Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

Saqué uno de los libros sobre la arcanita, intentando no pensar demasiado en lo que pudiera estar buscando él en esos registros.

¿Quería yo siquiera que encontrara algo sobre mis padres?

Me había pasado toda mi vida sin saber quiénes eran.

Enterarme de la verdad ahora parecía peligroso, como si pudiera hacer añicos la frágil idea que me había formado de mí.

La encuadernación de cuero crujió cuando abrí el libro; tenía las páginas amarillentas por el paso del tiempo.

Los primeros capítulos eran sobre distintos minerales y sus propiedades.

Algunos los reconocí de Sídhe: gemas preciosas que se usaban para artesanías, metales que podían mejorar encantamientos.

Otros parecían únicos de Umbrathia; sus usos me eran desconocidos. Me perdí en sus descripciones.

Al fin, llegué a la sección sobre la arcanita:

La arcanita sirve como conductor de la esencia.

Antaño se encontraba en abundancia en la cordillera nordeste de Freyheim.

Se usaba principalmente para fabricar armas antes de ser explotada con rapidez y distribuida por todo el reino.

El mineral posee una cualidad única desconocida en cualquier otra sustancia de Umbrathia: la habilidad de almacenar y dispersar esencia a la vez.

Cuando se encantan las armas con arcanita, algunos portadores logran transferir con éxito sus ataduras a la piedra, aumentando su potencial.

Leí el extracto dos veces y luego otra más. Algo no cuadraba. Arrugué la nariz mientras hojeaba las siguientes páginas en busca de más información.

—Este texto está mal —comenté al fin—. No dice nada de que la arcanita cree esencia.

—Porque eso sería erróneo —contestó Aether sin alzar la vista de su libro.

—En la Guardia, aprendimos que la arcanita es donde se crea la esencia. Que el reino moriría sin ella. —Las palabras me sonaron vacías incluso mientras las pronunciaba.

—Y yo te estoy diciendo que eso no es correcto.

—Desvié la vista a sus labios cuando alzó una mano y se humedeció un dedo antes de pasar la página—.

Umbrathia no ha tenido yacimientos de arcanita desde hace más de un siglo.

Se puede encontrar de vez en cuando alguna reliquia familiar, una espada o un arma incrustada con la piedra, pero eso es lo único que queda.

Lo sopesé durante un momento, recorriendo con los dedos las palabras de la página ante mí. Las implicaciones hicieron que se me retorciera el estómago.

—Puede almacenar esencia —añadió, ahora con una voz más baja—, pero no la crea. Eso proviene del reino en sí.

Lo fui comprendiendo poco a poco, y a continuación todo de golpe.

Era una mentira, como todo lo demás. Nos habían enseñado que los espectros iban en busca de la arcanita, que perderla haría que el reino se sumiera en la oscuridad.

Aquello nos había alejado de hacer preguntas que no querían responder.

Una táctica basada en el miedo, justo aquello de lo que Ma siempre les había acusado.

¿Hasta dónde habrían llegado estas mentiras? Pensé en Laryk, pero deseché el pensamiento a toda prisa. Estos engaños seguro que empezaron con los líderes militares que destruyeron Riftdremar en primer lugar. Habían reescrito la historia y enterrado la verdad bajo capas de falacias.

Necesitaba aire. Me puse de pie de sopetón y me dirigí al laberinto de estantes, permitiendo que mis dedos recorrieran los lomos de los libros.

Al final de un pasillo, me percaté de que había una sección bloqueada al fondo.

Un cartel decía que estaba restringida, pero la cuerda que por lo general prohibía la entrada se había apartado. La curiosidad me empujó hacia delante.

Cuando giré la esquina, alguien se sobresaltó y soltó sus libros con un ruido sordo.

Raven se encontraba allí; el pelo oscuro le caía por los ojos cuando miró a su alrededor como un animal asustado.

Había libros desperdigados en torno al sillón afelpado en el que estaba claro que se había apoltronado.

—Eh… Solo estaba… —Hizo un breve gesto hacia el desorden.

Contuve una sonrisa.

—¿Escondiéndote de Talon?

Se le relajaron los hombros un poco y una tímida sonrisa reemplazó su pánico.

—Me has pillado.

—No te preocupes. No se lo contaré a nadie. —Me agaché para recoger el libro que se le había caído, reparando en su encuaderna ción de cuero desgastada y sus filos bañados en oro—. La demostración de tu atadura en las pruebas fue impresionante, por cierto.

—Qué amable —respondió Raven mientras aceptaba el libro que le estaba tendiendo—. Aunque lo que enseñé no era ni el comienzo de lo que soy capaz de hacer de verdad. No pude demostrar todo su potencial con tanta facilidad en un ambiente así.

—¿En serio? —Me apoyé contra una de las estanterías, agradecida por la distracción de mis descubrimientos anteriores.

—Bueno… —Se encogió de hombros y siguió ordenando distraído los libros alrededor de su sillón—. Supongo que encantar espejos no es muy eficaz en combate, que digamos. No en el sentido tradicional, claro.

—¿A qué te refieres exactamente?

Se le iluminaron los ojos por el entusiasmo.

—Los espejos… Puedo formar vínculos con ellos, dejarlos en lugares. Usarlos para comunicarme a través de grandes distancias o… —Dudó mientras echaba un vistazo a su alrededor antes de proseguir en voz baja—: Ver lo que sucede a su alrededor. Como si mirara a través de una ventana.

Algo hizo clic en mi mente. Una atadura como esa sería de un valor incalculable en una operación militar. No me extrañaba que la Umbra lo hubiera colocado en los archivos en lugar de descartarlo directamente; sus habilidades no tenían que ver con el combate, sino con la inteligencia.

—Al menos, eso hacía —añadió; su entusiasmo disminuyó un poco—. Antes de que todo empezara a fallar. Ahora se requiere demasiada esencia solo para mantener una única conexión.

—Debe de ser complicado —repliqué, pensando en cómo mis propias habilidades jamás se habían debilitado, ni siquiera aquí. La culpa por tener ese privilegio me oprimía el pecho.

Se encogió de hombros; era evidente que intentaba deshacerse de ese momento de vulnerabilidad.

—Bueno, ¿qué está haciendo la nueva duskbound del reino en los archivos? Además de pillar a archivistas saltándose el protoco lo, claro.

—Buscar información sobre la arcanita.

—Suena apasionante —respondió, esbozando una sonrisa—. Aunque supongo que es más útil que mi material de lectura actual.

Miré el libro que todavía tenía en la mano.

—¿Y qué estás leyendo exactamente?

—Bueno, acababa de abrirlo, pero… —me dedicó una sonrisa tímida y me lo mostró— mi gusto es menos académico.

— Vida y aventuras de Krayken Vindskald —leí de la cubierta adornada—. Parece fascinante.

—En realidad, igual te interesa. Vindskald ya vivía antes de las cruzadas, cuando los duskbound aún nacían en libertad. —Se rio con sus propias palabras.

Muy a mi pesar, me intrigaba. La historia de los duskbound en Umbrathia era algo que quería comprender.

—¿No lo has comenzado?

—Tengo una lista de unos quinientos libros que leer. No lo echaré en falta durante un tiempo. —Hizo un gesto hacia los libros desperdigados alrededor del sillón—. Cada vez que decido cuál leeré después, me llama otro la atención. Nunca voy a poder con tantos, pero es divertido pensar que sí.

Me metí el libro debajo del brazo.

—Bueno, gracias por esto. Y tu secreto está a salvo conmigo.

—Avísame cuando te lo termines —dijo Raven, ya volviéndose a instalar en su sillón—. No mucha gente por aquí comparte mi gusto literario. —Hizo una pausa, y a continuación añadió con un toque de picardía—: Bueno, no muchos lo han admitido, más bien.

—Estoy segura de que a Talon le encantaría charlar de ficción histórica contigo.

—Ah, desde luego. Justo después de que me dé un sermón sobre las técnicas de conversación correctas. —Sonrió—. Y la postura correcta. Y puede que hasta la respiración correcta.

Fui incapaz de contener una sonrisa mientras me daba la vuelta para marcharme.

—Te dejaré con tu búsqueda extremadamente importante entonces.

Cuando volví a la mesa, Aether alzó la vista detrás de sus gafas y frunció el ceño.

—¿Otro arrebato?

—¿Sabes? Si te despertaras un día y te dieras cuenta de que todo lo que te han enseñado alguna vez es mentira, creo que nece sitarías tiempo para procesarlo lejos de miradas críticas. —Entrecerré los ojos.

Se limitó a asentir y a volver a su lectura, a pesar de que se le había suavizado un poco la expresión.

La tarde prosiguió mientras examinaba más textos y no encontraba nada sustancial. Nada que pareciera ayudarme a detener esta guerra. No fue hasta que Aether se estiró y se puso de pie cuando me percaté de lo tarde que se había hecho; el crepúsculo eterno se encontraba más tenue de alguna forma.

Antes de que pudiéramos marcharnos, Raven corrió hacia mí y me dejó un espejito compacto en la mano.

—Por si quieres charlar de cualquier cosa que leas. —Me dedicó una sonrisa misteriosa antes de desaparecer hacia los archivos.

Volvimos al fuerte juntos. La mente se me llenó de posibilidades, cada una menos esperanzadora que la anterior. ¿Cómo se suponía que iba a presentarle algo a Urkin cuando todo llevaba a un punto muerto?

En la entrada, Aether se detuvo.

—Voy a dar un paseo con Nihr. —Dudó un momento antes de añadir—: ¿Te gustaría unirte con Tryggar?

La invitación me pilló con la guardia baja. Ya habíamos pasado todo el día juntos, aunque fuera en silencio.

—Esta noche, no —respondí—. Tengo que… —Hizo un gesto impreciso hacia la nada.

Él asintió antes de emprender el camino a los establos y dejarme sola con mi creciente sensación de inutilidad y el peso del libro de Vindskald presionado contra el pecho.