Capítulo 28 #2
Me dolía la cabeza por la falta de sueño.
Me había pasado media noche encorvada sobre el escritorio, tratando de trazar un plan que no terminara con más derramamiento de sangre.
Sin embargo, todos los intentos habían fracasado; cada estrategia se había desvanecido bajo el peso de lo que estaba sucediendo en realidad.
La verdad era que no sabía lo suficiente sobre Umbrathia, su historia, Riftdremar, la arcanita o cualquier otro factor que nos hubiera llevado hasta aquí.
Si iba a detener esta guerra, tenía que entenderla primero.
Y para eso necesitaba los archivos. Y para eso necesitaba a Aether.
Vexa había mencionado que los miembros de rangos más altos vivían en las plantas superiores cuando me había mostrado mi habitación.
«Jerarquía», había dicho poniendo los ojos en blanco.
Si los generales ocupaban la sexta planta, entonces la lógica me sugería que Aether se encontraría en la quinta.
Una parte de mí se preguntó si habrían erigido otra torre si él hubiera aceptado la oferta de comandar todas las fuerzas de la Umbra.
La otra parte se preguntaba por qué no lo había aceptado.
Aparté los pensamientos sacudiendo la cabeza mientras recorría los corredores oscuros.
No era gran cosa, pero era mejor que vagar sin rumbo por el fuerte o pedir indicaciones.
Por fin llegué a una puerta con una placa plateada en la que tan solo se podía leer A ether . La única sin apellido.
Llamé una vez, luego otra, y pegué la oreja contra la madera cuando nadie respondió. Por supuesto que no se encontraba allí. Seguro que estaba en cualquier otro sitio siendo misterioso y taciturno con lo temprano que era.
—¿Puedo ayudarte?
La voz profunda sonó a mis espaldas, y me giré para ver a Ae ther ahí parado con nada más que una toalla colgada en la parte baja de las caderas.
El agua le goteaba del pelo negro a los hom bros marcados por las quemaduras del Vacío, trazando su pecho de una forma que hizo que se me secara la boca.
Me di la vuelta tan rápido que casi perdí el equilibrio.
—Perdona —logré soltar; la palabra me salió en un tono tan débil que me dio vergüenza.
—Qué manera tan interesante de empezar la mañana —soltó—, aunque supongo que es mejor que descubrir que estás tratando de escapar otra vez.
Pasó a mi lado para abrir la puerta tan cerca que pude oler el jabón y la lluvia. Me aparté de un salto y él me miró con una ceja alzada.
—Qué asustadiza estás.
—Y qué desnudo estás tú —repliqué, clavando la vista en la pared.
—Es mi planta. —La cerradura se abrió—. Y tú eres la que está acechando fuera de mi puerta.
—No estaba acechando. Estaba llamando.
—Ah, sí, con la oreja apoyada contra la madera. Muy digna.
Me arriesgué a echar un vistazo en su dirección, y de inmediato me arrepentí cuando otra gotita se le deslizó pecho abajo.
—Esperaba que fueras a los archivos hoy.
—¿Tan pronto me pides que te devuelva el favor? —Se apoyó en el marco de la puerta, al parecer sin importarle su estado de desnudez.
—No pareces tener nada mejor que hacer después de acechar mi puerta durante semanas y semanas.
—¿No se supone que deberías estar trazando un plan para Urkin? —Frunció el ceño.
—Sí. Y esa es precisamente la razón por la que tengo que visitar los archivos —respondí.
Desapareció en su habitación y dejó la puerta abierta. Me quedé firme en el pasillo, examinando el intrincado trabajo en piedra del techo.
El silencio aumentó hasta que me dieron ganas de gritar. A través de la puerta abierta, atisbé un poco su cuarto: austero pero ordenado, con mapas cubriendo una pared y lo que parecían armas expuestas en la otra.
—Bueno, ¿debería tomarme tu silencio como un sí? —pregunté al fin.
—Si me dejas ponerme algo más presentable. Prefiero no escandalizar a toda la torre.
Otra oleada de calidez me invadió.
—Te esperaré aquí fuera.
—Puede que sea lo más inteligente. —¿Era mi imaginación o se le notaba una sonrisa en la voz?—. Aunque igual quieres trabajar en tu cara de póquer si estás planeando negociar la paz. Aún sigues sonrojada.
—No estoy… —comencé a contestar, y luego me detuve—. Venga, date prisa.
El paseo a los archivos nos llevó a través de los terrenos del fuerte, más allá de los campos de entrenamiento donde los más madrugadores ya estaban haciendo ejercicios.
El edificio de los archivos se erguía entre el fuerte y la ciudadela, todo de piedra pulida, con ventanas altísimas y con cristales teñidos de lo que parecían tributos a los Esprithe.
Dentro, se alzaban hacia arriba unos arcos de madera terminados en punta, creando pasillos ensombrecidos entre las altas estanterías.
El olor a pergamino viejo y encuadernaciones de cuero me inundó los pulmones cuando entramos, y algo me recordó a la co lección de textos medicinales de Ma.
Aparté ese pensamiento an tes de que pudiera arraigarse.
Sobre nosotros se levantaban muchos niveles conectados por estanterías de hierro forjado en espiral.
Las lámparas de aceite de latón iluminaban con una luz cálida a intervalos; su brillo apenas llegaba al techo abovedado.
De alguna forma, los archivos habían mantenido una especie de belleza eterna que la sequía no había conseguido alcanzar.
Un movimiento me llamó la atención: Talon se encontraba en un escritorio cerca del fondo, rodeado por un pequeño grupo de archivistas.
Reconocí a Raven entre ellos, atento a lo que el hombre les estuviera explicando sobre el sistema de clasificación.
Al acercarnos, este último alzó la vista y su expresión cambió al percatarse de nuestra presencia.
—Tomaos un descanso —les dijo a los demás, alisándose la ropa—. Volveré en un segundo.
Se encontró con nosotros a mitad del pasillo principal e inclinó la cabeza un poco.
—¿Os puedo ayudar a encontrar algo en especial?
—Sé cómo manejarme —dijo Aether—. No quiero interrumpir tu lección.
—Tonterías. —Talon se fijó en mí—. Sería muy descortés no brindarle ayuda a nuestra nueva duskbound.
Me puse colorada al oír el título, pero me las arreglé para asentir.
—Gracias.
—Estaré en la sección de registros clasificados —soltó Aether, ya dirigiéndose hacia una de las escaleras en espiral—. Para cuando termines aquí.
Talon me guio a través del laberinto de estanterías y de vez en cuando me señalaba las diferentes secciones mientras andábamos. Sus movimientos eran delicados, casi reverentes, como si cada libro y pergamino tuviera un valor inestimable. Dado el estado del reino, quizá fuera así.
—La mayoría de nuestros textos más antiguos se guardan en habitaciones con temperaturas controladas —explicó; su voz resonaba por todo el espacio.
Lo seguí, tratando de memorizar la disposición al tiempo que una inquietud se apoderaba de mí. Iba a necesitar mucho más que una semana para revisar tanta cantidad.
—¿Tienes algún registro sobre la arcanita? —pregunté—. De sus propiedades, sus usos.
El interés se le reflejó en la cara, o tal vez la desconfianza.
—Sí. —Me estudió por un momento—. ¿Qué quieres saber exactamente?
—Todo —contesté—. Si voy a ayudar a detener esta guerra, tengo que entender lo que la originó.
Talon echó un vistazo por los pasillos antes de bajar la voz.
—Umbrathia jamás tuvo grandes yacimientos del mineral. Agotamos las provisiones de las que disponíamos hace casi un siglo. Algunos textos, he de suponer, también se perdieron en aquel tiempo… —Sa cudió la cabeza—. Lo que queda son fragmentos como mucho.
—Tú oriéntame en la dirección adecuada y veré lo que puedo encontrar.
Solté la pila de libros en la mesa con un golpe sordo.
Aether se encontraba en la otra punta con las piernas en alto, muy absorto en lo que fuera que estaba leyendo.
Su uniforme informal le envolvía la figura de un modo que la ropa de cuero de combate no hacía; la tela le marcaba los muslos.
Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la mandíbula cuadrada tensa.
No obstante, lo que me pilló desprevenida fue el par de gafas de lectura con montura de alambre que llevaba sobre la nariz, haciéndole sombra en el contorno de los pómulos. Verlo así, al bruto guerrero con gafas de intelectual, me afectó de una manera absurda. Me reí en voz alta.
Levantó la vista con una ceja alzada por encima de la montura.
—¿Te divierte algo?
—No sabía que llevabas gafas. —Señalé levemente su rostro, aún conteniendo una sonrisa.
Él suspiró y puso el libro abierto bocabajo en la mesa. Alcancé a leer un poco del texto, que tenía una letra impresa tan enana que me dolieron los ojos solo de mirarla.
—Ah —dije—. ¿Has encontrado algo interesante?
—Hay mucho que revisar. —Volvió la vista hacia la página, y un mechón negro le cayó por la frente. Me encontré contemplándolo más tiempo del que debería haberlo hecho—. La mayoría es irrelevante.
Asentí y me volví hacia mi pila de libros.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Aether cuando tomé asiento.
—Nací hace veintitrés años, el sexto día de Ainthe.
Aether golpeó una pluma contra la mesa y alcé la vista para mirarlo. Me estaba estudiando con una expresión de curiosidad.
—Tu cumpleaños fue hace unas semanas, así que tendrás veinticuatro ya. —Alzó una ceja.
¿Cómo había pasado el tiempo tan rápido?
Veinticuatro. Recordé el año anterior, lo que había hecho para celebrarlo.
No me gustaban las grandes fiestas, pero Osta solía sacarme a rastras del piso e invitarme a cenar.
El año pasado, había estado tan fuera de control que ni siquiera se lo había permitido.
Había recogido comida de camino del trabajo a casa y habíamos jugado a las cartas en el suelo. Contuve una sonrisa.
—Ah, pues veinticuatro, supongo —respondí tras unos instantes.
—Eso será de gran ayuda, gracias. —Volvió a centrar la atención en sus registros.