Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 23
41%

Capítulo 23

L os cinco permanecimos de pie ante un muro de nada; su masa de oscuridad se extendía sin fin en todas direcciones. Detrás de nosotros, había cinco umbríos que no reconocí, con sus quemaduras del Vacío oscuras contra la piel, mientras Aether nos dirigía hacia delante.

—Los nobles y los miembros del Consejo habrán llegado para cuando salgáis —dijo; su voz me llegó a través del vacío que nos separaba de la oscuridad—. Vendrán para presenciar vuestro triunfo o vuestro fracaso.

—Pero estamos a casi un día de viaje de Ravenfell —repuso Kenna, flaqueando un poco—. ¿Cuánto tiempo estaremos allí?

—El que haga falta. —La rotundidad en el tono de Aether no dio lugar a más preguntas.

La atracción del Vacío se había intensificado desde que habíamos aterrizado, como si estuviera vivo y me llamara. Ese susurro que había comenzado durante nuestro vuelo ahora se había convertido en un canturreo constante bajo la piel, haciendo que fuera muy difícil permanecer quieta.

—Ya podéis entrar —dijo Aether—. Espero veros al otro lado.

Nadie se movió. Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre nosotros y ese muro de oscuridad.

A Kenna le temblaron las manos cuando dio un paso adelante y luego se detuvo.

Theron parecía congelado en el sitio, alternando la mirada entre el Vacío y los umbríos como si buscara alguna pista oculta.

Hasta la confianza de Valkan tenía pinta de haber vacilado, aunque solo fuera por un instante.

Pero la atracción era demasiado fuerte ahora. Cantaba en mi sangre; una sinfonía de sombras que me prometía respuestas.

No volví la vista atrás hacia Aether. No comprobé si los demás miraban. Simplemente, caminé hacia delante, con cada paso más seguro que el anterior, hasta que la oscuridad tendió los dedos ansiosos y tiró de mí.

Me consumió al momento. Unos zarcillos de sombra se me deslizaron por los brazos, las piernas, el torso…

Su toque era abrasador y gélido a la vez.

La visión se me puso negra y, acto seguido, desapareció mi sentido de la gravedad.

Arriba se transformó en abajo, o tal vez ya no había arriba ni abajo. Solo la nada infinita y agobiante.

Las sombras no se contentaron solo con rodearme.

Se adentraron a través de mi piel, abriéndose paso bajo la superficie con las garras, enterrándose en cada músculo, tendón y hueso hasta que no supe decir dónde terminaba yo y dónde empezaba la oscuridad.

Me engulló los pulmones, y dio igual lo mucho que lo intentase, no podía respirar.

Mi telaraña se me aferró a la columna vertebral desesperada, tejiéndose hacia arriba mientras yo me resistía a la invasión.

No obstante, incluso ese poder conocido me resultaba extraño aquí; débil y ajeno en este lugar de nada absoluta.

Noté que comenzó a deshilacharse, a disolverse, a la par que la consciencia se alejaba aún más.

Las sombras me arrastraron cada vez más hasta que ya no quedó nada de mí.

Y entonces…

Respiré hondo, llenándome los pulmones de aire puro.

Se me aclaró la vista de golpe. Una música palpitó a través de mi cuerpo, y, encima de mí, flotaba despacio una enorme flor cuyos pétalos arrojaban patrones cambiantes de luz por la multitud. El Enclave. Me encontraba en el Enclave. En Luminaria.

El familiar zumbido de la euforia líquida me recorrió las venas.

A través de las luces cambiantes, los vi —a Osta, a Raine y a Briar— bailando y riéndose mientras daban vueltas entre la multitud.

Una sonrisa tiró de mis labios. Parecían tan vivos, tan reales.

Noté que me dejaba llevar, mezclándome con las figuras danzantes a mi alrededor.

Las melodías atronaron a través de mí mientras las mentes empezaban a brillar en torno a nosotros, palpitando al ritmo de la música.

Entonces, algo cambió.

Una a una, las caras se giraron hacia mí.

Las sonrisas permanecieron, pero los ojos…

Los ojos se pusieron en blanco, vacíos. Huecos.

Cada persona que veía se contorsionaba con agonía y las caras se les retorcían en máscaras de dolor mientras la sangre les fluía a chorros de la nariz, de los ojos después y, por último, de las orejas, llenándoles los cuellos de manchas carmesíes.

Chillé, pero el sonido se perdió en la música. Cientos de cuerpos cayeron muertos. Osta, Raine, Briar. Todos ellos, por mi culpa. Porque los había mirado.

Cerré los ojos de golpe y me presioné las palmas de las manos contra ellos hasta que vi estrellitas detrás de los párpados. «No es real. No es real. No es…».

Cuando los volví a abrir, me encontraba en otra parte.

La luz del sol se colaba por unas ventanas arqueadas e iluminaba un vestíbulo que nunca había visto antes.

Aunque sí conocía a esta gente: a Eron, Jacquelina y las personas con las que había crecido en el hogar de acogida, la Casa de la Unión.

La primera pareja riftborne en ser padres en Luminaria.

Estaban sentados con rigidez en sus sillas.

Entre ellos, había una niña pequeña con ojos curiosos. Leila, su hija.

Una mujer se aproximó y alargó la mano hacia Leila. Ella se marchó por voluntad propia con su inocente sonrisa sin flaquear jamás. Jacquelina se derrumbó en los brazos de Eron mientras las lágrimas le corrían por la cara.

«No». Sabía lo que venía ahora. No quería verlo, no quería…

Pero la escena cambió de todas formas. Leila estaba sentada en el centro de una sala con un hombre detrás de ella. El hierro de marcar salió de unas llamas de extraños colores, y la sonrisa de la chica se quebró al fin.

—¡Para! —grité—. ¡Para, por favor!

El mundo se inclinó y giró, y de pronto estaba mirando a través de los ojos de Leila.

Esos dedos pequeñitos, mis dedos, se extendieron cuando el hierro descendió.

El dolor me embargó cuando el metal caliente entró en contacto con mi piel, derritiéndose esta contra la quemadura.

Chillé y me retorcí. El dolor era inimaginable hasta que la consciencia se desvaneció.

La botica se materializó a mi alrededor con sus familiares estanterías de madera llenas de plantas secas y tinturas.

Me hallaba en mi escritorio, el mismo en el que me había pasado incontables horas moliendo hierbas y copiando las recetas de Ma.

El aire parecía denso, cargado con una peste desconocida.

—Esas plantas rebeldes te están dando problemas otra vez, ¿no? —Me llegó la voz de Ma desde atrás, cálida y familiar. Me giré y la vi organizando frascos con manchas de hibisco en las manos, como de costumbre. El cabello castaño veteado de canas se le salía del moño, tal y como recordaba.

—Hoy algo huele fatal —repliqué, cayendo en la cháchara habitual a pesar de que algo raro se arremolinaba en los bordes de mi mente.

—¿Peor que la vez que dejaste que se pudrieran las setas? — Me lanzó esa mirada significativa, la misma que siempre me hacía sentir como una niña de nuevo.

Atisbé un movimiento por el rabillo del ojo. Miré de nuevo las estanterías, y se me detuvo el corazón.

Allí estaban ellas, Bekha y Jordaan, con los ojos vacíos y blancos, la piel gris y desollada. El hedor a descomposición manaba de ellas en oleadas. «No, no. No están muertas. No las he matado. No…».

Ma abrió los ojos como platos, horrorizada, cuando se fijó en los cadáveres y se llevó las manos a la boca mientras ellas me señalaban a mí.

—¿Tú has hecho eso, Fia? —A Ma se le quebró la voz mientras se tambaleaba hacia atrás. El miedo de su mirada hacía más daño que cualquier arma—. ¿Qué eres?

—No están muertas —susurré; las palabras salían a borbotones cada vez más rápido—. No están muertas. No. No. No…

Di un paso hacia ella, extendiendo la mano, pero Ma retrocedió.

—¡No te acerques a mí! —El chillido brotó de su garganta y me rasgó el pecho.

Se me hizo trizas el corazón y se me llenaron los ojos de lágrimas, emborronando el horror que había ante mí. Cuando al fin se desbordaron, la escena desapareció y tomó forma de nuevo en…

Sábanas de seda debajo de mí. Un peso familiar encima. El ámbar quemado y el vetiver me llenaron los pulmones cuando el aliento de Laryk me recorrió el cuello y enredó los dedos en mi melena. Se me hinchó el corazón ante su cercanía.

—Perfecta —murmuró contra mi garganta. Clavó los ojos esmeraldas en los míos, suavizando la mirada de esa manera tan inusual que reservaba solo para mí antes de oscurecerlos al moverse.

Se me escapó un gemido, y él me apretó más fuerte—.

Eres diferente —jadeó—. Única. La cosa más increíble que hayan visto mis ojos.

—Cada palabra me produjo una sensación de calidez en el pecho, borrando el dolor hueco que había habitado allí tanto tiempo.

Esto era todo cuanto deseaba, todo cuanto extrañaba.

Recorrí con los dedos la extensión de su espalda mientras el placer crecía entre nosotros. Su boca encontró la mía, y yo me perdí en el beso, en lo correcto y perfecto que era este momento.

Y, acto seguido, se me echó al cuello, deslizándome los dientes por la piel antes de besarme y atraerme más hacia él. Sin embargo, la siguiente vez que habló, su voz sonó distinta.

—Mi arma favorita —gimió contra mi clavícula.

—¿Qué? —La palabra se me quedó atascada en la garganta.

Me agarró el pelo con el puño y me pegó un tirón hacia el lado.

—Fíjate en lo increíble que eres —ordenó, obligándome a observar el espejo que había en la pared.

La cara de Narissa me devolvió la mirada; su cabello rojo extendido sobre las sábanas de seda como sangre fresca.

Se me revolvió el estómago cuando cruzamos los ojos en el espejo mientras ella curvaba los labios en una mirada significativa. Me tambaleé hacia un lado de la cama con el cuerpo temblándome y con arcadas. Las sábanas de seda se enroscaron en torno a mí cuando el mundo parpadeó…

Y, de repente, me hallaba de espaldas sobre la hierba seca que crujía. La cama ya no estaba. Laryk ya no estaba. Tan solo la oscuridad se extendía sobre mí, absoluta y sin fin. La realidad me golpeó cuando apareció con brutal claridad. El Vacío. Me encontraba en el Vacío.

Tenía el pecho agitado mientras jadeaba en busca de aire; las sombras me apretaban de forma agobiante.

El pasto que había bajo mis dedos parecía extraño; cada hoja estaba lo bastante afilada como para hacer brotar sangre.

¿Me lo habría imaginado todo? A Osta y sus ojos ensangrentados, a Ma y su miedo, a Laryk y su…

«No. No pienses en ello. No…».

Sin embargo, la oscuridad ya volvía a extenderse hacia mí con sus zarcillos envolviendo mis pensamientos y tirando de mí hacia abajo.

Intenté pelear, intenté aferrarme a este instante de lucidez, pero las sombras eran más fuertes.

Me arrastraron cada vez más abajo hasta que la consciencia se quebró de nuevo.