Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

– U rkin quiere que los nuevos reclutas crucen la brecha dentro de dos días —anunció Rethlyn mientras desperdigaba la comida por el plato—. Que vean el territorio oeste de Sídhe de primera mano.

Observé mi propia comida sin tocar; se me había quitado el apetito. Dentro de dos días, se suponía que iba a presentarle a Urkin una alternativa a la guerra. En vez de eso, estaría presenciando cómo la Umbra preparaba a la nueva generación para infiltrarse en mi antiguo hogar.

—Solo van a observar —continuó Rethlyn, como si hubiera per cibido mi malestar—. Nada de luchas. Deben entender a qué nos en frentamos más allá de la brecha, aprender los patrones de patrulla.

—¿Yo no estoy incluida en esta incursión? —pregunté, incapaz de contener la amargura de mi voz.

Rethlyn paseó la mirada de Aether a mí con una expresión interrogante en la cara.

—Supongo —contestó al fin—. Aunque no sé si a Urkin le da igual.

—Sí, porque ya le he dado exactamente lo que quería.

—Los reclutas merecen ver contra qué luchan. A qué comprometen sus vidas. —Rethlyn se encogió de hombros, pero en sus ojos había una disculpa.

—Solo llevan cinco días entrenando —solté en un tono teñido de incredulidad—. Ninguno de ellos está preparado para esto.

—No tienen que estar preparados —replicó Aether; su voz tenía esa carga familiar—. Solo tienen que verlo.

—Además —intervino Effie, apenas alzando la vista de sus uñas—, la Guardia nunca se ubica tan cerca de la brecha. Volar por la frontera oeste no es nada.

Sentí las palabras como un guantazo; esa vieja parte de mí se estremeció ante la revelación. ¿Cuántas veces se habrían adentrado en Sídhe sin que nadie se hubiera dado cuenta?

—¿Usarán… sombras? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Ahora eran mis sombras; era mi poder el que utilizarían contra mis antiguos aliados.

—Solo para ocultarse —contestó Rethlyn enseguida—. Es el protocolo estándar para cruzar la brecha. No queremos llamar la atención de nadie.

Un silencio incómodo cayó sobre la mesa. Hasta Effie detuvo la acción rítmica de limarse las uñas.

—No pongas esa cara tan seria —repuso ella al final, prosiguiendo con su manicura—. Tampoco es que vayan a atacar. Aunque eso ocurrirá más pronto que tarde, a menos que vengas con esa alternativa milagrosa que no dejas de mencionar.

—Effie —le advirtió Aether, pero ella se limitó a encogerse de hombros.

—¿Qué? Es lo que todos pensamos. Se acaba el plazo dentro de dos días y, de momento, lo único que tenemos es un montón de libros polvorientos y…

Vexa plantó las manos en la mesa, haciendo que los platos repiquetearan y sobresaltando a varios soldados cercanos.

—Se me ha ocurrido una idea.

—Algunos de nosotros estamos intentando comer —protestó Rethlyn, apartando su plato de los dedos de la chica.

—Es arriesgado —continuó ella mientras se sentaba con una sonrisa orgullosa—, pero no tienes mucha alternativa, ¿verdad? — Clavó la mirada en mí desde el otro lado de la mesa.

—Te escucho. —Me incliné hacia delante, tratando de que no se me notara lo desesperada que estaba. Después de días topándome con callejones sin salida en los archivos, haría casi cualquier cosa.

—La verdad es que me sorprende que no lo hayas pensado antes, Aether. —Vexa le lanzó una mirada de decepción.

—Venga, cuéntalo, cielo —dijo Effie, examinándose las uñas con desinterés.

—Hemos estado enfocando esto de la manera equivocada al intentar encontrar información en los archivos sobre los sifones. ¿Por qué hemos malgastado tanto tiempo cuando podríamos haber hablado directamente con la mismísima fuente?

Effie arrugó las cejas.

—El tipo lleva más de un siglo muerto.

—Tú eres el único que todavía sabe cómo encontrarlas —le dijo Vexa a Aether, ignorando a Effie por completo—. ¿Qué me dijiste… de cierta cueva de Blodfhal…?

—No. —La respuesta de Aether fue inmediata mientras se re costaba y cruzaba los brazos. Las sombras a su alrededor parecie ron oscurecerse.

—El libro lo escribió él, tiene su caligrafía. Creo que funcionaría. —Vexa se encogió de hombros, aunque no había nada casual en su tono.

—Vexa. —No dijo nada más que su nombre, pero con la suficiente advertencia en la voz como para que se me erizara el vello.

—¿De qué estáis hablando vosotros dos? —pregunté, incapaz de reprimir el filo de mi voz.

—Eso me gustaría saber a mí —añadió Rethlyn con la boca llena de pastel de arroz.

—Cuando estuve en la cárcel, escuché rumores de estos demonios, o monstruos, algo estereotípicamente aterrador, claro.

Afir maban que podían hablar en voces de los muertos siempre y cuan do tuvieras un objeto personal del fallecido.

—Vexa curvó los labios en una sonrisa—. Como, quizá, unas memorias.

Effie estuvo a punto de atragantarse con su bebida.

—Tonterías.

—Eso creía yo también. Hasta que este de aquí me liberó y me confirmó que era cierto.

El silencio que se produjo fue ensordecedor cuando todos miramos a Aether. Hasta el desinterés de Effie flaqueó.

—Vexa, eso ni siquiera se acerca lo más mínimo a lo que ocurrió. —Él suspiró, pero algo en su voz me hizo detenerme. No había negado que existieran.

—Yo te estaba contando todas las historias que escuché entre susurros en aquellas celdas…

—Bastante alto y con frecuencia, si no recuerdo mal.

—Conque te acuerdas, ¿eh? Genial. —La sonrisa de Vexa se volvió afilada—. En cualquier caso, supongo que, en un intento de que me callara, me confirmó la existencia de las sirenas temibles. Me dijo que él mismo se había encontrado con ellas casi dos décadas antes.

—Y fue inútil, cosa que recordarías si no te hubieras bebido tanta cerveza esa noche. —La voz de Aether era neutra, aunque había tensión en sus hombros.

—Solo porque tú no tenías ninguna posesión. —La chica alzó las memorias, agitándolas como un trofeo—. Pero esta vez sí la tenemos.

Aether se quedó callado con la mandíbula apretada mientras entrecerraba los ojos y miraba más allá de la pared.

—Vosotros dos podéis ir cuando los demás nos marchemos a la brecha. Urkin nunca sospechará —susurró.

—Vexa, es demasiado temprano para estos planes secretos tan ridículos. Ya no estás en la cárcel. —El tono de Effie era más severo que de costumbre—. Solo te estás buscando problemas.

—Si nos ponemos de acuerdo, podríamos irnos y volver a la vez. Él jamás se enterará de que no estabais con nosotros. —Vexa arqueó una ceja.

—No vale la pena correr el riesgo. —Aether rehuía ahora nuestros ojos, y eso me dijo más que sus palabras.

—Nos estamos quedando sin opciones —insistió Vexa.

—He dicho que no. —Aether se levantó con brusquedad y arrastró la silla contra la piedra cuando se dirigió hacia la puerta del patio.

Vi cómo se marchaba con la frustración ardiendo en mi interior.

Si había aunque fuera una sola posibilidad de que funcionase, ¿por qué la descartaba sin más discusión?

Antes de pensármelo mejor, me retiré de la mesa y lo seguí.

No tenía ni idea de lo que eran esas sirenas temibles siquiera, ni tampoco es que me muriera de ganas por averiguarlo, pero, si este era el único modo de avanzar, bien sabían los Esprithe que lo iba a aprovechar.

—¿Y eso es todo? —le grité—. ¿Te vas a ir sin más? ¡Tú fuiste el que dijo que teníamos que ser creativos!

No aminoró el ritmo, por lo que me obligó a trotar para darle alcance.

—Ya he dado mi respuesta.

—¿Sin hablarlo siquiera? ¿Sin considerarlo siquiera?

—No hay nada que considerar. —La voz le salió brusca mientras se daba la vuelta con las sombras retorciéndose por sus quemaduras del Vacío—.

La cueva está en territorio Draxon. Tras lo que ocurrió en el Vacío, ¿tú crees que a Valkan no le encantaría encontrarte deambulando directa hacia sus dominios?

—Así que sí lo habías pensado. —Me acerqué a Aether, negándome a dejarme intimidar por él o por la mención de Valkan—. Ya lo habías trazado todo en tu cabeza, ¿verdad? Y te has callado la boca.

La expresión del semblante le cambió antes de volver a endurecérsele.

—Da igual. No va a suceder.

—¿Por qué? ¿Porque tú lo dices? —Mis palabras salieron llenas de fuego antes de poder evitarlo—. Que yo sepa, tú ya no estás a cargo de mí. No soy tu prisionera.

—No —replicó con tal ferocidad en los ojos que me dieron ganas de retroceder. Aun así, me mantuve firme—. Pero eres mi responsabilidad.

—No necesito tu protección.

—Es evidente que sí, si tan dispuesta estás a meterte en el territorio de Valkan por la palabra de un bardo borracho.

—¡Al menos yo trato de encontrar una solución!

—Las palabras salieron en un tono más alto de lo que pretendía—.

Mientras, tú te contentas con dejar que todo se desmorone porque…

¿por qué? ¿Por qué podría ser peligroso?

Aether, todo esto es peligroso. El reino entero se está muriendo, por si no te habías dado cuenta.

Apretó la mandíbula, y las sombras que lo rodeaban se le oscurecieron.

—¿Te crees que no lo sé?

—Lo que creo es que tienes miedo. —En el instante en el que lo dije, supe que había tocado una fibra sensible. Todo él se puso rígido—. No de Valkan ni de las sirenas temibles. Tienes miedo de arriesgarte y que eso pueda cambiar algo de verdad.

—No sabes de lo que hablas. —Su voz se había vuelto peligrosamente grave.

—Pues explícamelo. Porque, ahora mismo, lo único que veo es que descartas la única pista que tenemos sin siquiera…

—¡Porque no quiero que mueras! —gritó las palabras con tal fuerza que me hizo trastabillar hacia atrás. En el silencio que se produjo, escuché su respiración pesada e irregular—. No por esto. No por una jugada desesperada y estúpida.

Lo miré fijamente.

—Aether… —comencé a decir, pero él ya se estaba dando la vuelta.

—Busca otro modo —replicó con la voz firme de nuevo, aunque en el fondo se le notaba aún un temblor—. El que sea.

Mientras veía cómo se marchaba, me llené de determinación. Si él no pensaba ayudarme, yo misma encontraría la forma de llegar a esas sirenas temibles.