Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

E l espejito que Raven me había dado descansaba sobre mi mesa; su superficie reflejaba el crepúsculo que se colaba a través de la ventana.

Lo giré entre las manos, preguntándome qué le habría he cho exactamente; si podría verme ahora mismo a través de él.

Lo ce rré de golpe antes de dejarlo a un lado.

Me dolían los músculos por haber estado sentada todo el día, encorvada sobre los textos de los archivos, y todavía tenía la mente revuelta por todo lo que había aprendido sobre la arcanita. O, más bien, desaprendido.

Sentía que estaba pasando algo por alto.

La arcanita parecía ser el denominador común entre la guerra en Riftdremar y la que ahora se libraba con Umbrathia.

Pero no lograba adivinar cómo se conectaban las dos.

¿Les habría arrebatado Sídhe las reservas sabiendo que eso empezaría a drenar a Umbrathia casi una década y media después?

Seguro que había más, aunque no tenía ni idea de dónde buscar.

Me quité el uniforme rígido y me puse la ropa de dormir, pero me costaba conciliar el sueño. Se me iban los ojos al libro encuadernado en cuero que había en mi mesita de noche. Sus letras doradas atraparon la poca luz que quedaba. Tal vez unos cuantos capítulos ayudarían a que me entrara sueño.

Me acomodé en los cojines y abrí el libro.

El lomo crujió, revelando un texto elaborado que solo podría haberse hecho a mano.

«Vida y aventuras de Krayken Vindskald, el siervo más humilde de la palabra escrita y observador de lo extraordinario».

No pude evitar sonreír ante la grandilocuente introducción.

Recorrí con los dedos las envejecidas páginas mientras las pasaba y buscaba algo útil cuando la palabra «duskbound» me llamó la atención. La tinta se había borrado un poco, pero las palabras se leían con claridad:

En este año, el trigésimo de mis andanzas por nuestro hermoso reino y el segundo pasado en la dudosa compañía de ciertos bandidos caballerosos (cuyos nombres debo reservarme por mo tivos de discreción y para continuar respirando), la fortuna ha tenido a bien concederme un encuentro de lo más raro con un verdadero duskbound.

Tales seres se han vuelto tan escasos como las rosas de invierno desde que nuestro noble rey Thaddeus reclamó el trono.

Su Majestad, quizá comprensiblemente, se sentía algo molesto por aquellos cuyos dones se asemejaban tanto a los suyos.

Pero ahí estaba sentado, en una modesta taberna al sur de lo que entonces era el próspero municipio de Croyg.

A primera vista, no parecía destacar más que cualquier otro cliente en busca de consuelo en la bebida, aunque las solicitaba con sorprendente frecuencia.

Su verdadera naturaleza solo se reveló cuando uno de mis compañeros de viaje (llamémoslo Zoquete, porque eso es lo que demostró ser) cometió el lamentable error de intentar liberar la bolsa del caballero de su persona.

En un alarde que me perseguirá en sueños hasta el día de mi muerte, el hombre se levantó como el humo, con la oscuridad manando de su ser.

Las sombras se movieron como lo harían las serpientes, enrollándose alrededor del pobre Zoquete en un abrazo frío hasta que su rostro se volvió del más fascinante tono púrpura.

Más curiosa fue la total falta de quemaduras del Vacío en la piel del hombre; un detalle que no se me escapó, pero confieso que mi atención se vio atraída en un principio por el cambio más bien exagerado de Zoquete en su tez.

Poseído tanto por la curiosidad académica como por un parti cular y fuerte sentido de la supervivencia, me costó horrores alejarme de las desafortunadas elecciones de mi antiguo compa ñero.

De hecho, una vez que Zoquete hubo sido dispuesto de forma más bien poco ceremoniosa sobre el suelo (aún respiraba, mas ahora tenía una nueva apreciación por la propiedad perso nal), me encontré atraído por esta misteriosa figura.

Cuando al final regresó a su asiento, yo reuní lo que me quedaba de coraje (respaldado tal vez por la cuantiosa cantidad de cerveza en mi vientre) y me acerqué.

Mis preguntas por su servicio a la Umbra dieron con una revelación sorprendente, pues él nunca había jurado lealtad a los defensores de nuestro reino.

El Vacío, por lo visto, lo había reclamado en su niñez como resultado de un reto estúpido y cierta rabieta que tan a menudo lleva a los chicos jóvenes a la perdición.

Cuando le insistí, con toda la delicadeza que mi profesión exigía, para que hablara de su tiempo en aquella oscuridad sin fin, por el rostro le cruzó una sombra que nada tenía que ver con sus extraordinarias habilidades.

Observó las profundidades de su hidromiel como si aquello pudiera protegerlo de los recuerdos que, incluso después de tantos años, parecían seguir atormentándolo.

No volví a preguntar, pues, como ya había aprendido, algunos horrores era mejor dejarlos estar.

Bajé el libro. El duskbound lo recordaba todo, aun años más tarde. La marca del Vacío era más profunda que las sombras que se le adherían. ¿Me ocurriría lo mismo? ¿Esas visiones me perseguirían para siempre?

Sabía que debería estar centrándome en mi plan para Urkin, o al menos en algo útil como dormir, pero tenía ganas de seguir leyendo. Pasé los dedos por la página siguiente, donde un elaborado fragmento detallaba otro encuentro.

Había sido convocado, con no poca fastuosidad, para documentar lo que lord Sveinson nos aseguraba que sería el logro más histórico de todos: la primera domesticación exitosa de esas bestias magníficas y terroríficas conocidas como vördr. Si hubiera sabido entonces qué amarga locura acontecería, tal vez habría encontrado asuntos urgentes en otra parte del reino.

La criatura que se las habían arreglado para capturar de alguna manera era algo impresionante de ver: su pelaje era tan negro como la noche sin luna, con hebras plateadas recorriendo sus alas como estrellas tejidas en la oscuridad misma.

Habían construido un elaborado corral temporal de acero pulido y metales preciosos, adornado con el más fino trabajo del artesano de la familia, como si semejante criatura pudiera impresionarse por nuestras mortales muestras de riqueza y posición social.

—Hoy —anunció lord Sveinson a los nobles reunidos; su voz reflejaba la seguridad del que jamás ha conocido del todo la humildad—, demostraremos cómo estas criaturas pueden ser doblegadas bajo la voluntad kalfar adecuada.

Fue entonces cuando me fijé en ella, una moza de cuadra que se mantenía en las sombras de la reunión; su rostro reflejaba cierta preocupación que provenía de saber algo que la posición social de uno le impide decir.

Cuando llevaron elaborados arne ses de cuero repujado y cadenas de plata, observé sus desespe rados intentos por llamar la atención de su patrón, a pesar de que el protocolo exigía su silencio.

Lo que aconteció después quedaría grabado para siempre en mi memoria.

La reacción de la bestia fue tan veloz como terrible.

Cuando el hijo mayor de lord Sveinson se acercó con su elaborada brida, el vördr desplegó las alas con tal fuerza que el propio aire pareció quebrarse.

Qué alas más espléndidas; qué curioso que me recordaran tanto a la oscuridad que había presenciado en aquella taberna años antes, al modo en el que parecieron beberse la luz misma.

De hecho, había escuchado rumores en mis viajes, cuentos de voces susurrantes tras el exceso de vino, de que estas criaturas habían nacido del propio Vacío.

Algunos juraban que habían sido testigos de cómo los vördr desaparecían en esa oscuridad infinita a intervalos extraños, como si respondieran a alguna llamada antigua.

Otros afirmaban que regresaban al Vacío para alimentarse, aunque nadie sabía explicar cómo habían obtenido ese conocimiento y si es que era siquiera cierto.

Esos pensamientos ocuparon mi mente durante apenas un instante antes de que estallara el caos.

La rabia del vördr se manifestó en un despliegue de gracia salvaje que desafiaba toda descripción.

Las barras de acero se doblaron como juncos de un río, las cadenas se rompieron como hilos y el hijo de lord Sveinson se vio lanzado por el aire de una forma nada favorecedora para su posición.

Entonces, la moza de cuadra, esa chica callada que había intentado advertirles, hizo algo que lo cambió todo.

Cuando la bestia se encabritó, preparada para asestar lo que seguro que habría sido un golpe fatal, la joven se adelantó.

Y, querido lector, os juro por lo más sagrado de mi profesión que las sombras se movieron con ella…

Las sombras que bailaban a su alrededor no se parecían a nada que hubiera visto antes; no era como el poder puro de un duskbound, sino algo más sutil, como la tinta propagándose por el agua.

Más tarde, descubriría que esas eran las marcas de alguien tocado por el Vacío, aunque ella llevaba sus quemaduras con más gracia que la mayoría.

La reacción del vördr fue inmediata y extraordinaria.

Donde momentos antes había rugido con la furia de una tempestad, ahora permanecía quieto con esas temibles alas plegadas, como si hubiera centrado toda su atención en la chica.

Los nobles reuni dos, muchos de los cuales habían salido despavoridos en busca de seguridad apenas unos instantes antes, se habían sumido en un silencio sepulcral.

La joven se aproximó a la bestia sin miedo ni pretensión y alargó la mano como uno haría con un igual, no con una criatura destinada a ser conquistada.

El vördr bajó su enorme cabeza, y juro por todo lo sagrado que se inclinó ante ella.

No a modo de sumisión, como lord Sveinson había esperado de manera tan estúpida, sino de reconocimiento.

Era como si compartieran un conocimiento profundo que nosotros, los meros espectadores, nunca podríamos adquirir.

—No se les puede domesticar —dijo ella entonces; su voz se oía a pesar de su suavidad. Se giró para mirar a su patrón, y, aunque su posición requería humildad, algo en su comportamiento había cambiado—. Son criaturas del Vacío, mi lord. Solo responden ante él.

A lord Sveinson se le puso la cara de un tono morado que rivalizaba con la del pobre Zoquete de mi historia anterior, aun que por razones del todo diferentes.

Aun así, ni él podía negar lo q ue todos habíamos presenciado.

El vördr le permitió a la chica conducirlo a su elaborada prisión, y me percaté, no con poca ironía, de que la había seguido sin necesidad de cadenas ni bridas.

Con el tiempo, me enteré de que la ascendieron a jefa de las caballerizas de los Sveinson; era la primera persona tocada por el Vacío en ostentar una posición así.

Una pequeña victoria, quizá, pero una que comenzó a cambiar cómo nuestro reino veía tanto a los vördr como a aquellos marcados por la oscuridad.

Cerré el libro un momento, dejando que las palabras calaran.

«Criaturas del propio Vacío». El pensamiento me provocó un escalofrío cuando recordé la reacción que tuvo Tryggar conmigo el primer día, cómo me había reclamado antes incluso de haber en trado en el Vacío, como si percibiera en lo que me convertiría. O tal vez lo que siempre había sido.

Eso despertó mi interés, así que pasé la página para leer el siguiente capítulo.

Tras casi cincuenta años recorriendo nuestro hermoso reino, coleccionando historias y recuerdos que a veces me gustaría poder olvidar, me topé con algo que desafiaba todo entendimiento.

Incluso ahora, que transcribo estas palabras a mis ciento vein tiún años, puedo afirmar que jamás he presenciado nada igual.

Mis andanzas me habían llevado a la cordillera sudeste de la región de Leidvra, donde había pocos pueblos y la naturaleza tenía secretos aún indómitos.

Me había unido a un grupo de guerreros atraídos por historias de ciertas bestias enormes que acechaban los ríos; una búsqueda lo bastante sencilla, o eso creía.

Sin embargo, lo que presencié ese día iba mucho más allá de una simple bestia. De hecho, querido lector, apenas me atrevo a ponerlo por escrito por temor a que dudéis de mi propia cordura. Un sifón.

Recorrí el río con la vista mientras la esencia parecía alzarse de sus profundidades como la niebla matutina, dejando las aguas grises y sin vida a su paso.

Aun así, no se trataba de destrucción, pues, mientras observaba paralizado, esa misma esencia se redi rigió hacia los campos circundantes, donde el calor cruel del verano lo había reducido todo a cenizas.

Ante mis propios ojos, el verde brotó de la tierra muerta; la vida fluyó de nuevo hacia tierras que se creyeron yermas durante mucho tiempo.

¿Comprendéis lo que describo, querido lector? Una fuerza capaz de redirigir el propio flujo de la esencia misma…

El corazón me martilleaba en el pecho mientras pasaba la página y me encontraba con que había unos bordes desiguales donde debería haber estado el resto del capítulo. Habían arrancado las páginas.

Me puse de pie de un salto y deambulé por los pequeños confines de mi habitación mientras la mente me iba a mil.

¿Un sifón? Con todos mis estudios en Sídhe, con todos los textos que había leído hoy en los archivos, nunca me había topado con algo así.

Pero las implicaciones… Si algo pudiera redirigir la esencia…

Volví a clavar la vista en el libro; su cubierta envejecida de pronto parecía más pesada que antes. Esta podría ser la pieza que me faltaba y que había estado buscando. La respuesta a todo.