Capítulo 28
M e encontré sentada en una mesita auxiliar con una pluma suspendida sobre un pergamino fresco mientras cinco hombres tomaban asiento ante un escritorio inmenso de madera caoba tallada, patas doradas y cuya superficie reflejaba la luz de la tarde que se colaba por las altas ventanas.
Detrás de él, dos serpientes esmeraldas se enroscaban alrededor de una espada en la pared: el blasón de Sídhe.
Mis ojos encontraron a Laryk al instante; era imposible ignorar su presencia.
Estaba tamborileando los dedos contra el reposabrazos de su silla y mantenía la otra mano presionada contra la boca mientras miraba hacia delante con el ceño fruncido, pensativo.
Los otros hombres se removieron en sus asientos: uno con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho y la mandíbula tensa como si estuviera conteniendo físicamente palabras; otro estaba jugueteando con el dobladillo de la chaqueta.
La puerta se abrió, y el rey de Sídhe se adentró en la estancia.
Sydian. A pesar de la oscuridad bajo sus ojos violetas y el ligero desorden de su cabello salpicado de canas, se movía con la gracia innata de la realeza.
Los generales se pusieron de pie e hicieron una reverencia a la vez, aunque el rey apenas pareció notarlo mientras tomaba asiento en su silla.
Se frotó los ojos; el agotamiento era evidente en cada uno de sus movimientos.
Mi pluma se deslizaba contra el pergamino, grabando la fecha, la hora y los puestos de los presentes.
—Tú has pedido esta reunión. —El rey clavó los ojos en uno de los hombres, el que tenía los brazos cruzados.
—Majestad. —El hombre se enderezó—. No hemos detectado actividad en la frontera desde hace dos meses y aun así me veo en la obligación de mantener a toda mi facción apostada en el oeste.
Mis soldados están cansados, tienen familias en otras partes de la isla que los necesitan.
Ya no puedo justificar que sigan todos allí.
El rey dirigió la vista a Laryk antes de devolverla al primer general. Hundí mi pluma y empecé a anotar el intercambio.
—Solicito permiso para retirar a la mitad de mis fuerzas a sus puestos de origen.
Laryk masculló algo entre dientes que no pude oír, aunque mi mano anotó su interrupción.
Todos los ojos se volvieron hacia él.
—Secundo esta petición. —Otro general se levantó, el jefe de la facción de los sanadores, y habló con menos seguridad que el primer general—. Nuestros mejores sanadores permanecen apostados en la frontera. Serviríamos mejor a nuestra gente si…
—He puesto a Laryk al mando de todas las decisiones de la Guardia y todos los asentamientos. —La voz del rey atravesó la sala.
Entonces, otro general se puso de pie; su silla arañó la piedra.
—Señor, no creemos que eso sea lo mejor para los intereses de la Guardia.
Laryk se levantó como un resorte y acortó la distancia entre ellos en dos zancadas.
—Ni siquiera he pedido la ayuda de la facción Cuerpo —espetó furioso y tan cerca que el otro general dio un paso atrás—. Así que no veo por qué te ves capacitado para hablar de este asunto.
—Sentaos. —El rey se recostó; las sombras de sus ojos se profundizaron—. Sentaos todos.
Mi pluma corría por el pergamino, captando cada palabra mien tras los generales tomaban asiento.
—Ashford —prosiguió el rey—, explícame por qué necesitas tanta presencia en el oeste cuando hemos tenido tan poca actividad en la grieta.
Laryk suspiró y se serenó antes de hablar.
—Porque van a volver. No sé cuándo, pero sí que tenemos que estar preparados.
Como bien sabéis, contamos con una nueva estrategia.
—Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en el escritorio y la mirada en sus ojos me hizo detener mi escritura—.
Vi algo extraordinario la noche que llegaron a Emeraal.
Algo que nunca había presenciado, algo que parecía imposible.
El sonido de mi pluma era lo único que se oía a medida que él continuaba.
—Lo he mantenido en secreto mientras trataba de determinar si lo que vi era real.
No obstante, tras meditarlo, estoy seguro.
—Bajó la voz—. Un hombre entre las sombras; vi su cuerpo tan claro como el día.
No son monstruos de cuentos. Son soldados inteligentes y competentes que pueden ocultarse de algún modo.
Son una amenaza aún mayor de lo que jamás habríamos imaginado.
Tal vez haya algo más detrás de sus ataques de lo que pensábamos al principio.
Muchos generales se mofaron, pero el comportamiento del rey cambió por completo; su atención de pronto se volvió aguda como una hoja.
—Menuda afirmación, general Ashford.
Laryk le sostuvo la mirada.
—Y se la llevaron a ella. A Fia Riftborne. La única que podría haber revelado potencialmente lo que eran.
—Mataron a esa chica, Ashford —lo interrumpió uno de los generales más mayores—. Te estás comportando como un loco por una simple iniciada.
La silla de Laryk se estrelló hacia atrás cuando él increpó al hombre.
—Dejaron los cuerpos atrás. Hay una razón por la que se la llevaron a ella. Y hay una posibilidad de que todavía siga con vida.
Entonces, el rey se puso de pie y plantó las manos encima del escritorio con tanta fuerza que hizo que mi tinta traqueteara.
—Ashford, me he dado cuenta de que perdiste un foco de gran potencial aquella noche.
Sé lo duro que has trabajado para prepararla.
Entiendo tu pérdida. Sin embargo, he de estar de acuerdo; seguro que la chica estará muerta.
—Se calló, y algo en su tono hizo que de tuviera la mano sobre el pergamino—.
Porque si no lo está y se ha pasado dos meses enteros con el enemigo, si no ha encontrado una forma de volver a nosotros…
Bueno, según nuestras leyes, se la consideraría una amenaza para el reino.
Y eso requeriría un interrogatorio inmediato.
Laryk se quedó paralizado.
—Con todo respeto, Majestad, esas leyes están anticuadas y son incapaces de abordar la complejidad de la situación. ¿Y si es incapaz de volver a Sídhe? ¿Y si la han retenido como prisionera? ¿Y si…?
—Ya he oído suficiente. —La voz del rey retumbó por la habitación como un trueno—. Ashford, mantén las facciones en las fortificaciones del oeste, pero no oiré otra palabra al respecto. Te elegí por un motivo; no hagas que me arrepienta de mi decisión.
Justo cuando se giró para marcharse, unos golpes en la puerta resonaron en el silencio.
—Adelante —ordenó el rey con un gran agotamiento en la voz.
La puerta se abrió con un chirrido y reveló a un soldado con un uniforme verde y el rostro pálido.
—Siento interrumpiros, Majestad, pero ha ocurrido algo. —El hombre tragó saliva con fuerza—. Se necesita a todos los generales en Stormshire de inmediato.
Mi pluma golpeó el escritorio cuando el sueño empezó a desvanecerse, pero no antes de ver la mirada que intercambiaron Laryk y el rey.
Me levanté de la cama de un salto con los ojos brillantes mientras reconocía la estancia a mi alrededor, mi nueva habitación en el alojamiento de la Umbra.
Me llevé una mano al pecho, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón debajo.
Los generales. O no sabían lo que estaba sucediendo al otro lado de la brecha, o eran unos actores increíbles.
Sin embargo, el rey… Su reacción a lo que Laryk vio aquella noche en Emeraal, lo que había insinuado de que necesitarían interrogarme si alguna vez volvía…
No se me ocurría ni una sola razón por la que fuera tan evasivo, a menos que lo supiera.
A menos que supiera con exactitud lo que estaba haciendo, a quiénes les estaba robando.
El secreto que estaba ocultando incluso a sus generales de alto rango.
El alivio me invadió y de pronto empecé a sentirme mareada. Laryk no lo sabía. No tenía ni idea de lo que hacía Sídhe en realidad. Lo estaban usando, al igual que a mí. Al igual que al resto de la Guardia.
Y me estaba buscando. Incluso ahora. Incluso tras semanas de silencio.
Bajé los pies al suelo de piedra y me pasé una mano por el pelo, tratando de procesar toda la nueva información.
Laryk iba a mantener la Guardia apostada en el oeste; aquello no era nuevo.
No obstante, había mencionado algo sobre una nueva estrategia, y pensar aquello hizo que se me helara la sangre.
Por si el ultimátum de Urkin no me pareciera ya bastante carga, esto acababa de aña dir más presión. Tenía que encontrar algo, lo que fuera.
Y sabía lo que debía hacer.
El pasillo fuera de mi dormitorio se encontraba extrañamente vacío sin la presencia acechante de Aether. No había ninguna figura oscura contra la pared ni ojos dorados observando mis movimientos. Casi lo eché en falta, casi. Al menos, cuando era mi carcelero, sabía dónde encontrarlo con exactitud.
Una luz grisácea se filtraba por las ventanas como siempre, pero el fuerte seguía en silencio; la mayoría de sus residentes aún dormían. Una mujer emergió de la sala de duchas común y se fijó en mí antes de girar la esquina corriendo.
Me tiré del cuello; todavía no me había acostumbrado a la tela rígida del atuendo casual de la Umbra.
La palabra «Umbría » se sentía pesada estampada en el bolsillo del pecho.
No era muy distinto de mi uniforme de la Guardia en realidad, aunque la forma era más aerodinámica, más ajustada y estructurada en comparación con el esplendor del de Sídhe.
Sentí una punzada de culpa en mi interior.
El rey no se equivocaba mucho al querer que me interrogaran.
Con las decisiones que había tomado, ni siquiera sería ya una amenaza.
Sería una traidora al reino. Sabía que eso era lo que parecería.
Tan solo esperaba que Laryk creyera que intentaba salvarnos a todos.