Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

E l d espacho de Urkin parecía pequeño con todos nosotros allí metidos.

Los demás iniciados y yo nos encontrába mos delante de su escritorio mientras el resto de la Unidad Um bría estaba pegado a las paredes.

Unos mapas, doblados por los bordes debido al constante manoseo, cubrían todas las superficies y unos informes yacían desperdigados por la mesa, ilegibles desde mi lugar.

—Tres días —dijo Urkin con tono tenso—. Hace tres días que Valkan se marchó y ni una sola casa noble ha tenido noticias suyas. —Tamborileó los dedos sobre una carta que llevaba el sello de los Skaldvindr—. Aunque algunas han dejado muy clara su postura.

Volvió la atención hacia mí; su expresión cambió a una mirada menos hostil, pero no más cálida.

—Y nos las hemos arreglado para conseguir una verdadera duskbound.

La primera en siglos en nacer de sangre común.

—Las palabras sonaron forzadas—. Y una extranjera, nada menos.

—Casi pude palpar el desdén persistente.

Él suspiró, como si se calmara a sí mismo—. Tu salida del Vacío fue… impresionante.

Viniendo de él, el cumplido sonaba extraño, sobre todo dadas nuestras interacciones previas. Sin embargo, antes de que yo tuviera ocasión de contestar, él ya estaba continuando.

—Los Skaldvindr retiraron su apoyo en el instante en el que salió volando —señaló Effie—. Los demás lo hicieron unas horas después.

—Como ratas que saltaran de un barco que se hunde —murmuró Vexa desde su sitio cerca de la pared.

—¿Y qué hay de sus hombres? —Urkin barrió el grupo con la mirada—. ¿Se les ha visto?

—No —respondió Aether—. Se han esfumado con él.

—Igual todavía no han llegado a Draxon —intervino Theron.

—Ha perdido el apoyo del Consejo, pero no subestiméis la voluntad de sus súbditos. Esta sigue siendo una situación tensa. Creo que los hechos acontecidos fuera del Vacío solo han avivado su furia aún más.

Las implicaciones de aquello quedaron suspendidas en el aire. Se me revolvió el estómago al recordar esos ojos blanquecinos y esa gracia antinatural.

—¿Qué pasa con lo de Kenna? —preguntó Mira—. ¿Habrá consecuencias por lo que le ha hecho?

La sala se sumió en un silencio sepulcral. A Urkin se le crispó la cara del disgusto, pero, cuando habló, su voz era comedida.

—Sin pruebas, no hay nada que podamos hacer.

—¿Nada? —La voz me salió cortante como una hoja—. Emergió del Vacío con sangre en la boca y Kenna jamás apareció. ¿Qué más prueba que esa necesitas?

—Cuidado. —El tono de Urkin se volvió peligrosamente grave—. No entiendes lo delicada que es la situación.

—Pues explícamelo.

Varios de los umbríos se removieron incómodos. No obstante, Urkin no apartó la vista de mí, con la mandíbula tensa como si se estuviera conteniendo físicamente.

—Intentamos prevenir una guerra civil —masculló al fin—.

La influencia de Valkan es mucho mayor de lo que crees.

Sus seguidores son unos fanáticos. Una acusación, el más mínimo indicio de persecución, y medio reino se alzaría.

—Se levantó y plantó las palmas contra el escritorio—.

¿Es eso lo que quieres? ¿Más muertes? ¿Más caos?

¿Mientras Sídhe continúa drenando la poca esencia que nos queda?

La mención de Sídhe hizo que le brillaran los ojos.

—Hablando de eso. —Se enderezó y cambió de tema con una eficiencia adquirida con la práctica—. Hace casi dos meses de nuestra última misión. La sequía se propaga mientras nosotros estamos aquí sentados hablando de política.

—Lo cierto —me adelanté, aprovechando la ocasión— es que he estado pensando en eso. ¿Y si hablo con los líderes de la Guardia y les hago entender…?

Una carcajada áspera me interrumpió.

—¿Hacerles entender? —La voz de Urkin rezumaba burla—. ¿Crees que puedes ir sin más a la frontera y entablar una charla amigable acerca de cómo nos están drenando?

—No lo comprendes. La gente de la Guardia ni siquiera sabe que sois personas. Se les ha contado que sois monstruos que se han colado de otro mundo, decididos y empeñados en destruir las reservas de arcanita y condenar al reino a una era de muerte.

—Qué irónico —gruñó Vexa.

Urkin se paseó detrás del escritorio.

—Poco me importa eso. Nuestros soldados mantienen su forma umbría para protegerse. Revelar lo que de verdad somos solo los dejará vulnerables. Morirán más.

—Estarás contribuyendo a las mentiras de Sídhe entonces — repuse, y pensé que a Urkin le iban a estallar los ojos en la cara.

—He servido a este reino durante treinta años. No creas ni por un segundo, chiquilla, que puedes venir aquí a darme órdenes. Que tienes idea de cómo liderar una guerra.

—Me metí en esto porque acordamos que consideraríamos soluciones alternativas.

—Yo no he llegado a ese acuerdo contigo —espetó él.

Le lancé una mirada a Aether y a Vexa, implorándoles en silencio que me apoyaran. Me lo habían prometido.

Vexa se acercó; su voz salió moderada.

—Tiene conocimientos profundos de su estructura militar y su liderazgo. Ese tipo de información podría ser incalculable.

—Tiene conocimientos de su Guardia —añadió Aether con la vista clavada en Urkin—. Y de la toma de decisiones. Una perspectiva con la que nunca habíamos contado antes.

—No me sirve de nada si no provee a mis tropas con sombras —espetó Urkin.

—Ya te lo he dicho —repliqué, esforzándome por mantener la voz firme—, no te voy a ayudar a atacar Sídhe sin considerar antes otras opciones.

Urkin soltó una gélida carcajada.

—Qué chica más ingenua. ¿Crees que eso es todo lo que las sombras hacen? ¿Que solo las usamos como armas? —Suspiró; la exasperación era evidente en todo su rostro—. Sirven a propósitos más elevados que ese.

—Las sombras nos permiten recopilar información —intervino Rethlyn, alejándose de la pared—. La mayor parte de nuestro trabajo consiste en reunirla sin que nos detecten, desplazándonos sin ser vistos por su territorio.

—Ya han incrementado la Guardia en la frontera oeste —dije; las palabras se me escaparon antes de que pudiera contenerlas. Se produjo un silencio pesado en la habitación.

—¿Y cómo ibas a saber tú eso en concreto? —La voz de Ae ther tenía una extraña nota de curiosidad.

—Porque eso es lo que Laryk… —Me detuve a tiempo—. Lo que los generales harían.

—Pero ¿por qué ibas a pensar eso? —insistió Aether—. No hemos cruzado la brecha en meses.

—Porque me capturasteis.

—¿De veras eres tan vanidosa? —La voz de Urkin estaba cargada de desdén.

Noté la mirada de Vexa al otro lado del escritorio. Gesticuló un áspero «no» con la boca, y me percaté demasiado tarde del peligroso lugar en el que me había metido.

—Te estoy dando información valiosa. —Me apresuré a cambiar de tema—. ¿No es eso lo que quieres?

Urkin se pinzó el puente de la nariz, y una vena le palpitó en la sien.

—¿Quieres demostrar tu valía? Bien. Pero antes deberás completar el traspaso del Vacío.

Hoy. Estos reclutas tienen que comenzar su entrenamiento y no pueden hacerlo sin sombras.

—Entornó los ojos—. Haz la ceremonia ahora y te daré una semana para presentar un plan alternativo.

Después de eso, procederemos según considere oportuno.

Se me formó un nudo en el estómago ante el peso de su demanda.

—La ceremonia de traspaso del Vacío… —empecé a decir, pero Urkin ya se estaba dirigiendo a zancadas hacia la puerta.

—Ahora —ladró por encima del hombro—. Todos vosotros.

Vexa avanzó la primera, intercambiando miradas con Aether.

—Vamos —dijo mientras nos hacía señas para que la siguiéramos—. Acabemos con esto de una vez, Fia.

Condujeron a nuestro grupo hacia el interior de la ciudadela a través de pasillos sinuosos de obsidiana tallada. Las paredes parecieron estrecharse aquí; las llamas de las antorchas me calentaban la piel. Al final, entramos en una cámara circular que me hizo trastabillar.

En el centro, había lo que parecía algún tipo de plataforma elevada con bordes puntiagudos. En el suelo, se habían excavado unos canales que llegaban al artilugio como las venas al corazón.

—Aquí —indicó Effie, haciendo un gesto exagerado que desentonaba con la inquietante maquinaria— es donde ocurre la magia.

—Parece más bien algún tipo de aparato de tortura anticuado —susurró Mira, siguiendo con los ojos los ángulos afilados de metal negro.

—¿Has podido conjurar sombras ya desde que saliste del Vacío? —inquirió Effie, ignorando el comentario de Mira.

La pregunta me pilló desprevenida. Ni lo había intentado.

—Entonces ¿así es cómo compartís las sombras? —Lael se aproximó con evidente fascinación en su rostro juvenil.

—Más o menos —contestó Rethlyn—. Los canales ayudan a dirigir el flujo; lo hacen más… controlado. —Señaló los intrinca dos patrones grabados en el suelo—. De lo contrario, puede ser un poco…

Theron examinó la maquinaria con la mirada, estrechando los ojos.

—¿Y esto es mejor que una transferencia directa? He leído que se pueden compartir a través del contacto con la piel.

—Puede funcionar en caso de apuro. —Vexa sonrió—. Sin embargo, no recomendamos el contacto directo a través de la piel.

Effie contuvo una carcajada.

Me disponía a preguntar qué broma no estábamos pillando cuando habló Mira.

—Entonces ¿cómo funciona esto exactamente? —preguntó, acercándose para examinar uno de los canales. Su habitual expresión turbada había dado paso a una curiosidad genuina.

—Las sombras fluyen por estos conductos —explicó Effie, recorriendo con el dedo los patrones intrincados—. Cada canal conduce a un punto distinto donde el recipiente puede recibirlas. Las runas ayudan a controlar el flujo y fortalecen la conexión.

—He estado trabajando en una versión portátil —agregó Vexa—. Pero, de momento, este es el método más fiable.

—Lo entenderéis mejor una vez que comience el proceso. —La voz de Aether nos llegó de las sombras cerca de la pared—. Fia, ponte en el centro. El resto de vosotros, colocaos en los puntos de conexión.

El corazón se me aceleró cuando di un paso hacia la plataforma.