Capítulo 30
M e metí el espejito en el bolsillo y salí corriendo de mi habitación.
El descubrimiento sobre el sifón ardía en mi mente mientras corría a través de los pasillos del fuerte, sin reparar apenas en las miradas de sorpresa de las personas junto a las que pasaba.
Irrumpí en el patio justo cuando Aether estaba desmontando a Nihr y casi me choqué con él por las prisas.
Su expresión cambió de sorprendido a enfadado y luego a confundido en cuestión de segundos.
—¿Qué…?
—Tenemos que volver a los archivos —espeté, interrumpiéndolo.
—Daba por hecho que regresaríamos mañana. —Empezó a quitarse los guantes de montar, observándome con una calma enloquecedora.
—No. Ahora.
—¿Qué has descubierto? —Alzó una ceja, pero comenzó a andar hacia los archivos; sus largas zancadas me obligaron a acelerar el paso para seguirle el ritmo.
—¿Has oído hablar de un sifón?
—No puedo decir que sí.
—En el libro que estaba leyendo, dice que había un objeto, un sifón, que podía redirigir la esencia. Redirigirla de verdad.
—¿En qué texto lo has descubierto?
—Eran unas memorias. Vida y aventuras de Krayken Vindskald .
Aether dejó de andar y se giró para mirarme con las cejas alzadas.
—¿Las divagaciones ebrias de un bardo?
—Escúchame. Ahora mismo, la única táctica de la Umbra es atacar la arcanita. Pero ¿y si hay algo más? ¿Y si Sídhe está usando un sifón? —Las palabras me salieron a toda velocidad—. Y mejor aún: ¿y si podemos encontrar el nuestro y redirigir la esencia de vuelta a Umbrathia nosotros mismos?
Se detuvo, sopesando mis palabras con una seriedad inesperada.
—Vamos a ser claros —insistí—, la estrategia actual no está funcionando.
—¿Qué más decía el libro?
—Eso es lo más intrigante. Han arrancado el resto del capítulo sobre los sifones.
Aether frunció el ceño, pero prosiguió andando.
—Supongo que será una noche larga, entonces.
Me percaté de lo vacías que estaban las calles mientras nos acercábamos a los archivos, sobre todo la zona que rodeaba el edificio. Cuando llegamos a la entrada, tiré del pomo, aunque no cedió.
—Está cerrado. —Me giré hacia él.
—Hombre, claro. Ya es tarde. —Su tono sugería que debería haber sido obvio.
—Entonces ¿por qué nos has hecho andar todo el camino has ta aquí? —pregunté irritada.
Esbozó una sonrisa de suficiencia.
—Porque tú vas a abrir la puerta para nosotros.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?
—Con tu forma umbría. Puedes deslizarte por ella si eres lo bastante rápida.
—Vas a tener que explicarme mejor eso.
En un instante, Aether se desvaneció ante mis ojos. Donde se había encontrado, solo quedaban sombras brumosas, arremolinándose como el humo antes de disiparse por completo. Una respiración me rozó el oído desde atrás y me sobresaltó. Me giré y me lo encontré ahí, sólido otra vez, demasiado cerca.
—¿Mejor?
Me crucé de brazos.
—Creído.
—Usaste tus sombras el otro día para el traspaso del Vacío. Esto no es muy distinto. —Su voz era firme, paciente—. En vez de imaginártelas saliendo de ti, imagina que te conviertes en ellas.
Di un paso atrás y me giré hacia la puerta antes de cerrar los ojos.
Atraer las sombras ahora me resultaba fácil, pero esto era diferente.
En vez de permitir que salieran, tenía que dejar que me consumieran.
Me centré en volverme intangible, en acceder a que las sombras se extendieran desde dentro hacia fuera hasta que llenaran cada parte de mí.
La sensación era extraña, como perder todo mi peso a la vez y aún mantener mi forma. Cuando abrí los ojos, todo parecía un poco más oscuro; los bordes se difuminaban en las sombras.
Me acerqué a la puerta, preparándome para el impacto que jamás llegó.
En su lugar, sentí la veta de la madera atravesarme, o tal vez atravesarla yo a ella, no estaba segura.
El olor a cedro me inundó la nariz mientras me colaba, y entonces me encontré al otro lado, volviendo a tomar forma sólida con una sensación de cosqui lleo extraña, como si unas telarañas se aferraran a mi piel.
El corazón me retumbaba en el pecho. Acababa de atravesar una puerta. Literalmente.
—Impresionante. —La voz de Aether provenía de detrás de mí; sus sombras todavía se arremolinaban a su alrededor.
Me negué a darle la satisfacción de ver lo entusiasmada que estaba en realidad.
—Vamos a buscar esas páginas perdidas.
Aether se limitó a girarse y empezó a andar a través de las altas estanterías.
Los archivos parecían distintos tan tarde. El arrastre de pies y las conversaciones entre susurros usuales habían sido reemplaza dos por el silencio absoluto. Saqué el espejo que Raven me había dado y observé su superficie pulida antes de abrirlo de golpe.
—No sé cómo funciona —susurré a mi reflejo, sintiéndome un poco tonta— o si puedes oírme siquiera, pero, si te interesa un poco de desenfreno nocturno en los archivos, te esperamos. —Miré hacia la puerta otra vez y giré el cerrojo para abrirla.
Seguí a Aether por el laberinto hasta que encontramos una mesa cerca de las lámparas de latón; su luz apenas alcanzaba los filos de la superficie de madera.
Dejé las memorias de Vinds kald encima; la encuadernación de cuero hizo un ruido sordo y suave contra la mesa mientras abría el libro por el capítulo de los sifones.
Aether se colocó detrás de mí; su pecho casi me tocaba la espalda cuando se inclinó por encima de mi hombro para examinar el texto borroso. Su aliento me removía mechones sueltos de pelo mientras entornaba los ojos para mirar las páginas; era obvio que le costaba leer las palabras.
—¿Necesitas tus gafas? —pregunté, tratando de ignorar cómo su proximidad hacía que me hormigueara la piel.
En vez de responder, me rodeó con un brazo y levantó el libro, rozándome el mío.
Se giró y se apoyó contra una silla mientras me dirigía una mirada entrecerrada desde detrás de las páginas.
No pude evitar reparar en cómo la luz de la lámpara captaba el dorado de sus ojos, cómo trazaba los ángulos afilados de su mandíbula.
Era casi devastador de ver; esa belleza imponente, casi demasiado perfecta en aquel ángulo, retroiluminada y som breada contra los archivos.
El silencio prosiguió mientras pasea ba la vista por las palabras, solo interrumpido por el crujido ocasional del papel.
Al final, llegó a la sección que se había arrancado y un «hum» pensativo se le escapó de los labios. El sonido vibró a través de mí, recordándome lo cerca que todavía se encontraba.
—Es algo —dije con suavidad, aunque no pude ocultar el entusiasmo que me embargaba—. Lo presiento.
—Podría serlo. —No sonaba muy convencido.
Bufé, ignorando su escepticismo.
—¿Cómo deberíamos continuar a partir de aquí?
—Si es algún tipo de objeto hechizado o encantado, debería estar en algún lugar en aquellas estanterías. —Aether señaló el fondo de los archivos, donde las filas de libros se extendían hasta las sombras—. O —añadió, bajando un poco el tono— podría estar en la sección restringida.
Un crujido de la puerta interrumpió el silencio. Ambos nos giramos para encontrar a Raven en la entrada con una ceja arqueada mientras contemplaba la escena ante él.
—Has venido. —Me giré hacia Aether—. ¿Te acuerdas de Raven?
La presencia de Aether pareció empequeñecer a Raven; su sencilla confianza de antes había sido sustituida por la indecisión.
—Nuestro nuevo archivista. —Aether asintió antes de regresar a la sección a la que había señalado antes, pasándose una mano por el cabello oscuro.
—¿Qué? —dijo Raven una vez que Aether no pudo oírnos—. ¿Colándote en los archivos a deshoras? Creía que se suponía que tú eras la responsable.
—En teoría, pero jamás he dicho eso. Ha sido solo una conjetura tuya.
—Cierto. —Miró el libro abierto—. ¿Has visto algo interesante en las memorias de Vindskald, entonces?
—Quizá. Si podemos encontrar algo sobre sifones en los demás textos. —Señalé las altísimas estanterías ante nosotros.
—Bueno —contestó Raven con una sonrisa; su confianza estaba volviendo—, ahora tienes a un archivista a tu lado. ¿Por dónde deberíamos comenzar?
Esa primera noche se alargó hasta por la mañana temprano mientras revisábamos cientos de textos.
El conocimiento de Raven sobre los archivos fue nuestra salvación.
Él sabía exactamente qué secciones podrían contener información relevante, qué auto res habían escrito sobre artefactos mágicos, en qué periodos histó ricos concentrarnos.
No obstante, a pesar de nuestros esfuerzos, no encontramos nada más sobre los sifones.
Pasaron los días mientras establecíamos una rutina.
Nos tirábamos las mañanas en las secciones regulares de los archivos, fingiendo hacer una investigación normal.
Por las noches, nos dedicábamos a las investigaciones más a fondo, sobre todo en las áreas restringidas.
Vexa y Effie se ofrecieron de inmediato a ayudar cuando les expliqué lo que habíamos encontrado, ansiosas por hacer algo más emocionante que sus tareas habituales.
Reth lyn estaba demasiado ocupado entrenando a los nuevos reclutas, aunque me dedicaba una mirada de disculpa al salir del comedor.
—Tiene que haber algo —murmuré la tercera noche, rodeada de pilas de libros. Me ardían los ojos de leer una infinidad de páginas de texto borroso—. Un artículo tan poderoso no desaparece sin más de la historia sin dejar rastro.
—A menos que alguien quisiera que desapareciera —añadió Aether en voz baja desde donde se encontraba sentado al otro lado de la mesa; sus gafas reflejaban la luz de la lámpara mientras estu diaba otro tomo.
—¿Qué quieres decir?
—Si un artefacto así existió, sería muy peligroso en las manos equivocadas. Igual alguien eliminó a conciencia todos los registros de él.