Capítulo 34 #2
A Aether se le escapó algo entre una risa y una tos, lo que le sorprendió incluso a él.
—Al parecer, la miel y la raíz de valeriana no combinan de la forma en la que yo creía —proseguí—. A Ma le pareció graciosísimo. Me hizo disculparme mientras ella lloraba de risa en la trastienda.
—Recuérdame que no te deje acercarte a mi botiquín de plantas. —Entrecerró los ojos con diversión.
—No me tientes. —Me llevé otra baya a la boca—. Te vendría bien tomar una buena dosis de algo para equilibrar tu aire oscuro y misterioso.
Torció los labios.
—Ah, algo. Qué precisa. Perdóname si no me ofrezco voluntario como conejillo de Indias. Me encanta estar vivo, gracias.
Me mordí el labio, buscando una réplica ingeniosa que no se me venía a la cabeza. En vez de eso, se me escapó una risa.
—Vale, tú ganas. Mantenerte con vida es, desde luego, la opción más inteligente.
Alcé la vista y lo pillé mirándome.
—¿Qué?
—Nada. —Apartó los ojos con rapidez—. Te ríes más de lo que esperaba.
—¿Y eso es malo?
—No —dijo en un murmullo—. Es… diferente.
Una brisa susurraba entre los árboles, trayendo el aroma de cosas vivas: tierra, hojas y ese ligero dulzor de las bayas de lluvia. Los vördr arrancaban el follaje con decidida determinación.
—Me he estado preguntando algo —murmuré.
Él alzó una ceja.
—Pues venga. Por favor, no alargues el suspense.
—Reclutaste a Vexa de la cárcel. —Lo miré—. Y no he conocido a otros criminales que se hayan unido a la Umbra, así que me pregunto cómo ocurrió aquello.
La brisa se intensificó e hizo que las hojas susurraran sobre nosotros. Nihr alzó la cabeza y olisqueó el aire antes de volver a la hierba. Aether había detenido los dedos.
—Se suponía que tenía que matarla —contestó al final; las palabras salieron planas.
Pragmáticas—. Tráfico ilegal de armas. Encantaba hojas destinadas a gente que no debería poseerlas.
— Se detuvo y yo me quedé en silencio, aguardando a que continuara—.
Cuando llegué allí, ella no… —Exhaló con brusquedad—.
No imploró. No dio excusas ni trató de huir.
Se limitó a quedárse me mirando y dijo: «Sé lo que hice.
Acaba de una vez con esto». — Presionó el pulgar contra la palma—. Me recordaba a mí.
Contuve la urgencia de mirarlo.
—Así que le ofrecí un puesto en la Umbra en su lugar. Urkin creyó que se me había ido la cabeza. No obstante, yo creía que… —otra pausa—, si podía convertirse en alguien mejor de lo que era, quizá había esperanza para el resto de nosotros.
Se me cerró la garganta.
—¿Ella lo sabe?
—Sabe que la recluté, no lo demás. —Se le había apagado la voz, como si estuviera intentando distanciarse de sí mismo por lo que acababa de admitir—. Cree que vi potencial en sus habilidades. Cosa que es cierta. Pero no fue el motivo.
—Por si sirve de algo —dije mirándolo—, creo que Vexa tiene suerte de tenerte junto a ella.
—Es ella la que ha llegado a ser alguien. Yo me limité a no matarla. —Se puso de pie y se sacudió la hierba del uniforme con más fuerza de la necesaria—. Eso tiene poco de heroico.
—Ser capaz de mostrar misericordia en lugar de matar no es poca cosa.
Me observó con una pequeña sonrisa de satisfacción formándosele en los labios.
—Como al parecer tampoco lo es hacer pociones de amor por accidente.
Justo cuando estaba a punto de responder a su evasiva eviden te, me llamó la atención un movimiento: los vördr se habían adentrado más entre los árboles.
Ambos nos abrimos paso tras ellos por medio de la espesa maleza hasta que el bosque condujo a un claro.
Lo que nos encontramos me hizo detenerme de golpe.
Un templo se erguía ante nosotros, abierto al cielo y casi tomado por las enredaderas.
Había estatuas alineadas en su perímetro con formas parecidas a los kalfar, los aossí, aunque más largas de lo normal y con los rasgos tallados con una perfección sobrenatural.
Tenían los rostros demasiado simétricos y las extremidades demasiado gráciles extendidas más allá de lo que parecía posible.
Los vördr se pararon fuera del templo, pero Aether y yo nos metimos dentro.
—Los Esprithe —dije en voz baja, reconociendo las figuras de mis estudios.
—Eso parece. —Por el tono de Aether, aquello no le impresionaba en absoluto.
—También están pintados en las ventanas de los archivos.
—Sí, por lo visto, son ineludibles.
—No pareces ser muy fan.
—Jamás he tenido mucho interés en la idea de un poder superior —contestó inexpresivo.
Mientras serpenteábamos entre las estatuas, me vino una idea. Sin previo aviso, me cambié a mi forma umbría y me materialicé detrás de una de las figuras talladas.
—No es tiempo de jueguecitos —gritó Aether.
—Venga —repliqué, ya moviéndome hacia otra estatua—. Todo esto es nuevo para mí. Necesito practicar, ¿no crees?
Atisbé un segundo cómo sacudía la cabeza antes de que yo desapareciera otra vez y volviera a tomar forma detrás de una estatua de Sibyl con los ojos rocosos fijos de manera infinita en algún punto lejano.
—No te estás escondiendo muy bien. —Su voz cada vez se acercaba más.
—Entonces ¿por qué no me has atrapado aún? —lo provoqué, deslizándome entre Conleth y Niamh.
Lo oí suspirar —ese sonido de exasperación tan familiar— an tes de moverme de nuevo y de que una niebla oscura me nublara la visión. Nuestro juego del escondite continuó a través del templo mientras las hojas caían desde las copas de los árboles sobre nosotros.
Al final, me agarró del brazo justo cuando volví a tomar forma detrás de Fírinne.
—Te encontré.
Se le dibujó una sonrisa en los labios, ligera pero real. Se me agitó el pecho al verla.
—Pues te toca —respondí—. Tengo ganas de cazar.
Su expresión se volvió hermética de inmediato.
—Me temo que no puedo. —Me soltó el brazo y dio un paso atrás—. Las sirenas… han tomado más de lo que esperaba.
Entonces, me percaté de lo que debería haber visto antes: las quemaduras del Vacío que le trepaban por el cuello parecían distintas. Más claras de algún modo, casi difusas.
—¿No puedes cambiar? —Se me fue el tono juguetón de la voz.
—No hasta que se repongan. —Se giró y echó a andar hacia los vördr—. Deberíamos irnos.
Me acerqué a él y mi mano encontró su brazo antes de que me diera tiempo a pensármelo.
En cuanto lo toqué con los dedos, giró la cabeza con brusquedad, pero fue demasiado tarde; yo ya estaba liberando los zarcillos oscuros.
Se me derramaron de la piel hacia sus quemaduras del Vacío, y la sensación no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Sus marcas no se limitaron a aceptar la oscuridad, sino que tiraron de ella y la atrajeron.