Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

L a oscuridad se extendía en todas direcciones, pero esta vez era distinto. Las sombras se ensanchaban y se retorcían a mi alrededor; sus susurros cada vez eran más altos, más insistentes. Hablaban del poder que se encontraba más allá, a la espera de que lo reclamaran.

A lo lejos, dos imágenes centelleaban como espejismos.

A un lado, vi Ravenfell, a su gente consumiéndose mientras la esencia era drenada de su tierra.

A Vexa acunando a una Effie sin vida. A Lael colapsando en medio de la calle.

Incluso los ojos dorados de Aether se habían tornado opacos y sus sombras se habían desvanecido mientras la sequía lo consumía todo.

Al otro lado, Sídhe resplandecía con una vitalidad robada. La Guardia se apilaba en la frontera, con Laryk a la cabeza, preparándose para la guerra. Ellos no entendían lo que estaban haciendo, que su prosperidad era a costa de un reino entero. Que estaban destrozándolo todo.

Las sombras se me enroscaron alrededor de los tobillos y se me deslizaron por las piernas con una elegancia seductora. «Podemos darte el poder para detener esto», parecían susurrar. «Para salvarlos a todos».

Una fuerza imposible sobrevolaba justo fuera del alcance. Lo único que tenía que hacer era soltar. Dejar de luchar. Permitir que la oscuridad consumiera todo de mí, todo aquello en lo que me había convertido yo misma. Mi telaraña, mis recuerdos, mi voluntad… Todo se disolvería en las sombras.

«Podemos mostrarte cómo», ronronearon las sombras, envolviéndome ahora la cintura, las costillas, la garganta. «Solo has arañado la superficie de aquello en lo que te podrías convertir».

Las imágenes cambiaron. Me vi dominando las sombras como si fueran extensiones de mi cuerpo, abriendo agujeros entre los reinos, dirigiendo ejércitos de oscuridad.

Podría imponer la paz por medio del auténtico poder.

Podría hacer que todos dejaran de luchar, que dejaran de matarse entre ellos.

No más mentiras, no más robo de esencia, no más muertes.

Sin embargo, en el fondo de mi ser, sabía el coste que eso tendría. Lo perdería todo, no solo los recuerdos, sino cada pizca de esencia de quién era; me transformaría en alguien irreconocible. Me convertiría en el propio Vacío. Infinito. Hambriento. Absoluto.

La versión de sombras de mí misma se giró para mirarme con unos ojos como la oscuridad infinita.

No crueles, tampoco amables, simplemente despojados de todo lo que me hacía ser yo.

Sin rastro de la chica que había crecido en la botica de Ma.

Sin vestigios de la luchadora en la que Laryk había visto potencial.

Nada quedaría de la persona que había encontrado algo por lo que valía la pena luchar en este reino agonizante.

«Siempre has estado destinada a esto», susurraron las sombras. «¿Por qué si no te llamaríamos con tanto ahínco?».

Estaban en lo cierto. Lo había sentido desde el principio, esa atracción, ese sentido de reconocimiento. Las sombras nunca me habían resultado extrañas, ni tampoco erróneas. Eran como volver a casa.

«Déjate llevar».

Una simple elección. Sacrificar todo lo que yo era para convertirme en algo lo bastante poderoso para salvarlos a todos.

El poder canturreaba por mis venas, prometiéndome todo lo que siempre había querido. Que la guerra terminara. Que finalizara el sufrimiento.

Lo único que tenía que hacer era dejar de ser Fia.

Mis visiones cambiaron otra vez. Me vi entre los dos ejércitos; mi mera presencia era suficiente para hacer que bajaran las armas.

Vi la esencia fluyendo con libertad por Umbrathia una vez más, a los niños jugando en jardines que habían vuelto a florecer.

Vi a la gente de Sídhe aprendiendo a vivir sin poder robado, adaptándose, fortaleciéndose por sí solos.

«Podrías acabar con todo esto», me prometieron las sombras. «Ahora mismo».

Mi telaraña emitió un último pulso desesperado contra la columna cuando la oscuridad comenzó a penetrar en ella, transformando sus hilos perlados en zarcillos oscuros y viscosos.

Sentí cómo yo misma empezaba a desvanecerme; mis recuerdos se convirtieron en líquido y se me derramaban de los dedos como si fueran agua. La sonrisa de Ma. Los ojos esmeralda de Laryk. La mirada dorada de Aether en la hoguera. Comenzaron a emborronarse, a perder el significado.

«Déjate llevar», canturreaban las sombras. «Déjate llevar, déjate llevar, déjate llevar…».

—No se trata de sobrevivir.

Las palabras cortaron la oscuridad como una espada, afilada y familiar. Era la voz de Aether.

—Se trata de elegir seguir luchando, de resistirte, aun cuando todo dentro de ti quiera darse por vencido.

Las sombras sisearon y apretaron con más fuerza, pero las palabras ya habían arraigado. Luchar. No resistirse. No dejarse llevar. Luchar.

Las sombras me rozaron; sus susurros se volvieron más afilados, desesperados. «Estás cometiendo un error. Piensa en lo que te convertirías. Piensa en lo que podrías salvar».

Las sombras titilaban ahora con más rapidez: Ravenfell restaurada, Sídhe en paz, ambos reinos floreciendo bajo mi poder absoluto.

No obstante, debajo de esas premisas, latía algo más oscuro.

Un hambre que nunca se satisfaría. Un vacío que consumiría todo, in cluso hasta después de que no me quedara nada que dar.

«No puedes luchar contra lo que estás destinada a ser», sisea ron. «No puedes negar tu verdadera naturaleza».

Sin embargo, se me vinieron a la cabeza las palabras de Aether de nuevo. Luchar contra la tentación de tomar el camino fácil. Contra perderme en el poder que me prometía todo, pero que me costaría más. Porque era mentira. El Vacío no me ofrecía poder, estaba tratando de consumirme.

Las sombras me presionaron con más fuerza, intentando colarse más hondo en mi esencia. Mi telaraña destellaba contra mi columna vertebral, sin ceder ya ante su invasión. Cada zarcillo de oscuridad que trataba de corromperla se encontraba con una resistencia férrea.

«Eres débil», espetaron las sombras. «Podrías ser infinita».

—Prefiero ser yo misma —susurré, y sentí la verdad de aquello ardiendo por mis venas.

La oscuridad retrocedió, aunque solo por un segundo. Volvió a surgir más fuerte, dispuesta a quebrarme. Pero ahora lo entendí: aquella era la verdadera prueba. No si podría sobrevivir al Vacío, sino si podría sobrevivir sin perderme a mí misma.

Me aferré a esa verdad mientras las sombras se propagaban a mi alrededor como si intentaran desgarrarme, como si me mostraran todos los horrores que podrían suceder si me negaba. Aguanté y luché.

Volví a estrellarme contra el pasto muerto; todos los músculos gritaban de la agonía.

El suelo me resultaba extraño bajo los dedos; frágil y afilado mientras me abría camino a través de la oscuridad.

Me temblaron los brazos cuando me incorporé, deseando que me respondieran las piernas, huir y apartarme de las sombras que aún me alcanzaban.

Corrí. Durante horas, tal vez días; el tiempo aquí no significaba nada.

Tenía la garganta en carne viva por gritar, aunque de ella no emergía ningún sonido.

Solo el silencio infinito y la oscuridad expandiéndose en todas direcciones.

Me ardían las piernas, me dolían los pulmones, pero seguí moviéndome. Tenía que hacerlo.

Me tropecé con algo sólido, me precipité hacia delante y me caí al suelo con fuerza. Palpé tela y, a continuación, carne, un cuerpo. Se me heló la sangre cuando traté de descubrir quién era en medio de la oscuridad. Una tos húmeda y gorgoteante rompió el silencio.

—¿Lael? —La voz me salió estrangulada—. ¡Lael!

Él volvió a toser, y el sonido me pareció denso y extraño. Lo agarré por debajo de los brazos e intenté arrastrarlo conmigo, pero me había quedado sin fuerzas. Las lágrimas me corrían por la cara mientras tiraba con más ahínco, desesperada por sacarlo de aquí.

—Si te lo llevas, me deberás un favor, querida niña.

La voz tronó a través de la nada. Ronca, gutural y terrorífica. No era como los susurros de antes. Era otra cosa.

—Todo tiene un precio. —La voz resonó con más fuerza, haciendo que toda la oscuridad temblara—. Te sentí en cuanto pusiste un pie en mi reino. —La voz parecía presionar contra mi piel y hacía que me pitaran los oídos—. Tú no eres como ellos, ¿sabes? Como los otros. Como él.

Algo tiró de Lael en medio de la oscuridad, pero yo lo agarré con más fuerza y le clavé los dedos en los brazos.

—¡He pasado tu prueba! —grité al final; mi voz atravesó el silencio sofocante. Las palabras me desgarraron la garganta, crudas y desesperadas.

—¿Prueba? —La voz tenía un matiz de diversión, aunque el sonido hizo que se me pusiera la carne de gallina—. Eso solo era el principio, querida niña. La verdadera pregunta es: ¿qué sacrificarías por él?

Se me paró el corazón.

Me aferré a Lael aún más cuando unas fuerzas invisibles trataron de apartarlo.

Acababa de evitar la atracción de la oscuridad, acababa de escapar de su agarre a pesar de sus tentaciones.

Dirigí la vista hacia abajo, hacia Lael, y sentí cómo su pecho subía y bajaba de manera superficial y con esfuerzo.

Era un niño luchando en una guerra que se lo había arrebatado todo.

Pensé en sus pa dres. Pensé en cuánto deseaba ver el chico que la vida regresaba al reino.

No podía permitir que se desvaneciera en la nada en este lugar, consumido por la oscuridad.

—Cualquier cosa —solté con la voz entrecortada.

—Qué peligro. —La oscuridad pareció pulsar a nuestro alrededor—. Ofrecer algo así a fuerzas que no entiendes.

—No me importa lo que me cueste. —Se me quebró la voz—. Solo déjame salvarlo.

—Y aquí está. —La voz sonó más fuerte, presionando de to dos lados—. La verdad en ti. Tan dispuesta a hacer un trato con la oscuridad para salvar a alguien que apenas conoces. Te vendrá bien para lo que se avecina.

—¿Qué? ¿Que me vendrá bien… para lo que se avecina?

—Acepta mi trato, querida niña. Débeme un favor para que me lo cobre cuando yo elija. Y así podrás conservar a tu preciado protegido.

Me dolían los brazos de agarrar a Lael. Todo mi interior gritaba que aquello estaba mal, que hacer tratos con cosas antiguas y desconocidas solo podía acabar en tragedia. No obstante, no podía dejarlo ir. No podía abandonarlo aquí en esta oscuridad infinita.

—Acepto —susurré.

—Una última escena para ti, querida. Creo que es la que has estado esperando ver tal vez toda tu vida.

La oscuridad se propagó, y de pronto el peso de Lael se desvaneció de mis brazos.

Se me emborronó la visión, y me encontré bajo un cielo estrellado con llamas rugiendo a mi alrededor.

En medio del infierno, los vi: una pareja sumida en un abrazo.

El pelo de la mujer se parecía mucho al mío.

Revoltoso y largo, pero más oscuro, más rubio que blanco.

El hombre que la agarraba tenía la piel casi tan gris como el humo que los rodeaba y un cabello largo y negro que le caía por la espalda en trenzas intrincadas. Y sombras. Sombras en torno a los ojos.

Apretaron más los brazos alrededor del otro, ambos con brazaletes de oro en ellos que reflejaban el violento fuego que los rodeaba. Una última mirada, un último vistazo de entendimiento. Una mirada que yo jamás había intercambiado con otra persona.

Se aferraron el uno al otro mientras las llamas descendían sobre ellos y los consumían.

Y, entonces, dejaron de existir.

La realidad regresó de golpe a la oscuridad, y me atraganté con el humo fantasma mientras me ardían los pulmones. El peso de Lael volvió a mis brazos.

—¿Qué era eso? —jadeé—. ¿Quiénes eran?

El silencio fue la respuesta.

—No es habitual que intervengan. Deben de temer mucho lo que les depara.

—¿Quiénes? —inquirí—. ¿De qué hablas?

—Supongo que esto ahora te pertenece.

Las palabras me golpearon como un puñetazo.

La oscuridad se arremolinó alrededor de mí, a través de mí, dentro de mí, pero esta vez no trató de consumirme.

Un poder surgió en mi interior cuando apreté a Lael contra mi pecho.

Embriagada. Estaba embriagada, al igual que lo había estado en el prado de Emeraal.

Al igual que lo había estado cuando Aether me tocó.

No obstante, luché contra la sensación. Necesitaba sacar a Lael de allí de una vez.

Me incorporé en mitad de la nada; mis pies dejaron la hierba afilada atrás con Lael entre los brazos.

No estuve muy segura de cómo supe hacia dónde ir, pero lo hice.

No de una forma consciente, sino más bien como respondiendo a una sensación, un magnetismo de las sombras que me atraían.

La oscuridad se derritió a nuestro alrededor como noche líquida.

Y por fin me encontré allí. Pude ver un atisbo de cielo gris más allá de la bruma oscura. Me estampé contra ella.

Romper la barrera entre el Vacío y la realidad era como volar en medio de un agua densa; la presión tiraba de mi cuerpo y me frenaba.

Al fin, salimos de pronto al aire viciado.

Y todos los murmullos se acallaron hasta desaparecer.

Las sombras no se disiparon, pero se enroscaron a mi alrededor como un manto vivo, danzando por mi pelo mientras este se azotaba salvaje y blanco contra la piel grisácea.

Escruté la multitud que había debajo, buscando.

Nobles con sus mejores galas, miembros del Consejo, ciudadanos de Ravenfe ll…

, todos se difuminaron a la vez hasta que encontré a quien intentaba localizar.

A Aether. Tenía los ojos clavados en los míos y luego los bajó hacia el cuerpo lacio de Lael.

Se movió antes de que yo aterrizara siquiera, empujando con el hombro a los nobles, abriéndose paso entre la multitud.

A Lael le costaba respirar más y más; cada jadeo superficial desgarraba algo en mi interior. Las sombras me bajaron y planté los pies en la tierra. La gente se dispersó delante de mí mientras yo echaba a correr.

—Necesita ayuda —dije con la voz ronca mientras Aether me alcanzaba. Las quemaduras del Vacío en la piel de Lael le trepaban por el cuello bajo el crepúsculo y se le extendían como el humo. A pesar de que yo lo estaba envolviendo con los brazos, esas marcas no me tocaron—. Por favor.

Aether se movió sin dudar. La dura fachada que por lo general cubría toda su presencia pareció quebrarse cuando me ayudó a sostener el peso de Lael. Lo vi entonces: el miedo en sus ojos cuando miró al chico que había salvado en Croyg.

—Traed a los médicos. —La voz de Aether cargaba con una desesperación que jamás había oído antes—. ¡Ahora!

Las sombras aún se enroscaban a nuestro alrededor, pero apenas me di cuenta de ellas ni de los susurros de la multitud. Lo único que importaba era el débil movimiento del pecho de Lael y la manera en la que le temblaban las manos a Aether mientras le tomaba el pulso al muchacho.

Cuando los médicos vinieron a toda prisa, atraje la atención de Aether una vez más. Ahora la máscara se le había desvanecido por completo. Solo quedaba un miedo puro en sus ojos.

—Contemplad —gritó la voz de Karis a mis espaldas—. Ha emergido una duskbound del Vacío.