Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

L levaba el mapa de Draxon enganchado sobre el muslo mientras Tryggar volaba; el pergamino ondeaba al viento.

Vexa había mencionado Blodfhal, una cordillera volcánica que atravesaba el centro del territorio de Valkan.

Según el tomo que había encontrado, se alzaba más alto que cualquier pico de Umbrathia.

Tenía la esperanza de que fuera fácil de divisar desde el cielo.

Saqué el espejito de Raven y lo abrí.

—¿Has encontrado algo nuevo? —le pregunté a mi reflejo.

Su respuesta no se hizo esperar.

—Unos cuantos textos más mencionan cuevas volcánicas por la cordillera este. Dicen que la manera en la que la lava fluye creó túneles naturales. Yo miraría ahí.

Asentí, analizando la cordillera en el mapa.

—¿Se sabe si hay patrullas por la zona?

—El terreno parece complicado para que lo atraviesen caballos, y no veo menciones a caminos que recorran las montañas. Aunque me preocupa más lo que está poniendo a Talon tan nervioso. No hace más que pasar por mi escondite murmurando algo de libros perdidos.

—Igual deberías buscarte otro escondite.

—¿Y perderme toda esta emoción? Además, alguien tiene que asegurarse de que no te matas buscando unos seres que hablan por los muertos y que habitan en cuevas.

—Tu preocupación es conmovedora.

—Solo contribuyo al reino. —Su sonrisa parpadeó en el espejo—. Pero, Fia… —la voz se le volvió seria—, ten cuidado. Toda vía no he encontrado menciones de criaturas así en los archivos. Y esos textos son viejos. El terreno podría haber variado mucho desde que los escribieron.

—Lo tendré. —Cerré el espejo y me lo guardé a buen recaudo.

Lo que sabía sobre las sirenas temibles se resumía en unas pocas frases: hablaban con los muertos, necesitaban una posesión personal del fallecido y vivían en las profundidades de una cueva en alguna parte de Blodfhal.

No era mucho para avanzar, pero tendría que bastar.

Una sombra pasó junto a mí, enorme y oscura, haciendo que las alas de Tryggar se tambalearan apenas un instante.

Se me paró el corazón cuando la figura obsidiana de Nihr atravesó a toda velocidad las nubes de arriba, cortando el aire como una hoja.

Aether se materializó a partir de su forma umbría mientras des cendían; las sombras se alejaban de él en oleadas.

Su expresión era de furia cuando Nihr se inclinó para tomar una curva con fuerza, situándose a nuestro lado con tal vigor que hacía crujir el aire a su alrededor.

—Eres completamente insufrible —masculló; de algún modo, me llegó su voz a través del viento. Las sombras en torno a él se retorcían con violencia.

—¿Qué haces aquí? —grité por encima del viento—. ¡Vuelve con ellos!

—Preferiría que volviéramos los dos. —Tenía la mandíbula tensa.

—No puedo. —Las palabras me salieron con más dureza de lo que pretendía—. Pero tú sí. Te necesitan más que yo.

—Ellos son seis, y tú estás aquí sola —gruñó—. Esto no es valentía, es estupidez temeraria.

—No me importa.

Algo peligroso le cruzó la cara.

—Te has convertido en esperanza para esta gente. La única persona que podría salvarlos de verdad. ¿Y ahora quieres echar tu vida por la borda por una misión imposible?

—No podemos seguir haciendo lo que la Umbra ha estado haciendo —le repliqué—. No sirve de nada. Nunca lo ha hecho. Debemos probar otra cosa. Y esta es mi forma de ayudar.

—¿Y si Valkan te descubre? ¿Y si sus hombres te atrapan en su territorio? —Su voz tenía un deje peligroso—. Fíjate en cómo te mira. —Me observó con intensidad—. No tienes ni idea de los horrores que ha infligido.

—Aether, no vas a hacerme cambiar de opinión. —Me deshice de las imágenes de Valkan.

—Pues entonces iré contigo —insistió.

—Supongo que tendrás que seguirme el ritmo.

Tensó la mandíbula.

—Esto no es un juego, Fia.

—No, no lo es. Se trata de buscar otra manera, la que sea, de salvar este reino sin destrozar el mío. A menos que prefieras que simplemente nos matemos los unos a los otros hasta que no quede nadie con quien luchar.

El silencio se propagó entre nosotros, roto solo por el firme batir de las alas de los vördr. Abajo, el terreno había comenzado a cambiar.

Donde antes solo había habido ceniza gris y muerte, ahora se extendían trozos de marrón y verde por la tierra.

Plantas vivas de verdad. Jamás las había visto en Umbrathia.

La estampa hizo que se me encogiera el corazón; así era como debería ser el reino.

Al final, Aether rompió el silencio; su tono cambió a algo más duro, más preciso. El soldado que había llegado a conocer ahora reemplazaba al hombre que discutía conmigo unos momentos antes.

—Debemos permanecer altos, por encima de la capa de las nubes.

Los hombres de Valkan patrullan los caminos principales, pero es menos probable que nos vean si llegamos desde arriba.

— Señaló el borrón oscuro que había en el horizonte—.

La cordi llera será visible pronto. Primero encontraremos el pico más alto y luego descenderemos.

La cueva… —Vaciló, una sombra le cruzó la cara—. La cueva se dará a conocer.

—¿Qué significa eso? —pregunté, aunque ya había urgido a Nihr para que se elevara sobre las nubes.

—Haz lo mismo que yo —me gritó—. Y transfórmate en sombra si vemos a alguien sobre el terreno. Así solo parecerá que es un vördr que vuela un poco demasiado al sur.

—¿Cómo son? —le pregunté por encima del viento—. Las sirenas temibles.

Una expresión fatídica se apoderó de sus ojos.

—De trato difícil. Podrían exigir un precio.

—¿Qué clase de precio?

—No lo sé. —Se le tensó la mandíbula—. Es distinto para todo el mundo.

—¿Por qué acudiste a ellas antes?

Se quedó callado un rato tan largo que pensé que no respondería. Al final, dijo:

—Porque era joven y estaba desesperado. —Las palabras tenían tal peso que me hicieron dudar de seguir preguntándole.

Justo cuando las nubes se apartaron, revelaron un pico que parecía tocar el mismísimo crepúsculo eterno. La piedra oscura se extendía tan alto que parecía imposible, con bordes irregulares y afilados recortándose contra el cielo gris.

Aether me hizo un gesto para que descendiéramos y guio a Nihr hacia un gran saliente de roca volcánica que sobresalía de la ladera de la montaña. El saliente era apenas lo bastante amplio para que los dos vördr aterrizaran, por lo que tuvieron que hacerlo primero uno y después el otro.

Los cascos de Tryggar tocaron el suelo con sorprendente delicadeza, si bien el impacto mandó unas cuantas piedras sueltas más allá del borde.

Me deslicé del lomo y planté las botas sobre la sup erficie inestable.

El saliente se precipitaba de manera abrupt a por tres lados, dejándonos rodeados de nada más que aire y picos lejanos.

—Debemos movernos —sugirió Aether, examinando ya el escarpado acantilado que se extendía ante nosotros—. La cueva está más arriba, pero tenemos que ir a pie desde aquí.

Me giré hacia Tryggar, que me dio un golpecito suave con el hocico.

—Que no te vean, ¿vale? —La bestia empujó la cabeza contra mis manos y le rasqué por última vez antes de volverme hacia Aether.

Él me señaló un saliente estrecho unos nueve metros por enci ma de nosotros.

—Ahí primero. Tenemos que ir rápido para evitar caernos y matarnos.

Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta, pero evité mirar hacia abajo.

Su figura se disolvió en sombra y se elevó como el humo antes de materializarse en el saliente de arriba.

Se me aceleró el corazón cuando me concentré en mi propia transformación.

La sensación seguía siendo nueva, esa ligereza cuando mi cuerpo se convertía en sombra.

Me alcé en el aire, esforzándome por ser más rápida de lo normal.

Y, justo cuando noté las sombras comenzar a deshacerse, volví a mi forma junto a él.

—Bien —comentó, buscando ya nuestro siguiente lugar de aterrizaje—. ¿Ves ese saliente? El que se curva un poco a la izquierda.

Asentí, fijándome en cómo la roca formaba un pequeño saliente unos doce metros más arriba. Este salto era más grande y sería más peligroso si no lográbamos hacerlo a tiempo.

—¿Lista? —preguntó, aunque ya se estaba disolviendo en sombra.

Seguimos así, desplazándonos de sitio en sitio; cada transformación requería más energía que la anterior. Cuanto más alto subíamos, más difícil resultaba mantener las formas umbrías. Un descuido, perder la concentración un momento, y nos caeríamos cientos de metros sobre las rocas de abajo.

Por fin, alcanzamos un saliente más grande que rodeaba la ladera de la montaña. La piedra irregular estaba cubierta de guijarros sueltos y escombros que se movían bajo las botas. Presioné la espalda contra el muro del acantilado, intentando no mirar la caída vertiginosa que teníamos delante.

—Allí —dijo Aether, asintiendo hacia una apertura en la pared rocosa unos quince metros por encima. La boca de la cueva era angular; los bordes eran demasiado precisos para que se hubieran hecho de manera natural—. El último salto —añadió, reuniendo ya las sombras en torno a él.

Hice lo mismo y me elevé en el aire lo más rápido que pude. Mi forma empezó a temblar justo cuando llegué a la entrada de la cueva y me tambaleé un poco al materializarme sobre el suelo firme. Aether me sujetó del brazo, estabilizándome.

La entrada del túnel estaba negra como boca de lobo; la oscuridad era tan absoluta que parecía tragarse la poca luz del exterior. Una corriente gélida silbó desde sus profundidades, trayendo un olor que no supe ubicar… Algo metálico.

Por un instante, me recordó al Vacío.

Saqué las memorias de Vindskald con su encuadernación de cuero desgastada por el paso del tiempo.

—Imagino que es aquí.

—Mantente cerca —señaló Aether; su voz reverberó ligeramente contra las paredes de piedra—. Los túneles se bifurcan en distintas direcciones.