Capítulo 30 #2
El pensamiento se me instaló de manera incómoda en el estómago mientras observaba como relucía fuera el crepúsculo.
Se es taba acabando el tiempo. Faltaban menos de dos días para presen tarle algo a Urkin y, hasta ahora, lo único que tenía era una sola página de unas memorias de fiabilidad cuestionable y una pila de libros cada vez mayor que no me decían nada.
—Tal vez estemos buscando en el lugar equivocado —sugirió Raven, cerrando otro volumen inútil con un suspiro—. Si alguien hubiera tratado de borrar su existencia, no habría dejado información en lugares obvios.
—Entonces ¿dónde? —pregunté, con la frustración notándoseme en la voz.
Pero nadie tenía una respuesta para eso.
—Necesito aire —espeté, apartándome de la mesa de un empujón. Me zumbaba la cabeza—. Y tiempo para pensar que no implique estar rodeada de libros inútiles.
Aether se limitó a asentir, ya poniéndose de pie. Se quedó callado, abriéndome la puerta para salir a la luz gris. Días de búsqueda, de esperanza que surgía y se desvanecía en cada callejón sin salida, y el único resultado que habíamos obtenido era cansancio.
Caminamos en silencio hacia los establos, ambos perdidos en nuestros pensamientos.
Tal vez había sido una estúpida y me había permitido creer que encontraríamos algo de relevancia.
El sifón podría no haber sido más que el invento ebrio de un bardo viajero, y había malgastado un tiempo muy valioso buscándolo.
A medida que nos acercábamos, las risas flotaban por el pasto, un sonido tan inesperado que me hizo detenerme.
Lael se hallaba delante de los establos, casi dando saltitos de la emoción mientras acariciaba el pelaje de una vördr. La bestia tenía un tono carbón con parches de negro puro que se extendían por sus alas como manchas de tinta.
—¡Aether! —gritó Lael, corriendo hacia nosotros con una sonrisa que parecía demasiado grande para su cara. Rethlyn lo siguió a un ritmo más pausado, aunque su sonrisa parecía de orgullo—. ¡Mira! ¡Me ha reclamado! ¡Ahora mismo! ¡Se ha parado delante de mí durante el entrenamiento y no se va!
A pesar de mi cansancio, no pude evitar sonreír ante su emoción. La vördr nos observó con unos ojos inteligentes y la cabeza ladeada, como si nos evaluara a los recién llegados.
—Se llama Nyx —prosiguió Lael, prácticamente vibrando de alegría—. Es perfecta, ¿a que sí?
—Te pega —respondió Aether, y, aunque su voz permaneció firme, capté una ligera calidez debajo de ella.
—Bueno, ambos os habéis pasado un montonazo de tiempo juntos en los archivos —dijo Rethlyn con un tono informal, pero revelando con los ojos que sabía más que eso—. Después de que todo el mundo haya acabado su jornada.
Aether se pasó una mano por el pelo y soltó un suspiro irritado.
—Tus capacidades de percepción son inigualables.
—Urkin se preguntará dónde andas metido —añadió Rethlyn, y esbozó una ligera sonrisa.
—Urkin es libre de preguntar lo que él quiera. —Aether entornó los ojos—. Sabe que puede hacerme llamar cuando requiera mi presencia.
—Tal vez lo haga. —Rethlyn se encogió de hombros con ojos juguetones—. Sobre todo, porque te has perdido las dos últimas sesiones informativas.
—Tenía otros asuntos más importantes que atender.
—Quizá. —Rethlyn nos miró a uno y a otro—. Aunque no me acuerdo de la última vez que mostraste tanta… dedicación a una investigación.
—Rethlyn. —Había un deje de advertencia en la voz de Aether.
—¿Qué habéis estado haciendo todos? —inquirió Lael, arqueando una ceja.
—Nada de lo que te tengas que preocupar —replicó Aether; su expresión se volvió un poco más hermética—. Céntrate en tu entrenamiento.
Rethlyn le revolvió el pelo al chico.
—Es tan misterioso…
—¿No deberíais estar en otro sitio? —lo interrumpió Aether.
—En realidad, sí. —Rethlyn suspiró y me dedicó una sonrisa—. He de ir a ver a Mira y Theron. Hablaré con vosotros luego.
La silueta plateada de Tryggar descendió de las nubes como si lo hubiera convocado con mis pensamientos y aterrizó con la fuerza suficiente para levantar polvo por el patio. Clavó los ojos en Aether de inmediato y abrió un poco las alas; una advertencia que había llegado a reconocer.
—Ya veo que sigues con ese rencor —murmuró Aether, dando un paso atrás.
Tryggar resopló y se colocó entre nosotros. No pude evitar soltar una carcajada mientras me daba un golpe con el hocico y casi me tiraba con su entusiasmo.
—Sí, sí, yo también te he echado de menos —dije, rascándole por debajo del mentón. Su zumbido de satisfacción me vibró en el pecho—. Y tus instintos son correctos, como siempre.
La única respuesta de Tryggar fue envolverme con un ala como si fuera un escudo, impidiendo con eficacia que Aether me viera.
—Madura —espetó Aether con sequedad.
El viento me azotaba el pelo cuando planeamos por encima de Ravenfell; sus chapiteles oscuros perforaban el cielo.
Aquí arriba, todo parecía más pequeño: los problemas, la presión, incluso mis propias dudas.
Sin embargo, no se habían ido, solo se habían acallado por la altitud y el ritmo constante de las alas de Tryggar.
—He malgastado nuestro tiempo —dije al fin, rompiendo el silencio entre nuestros vördr—. Nos hemos pasado tres días hojeando cada tomo, libro y pergamino y no estamos más cerca de detener esta guerra.
—Has encontrado una pista —respondió Aether mientras guia ba a Nihr más cerca para que pudiéramos oírnos el uno al otro por encima del viento—. Eso es más de lo que teníamos antes.
—Una pista que no lleva a ningún lado. —Las palabras sabían amargas—. Quedan menos de dos días para presentarle algo a Urkin y lo único que tengo son unas páginas arrancadas y teorías.
—En ocasiones, las teorías son suficientes para empezar.
Le lancé una mirada.
—¿Desde cuándo eres tú el optimista?
—No lo soy —contestó, y capté esa ligera sonrisa otra vez—. Pero tú pareces estar tomándote un descanso de ello. Venga, quiero enseñarte algo.
—Qué siniestro.
—¿Cuándo no soy yo siniestro?
—Tienes toda la razón. —Me acomodé mejor sobre Tryggar—. ¿Vas a decirme a dónde nos dirigimos?
—Te gustará. —Su expresión había cambiado a algo casi malvado—. O lo odiarás y te pasarás todo el tiempo quejándote. De una forma u otra, es mejor que darles vueltas a los archivos.
—No les estaba dando vueltas.
—Por supuesto que sí.
—Estaba preocupándome con sensatez por un plazo imposible.
—Estabas dándole vueltas —repitió con firmeza—. Créeme, sé lo que es. Estoy muy familiarizado con el concepto.
Espoleó a Nihr y yo tuve que concentrarme para seguirle el ritmo.
Volamos más allá de los muros exteriores de Ravenfell y de los asentamientos dispersos a las afueras de la ciudad.
El paisaje abajo fue cambiando poco a poco del caos organizado de la ciudad al gris inhóspito que se prolongaba hasta el infinito por todo Umbrathia.
—Estamos alejándonos de todo —grité.
—No de todo.
Volamos en un cómodo silencio durante un rato; el cielo crepuscular se extendía sin fin sobre nosotros.
Las montañas comenzaron a alzarse en la distancia; los picos escarpados arañaban las nubes grises.
No había pueblos en este paisaje ni signos de vida.
Solo los residuos interminables y los restos reducidos de lo que una vez debió de haber sido un bosque.
—¿Hasta dónde vamos a ir? —pregunté tras lo que pareció una hora.
—No mucho más.
—¿Sabes? Estás muy entregado a toda esta apariencia misteriosa.
—Prefiero pensar que es mantener un aire de intriga. —Sonrió, y algo en su expresión era juvenil, casi infantil. Nos dirigíamos a una especie de destrucción dentro de dos días, su reino se estaba muriendo, el mío se encontraba sustentado por mentiras y, de algún modo, todavía podía sonreír así.
Las montañas cada vez se hallaban más cerca y revelaban un valle entre dos picos elevados, medio oscurecido por la bruma y la oscuridad. Una estructura se erguía en medio de la desolación.
Era inmensa. Más grande que el fuerte, más imponente que la ciudadela, más enorme que nada que hubiera visto en este reino. Un palacio de piedra oscura y toques plateados.
Pero también estaba vacío. Muerto. Ninguna luz brillaba en las numerosas ventanas. Ningún movimiento sacudía el terreno. Se situaba en ese valle como una tumba, precioso, terrible y completamente solo.
—¿Qué es eso? —susurré.
—La sede ancestral de la casa Valtýr. —Aether había bajado el tono, casi de manera reverente—. El palacio real.
Se me paró el corazón.
—No vamos a… No me vas a llevar ahí, ¿verdad?
—Relájate. No vamos a entrar. —Señaló la estructura más ce rca de la cordillera, una vieja torre de vigilancia con la piedra erosionada y oscura contra el paisaje árido—. Solo nos vamos a acercar a ver.
Tryggar siguió a Nihr mientras descendían hacia la torre. Estaba vacía; no había guardias ni luces, solo piedra en mal estado y una amplia plataforma encima con vistas al valle. Aterrizamos y me bajé del lomo de Tryggar; las piernas me temblaban un poco por volar tanto tiempo.
—¿Traes a todas tus prisioneras a torres de vigilancia abandonadas con vistas a palacios reales? —pregunté, tratando de aligerar el ambiente pesado repentino.
—Solo a las más frustrantes.
—Qué honor.
—Pues sí. Esta torre lleva sin usarse años. No tiene sentido apostar guardias cuando apenas puedes alimentar a tus soldados.
La despreocupación con la que lo dijo hizo que me diera un ligero vuelco el corazón, pero no tenía tiempo de afligirme por ello.
Me dirigí al filo de la plataforma, agarrando la piedra mien tras echaba un vistazo al valle.
El palacio se encontraba en el cen tro como un monumento a algo que llevaba mucho tiempo muerto; sus torres oscuras contrastaban con el gris de las montañas.
—Parece un palacio fantasma —dije.
—No del todo. —Aether se unió a mí en el borde, casi tocándome el hombro con el suyo—. Fíjate mejor.