Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

S entía el uniforme pesado en las manos mientras lo colgaba en el armario de mi nueva habitación.

Negro y ajustado, marcado con patrones que me identificaban como umbría.

Como umbra. Pasé los dedos por el material.

El sonido de pasos por el corredor hizo que deslizara la vista hacia la puerta.

Al menos, esta vez tenía un pestillo por mi lado en vez de por el de ellos.

Me desplomé en el borde de la cama, con el agotamiento calándome los huesos. Los otros decían que los recuerdos del Vacío se desvanecerían, que la mente se protegía a sí misma enterrando lo peor de lo que te mostraba. Sin embargo, ahora mismo, cada visión parecía una cuchilla afilada.

El Enclave. Leila y su marca. Ma y su miedo. Laryk y su… Cada escena estaba diseñada para quebrarme, para obligarme a rendirme a la oscuridad. Aunque era la última visión la que más me atormentaba. Parecía diferente a las demás. Real de un modo que el resto no.

Cerré los ojos y la reproduje en mi mente.

La mujer con su cabello largo y rebelde.

El hombre que la agarraba con la piel pálida y falta de color y sombras alrededor de los ojos.

Con los brazos apretados alrededor del otro, ambos con aquellos brazaletes de oro que reflejaban el violento fuego que los rodeaba.

La mirada que intercambiaron hizo que el estómago me diera un vuelco.

El Vacío había dicho que era la visión que más había estado esperando ver, aunque yo no era consciente de que estuviera esperando nada.

No obstante, parecía importante, si bien no podía desentrañar por qué.

La manera en la que habían elegido afrontar las llamas juntos…

Dirigí la vista a mi reflejo en el espejito encima del lavabo.

Las palabras de Vexa resonaron en mi mente. «Eres más que una duskbound».

Recorrí las sombras bajo mis ojos, muy parecidas a las que tenía el hombre de mi visión. Estaba claro que era un kalfar. Pero la mujer…

Aparté el pensamiento. El Vacío me había mostrado con exactitud lo que sabía que me iba a doler más, mis miedos más profundos, mis vergüenzas más ocultas. ¿Por qué esta visión iba a ser distinta?

«Tú no eres como ellos», había dicho el Vacío.

Volví a pasearme; notaba el suelo de piedra frío bajo los pies. Incluso Aether se había percatado de que había algo diferente en mí.

Me volví a sentar en la cama; las piernas de pronto no fueron capaces de sostenerme.

La Umbra había estado en Riftdremar para tratar de forjar una alianza.

Me había enterado de muchas cosas por Vexa y los otros.

Habían ido allí antes de la guerra, antes de que los Soleil lo redujeran todo a cenizas.

Habría habido contacto, negociaciones. La fecha coincidiría con…

¿Con qué? Ni siquiera estaba segura de lo que intentaba descifrar.

El rostro de la mujer se me vino a la cabeza de nuevo. Me resultaba muy familiar. La forma en la que se le movía el cabello en el calor de las llamas, salvaje y descontrolado, como…

Me dirigí la mano a mi propio pelo y enredé los dedos en los mechones blancos.

¿Un kalfar y una… aossí? El pensamiento me resultaba peligroso incluso a mí. ¿Los estaban rodeando las llamas de los Soleil? Se me heló la sangre. Los brazaletes dorados. Como el que había traído a Sídhe conmigo cuando era niña; la única posesión que me ataba a Riftdremar. A mi familia.

¿Era eso posible siquiera?

Medio kalfar, medio aossí. Sentía la mera posibilidad como una daga contra la garganta.

Aquello explicaría muchísimas cosas: por qué jamás me había sentido en casa en ningún reino, por qué mis habilidades siempre habían sido distintas.

Por qué mi telaraña funcionaba como nada que hubieran visto antes.

Por qué me parecía a ambos, pero a ninguno al mismo tiempo.

No obstante, si era cierto…

Un golpe en mi puerta interrumpió mi espiral de pensamientos. Me sequé la cara a toda prisa, pues ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando. Cuando abrí la puerta, Aether se encontraba allí.

—Lael está despierto —dijo—. Comiéndose todo lo que se le pone por delante, de hecho.

El alivio me inundó, pero la confusión lo siguió al instante. Había una diferencia en la manera en la que me miraba. Ya no fruncía el ceño como de costumbre.

—¿Cómo te sientes?

La pregunta me dejó desconcertada.

—¿Estás interesado de verdad o solo quieres charlar?

—Me puedo ir —dijo, mirándome a la cara con ojos brillantes—. Es obvio que te he pillado en mitad de algo.

Se me puso la cara colorada cuando me percaté de que se habría dado cuenta de que había estado llorando. No obstante, hizo un gesto hacia la pila de uniformes de cuero esparcida por mi cama, ofreciéndome una salida.

—Para tratarse de un reino agonizante, sin duda, tenéis un montón de cuero —espeté, agradecida por la evasión.

Casi esbozó una sonrisa con los labios.

—Bueno, no desollamos una vaca cada vez que alguien entra en la Umbra, si eso es lo que estás dando a entender.

—Hizo una pausa y me miró de arriba abajo antes de dirigir la vista hacia la ventana—.

Pero sí tenemos reservas por todo el reino.

—Las palabras le salieron con incomodidad, como si no estuviera muy seguro de por qué estaba explicándomelo.

—Bueno, ¿qué puedo hacer por ti? —Alcé una ceja.

—¿Tenemos que quedarnos en el marco de la puerta?

Ladeé la cabeza en su dirección, con la sospecha acechándome, pero me hice a un lado para dejarlo entrar.

Su presencia hizo que la habitación pareciera de inmediato más pequeña, más reducida.

Se dirigió a la ventana, y me encontré observando el modo en el que la luz tenue se le reflejaba en los piercings, cómo incluso sus sombras parecían tranquilas.

Se hizo un silencio entre nosotros, interrumpido por miradas extrañas y casi incómodas. Seguí esperando su petición, su tarea, la razón que fuera que lo hubiera traído aquí. Sin embargo, él se limitó a quedarse ahí parado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Estás fingiendo ser amable ahora que has conseguido lo que querías? —pregunté al final.

—En realidad, solo he venido a alardear. —Me sostuvo la mirada, y ese atisbo de sonrisa reapareció.

—¿A alardear? Qué indecoroso —repliqué.

—Tú eres la que salió volando del Vacío como si estuvieras montando un espectáculo. —Su voz era seca, pero había un deje de diversión en sus ojos.

—Bueno, alguien tenía que hacerte quedar bien. —No pude evitar igualar su sarcasmo—. Tu reputación estaba en juego.

—¿Mi reputación? —Arqueó una ceja—. Y yo que creía que estabas convencida de que solo era un carcelero con ínfulas.

—¿Y no lo eras?

Aquella casi sonrisa se le volvió a curvar en los labios.

—¿Sabes? La mayoría de la gente mostraría más gratitud a alguien que solo viene a ver cómo está.

—¿Gratitud? —Me llevé una mano al pecho fingiendo estar ofendida—. ¿Debería darte las gracias también por todas esas veces que me has tirado al tatami?

—De nada.

Lo fulminé con los ojos entrecerrados antes de volver a la cama y deslizar una manga de un uniforme negro por una percha. Si se iba a limitar a quedarse ahí y parecer pagado de sí mismo, yo también podría seguir colocando mis cosas.

—Ya en serio, en realidad he venido a darte las gracias a ti — soltó a mis espaldas.

Su tono me hizo detenerme, aún con el uniforme en las manos. Cuando me giré para encararlo, la diversión se había desvanecido de sus ojos y la había reemplazado una profunda intensidad.

—Por Lael —prosiguió, bajando más la voz—. No tenías por qué hacerlo. Arriesgarte así. —Dudó, y pude ver el modo en el que se debatía consigo mismo—. ¿Cómo lo encontraste siquiera?

Pensé en la oscuridad infinita, en la sensación del cuerpo de Lael bajo mis manos.

—Simplemente… lo hice. No podía dejarlo allí. —En mi mente resonó el recuerdo de esa voz tenebrosa, del trato que había hecho. Pero lo aparté. No parecía el momento de hablar de aquello. No estaba segura de si alguna vez lo haría.

—Solo otra persona ha hecho eso una vez —dijo en voz baja— . La reina. Cuando me encontró.

La confesión quedó en el aire entre nosotros. Le estudié el rostro, notando cómo las sombras bajo los ojos parecían aumentar al mencionarlo. Por una vez, decidí insistir.

—¿Cuánto recuerdas de antes de que te encontrara?

Se le tensó la mandíbula, pero no me calló al instante como solía hacer.

—Nada. —Se acercó a la ventana y recorrió con los dedos distraído una de sus quemaduras del Vacío—. Es como si mi vida hubiera empezado en esa oscuridad.

—Pero treinta y cinco años… —Dudé, y luego insistí—: No pareces…

—¿Más mayor? —Esa ligera sonrisa volvió a aparecer, pero sin una pizca de humor—. Me temo que es otro misterio.

—¿Alguna vez te preguntas quién eras… antes?

Se quedó callado tanto tiempo que creí que no iba a responder. Cuando al fin se giró hacia mí, los ojos dorados le habían cambiado.

—Parece que mantuve un recuerdo después del Vacío. Pero no me dice mucho.

Lo comprendí al instante.

—La vi —dije en voz baja—. Ese día en el entrenamiento, cuando intenté leerte la mente. Estaba allí.

Las sombras a su alrededor titilaron, pero él no se retiró como lo había hecho aquel día. En vez de eso, me examinó con una intensidad que hizo que se me pusiera la piel de gallina.

—Lo sé —contestó al fin—. Por eso me marché. Nadie jamás ha… —Se calló y se pasó una mano por el pelo oscuro—. La reina trató durante años de ayudarme a recordar. Los mejores sanadores del reino intentaron desbloquear lo que el Vacío me había arrebatado.

El peso de lo que aquello significaba se instaló entre ambos. Pensé en mi propia visión del Vacío, en las dos personas que afrontaban las llamas juntos. En todas las preguntas que todavía me invadían.

—¿Crees que era familia tuya? —pregunté, incapaz de evitar que mis propias incertidumbres se reflejaran en la cuestión.

—No lo sé.

—Se parecía a ti —respondí en voz baja, girándome hacia el armario.

El silencio pareció alargarse, y no pude evitar llenarlo.

—El Vacío me mostró algo. Soy incapaz de dejar de pensar en ello —admití al fin.

El sonido de la tela al moverse resonó detrás de mí. Me giré y me encontré a Aether retirando la silla de mi escritorio.

—¿Quieres hablar de ello? —me preguntó.

«Pues claro».

Su tranquilidad se resquebrajó y la reemplazó la incertidum bre. Nunca había sido muy hablador, salvo por las agresiones ver bales, claro. Aun así, aquí estaba, tratando de mantener una conversación de verdad. Voluntariamente. En mi habitación.

—Es que no sé qué pensar de ello, la verdad —continué, apartando la mirada de su vista curiosa.

—El Vacío suele tener ese efecto en la gente —dijo.

—Lo sé. —Le dirigí otra mirada con los ojos entrecerrados por encima del hombro—. Pero esto parecía distinto. La voz dio a entender que era la visión que había estado esperando.

—¿La voz? —Aether se recolocó en la silla.

—Sí, la voz. La voz abrumadora, retumbante y monstruosa. El Vacío, supongo.

—Nunca he oído que el Vacío le hubiera hablado a nadie. — Contuvo una risa, y la mirada en su rostro hizo que la rabia me recorriera la piel.

—Olvida lo que te he dicho. —Puse los ojos en blanco.

—Perdona. La voz dijo que era una visión que habías estado esperando… —Reprimió una sonrisa y me hizo un gesto para que prosiguiera.

—Vi a dos personas —repuse, manteniendo la voz firme—. En Riftdremar, creo. Durante el incendio. —Observé su expresión con cautela—. Un hombre kalfar y… alguien más. Una mujer que no era kalfar.

—El Vacío a menudo nos muestra…

—Tú ya estabas aquí entonces ¿no? —lo interrumpí—. Cuando la Umbra fue a Riftdremar. Antes de que todo pasara.

Asintió despacio.

—Acababa de entrar en la Umbra. La reina mandó a representantes al otro lado de la brecha para negociar.

—La fecha… —empecé a decir, luego me detuve, reuniendo el valor—.

La fecha coincidiría a la perfección. La presencia de la Umbra en Riftdremar, el levantamiento, mi nacimiento.

—Las pa labras me salían más rápido ahora—.

La mujer de mi visión tenía pinta de aossí.

Y ambos llevaban esos brazaletes dorados, como uno que tenía yo cuando llegué a Sídhe.

La comprensión se le reflejó en los ojos.

—Crees que eran tus padres.

—¿Es posible siquiera? —inquirí; la pregunta me ardía en la garganta—. ¿Un kalfar y una aossí?

Se quedó callado durante un momento, con ojos distantes.

—Hubo… interacciones. Más de lo que la mayoría sabe. Se destinó a hombres allí durante meses. Pero no es que fuera de conocimiento público, que digamos. Acabábamos de descubrir un nuevo reino ajeno al nuestro. Los líderes no quisieron causar mucho alboroto. —Me miró directamente.

Asentí y dejé caer la vista al suelo de piedra.

—Puedo buscarlo. Los archivos tal vez tengan registros de ese periodo, aunque muchos se destruyeron.

Volví a alzar la vista hacia él más rápido de lo que me habría gustado.

—¿Harías eso?

—Has salvado a Lael —se limitó a contestar—. Considéralo una deuda saldada.