Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Entrecerré los ojos, intentando mirar con más detenimiento. Y entonces vi un movimiento cerca del exterior del palacio. Una forma enorme con alas caminaba de un lado a otro. Daba una vuelta tras otra por todo el perímetro en un círculo infinito.

—¿Eso es un vördr?

—Stassea. —La voz de Aether era baja—. Lleva haciéndolo un tiempo. Desde que a ella empezó a írsele la cabeza.

—La reina —murmuré—. Es suya.

—Sí. —Se le tensó la mandíbula—. Aunque no ha reconocido a nadie, incluida su propia vördr, desde hace casi un año. La vördr solo anda… —otra pausa— mientras ella se consume en ese palacio.

Observé a Stassea continuar su ronda y se me encogió el pecho.

—¿Por qué no se marcha?

—Porque el vínculo de un vördr es para toda la vida. —Ahora su voz era más suave—. Stassea la eligió cuando la reina era tan solo una niña. Y le será leal hasta que la reina Andrid exhale su último aliento.

—Eso es… —no pude encontrar las palabras: «trágico » no lo cubría todo, «horrible » no le hacía justicia— una de las cosas más tristes que he oído en mi vida.

—Ese tipo de lealtad… —Ahora su voz era áspera—. No sé si es admirable o solo cruel.

—Las dos cosas —susurré—. Definitivamente.

Nos quedamos en silencio, observando a esa criatura inmensa proseguir con su circuito sin fin.

El viento traía el ligero sonido de sus llamadas: tristes, escrutadoras, cada una retumbando por el valle antes de desvanecerse en la nada.

Buscando una conexión que se había cortado, pero no roto. Al menos, no para ella.

—Háblame de ella —dije de pronto—. De la reina. Te encontró en el Vacío, así que supongo que ambos tuvisteis algún tipo de relación después de eso.

Me giré para mirarlo, preguntándome si me iba a dar ese gusto de verdad. Rara vez hablaba de su pasado, de algo tan personal.

—Yo estaba hecho un desastre cuando me encontró. —Una ligera sonrisa le cruzó el rostro—. La mayoría de los gobernantes me habrían mandado a los sanadores y se habrían olvidado de mí. Sería como cualquier otro soldado. Pero ella me visitó. Todos los días. Se sentaba en mi cama y hablaba conmigo.

—Parece amable.

—Lo era. —Apretó la mandíbula—. Una vez que me recuperé, supervisó personalmente mi entrenamiento. Se cercioró de que tuviera todo lo que necesitara. —Se detuvo; tenía los ojos distantes—. Siempre he pensado que me estaba preparando para algo importante. Aunque no creo que sea cierto. Ya no.

—¿Por qué?

—Bueno, tal vez sí lo hacía… al principio. —Se le apagó la voz, casi vacía—. Pero luego falleció su hijo. El príncipe. Tras su muerte, se aferró a mí aún más. Como si tal vez yo pudiera llenar ese espacio que él había dejado atrás. Había perdido a muchas personas a esas alturas.

Se me encogió el pecho.

—Aquello debió de ser duro.

—No me importó. —Se encogió de hombros—. Ella me dio un propósito cuando yo no tenía nada. Un lugar al que pertenecer. Si hacer el papel de hijo sustituto aliviaba su dolor, aquello me parecía un trato justo.

—Te preocupas por ella.

—Todo el mundo lo hace. —Sin embargo, se le quebró la voz un poco al decir aquello—. Era una buena reina. Fuerte, estratégica, pero no cruel. Le importaba su pueblo de verdad.

—¿Lo conociste? A su hijo.

—Lo vi una vez. Brevemente. —La expresión de Aether era distante, atrapada en algún lugar de sus recuerdos—. Yo todavía era nuevo en la Umbra, apenas acababa de terminar el entrenamiento. Vino al fuerte por algún asunto oficial y nos cruzamos en el pasillo.

—¿Cómo era?

—¿Te soy sincero? No me acuerdo mucho. Era educado, me hizo algunas preguntas sobre mi entrenamiento.

Parecía interesado de verdad, no solo lo hacía por darme conversación.

—Frunció el ceño—. Falleció poco después.

Alguna enfermedad extraña se lo llevó en cuestión de semanas.

Y la reina… —hizo un gesto vago— empezó a quebrarse.

Aether desvió la mirada más allá de mí, hacia Tryggar.

El vördr se encontraba descansando cerca del filo de la plataforma, con el pelaje plateado reluciente.

Tenía las alas plegadas con cuidado a los costados y se le veía tranquilo, contento de un modo que no parecía concordar con el ambiente que nos rodeaba.

A Aether le cambió la expresión mientras observaba al vördr.

—¿Qué? —pregunté, siguiendo su mirada.

—Nada. Es que no hay muchos con el pelaje plateado. Es bastante poco común, de hecho.

—Ah, ¿sí?

—Sí, mucho. —La voz de Aether se había vuelto plana de una manera extraña—. Deberíamos volver —dijo— antes de que Rethlyn mande una partida de búsqueda.

Los miré a Tryggar y a él; ese extraño momento aún perduró en el aire entre nosotros. No obstante, la expresión de Aether se había vuelto hermética por lo que fuera que estuviera pensando oculto tras esa máscara familiar.

—Cierto —respondí despacio—. No queremos preocupar a nadie.

Me acerqué a Tryggar y le pasé una mano por el cuello. Él me dio un empujoncito en la palma y yo le rasqué bajo el mentón como le gustaba.

—¿Estás listo para volver, muchacho?

Resopló un poco, y pude haber jurado que aquello fue una afirmación.

Los tristes gritos de Stassea se desvanecieron tras nosotros cuando levantamos el vuelo y nos tragaron la distancia y el viento.