Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

L a arena de la montaña parecía distinta hoy. Más fría de alguna forma, como si la propia piedra supiera lo que se avecinaba. Nos encontrábamos en la antesala; el aire estaba cargado de anticipación.

Kenna se paseaba en círculos pequeños, derrochando nerviosismo.

Incluso la máscara de Theron había desaparecido y este tamborileaba su muslo con los dedos a un ritmo irregular.

Mira estaba de pie totalmente quieta, pero no dejaba de mover los ojos por el espacio.

El único que parecía de verdad tranquilo era Valkan, reclinado contra un pilar con uno de sus guardias personales mientras daba la sensación ante todo el mundo de estar en una simple reunión social.

Vexa se acercó a nuestro grupo; su uniforme de cuero la señalaba como umbría.

—Aquellos a los que se os dé la oportunidad volaréis a la ubicación del Vacío esta tarde —dijo, y la voz tenía un matiz oficial que me seguía pareciendo extraño viniendo de ella—. Si aceptáis, no habrá vuelta atrás.

Nos echó un vistazo a todos con aquellos ojos violetas, deteniéndose en cada rostro.

—A aquellos que renunciéis o no seáis seleccionados para el Vacío se os ofrecerán puestos en otras unidades basados en vuestras habilidades.

Las tropas terrestres, el Regimiento de Exploradores y la Unidad Archivística necesitan soldados competentes.

—Hizo una pausa y su expresión vaciló—. Todos los roles sirven al reino. Recordadlo cuando toméis la decisión.

Posó la mirada en mí, cargada con el peso de la conversación de anoche, pero yo mantuve la vista fija en la pared más lejana. La incomodidad todavía era palpable entre nosotras, lo que hacía aún peor la formalidad del momento.

—Fia —dijo al fin, señalando una esquina tranquila—, ¿podemos hablar?

Dudé, recordando los comentarios mordaces sobre Laryk, cómo casi me eché a llorar delante de ellos. Los otros fingieron no observar mientras yo me quedaba plantada en el sitio.

—Seré rápida —añadió con ligereza. Yo suspiré y dejé que me apartara.

Me llevó a un rincón lejos de oídos curiosos. Durante un instante, se limitó a quedarse ahí de pie, trazando los diseños de su uniforme distraída.

—Anoche fui muy dura —dijo al final, sosteniéndome la mirada—. Y eso es lo último que quería. Es que… siempre me pareciste muy segura de ti misma. Muy fuerte. Como si nada pudiera afectarte.

Casi me reí ante aquello. Había estado presa la mayoría de mi tiempo aquí, lo que no transmitía necesariamente una imagen de fuerza.

—Enterarnos de lo que sucedió en Sídhe —continuó—, cómo te trataron, cómo… —Sacudió la cabeza—. Me pilló con la guardia baja. Me enfureció. No contigo —se apresuró a añadir—, sino c on ellos. Con cómo captaron a alguien con tu poder e intentaron… —Hizo un gesto vago.

—¿Convertirme en un arma? —le sugerí, incapaz de mantener la crispación de mi voz.

—En lo que fuera que necesitasen —me corrigió en voz baja— . Sin tener en cuenta lo que te habían arrebatado. Y todo eso mientras te ocultaban la verdad.

Las palabras tocaron una fibra sensible dentro de mí.

Pensé en la chica asustada en Sídhe, la que había estado tan aterrorizada de su propio poder.

La que se había ocultado de todo hasta que no tuvo más remedio que luchar.

¿Cuándo había cambiado aquello? ¿Cuándo me había convertido en alguien que los demás veían fuerte?

—Yo no soy… —comencé a decir, pero luego me detuve, sin saber cómo explicarlo—. No siempre fui así. Antes de todo, literalmente vivía con la cabeza baja y manteniéndome en las sombras. —Se me escapó una carcajada amarga—. Si lo piensas, es irónico.

—Y ahora controlas a seis centinelas a la vez y haces que Urkin se retuerza en su silla. —Volvió a aparecer aquella sonrisa burlona—. La gente cambia. Algunas veces, a mejor; otras, no. Parece que tu experiencia te ha ayudado a crecer. Y eso jamás es algo malo.

Pensé en ello, en todas las formas en las que había cambiado desde que me había unido a la Guardia. Algunos cambios habían sido obligados, otros los había elegido. Aunque ¿cuál era cuál? Sentía que la línea entre ellos se difuminaba cada vez más.

—De todas formas, lo siento —añadió en voz baja—. Siento lo que dije. No te lo merecías.

—¿Por qué te importa? —inquirí, y la pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerla—. Hace unas semanas solo era vuestra prisionera.

El dolor se le reflejó en la cara.

—Porque no somos tan distintas. —Se encogió de hombros.

Antes de que pudiera responder, un movimiento cerca de la entrada a la arena me llamó la atención. Valkan se encontraba con los ojos blanquecinos fijos en nuestra conversación acompañado de sus guardias personales.

—Lo hizo bien en las pruebas —dije, tratando de redirigir la conversación.

Vexa apretó los labios en una línea.

—Demasiado bien. La sequía no parece afectarle en absoluto. Sus habilidades, su fuerza… Nada ha mermado como lo ha hecho para el resto de nosotros. Entiendo la desesperación del Consejo, pero preferiría morir antes que servir de ese modo.

Se oyó el sonido de un cuerno desde arriba que interrumpió nuestra conversación. El ruido reverberó por la piedra y sobresaltó a muchos candidatos. A través de la arcada, vi a los nobles tomar asiento.

—Candidatos —dijo Urkin; su voz resonó por la estancia—, tomad vuestras posiciones.

Vexa me dio un apretón en el brazo antes de alejarse.

—Pase lo que pase —susurró—, ya has demostrado tu valía.

Entramos en la propia arena, donde los generales estaban sentados en asientos elevados.

La multitud parecía más numerosa que antes; los palcos de los nobles se encontraban llenos de rostros ansiosos.

No pude evitar la punzada en el estómago al recordar que habían escogido a Valkan.

Habían permitido que un monstruo participara en esta competición.

Le habían dado aún más poder, más influencia.

—Candidato Theron, un paso al frente —ordenó Urkin.

Theron se movió con el mismo paso seguro que había mostra do en sus pruebas, pero me percaté del ligero temblor de sus ma nos. Se plantó delante de la plataforma de los generales; la luz de la antorcha se le reflejaba en el pelo oscuro.

—Has demostrado ser digno de la elección —espetó Urkin; su voz inundó cada rincón de la arena—.

Tus habilidades muestran no solo poder, sino control.

Disciplina. —Hizo una pausa para dejar que las palabras calaran—.

¿Eliges entregarte por completo a Umbrathia?

¿Eliges acoger las sombras? ¿Te adentrarás en el Vacío?

—Sí. —La voz de Theron se transmitió con claridad por la habitación, decidida a pesar de los cientos de ojos que recaían en él. La multitud estalló en un aplauso mientras dos umbríos lo conducían fuera.

Esto estaba pasando de verdad. Me tragué el nudo que se me estaba formando en la garganta.

Kenna fue la siguiente, y aceptó con un aire solemne. Cuando Cassia lo rechazó, los susurros se propagaron por el público, pero los generales se limitaron a debatir un instante antes de ofre cerle un puesto en los exploradores. Su alivio fue palpable mien tras la escoltaban fuera de la arena.

—Candidato Lael —gritó Urkin, y se me encogió el corazón.

El chico que se había sentado a mi lado en la hoguera pareció transformarse cuando se acercó a la plataforma. Tenía los hombros firmes y el mentón alto. Las palabras de Aether de anoche flotaban en el aire. «El Vacío te pone a prueba de maneras inimaginables».

—Sí —respondió Lael con un tono lleno de determinación. Sentí una punzada de orgullo en la sonrisa que se le dibujó en la cara.

La ceremonia prosiguió. Las habilidades de Raven con la comunicación por espejos le valieron un puesto en la Unidad Archivística. Mira aceptó la elección.

Entonces, Valkan se adelantó, y hasta el aire permaneció muy quieto.

Los rostros de los generales se habían vuelto tensos, aunque mantuvieron la compostura. Incluso la mala cara perpetua de Ur kin se hizo más patente cuando Valkan se aproximó; sus movimientos parecían los de una de esas criaturas hechas para cazar.

—Lord Valkan —la voz de Urkin cargaba un peso que no había oído antes—, has demostrado ser digno de la elección. —Las pala bras parecían costarle—. ¿Eliges entregarte por completo a Umbrathia? ¿Eliges acoger las sombras? ¿Te adentrarás en el Vacío?

La sonrisa de Valkan fue radiante y falsa.

—Amigos míos —dijo, hablándole directamente a la multitud y saltándose el protocolo—, este solo es el primer paso hacia la salvación de Umbrathia. Juntos, volveremos a llevar nuestro reino a la gloria. —Cruzó esos ojos letales con los míos—. Y haremos lo que sea menester para conseguir ese fin.

Los nobles se removieron en sus asientos; algunos se inclinaron hacia delante con entusiasmo; otros se echaron atrás.

Valkan prosiguió hablando, pero apenas oí lo que dijo.

Su mirada parecía aceite en mi piel, e hizo que me diera un vuelco el estómago.

Cuando pasó por delante de mí para salir de la arena, se detuvo.

—Qué poder tan puro —murmuró en el tono justo para que solo yo lo oyera—. Te convertirás en una sombra magnífica.

Al final, solo quedé yo. El silencio continuó mientras los ge nerales debatían en susurros.

El peso de la atención de la multitud era palpable; una mezcla de curiosidad y sospecha que me había seguido desde mi llegada a Umbrathia.

Urkin tenía los ojos clavados en mí, pero me negué a apartar la vista, recordando cómo me había observado al dirigir a sus centinelas. «Deja que vea esa fuerza ahora».

—Jamás —dijo por fin, y su voz llenó la habitación— una extranjera había estado donde te encuentras ahora.

Jamás alguien había demostrado ser digno de esta elección.

—Tensó la mandíbu la—. No obstante, tras mucho deliberar, hemos decidido que te has ganado el derecho a seguir demostrando tu valía para el reino.

—Se irguió en su asiento—. Extranjera, ¿eliges entregarte por completo a Umbrathia?

¿Eliges acoger las sombras? ¿Te adentrarás en el Vacío?

El alivio me inundó.