeó la cintura con el otro brazo hasta que no hubo espacio entre nosotros.
Nuestros rostros se encontraban tan juntos que notaba su aliento en mis labios.
Las sombras continuaron transfiriéndose, y su reacción, la manera en la que las pupilas se le habían dilatado, la manera en la que me clavaba los dedos en la piel, hizo que me atravesara una corriente en llamas.
De pronto, aquello me pareció algo más profundo. Algo que tenía mucho más significado.
En ese instante, Aether parpadeó, como si volviera a la realidad. Me apartó y rompió la conexión.
—No vuelvas a hacer eso —espetó.
—¿Qué…? —empecé a preguntar, confundida por la crueldad de su respuesta—. Solo intentaba ayudar.
Se alejó varios pasos, pasándose una mano por el pelo. Ahora las sombras se elevaban de su piel en olas, restauradas pero agitadas.
—Aether, ¿por qué estás…?
Un gruñido cortó el aire. El enorme cuerpo de Tryggar pasó a toda prisa junto a nosotros, cargando contra algo lejano. Nihr ya se estaba moviendo para seguirlo.
—Quédate aquí —le ordenó Aether; su voz no dejó lugar a discusiones mientras él corría tras ellos.
Me quedé ahí con el corazón a mil, aún tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. ¿Y por qué sentía que había cruzado alguna línea invisible que no sabía que existía?
Me senté con pesadumbre en el suelo, presionando la palma contra la frente.
La intensidad de la reacción de Aether me había sorprendido, pero lo que más me había asustado había sido mi propia respuesta.
El modo en el que un clavo ardiendo me había atravesado el cuerpo, cómo se me había acelerado el corazón ante su tacto.
La culpa me revolvió el estómago cuando la imagen de unos ojos esmeraldas se me vino a la mente.
¿Qué estaba haciendo? Había estado a punto de… ¿Qué? ¿Besar a mi captor? ¿El hombre que me había apartado de todo cuanto conocía?
Aunque ya no era mi captor, ¿no? A medida que había pasado el tiempo, se había convertido en algo más. Un profesor. Un aliado. ¿Un amigo?
Y aquello me aterrorizaba.
Porque Laryk seguía ahí fuera. Todavía buscándome.
Lo había visto en los sueños, su desesperación, su determinación, la forma en la que se había negado a olvidarme aun cuando el resto de la Guardia seguro que lo había hecho.
El hombre que me había dejado muy claro que no teníamos una relación, que me había apartado justo cuando las cosas se estaban volviendo reales, ahora estaba en el oeste removiendo cielo y tierra para encontrarme.
¿Significaba aquello que algo había cambiado en él? ¿O estaba yo sacando conclusiones precipitadas?
Lo peor era que no podía discernir si lo que sentía por Aether era real o solo…
soledad. Proximidad. Esa necesidad desesperada de conexión cuando has estado aislada y perdida durante mucho tiempo.
Él estaba aquí, presente, entendiéndome de maneras que Laryk jamás había hecho.
Haciéndome preguntas que Laryk nunca se había molestado en formular.
¿Estaba depositando todo el anhelo que sentía por lo que había perdido en la persona que tenía delante?
Eran parecidos en muchísimas formas: el dominio, la intensidad. Incluso la crueldad, si era sincera. ¿Me atraía Aether por quién era o porque me recordaba a alguien más? ¿Porque llenaba el hueco de Laryk que se me había formado en el pecho?
¿Y qué decía eso de mí? ¿Que me atraía la toxicidad? ¿Que solo tenía la mente bien jodida?
Esprithe, no lo sabía. Solo sabía que casi lo había besado y una parte de mí había querido hacerlo. Muchísimo.
Y aquello parecía la peor traición de todas.
Pasó un rato mientras esperaba; el bosque cada vez estaba más tranquilo a mi alrededor. Tal vez debería ir a buscarlos. No obstan te, ¿en qué dirección habían ido? Ahora todos los árboles me parecían iguales, densos e imponentes.
—Han corrido hacia un pequeño rebaño. —La voz de Aether me sobresaltó desde atrás. Solté un suspiro de alivio, pero mantuve la vista baja, aún demasiado incómoda para mirarlo directamente—. También han encontrado un manantial cerca.
Me tendió su cantimplora.
—Toma. La altitud puede deshidratar.
La acepté sin pensar, agradecida por la distracción. El líquido me golpeó la lengua en un instante, y la sensación fue tan magnética que di unos cuantos tragos antes de tomar al fin aire. El agua sabía mal, como si hubiera estado demasiado tiempo en el recipiente de metal.
No fue hasta que bajé la cantimplora que noté el silencio. No había alas batiéndose ni cascos pesados. ¿Dónde estaba Tryggar?
Se me nubló un poco la visión y parpadeé con fuerza, tratando de aclararla. ¿De verdad me había afectado tanto la altitud? ¿Por qué me sentía así? Al fin alcé la mirada y se me congeló la sangre.
Los ojos dorados se habían convertido en blanquecinos.
—Deberías haberte quedado en tu torre, cielo. —Los rasgos de Aether se transformaron en otra cosa mientras la oscuridad me reclamaba.