Capítulo 33 #2
Nos adentramos más. El camino se torcía a la izquierda, luego a la derecha; cada giro nos alejaba de la poca luz que quedaba. Presioné la mano contra la pared para utilizarla como guía a través de la total oscuridad. El corazón me martilleaba en el pecho; qué oscuro estaba todo, joder.
Entonces, algo extraño comenzó a ocurrir.
Al principio, pensé que la mente me jugaba malas pasadas, creando formas en la oscuridad.
No obstante, las sombras a nuestro alrededor empezaron a cambiar, a separarse en diferentes tonos de negro y gris.
Las paredes emergieron de la oscuridad; sus superficies ásperas y cristali nas relucían con diminutos fragmentos de un mineral que no reco nocía.
El túnel por delante se volvió claro; se torcía un poco a seis metros y el techo se inclinaba más hacia abajo en la curva.
Pasmada, me detuve.
—Puedo verlo todo.
—Otro regalo del Vacío —aclaró Aether, girándose hacia mí. Hasta en la oscuridad, los ojos parecían brillarle.
—¿Así ves todo el tiempo? —pregunté, fijándome en detalles que no debería haber podido distinguir, como los patrones puntiagudos de la roca, la forma concreta en la que los cristales reflejaban una luz inexistente y el movimiento sutil del aire agitando guijarros sueltos.
—Entre otras cosas. —Una ligera sonrisa se le dibujó en los labios—. La oscuridad se convierte en una aliada en lugar de un obstáculo. Aunque sospecho que a ti ese concepto ya te es familiar.
Antes de poder responderle, una ráfaga de aire cálido nos dio de lleno desde algún lugar delante y nos trajo el aroma acre de los huevos podridos.
Me tiré de la camisa para cubrirme la nariz, pero no sirvió de mucho.
A través de mi visión mejorada, alcancé a ver que el camino se estrechaba hasta convertirse en lo que parecía una grieta; apenas era lo bastante grande para que una persona pasara de lado.
—Azufre —explicó Aether, aproximándose al hueco—. Nos estamos acercando.
Las paredes del túnel se iban cerrando por ambos lados hasta que empecé a rozarlas con los hombros a cada paso.
El techo se volvió más bajo, lo que nos hizo agachar las cabezas.
En la oscuridad, distinguí cada borde puntiagudo, cada cristal saliente que amenazaba con engancharse a nuestra ropa.
La misma roca parecía palpitar con un calor sofocante.
—Tendremos que ir de lado —gritó Aether—. Ten cuidado con dónde pisas; el suelo resbala por aquí.
Me apreté contra la pared de la derecha y me puse de cara a la izquierda. Sentía la roca tan caliente contra la espalda que me resultaba incómodo, y los bordes afilados se me enganchaban en la ropa conforme avanzaba. Con las botas, pisé guijarros sueltos, que amenazaron con rodar bajo mis pies.
—Qué agradable —murmuré, observando cómo Aether se desplazaba por el estrecho espacio que había delante.
Apenas le cabían los hombros por el hueco, por lo que llevaba el cuerpo en un ángulo extraño.
Hubo otra ráfaga de aire caliente, más fuerte en esta ocasión, que hizo que me lloraran los ojos—. Por favor, dime que se ensancha pronto.
—Pues… —Se detuvo de pronto y casi me comí su espalda. A través de la oscuridad, lo vi ponerse rígido—. Mierda.
—¿Qué? —Me dio un vuelco el corazón—. ¿Qué pasa?
—El camino se divide aquí. —Me señaló hacia donde el hueco se bifurcaba en dos senderos igual de angostos—. Y se hace más estrecho. Mucho más.
El calor parecía palpitar en el aire; de repente, me agobió la ropa de cuero.
—Deberías quitarte alguna capa —comentó Aether como si me leyera la mente—. Solo va a hacer más calor.
—Estoy bien. —Incluso mientras lo decía, noté cómo la frente me chorreaba de sudor.
—Tú misma. —La tela crujió delante en la oscuridad—. Pero no pienso cargar contigo si te desmayas.
—¿Qué estás…? —empecé a preguntar; luego me detuve cuando me di cuenta de lo que hacía—. ¿Te estás quitando la camisa?
—¿Preferirías mejor que me cayera redondo al suelo?
—La sonrisa de su voz mientras se quitaba el uniforme de cuero por la cabeza era inequívoca.
Con mi nueva visión, aprecié cada detalle con una claridad frustrante: el modo en el que se le movían los músculos y cómo las quemaduras del Vacío le recorrían el cuerpo.
Se enganchó en el cinturón la camisa que se había quitado, del todo indiferente a mi presencia.
—Tú mismo —murmuré, obligándome a mirar el túnel. Aun que los ojos no dejaban de traicionarme y se me iban a las sombras que le danzaban por los hombros.
—Tu orgullo va a hacer que te maten un día de estos. —Se dio la vuelta para examinar la bifurcación del camino. Me fijé en que el calor había hecho que se le formara una capa brillante de sudor en la espalda.
Iba a responder cuando otra ráfaga de aire caliente nos golpeó, pero esta vez había algo distinto. La oleada vino con un profundo murmullo que vibró a través de la piedra que nos rodeaba. Los cristales de las paredes parecieron temblar.
—Aether…
—Lo he oído. —Su voz se había vuelto afilada—. Tenemos que movernos. Ya.
—¿Hacia dónde?
El murmullo se hizo más fuerte y unos guijarros sueltos comenzaron a caernos desde arriba. La temperatura ahora era insoportable; nos oprimía como un hierro candente.
—Hacia la izquierda —contestó, moviéndose ya—. Quédate cerca de mí.
Lo seguí, pegándome a la pared a medida que el camino se estrechaba aún más.
Sentía la roca ahora muy caliente contra la ropa e intenté no pensar en lo que eso significaba.
Por delante, los hombros desnudos de Aether apenas cabían por el hueco; los músculos de la espalda se le tensaban mientras se movía por el ajustado espacio.
El murmullo se intensificó y, de pronto, una ráfaga de vapor surgió de algún lugar por encima de nosotros con un siseo ensordecedor. El vapor caliente llenó el camino al instante.
—¡Aether! —lo llamé, pero el vapor era demasiado denso; ya no podía verlo. El siseo se hizo más fuerte y salieron más ráfagas de vapor abrasador de las grietas de las paredes—. ¡Aether!
Me quemó la garganta cuando traté de llamarlo otra vez, pero me quedé sin voz. Me aplasté contra la pared, aunque eso hiciera que la ropa chisporroteara y me quemara, pero aquello era me jor que las nubes abrasadoras que se alzaban en el centro del cami no.
«Mierda». Iba a morir en una cueva dejada de la mano de los Esprithe, ¿verdad?
—¡Fia! —La voz de Aether me llegó desde algún lugar delante—. ¡No te muevas!
—¡No tenía pensado hacerlo! —repliqué, aunque el corazón todavía me iba a mil.
El vapor se agitó, creando huecos entre la niebla blanca. A través de ellos, atisbé el camino delante, cómo se curvaba de forma abrupta antes de desaparecer en la oscuridad.
—Hay una cámara —me gritó Aether—. Sigue mi voz, pero quédate pegada a la pared.
Avancé con cautela, manteniendo el hombro pegado a la piedra ardiente. De alguna manera, el camino era más estrecho aquí. Mi pecho rozaba un muro mientras mi espalda iba pegada al otro y el sudor se me metía en los ojos.
—¿Sigues en tus trece de no quitarte la ropa? —Su voz me llegó ahora más cerca, con ese tono seco familiar y reconfortante en cierto modo.
—Cállate y dime dónde estás.
Una figura emergió del vapor, la mano alargada de Aether. La agarré sin pensármelo dos veces, y él tiró de mí hacia una pequeña cámara donde el aire era más claro. Estuve a punto de estamparme contra su pecho, pero me detuve en el último momento.
—¿Lo ves? No ha sido tan complicado. —Sin embargo, había una tensión en su mandíbula que antes no estaba.
—Habla por ti —repliqué, intentando ignorar cómo el vapor le había pegado el pelo a la frente y cómo las gotitas de agua trazaban un recorrido descendente por su torso—. A algunos no nos gusta arrastrarnos por trampas mortales volcánicas.
A pesar de que el vapor nos envolvía, su piel permanecía del todo perfecta. ¿Cómo era eso siquiera posible?
Otro murmullo sacudió la cámara.
—Debemos seguir moviéndonos. —Aether tenía los ojos clavados en algo arriba. Al seguir su mirada, vi lo que parecía una estrecha fisura que atravesaba la pared rocosa hacia arriba—. Esa es nuestra salida.
—¿Hay que subir? —Me acerqué más a la pared, fijándome en el ascenso prácticamente vertical—. Tienes que estar de coña.
—A menos que prefieras volver por el vapor hirviendo. Te recuerdo que esto ha sido literalmente idea tuya. —Él ya estaba comprobando asideros; los hombros se le tensaban mientras se elevaba un poco—. Yo voy primero. Mira dónde pongo las manos.
—Qué tranquilizador —susurré, pero aun así examiné sus movimientos cuando empezó a escalar.
La pared rocosa estaba resbaladiza por la humedad y varias veces se resbaló antes de poder agarrarse bien.
Observé cada flexión y tensión muscular, el modo en el que se le apretó la mandíbula cuando un asidero se desmoronó un poco.
La piel le relucía por los restos de vapor y sudor.
—Hay un saliente unos cinco metros más arriba —gritó por encima del hombro—. El camino sigue desde aquí. —Su voz reverberó de forma extraña en el espacio vertical.
Alcancé el primer asidero y comprobé mi peso contra él. La roca era lo bastante puntiaguda como para cortar, pero al menos ya no quemaba. Cuando me elevé, tanteé el muro con las botas hasta que por fin encontré un punto que sobresalía.
La cueva tembló de nuevo, y me pegué más a la pared, tratan do de aplastarme lo máximo posible. Arriba, Aether había deteni do su ascenso, recuperándose.
—Ya casi lo conseguimos —me dijo con calma. Porque, encima, se encontraba tranquilo. Justo cuando estábamos a punto de que alguna pesadilla volcánica nos tragara.
Alcé la vista cuando se impulsó sobre el saliente y se me escapó un suspiro de alivio de los labios. Su figura desapareció un momento antes de asomar la cabeza, buscando mis ojos con los suyos en la oscuridad.
—Te toca. —Se agachó y extendió el brazo hacia mí—. E intenta no golpear más rocas sueltas. Se oye.