Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

M e retumbó el corazón en el pecho cuando Tryggar nos llevó más alto; el aire frío nos azotó hasta que nos adentramos en la capa de nubes.

Las voces de las sirenas todavía resonaban en mi mente, pero algo más estaba tomando forma, algo que hizo que el miedo se enroscara en mi interior como una serpiente.

—El rey de Sídhe —grité por encima del viento— debe de ser un sifón.

Aether guio a Nihr más cerca para que pudiéramos oírnos el uno al otro. Tenía una expresión cautelosa aunque atenta.

—Nunca he sabido cuál es su foco —proseguí, uniendo las piezas ahora con más rapidez—.

Nadie lo sabe. Durante todo mi tiempo en la Guardia, no se ha dicho nada sobre su poder.

—Me sujeté con más fuerza al cuerno de la montura—.

Pero es él. Tiene que serlo. Está drenando Umbrathia poco a poco y usando la arcanita para almacenar lo que roba.

—Si eso es cierto —dijo Aether con cuidado—, destruir las torres de arcanita no resolverá el problema.

—No —coincidí—. Podría seguir drenando la esencia con o sin ellas. Y lo que es aún peor: si destruimos la arcanita, toda esa esencia almacenada se perdería. Jamás regresaría a Umbrathia.

Lo que eso suponía me afectaba más a cada momento que pasaba.

Todos aquellos años de prosperidad en Sídhe, las cosechas abundantes, las ciudades florecientes, todo se había construido con esencia robada.

Y las torres de arcanita no solo eran el almacén, sino una prueba de cuánto tiempo llevaba sucediendo.

De cuánto tiempo llevaba él planeando esto.

Había destruido Riftdremar con este objetivo en mente.

—Las torres solo son el principio —solté; mi voz cada vez era más fuerte a pesar del viento—.

Piensa en ello: ha tenido décadas para perfeccionarlo.

Para averiguar con exactitud cuánta esencia podía robar sin destruir Umbrathia por completo.

La suficiente para mantener a los kalfar débiles, aunque no para matarlos al instante.

—Una muerte lenta en vez de una rápida. —Los ojos de Ae ther se tornaron afilados—. Pero ¿por qué? ¿Por qué no robar todo de una vez?

—Porque necesita que el reino se mantenga con vida, al menos una parte —respondí—.

Si Umbrathia perece del todo, ya no tendrá más esencia que arrebatar.

Ni más poder que robar. Aunque la esencia esté disminuyendo, el reino sigue creando más, si bien no tanta como para compensar la pérdida.

Sin embargo, tal vez sea suficiente para que él la coja y la almacene a medida que se cree.

—Las palabras supieron amargas—. Está explotando el reino. Tomándose su tiempo.

Tryggar soltó un sonido grave, como si pudiera percibir mi ira creciente. Bajo nosotros, las tierras fértiles de Draxon se extendían hasta el infinito; la única parte del reino que permanecía intacta.

—Tenemos que decírselo a Urkin —insté—. Se tiene que cambiar toda la estrategia. Si seguimos centrándonos en las torres mientras ignoramos la amenaza real…

—No se lo creerá —me cortó Aether—. No sin pruebas.

—Entonces, encontraremos las pruebas. Debemos hacerlo. — Lo miré a los ojos a través del espacio entre nuestros vördr—. Porque, si no lo detenemos pronto, no quedará nada que salvar.

Continuamos volando en silencio; pasaron unos instantes mientras las nubes se desplazaban a nuestro alrededor.

Sin previo aviso, los dos vördr soltaron unos siseos agudos; el de Nihr se vol vió un gruñido cuando de pronto nos inclinamos hacia abajo.

En medio de los jadeos en la bruma, atisbé destellos de algo enorme moviéndose por la maleza de abajo. Un ciervo.

—¿Qué están haciendo? —chillé, agarrándome al cuerno de la silla de montar mientras Tryggar descendía con más rapidez.

—Es muy raro que consigan carne fresca ya —respondió Aether con otro grito.

—¿Están cazando a ese ciervo? —Me dio un vuelco el estómago a la par que caíamos en picado hacia el suelo.

—Por desgracia. Se comerían cualquier cosa.

Los vördr se estrellaron contra las copas de los árboles; las ramas se quebraron bajo sus alas inmensas.

Emergimos en un bosque vivo con unos árboles verdes de verdad, no las cáscaras retorcidas que me había acostumbrado a ver.

Los cascos de Tryggar resonaron contra el terreno mientras lo perseguía, con Nihr justo a su lado.

El ciervo salió corriendo, zigzagueando por los árboles hasta que el espesor del bosque finalmente lo dejó fuera de la vista.

Ambos vördr se ralentizaron, resoplando de la frustración an tes de bajar las cabezas a la hierba que pisaban y arrancarla de la tierra.

—No les cuesta mucho abandonar su sentido común —susurré, tratando de tranquilizar mi corazón acelerado ahora que estábamos con los pies sobre el suelo.

—Desde luego, la comida es un buen aliciente —respondió Aether, ajustando su posición en la montura—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó cuando me bajé del lomo de Tryggar—. Seguimos en Draxon. Tenemos que irnos.

Observé a los vördr devorar la hierba con movimientos casi frenéticos. De pronto, lo comprendí: puede que no hubieran comido nada fresco de verdad desde hacía mucho.

—Deja que coman. Podemos esperar unos minutos. —Comencé a andar, admirando el bosque vibrante a nuestro alrededor—. Además, estamos en mitad de la nada.

—Fia —advirtió en un tono irritado.

—Estoy segura de que ellos nos alertarán si perciben algo cerca.

Se le escapó un suspiro audible, pero oí cómo sus botas golpeaban el suelo a mis espaldas. Me siguió mientras me adentraba en los árboles, sin alejarme demasiado.

Me detuve en una zarza y me incliné para examinar lo que parecían burbujas iridiscentes agrupadas en ramas.

—¿Qué son?

Aether se agachó a mi lado, arrancó una de las bayas y se la metió en la boca.

—Bayas de lluvia. Prueba una.

Vi cómo agarraba unas pocas más y, a continuación, me tendió la mano.

Cogí una y examiné su superficie transparente antes de probarla.

El dulzor me explotó por la lengua seguido de algo más ligero; era como beber agua mineral un día caluroso.

Tras meses de pan y arroz rancios, fue casi como una experiencia religiosa.

—Esprithe —jadeé, tomando un puñado.

Nos acomodamos en el césped y sentí la brisa agitarme el pelo.

El bosque en torno a nosotros derrochaba vida.

Las hojas crujían sobre nuestras cabezas, con filos teñidos de ámbar y dorado.

Unas flores diminutas moradas salpicaban el suelo entre las raíces y, en algún lugar cercano, el agua fluía sobre las piedras.

Parecía imposi ble que existiera esto en el mismo reino que el páramo que habíamos dejado atrás.

—Es precioso —dije en voz baja, absorbiéndolo todo.

—Sí.

Alcé la vista y me encontré sus ojos fijos en mis labios. Nos sostuvimos la mirada por un instante antes de apartarla ambos a toda prisa. Se me extendió un rubor cálido por las mejillas cuando traté de centrarme en una flor cercana.

—Antes, todo era así —dijo al fin—. Toda esta región.

—La verdad es que me recuerda un poco a Sídhe. A los bosques que rodean Luminaria. —Miré de reojo en su dirección y me percaté de lo quieto que se había quedado.

—¿Qué hacías antes de entrar en la Guardia? —me preguntó, retorciendo una brizna de hierba entre los dedos.

—Trabajé en una botica durante años. —No pude contener la sonrisa que se me dibujó en los labios—. Para una mujer, Maladea. Todos la llamábamos Ma.

Esprithe, cuánto la echaba de menos. El pensamiento me golpeó con una fuerza inesperada.

Anhelaba el olor de las hierbas secas colgando de las vigas, la forma en la que tarareaba mientras molía los ingredientes, cómo me regañaba por poner demasiada capsaicina en un tónico curativo.

La seguridad de aquella tiendecita, toda aquella rutina.

Sentí cómo volvió a mirarme y a observarme con curiosidad.

—¿Qué? —pregunté.

—Es muy mundano. —Soltó una carcajada—. Me sorprende.

—Esa era antes mi vida. Una mundana monotonía. Era segura y yo me conformaba. —Bajé la vista, recordando a esa chica—. Parece que ocurrió hace toda una vida.

—El tiempo tiene ese efecto. —Se encogió de hombros.

—La vida en Sídhe no era fácil. Sobre todo, antes de la Guardia. —Me señalé la marca de riftborne.

—Te oí. Lo que dijiste en la hoguera. Me quedé en las sombras porque me parecía maleducado interrumpir un momento tan tenso. —Volvió a reírse—. Pero lo oí todo.

Se me pusieron las mejillas coloradas.

—¿Nos estabas espiando?

—Observando —me corrigió, con esa ligera sonrisa en los labios—. Es lo que hago.

—¿Y qué observaciones hiciste?

—Que eres más interesante de lo que creía en un principio. —Volvió a mirarme a los ojos—. Aunque sigues siendo increíblemente frustrante.

—Bueno, no querría decepcionarte. —Arranqué una brizna de hierba y se la tiré—. ¿Y tú qué? ¿Qué misterios profundos acechan tu pasado?

Su expresión se volvió un poco distante.

—Nada que merezca la pena compartir.

—Dijo el hombre que emergió del Vacío sin recuerdos y que no ha cambiado de aspecto desde hace treinta y cinco años. Eso es mucho tiempo. Has vivido mucho.

—Cuidado —me advirtió, aunque pronunció la palabra con un tono menos afilado de lo habitual—. Odiaría aburrirte.

Un silencio cómodo se instaló entre nosotros mientras agarrábamos más bayas de lluvia. El dulzor todavía me sorprendía cada vez que me tomaba una, como si mi lengua no pudiera creerse que algo supiera así de bien.

—A Ma le habrían encantado —dije, más para mí que para él—. Siempre estaba en busca de cosas nuevas. Sobre todo, dulces.

—Entonces ¿he de asumir que eres un prodigio de la medicina herbal tras pasar tantos años recluida en una botica?

—Yo no diría tanto. No se me daba tan bien como a Ma.

Una vez, hice un brebaje para dormir que intenté endulzar con miel.

Acabé creando por accidente algo que puso al cliente increíblemente alerta y…

cariñoso… —Me reí ante el recuerdo—. El pobre hombre volvió al día siguiente muerto de vergüenza preguntándome lo que le había echado.