Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—Ya, claro, porque lo estoy haciendo a propósito. —Me estiré hacia arriba, alargando los dedos hacia el siguiente asidero. El murmullo lo había vuelto todo menos estable, y lo que parecía una roca sólida ahora se desmenuzaba bajo mi tacto.

«Por los Esprithe».

El pie derecho se me resbaló y envió una lluvia de guijarros a las profundidades.

Por un terrible instante, me quedé colgada de la mano izquierda y los dedos se me escurrían de la piedra húmeda.

Frenética, arañé la pared rocosa con la otra mano, pero no había nada donde aferrarse.

«Mierda». El pánico se apoderó de mí cuando al final perdí el agarre.

Antes de que pudiera gritar, Aether me cogió de la muñeca.

—Te tengo. —Su voz era firme, aunque me sujetaba con tanta fuerza que era casi doloroso.

Con el corazón latiéndome a toda velocidad, dejé que tirase de mí los últimos metros hasta que pude arrastrarme sobre el saliente. Ambos nos quedamos allí sentados un momento, recuperando el aliento.

—Vaya —logré decir al final—, qué divertido.

—Tienes que darle una vuelta a tu definición de «diversión » . —Pero su tono tenía esa misma emoción.

El saliente se abría a otro túnel que, por suerte, era más grande que el último. Sin embargo, a medida que avanzamos, me percaté de un cambio en el aire. El calor sofocante de abajo ahora daba lugar a algo que me puso la piel de gallina en los brazos.

—La temperatura ha caído en picado —dijo Aether con los hombros desnudos un poco tensos—. Debemos de estar cerca de las venas de hielo de la montaña.

Iba a hacer un comentario sobre si lamentaba su decisión de quitarse la camisa cuando el frío me golpeó como un puñetazo. Mi aliento se condensó delante de mí, y el sudor que me empapaba la ropa de pronto parecía una tormenta de nieve contra mi piel.

—¿Venas de hielo? —Los dientes amenazaron con castañetearme. El túnel que había delante parecía brillar; el hielo revestía las paredes.

—Ríos subterráneos de hielo —explicó, avanzando—. Transcurren por la montaña como… —Se detuvo de forma abrupta, por lo que estuve a punto de chocarme contra él—. Vaya, qué mala suerte.

El camino de delante se había estrechado de nuevo, pero, en esta ocasión, los muros estaban resbaladizos por el hielo. Unos cristales colgaban del techo como dientes afilados.

—Claro que sí —farfullé, rodeándome con los brazos—. Como esto no era lo bastante difícil ya…

—Tú eras la que quería venir aquí sola. —Su voz reflejaba un poco de molestia, aunque noté que se había cruzado de brazos para protegerse del frío—. Porque estabas decidida a hacer esto sin ayuda.

—Tú tampoco es que te ofrecieras, que digamos —protesté con los dientes castañeteándome—. Es más, recuerdo con claridad que rechazaste de plano la idea.

Apretó la mandíbula.

—Al menos, podías haber esperado y elaborado un plan en condiciones.

—No tenemos tiempo para planes en condiciones. —Otro es calofrío violento me recorrió cuando avanzamos. Las paredes resbaladizas por el hielo reflejaban nuestros alientos en la oscuri dad.

—¿Y cómo va a ayudar exactamente hacer que te maten?

—No puedo quedarme de brazos cruzados —musité, aunque el frío complicaba la tarea de formar palabras. Notaba el uniforme empapado como si fueran unas sábanas de hielo.

Me recorrió con la mirada y se fijó en los jadeos que estaba luchando por contener con todas mis fuerzas. Ni la calidez de sus ojos sirvió para combatir el frío que me invadía ahora en oleadas.

—¿Puedes seguir? —preguntó.

Otro violento temblor me atravesó, y casi me cedieron las piernas. Aether me agarró del brazo antes de que me cayera; su piel quemaba contra la mía.

—Te estás congelando —susurró, y, antes de que pudiera protes tar, me atrajo hacia él. Su piel desnuda me irradiaba calor, y, a pesar de que el orgullo me gritaba que lo alejara, mi cuerpo me traicionó al acercarse más. Mis dedos encontraron los relieves de su columna.

—¿Qué haces? —me las arreglé para decir entre castañeteos.

—Mantenerte con vida. —Las palabras vibraron a través de mí en la zona en la que me presionaba contra él—. Tienes la ropa mojada. Con esta temperatura, eso es letal.

Quise discutir, conservar algo de dignidad, pero el calor que emanaba de él derritió cualquier resistencia. Me apretó más cuando me recorrió otro escalofrío, y mi respiración se detuvo ante la flexión de los músculos bajo mis palmas.

—¿Por qué estás tan caliente? —pregunté sin poder evitarlo. Incluso en esa cueva helada, él quemaba como si llevara el sol dentro.

Permaneció callado un largo instante.

—No lo sé.

—Añádelo a la lista de misterios —musité, intentando ignorar lo bien que parecía encajar contra él.

—Deja de hablar —me ordenó, pero sin sonar contundente de verdad—. Concéntrate en entrar en calor.

Transcurrieron unos momentos cuando volví a notarme las extremidades poco a poco. Todo mi mundo se redujo a los lugares en los que nos tocábamos, al firme subir y bajar de su respiración, al ocasional roce de su mandíbula contra mi pelo, al ardor de su piel impregnando la mía.

—¿Mejor? —preguntó al final en voz baja.

Asentí, sin confiar en mí misma para hablar. «Debería alejarme ahora». La peor parte del frío había pasado. Sin embargo, ninguno de los dos se movió.

—Hemos de continuar —dije.

—Dentro de un minuto. —Se le tensaron un poco los brazos—. Todavía estás temblando.

No, ya no, pero no pensaba sacarlo de su error.

Un murmullo lejano sacudió el túnel, recordándonos dónde nos encontrábamos, lo que estábamos haciendo. El hechizo se rompió y nos separamos, aunque la sensación de su calidez perduró.

—El descenso está justo delante. —Se volvió hacia el túnel resbaladizo por el hielo—. Quédate cerca de la pared. Un paso en falso y…

—Lo sé —lo interrumpí, avanzando ya—. No hace falta que me lo digas.

El túnel continuaba su descenso; cada paso era más traicionero que el anterior a medida que el hielo lo cubría todo. El pasaje hacía una curva cerrada, y me dio un vuelco el corazón ante lo que había delante.

El camino terminaba sin más, dando paso a una cueva inmensa que se extendía hacia abajo, hacia la oscuridad absoluta. Incluso con mi visión mejorada, no distinguía el fondo. El borde era irregular, como si algo hubiera desgarrado la montaña desde dentro.

—Por favor, dime que no vamos a bajar por ahí —susurré, aunque yo ya sabía la respuesta.

¿Dónde si no esperaba yo que fueran a vivir unos seres llamados «sirenas temibles»?

Aether se agachó en el borde, analizando algo que yo no podía divisar.

—Hay un sendero. Estrecho, pero ahí está. —Me señaló lo que parecía un saliente fino que descendía en espiral hacia el abis mo—. Lo seguiremos en sentido contrario a las agujas del reloj. La cáma ra de las sirenas está a mitad de camino aproximadamente.

Me acerqué más, tratando de calibrar el descenso.

—¿Cómo encontraste siquiera este sitio la primera vez?

Apretó la mandíbula.

—Seguí los susurros.

Un estremecimiento que nada tenía que ver con el frío me recorrió de arriba abajo.

—¿Susurros?

—Las sirenas atraen a aquellos que están lo bastante desesperados para escucharlas. —Se puso derecho; las sombras se le retorcían por las quemaduras del Vacío—. ¿Lista?

Asentí, porque no confiaba en que me saliera la voz. Aether fue delante, pegándose a la pared cuando comenzó a descender. Yo lo seguí, deslizando los dedos para encontrar cualquier asidero posible en la pared resbaladiza por el hielo.

—No mires abajo —dijo Aether, aunque ya era demasiado tarde.

—Gracias por el consejo —le contesté. El frío pareció intensificarse otra vez cuando bajamos en espiral hasta que la respiración se cristalizó delante de mí.

Fue entonces cuando lo escuché: un sonido tan débil que creí que me lo había imaginado.

Como siseos traídos por un viento que no debería existir a tanta profundidad bajo tierra.

Se hicieron más fuertes a medida que descendíamos, hasta que parecieron proceder de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

—Qué bien suena eso…

—Lo sé. —Su voz era tensa—. Estamos cerca.

El camino se curvaba de nuevo, y algo relució en la oscuridad delante. Una luz fosforescente suave que parecía palpitar al ritmo de los sonidos. Conforme nos aproximábamos, divisé una apertura en la pared: un arco tallado en la propia piedra.

Más allá, había una cámara que desafiaba toda explicación. El suelo era líquido negro que se movía como la seda con la brisa, a pesar de que no había viento que agitara estas profundidades.

Aether se paró ante la entrada de la cámara con los hombros desnudos en tensión.

—Última oportunidad para regresar.

Di un paso adelante; llevaba las memorias aferradas al pecho como si fuera un escudo.

—No hemos venido hasta aquí para…

Los susurros se detuvieron de pronto, reemplazados por un silencio tan total que fue como si estuviera en el Vacío otra vez.

«El destructor de reinos ha vuelto». La voz no habló en alto, sino que resonó directamente en mi cabeza, clara como el cristal y con una belleza inquietante. «Han pasado veinte años desde que honraste nuestras profundidades».

«¿Destructor de reinos?», pensé.

«Sigues buscando, ¿verdad?». Otra voz, igual de hipnotizante, pero con un deje de diversión cruel. «¿Has encontrado lo que buscabas?».

A Aether se le tensó la mandíbula.

—Hemos venido por una invocación.

La risa reverberó en nuestras mentes; tres voces distintas que armonizaban de un modo que me erizó la piel. El líquido negro ondeó de nuevo con más violencia en esta ocasión.

«¿Y qué te hace pensar que te volveremos a ayudar después de que nos dejaras de manera tan… abrupta la última vez?», ronroneó la primera voz.

—Tenemos una posesión personal —dijo Aether con voz firme a pesar de la tensión que notaba en su figura—. Queremos hablar con Krayken Vindskald.