Capítulo 22 #2
Pensé en todo lo que me había llevado hasta allí, en las mentiras que me habían contado en Sídhe, en la verdad que había descubierto en este reino agonizante.
Pensé en las palabras de Vexa sobre la elección.
Puede que el Vacío me destruyera, me en señara horrores más allá de la imaginación, pero al menos esta vez la elección sería mía.
Esta vez, sabía por lo que estaba luchando. Y sabía contra lo que estaba luchando. Di un paso al frente y paseé la vista por el grupo de generales. Cada uno de ellos asintió cuando cruzamos la mirada.
—Sí.
Las nubes se apretaban a nuestro alrededor, densas y grises.
Las alas de Nihr las atravesaron con facilidad, haciendo que volutas de niebla me bailaran por la piel.
Me removí en la silla de montar, tratando de ignorar lo cerca que Aether se encontraba sentado de trás de mí, cómo sus sombras parecían más tranquilas ahora de lo que lo habían estado en días.
Los otros candidatos se hallaban en algún sitio delante de nosotros, cada uno asignado a su propio escolta umbrío.
Lo habían llamado «tradición», pero sospechaba que tenía más que ver con asegurarse de que ninguno de nosotros nos acobardáramos en el último momento.
Aunque tampoco es que dar marcha atrás fuera una opción en ese instante, aunque quisiera.
Pensé en todas las preguntas que aún tenía, en todas las cosas que todavía no había entendido de lo que estaba por llegar. No obstante, preguntar se parecía a admitir el miedo, y ya había mostrado suficiente debilidad estos días pasados.
Nos sacudió una repentina ráfaga de viento, y me agarré con más fuerza al cuerno de la silla.
La temperatura había ido descendiendo de manera constante desde que emprendimos el vuelo hacia el norte; el aire cada vez se volvía más denso.
Incluso la luz parecía diferente aquí. Más oscura, quizá, o más profunda.
Comenzó a formarse hielo en el arnés de Nihr, cristalizándose en patrones delicados.
Me castañeteaban los dientes a pesar de todos mis intentos de detenerlo. El frío había empezado a filtrarse por mi atuendo de cuero, calándome los huesos. Detrás de mí, Aether irradiaba calor. Antes de poder evitarlo, me encontré recostada un poco hacia atrás, atraída hacia esa calidez.
Sentí cómo él se ponía un segundo tenso antes de relajarse. Ninguno de los dos habló, pero él no se apartó.
—El frío empeora —dijo, con la voz cerca de mi oído; su aliento cálido contra mi piel— cuanto más nos acercamos.
Contuve un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—¿Cuánto falta?
—No mucho. —Hubo un deje de preocupación en su voz—. Lo sientes, ¿no?
Sabía lo que estaba preguntándome. Algo se me había instalado en la consciencia desde que nos habíamos adentrado en el territorio norte. Como un susurro apenas audible o una sombra que veía por el rabillo del ojo. Se parecía al modo en el que la oscuridad me había inundado en Emeraal.
—¿Es normal? —pregunté, odiando lo débil que me sonaba la voz contra el viento.
Él se detuvo un momento, y lo sentí removerse un poco detrás de mí.
—No, pero he creído que tal vez podría llamarte.
Nos golpeó otra ráfaga de viento; esta traía un filo cortante que me atravesó por completo.
Nihr batió las alas con más fuerza contra ella, haciendo que nos inclináramos un poco y que acabara más pegada al pecho de Aether.
La calidez que desprendía era una locura, un fuerte contraste con el hielo que se me estaba formando en el pelo y en las pestañas.
Debí haberme apartado, haber mantenido cierta distancia, pe ro el frío se había vuelto demasiado intenso para luchar contra él.
—Los otros —comencé a decir, y luego vacilé, tratando de centrarme en otra cosa excepto en su proximidad— no recuerdan el tiempo que pasaron en el Vacío.
—Recuerdan partes de él —contestó después de un largo instante; su voz era un murmullo bajo que retumbó en mi espalda—. La mente se protege sola de lo peor. Entierra lo que no puede gestionar. —Bajó aún más la voz—. Pero algunas cosas dejan marcas que no se pueden olvidar.
Las nubes que estaban más adelante habían empezado a disiparse, revelando atisbos del paisaje de abajo. O lo que debería haber sido un paisaje. En vez de eso, había… nada. Una ausencia tan completa que dolía a la vista, como si intentaras ver a través de un agujero en el propio mundo.
—Ahí está —dijo Aether, a pesar de que no tenía por qué hacerlo. Ya podía sentirlo: un hambre voraz que parecía tirar de mí—. El Vacío.
Nihr se inclinó un poco, y las nubes se apartaron del todo. Me olvidé de respirar.
Se extendía tan lejos como me alcanzaba la vista; una masa de sombras retorcidas que consumía todo a su paso. No se escapaba ninguna luz de él, ni tampoco emergía ningún ruido. Incluso la luz tenue parecía alejarse de sus bordes, como si hasta el mismísimo aire temiera que lo devoraran.
Aquello fue lo que había cambiado a Aether. Lo que había dejado marcas en todos ellos. Y, en unas horas, tendría que adentrarme en sus profundidades.
De pronto, lo reconocí. De mi sueño con las niñas, ese en el que el padre las arrastraba a la oscuridad y la madre sollozaba tras todo lo ocurrido.
—Recuerda —dijo Aether con una voz que ahora apenas era un susurro—. No se trata de sobrevivir. Se trata de elegir seguir luchando, de resistirte, aun cuando todo dentro de ti quiera darse por vencido.
Creí que me había acariciado el brazo un segundo, pero, cuando me giré para mirarlo, tenía la vista fija más adelante con una expresión ilegible mientras planeábamos hacia la oscuridad infinita del Vacío.