Capítulo 33 #4
Una forma pálida y translúcida que parecía cernirse entre el líquido y el aire rompió la superficie del agua.
La criatura era imposiblemente delgada, casi esquelética, aunque aun así poseía una belleza de otro mundo que hacía que fuera difícil apartar la vista.
Tenía los ojos del todo negros, como agujeros cortados en la realidad misma.
«Todo tiene un precio», habló en nuestras mentes. «Aliméntanos, destructor de mundos. Déjanos probar el Vacío de nuevo».
Me adelanté, pero Aether alargó el brazo al instante y me bloqueó el paso.
—Yo lo pagaré.
La criatura abrió la boca en una grotesca sonrisa, revelando una serie de dientes afilados como agujas.
Tomó aire con un largo estertor; el primer sonido físico que le escuchábamos hacer.
Unos zarcillos oscuros comenzaron a derramarse de las quemaduras del Vacío de Aether, atraídos hacia la boca de la criatura como el humo en una corriente de aire.
Las sombras fluyeron a la boca de la criatura durante lo que pareció una eternidad. Al final, se echó hacia atrás con un siseo satisfactorio y hundió parte de su cuerpo bajo la superficie negra.
«El precio se ha pagado», canturrearon las voces al unísono. «Presentad el objeto».
Alargué las memorias con dedos temblorosos.
El libro se alzó de mis manos y flotó hacia el agua, donde permaneció suspendido en el aire.
El líquido negro empezó a moverse, formando patrones que parecían retorcerse y arremolinarse.
El resplandor fosforescente titiló con más fuerza, luego con menos y después con más otra vez.
Una nueva voz surgió en nuestras cabezas, totalmente distinta de los tonos etéreos de las sirenas.
«¿Qué tenemos aquí?», preguntó una voz vibrante.
—¿Krayken Vindskald? —pregunté.
«¡El mismo que viste y calza! Aunque he de decir que esto es muy diferente a mi audiencia habitual.
El ambiente deja mucho que desear, pero supongo que debemos trabajar con lo que hay».
Una pausa, y entonces: «Bueno, ¿y esto? Qué color más fascinante tenéis, querida mía.
En todos los años que me he pasado documentando las rarezas del reino, jamás me había encontrado con una kalfar con la cabellera del tono de la luz de las estrellas».
—No soy… —comencé a decir, pero me callé—. No es eso por lo que estamos aquí.
«¿No? Qué lástima. Me encanta un buen misterio. Y vos, querida mía, desde luego sois uno. Aunque imagino que tendréis vuestras razones para buscarme de este modo tan dramático. No es que me queje; es bastante emocionante, la verdad. Ser invocado por una pareja tan intrigante».
—He leído tus memorias —dije, intentando volver a encauzarlo—. Pero tiene algunas páginas arrancadas en la parte de los sifones.
«Sí, sí, pero seguro que podríamos dedicar un momento a p resentarnos como es debido, ¿no? El arte de la conversación es sagrado, después de todo. Y ardo en deseos de saber cómo alguien tan… único… ha venido a consultarme semejantes asuntos».
—El reino agoniza —repliqué con la esperanza de que la gravedad de la situación mitigase su curiosidad—. La esencia está siendo drenada de nuestras tierras. Las ciudades se han abandonado. Y hasta las ataduras de los kalfar se han debilitado.
«¿Que agoniza?». Toda teatralidad había abandonado su voz. «¿De veras? ¿Croyg también? Esos jardines eran dignos de admirar en su época…».
—Sí —confirmé—. Ya no queda nada. Por eso necesitamos saber lo que viste aquel día junto al río. Lo que escribiste en las páginas que faltan.
Un silencio intenso nos llenó las mentes. Cuando Krayken habló de nuevo, su voz había perdido todo rastro de su tono juguetón.
«Entiendo. Mas he de advertiros… Esos asuntos por los que preguntáis son peligrosos».
—Nos da igual el peligro —repuse—. Por favor, cuéntanos lo que sabes de los sifones. ¿Cómo encontramos un objeto así? ¿O cómo creamos uno?
La risa de Krayken reverberó en nuestras cabezas, aunque no era cruel como la de las sirenas, sino casi triste.
«Lo habéis entendido mal. Un sifón no es algo que se encuentra o se crea. Un sifón no es un objeto o un artefacto mágico. Un sifón, querida muchacha, es una persona».
Las palabras me cayeron como un jarro de agua fría.
—¿Qué?
—¿Como una atadura? —preguntó Aether con tensión evidente en la voz.
«¡Exacto! Aunque es mucho más raro y mucho más… problemático».
—Pero eso suena como el poder definitivo —susurré.
«Y por eso mismo es la maldición definitiva. Aquellos que extraen de la tierra misma, de sus colegas kalfar… Bueno, seguro que los dos estáis familiarizados con lo que opinan las gentes de Umbrathia de la corrupción de esencia».
Aether y yo intercambiamos una mirada; el peso de sus palabras se instaló entre nosotros.
«Un sifón es una abominación», prosiguió Krayken con la voz volviéndosele más oscura. «La que vi junto al río ese día fue asesinada en cuanto los demás presenciaron lo que estaba haciendo».
—¿Podría un sifón drenar la esencia de un reino entero? —preguntó Aether.
«Nunca he sido testigo de semejante suceso, pero, en teoría, las implicaciones son fascinantes. Por supuesto, la fuerza del sifón sería…», se detuvo. «Bueno, supongo que astronómica. Como intentar beberse el océano con un junco».
—Pero ¿es posible? —insistí.
«Querida mía, en mi experiencia, casi todo se puede lograr. Esto, sin embargo…». Krayken se calló otra vez unos segundos. «Supongo que, si se puede hacer de forma gradual, acumulándola poco a poco, algo así podría ser posible».
El líquido negro ondeó con violencia, y una de las sirenas emergió a la superficie y clavó los ojos negros en mí.
«El tiempo se agota», la voz cortante de la sirena atravesó nuestras mentes como el hielo. «El precio solo compra una cantidad de palabras».
—Espera —dije corriendo—. Solo dinos una cosa más. ¿Cómo podemos identificar a un sifón?
La risa de Krayken resonó en nuestras cabezas por última vez.
«Ah, tal vez jamás lo sepáis. No me cabe duda de que alguien nacido así se aseguraría de mantener tal cosa en secreto.
Aunque podría haber indicios; al fin y al cabo, son seres que roban, que sien ten la atracción de la esencia a su alrededor, que están en lucha cons tante contra la necesidad de coger y tomar… ».
Su voz se detuvo de manera abrupta mientras el líquido negro se aquietaba. La luz fosforescente se atenuó, dejándonos casi en la oscuridad.
«El muerto ha hablado bastante», canturrearon al unísono las sirenas. «Márchate ya, destructor de reinos. Y llévate contigo a tu amiga de cabello claro».