Capítulo 32
V exa llamó mi atención mientras le ajustaba las correas de la montura a Draug y me dedicó un ligero asentimiento. Incluso Effie me dirigió una mirada significativa, aunque la incertidumbre se le reflejaba en los rasgos. Era el día del plazo. El día en el que los umbríos viajarían a la brecha.
Aún no tenía nada que mostrarle a Urkin. Pero hoy iba a encontrarlo.
Me puse a ocuparme de los arreos de Tryggar, tratando de centrarme en los movimientos que me resultaban familiares en vez de en la culpa que me revolvía el estómago. Por una grieta en la madera de la siguiente cuadra, pude oír los susurros de Aether mientras ayudaba a Lael a preparar a Nyx.
—Te mantendrás en tu forma umbría todo lo que puedas — dijo, colocando la silla de montar en la vördr carbón—. Es la manera más segura de que no te vean. ¿Entendido?
—Lo sé —replicó Lael, dando saltitos con los pies—. Rethlyn ya nos lo ha explicado. No tienes que preocuparte, se me da genial.
—Esto ya no es un entrenamiento, Lael. —Aether bajó más la voz solo para que el chico la oyera—. La Guardia no dudará si te localizan. No verán a un chico de dieciséis años…
—Lo sé. —Algo del entusiasmo de Lael se debilitó.
El dolor se reflejó en el rostro de Aether mientras le alisaba el cuello del uniforme a Lael.
—Y me da igual lo que pase allí. Si algo sale mal, si atrapan a alguno de los demás, no luches. Es una orden. Ni siquiera pienses en ello. Solo huye. Vuelve a cruzar la brecha tan rápido como puedas.
—Pero ¿y si alguien necesita ayuda? ¿Y si…?
—No. —El tono de Aether no dejó lugar a discusión—. Prométemelo, Lael.
El chico asintió, serio por una vez, y Aether le dio unas palmaditas firmes en el hombro antes de girarse.
Capté un destello de luz reflejado en su espalda.
Una espada larga de oro sólido envainada a su espina dorsal con la empuñadura grabada con patrones intrincados parecidos a los que había visto en las creaciones de Vexa. Era preciosa y le quedaba genial.
Se pasó una mano por el pelo oscuro mientras se acercaba a Nihr, y no pude evitar fijarme en cómo el movimiento le tensó el uniforme de cuero en los hombros y en cómo las sombras ya estaban parpadeando a su alrededor.
Era extraño verlo mostrar cualquier tipo de emoción.
Lo hacía parecer más peligroso por algún motivo.
Cuando me pilló mirándolo, volví a centrar rápido mi atención en las correas de la montura de Tryggar.
Ignoré la tensión que se me iba instalando en los hombros, me bajé del taburete de un salto y giré la esquina para meterme en la cuadra de Lael. Me dedicó una sonrisa cálida a pesar del abatimiento que se había apoderado de él.
—Sé que no vienes con nosotros —susurró sin dejar de mirar las correas de Nyx que estaba ajustando.
Me removí incómoda.
—No. Tengo que hacer otra cosa. —Lo observé juguetear con la hebilla durante un momento antes de añadir—: Ojalá ninguno de vosotros fuera. Parece imprudente e innecesario. Si puedo encontrar las respuestas que estoy buscando…
—¿Se lo has dicho a Urkin?
Me acerqué a él y lo ayudé a apretar la correa de su alforja.
—Pues claro que no. No me hará caso. Ya lo sabes.
Se quedó en silencio durante unos minutos, sumido en sus pensamientos.
—No se lo contaré a nadie. —Me dio un codazo, pero no con la energía juguetona que esperaba. Aquello fue más solemne.
—Te lo agradezco.
Asintió y se miró las botas.
—Estoy preocupado por ti —admitió al fin.
Me giré del todo hacia él.
—No te preocupes por mí. Céntrate en la misión de Sídhe. Y haz exactamente lo que Aether te ha dicho.
—Que no luche. Que corra. Lo sé. —Inspiró hondo y, por un segundo, capté el destello de miedo que le cruzó la cara antes de que esa sonrisa juvenil regresara.
—No tienes que ir, ¿sabes? —solté en voz baja—. Ninguno de vosotros. Podríais decirle a Urkin que no y ya está.
—Sé que no quieres… —Vaciló—. Bueno, sé que estás intentando averiguar un modo mejor de acabar con todo esto. Y espero que lo hagas, Fia. De verdad que sí. Pero el resto de nosotros tene mos que prepararnos por si tú no… —Se calló y me dedicó una mirada de disculpa.
Las palabras fueron como recibir un puñetazo. Tenía razón. Si fallaba, si esta pista no conducía a nada, como Aether había sugerido, entonces tendría que enfrentarme a la realidad de lo que se avecinaba. La guerra. Más muertes, más destrucción. De pronto, todo se sintió muy real, muy pesado.
Un movimiento a través del pasto me llamó la atención. Urkin se aproximaba a los establos flanqueado por dos centinelas; sus pasos derrochaban esa firme autoridad tan familiar.
Lael y yo nos levantamos al instante, quitándonos el heno del uniforme. Le di un rápido abrazo antes de que pudiera marcharse.
—Cuídate —susurré.
—Tú también —contestó.
Me volví hacia Tryggar con un nudo de ansiedad en el estómago. Él me dio un suave empujoncito; sus ojos reflejaban un entendimiento que hizo que se me cerrara la garganta. Sabía que aquel día era distinto.
A nuestro alrededor, los otros umbríos montaban a sus vördr. Lael se subió a Nyx; su miedo de antes se había desvanecido.
Rethlyn y Mira compartieron el amplio lomo de Raskr, mientras que Vexa ayudó a Theron a posicionarse sobre Draug.
Y luego estaba Aether, ya a horcajadas sobre Nihr, mirándome fijamente con una intensidad que hizo que la culpa me carcomiera.
Le dediqué una mirada de desdén, a pesar de que el corazón me golpeara contra las costillas.
Las botas de Urkin crujieron contra la gravilla a medida que se acercaba.
—Reclutas, esta será vuestra primera misión en Sídhe.
—Me miró y curvó un poco los labios—. Bueno, para la mayoría de vosotros.
Averiguad todo lo que podáis e informad al volver —prosiguió—.
Quiero actualizaciones del posicionamiento de la Guardia y de cualquier cambio que hayan hecho en sus fortificaciones.
Sobre todo, en lo que respecta a las torres de arcanita.
Aether desmontó a Nihr con movimientos controlados, pero con urgencia.
—Ese no era el trato.
—El trato cambia como yo considere oportuno. —La voz de Urkin llevaba una advertencia.
—No están listos para ese tipo de infiltración. —Aether redujo la distancia entre ellos; sus sombras se intensificaron—. Las torres están muy custodiadas. Si nos pillan…
—Entonces, será mejor que no lo hagan —replicó Urkin, cortándolo—. ¿O has olvidado qué está en juego aquí, segundo?
—No me he olvidado de nada. —Aether había bajado la voz peligrosamente—. Pero mandar a reclutas no entrenados a las fortificaciones de Sídhe no es el movimiento correcto. Y lo sabes.
El aire pareció espesarse cuando los dos hombres se encararon. Incluso los vördr se quedaron quietos, observando el intercambio con un interés inusual.
—Tomo nota de tu preocupación —dijo al fin Urkin, aunque su tono sugirió todo lo contrario—. Ahora, ponlos en posición. Ya hemos perdido suficiente tiempo.
—Señor…
—Es una orden. —Urkin entrecerró los ojos—. A menos que quieras explicarle al Consejo por qué nos hemos retrasado otra vez en la tarea de recopilar información.
Un brillo oscuro le cruzó el rostro a Aether, pero se quedó callado.
Urkin se apartó de él y se dirigió a mí. Mientras se aproximaba a Tryggar, bajó la voz para que solo yo pudiera oírlo.
—Si intentas algo, si tratas de volver con el enemigo, nos condenarás a todos.
—Tú ya nos estás condenando a todos con esta misión, señor —respondí en un susurro, negándome a mirarlo a los ojos—. Solo llevan entrenando una semana y ahora quieres plantárselos delante de la cara a la Guardia de Sídhe como si fueran zanahorias.
—Esto es una guerra —espetó con frialdad—. No debería tener que recordártelo. —Se giró y se marchó a grandes zancadas; sus guardias lo siguieron al mismo ritmo.
Vexa y Aether compartieron una rápida y tensa conversación antes de que ella se dirigiera al grupo.
—Formación —gritó—. Volamos en parejas. Manteneos por encima de las nubes a menos que se os ordene lo contrario.
Uno a uno, los vördr se dirigieron a la plataforma de lanzamiento.
Me quedé mirando cómo Lael guiaba a Nyx a su posición; su reticencia anterior estaba oculta tras la concentración.
Rethlyn y Mira lo siguieron en Raskr; luego, Vexa con Theron en Draug.
Cada pareja se elevó en el cielo gris hasta que no fueron más que sombras contra las nubes.
Aguardé hasta el final, comprobando mi alforja una última vez. Las memorias estaban a salvo junto con el mapa y el espejito de Raven. Tryggar se removió debajo de mí, sintiendo mi ansiedad. Me rozó la pierna con un ala, un gesto que me pareció un consuelo.
—¿Listo? —le susurré, aunque la pregunta era más para mí misma.
Justo cuando nos dirigimos a la plataforma, capté la mirada de Aether. Se encontraba sentado encima de Nihr con una expresión ilegible, pero algo en aquellos ojos dorados hizo que contuviera el aliento.
Me obligué a apartar la vista, instando a Tryggar a que siguiera hasta que abrió de pronto las alas y alzamos el vuelo. Necesitábamos altitud antes de apartarnos del grupo. Todo dependía de sincronizarnos a la perfección.
El viento azotaba con más fuerza a medida que subíamos, empujándonos por encima de los muros del fuerte, más allá de los chapiteles enroscados de Ravenfell.
Delante, pude ver a los otros, a mis amigos, aunque todavía me parecía raro pensar en ellos de esa forma, dispuestos en formación.
En algún lugar más allá se encontraba Sídhe.
Se me encogió el pecho al pensar en los que estarían aguardan do.
Raine. Briar. Nazul y Draven. Gente con la que había en trenado, compartido comidas, chistes y sueños…
, y que ahora qui zá se enfrentara a estos reclutas a los que yo había cogido cariño.
A Vexa. A Effie. A Rethlyn. Y a Aether… El corazón me dio un vuelco.
«Laryk…».
Aparté ese pensamiento antes de que pudiera enraizarse, antes de que el dolor que lo acompañaba me hiciera volverme.
Lo que estaba a punto de hacer era arriesgado, puede que incluso suicida si Valkan me atrapaba en su territorio.
No obstante, si había aunque solo fuera una posibilidad de que el sifón existiera de verdad, debía intentarlo.
Hasta entonces, tendría que creer que todo saldría bien. Que no verían a los umbríos. Que no saldría dañado nadie de ningún bando.
Irrumpimos en la capa de nubes y, durante un momento, todo fue bruma gris y silencio. Entonces, emergimos en un aire más limpio y me permití echar un último vistazo antes de girar a Tryggar hacia Draxon.