Duskbound (Trilogía Esprithean 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Es complicado. Él… Los dos teníamos mucho encima.

— Hice un gesto vago a nuestro alrededor—.

Y no hubo ocasión de pasar tanto tiempo juntos antes de…

—Las palabras se quedaron suspendidas en el aire; lo que no había dicho, «antes de que me secuestrarais», hizo que todos se removieran incómodos—.

No estamos juntos. No le va la monogamia.

—Vaya, eso sí que suena romántico. —Effie alzó la nariz e intercambió una mirada con Vexa.

—Cada uno tiene su forma de hacer las cosas —insistió Vexa, observándome—. Pero, por el modo en el que lo dices…, no parece que eso sea lo que tú quieres.

Contemplé el interior de la botella, viendo cómo ondeaba el líquido oscuro.

Las palabras de Laryk me resonaban en la cabeza: «Eres diferente».

Me había aferrado a esa frase como a un salvavidas a pesar de que me sintiera patética por hacerlo.

¿Qué tonta se hacía ilusiones con esas palabras tan vagas?

Sobre todo cuando conocía su reputación y sabía bien en lo que me estaba metiendo…

—Los hombres no tienen remedio —afirmó Effie—. Siempre tienen lista una excusa. Salen solo contigo, pero no pueden hacerlo oficial. Necesitan tiempo, espacio o centrarse en sus…

—Me siento personalmente ofendido por esa generalización —protestó Rethlyn, llevándose una mano al pecho en un gesto de indignación fingida.

Entonces, me fijé en que Vexa estaba mirándome con la frente arrugada la marca de riftborne mientras las llamas del fuego se reflejaban en ella.

—Llevo mucho tiempo queriendo preguntarte qué significa eso —dijo ella, señalándome la mano izquierda con el mentón.

Bajé la vista con la ansiedad floreciendo en mi interior.

—Es una marca… Una marca de riftborne. —Habían pasado semanas desde la última vez que había pensado en ello. Nadie aquí sabía lo que significaba, y había sido un agradable cambio en cierto modo, no tener que preocuparte por cómo te podría juzgar un extraño cuando posaba la mirada en ti.

—¿Riftborne? —preguntó Effie.

—Mis padres eran de Riftdremar… Marcaron a todos los niños tras la rebelión —contesté en voz baja, evitando el contacto visual.

El silencio se propagó por el claro, y yo me tragué el nudo que se me estaba formando en la garganta.

—¿Tus padres eran de Riftdremar? —Rethlyn se inclinó hacia delante y le lanzó a Vexa una mirada confundida.

—No sabíamos que había habido supervivientes —prácticamente susurró Vexa.

—¿Cómo es que sabéis lo de Riftdremar? —pregunté con un escalofrío recorriéndome entera. Un recuerdo afloró a la superficie—. Aether lo mencionó una vez, cuando llegué aquí. —¿Cómo se me había olvidado eso?

—Nos hablaron del conflicto cuando entramos en la Umbra —explicó Effie, frunciendo el ceño—. Cuando descubrimos lo de la arcanita.

—¿La arcanita? ¿Qué tiene que ver eso con Riftdremar? —La voz me salió áspera por el humo de la leña.

Los tres intercambiaron miradas de confusión.

—¿Por qué te crees que se libró la guerra? —Vexa entrecerró los ojos, no de una manera cortante, sino como si hubiera una verdad evidente delante de mis narices y yo me negase a verla.

«¿El levantamiento? Riftdremar se había opuesto a la influencia de Sídhe… Querían libertad después de que Sídhe llevara casi un siglo implicándose en su cultura. Querían morder la mano que les había dado de comer, que había invertido en su desarrollo…».

—Por la independencia —contesté, paseando la mirada entre los tres kalfar.

—Imagino que es una forma de verlo —susurró Rethlyn, conteniendo un suspiro.

—Fia…, Sídhe llevaba casi una década arrasando con las reservas de arcanita de Riftdremar antes de reducirla a cenizas.

De repente, lo vi todo claro y sentí como si el aire desapareciera de mis pulmones.

El levantamiento jamás había tenido sentido.

En algún punto, supongo que comencé a creer lo que Sídhe me estaba vendiendo, lo que nos estaba vendiendo a todos.

¿Cuán tas veces más iba a tener que procesar que el suelo se abría bajo mis pies?

¿Cuántas veces más iba a tener que descubrir que todo cuanto conocía había sido mentira?

Me levanté y caminé hasta apoyar el hombro contra un árbol.

«Respira».

—¿Cómo es que no sabías eso? —preguntó Effie en voz baja.

—No, ¿cómo es que lo sabíais vosotros? —repliqué, girándome deprisa. El miedo se enroscó en mis entrañas, amenazando con tirar de mí y hundirme.

—¿Crees que la única brecha que existe es la de Sídhe? —inquirió Vexa—. Conocíamos la de Riftdremar desde hace mucho más.

Sus palabras me impactaron tanto que me quedé callada.

—¿Habéis estado en Riftdremar? —pregunté en un susurro.

—Nosotros no. Pero antes… Antes de que el terreno se quemara, algunos umbra sí que estuvieron allí. —Los ojos de Rethlyn poseían una intensidad que no lograba interpretar.

—¿Qué hacían allí?

—Discutir una alianza. —Las palabras de Vexa me asestaron otro golpe.

¿Una alianza? ¿Contra Sídhe?

Pasó un rato. No estuve segura de cómo de largo fue ni de cuánto tiempo permanecimos así. El cielo gris se erigía imponente sobre nosotros; el bosque torcido se emborronó cuando se me nubló la vista.

—Entiendo que no te contaron nada de esto, ¿no? —Rethlyn tomó otro sorbo de su vino y se recostó con una expresión intensa en la cara.

Negué con la cabeza.

—Es más fácil controlar a las masas si las alimentas con una historia que los pinta como los buenos —murmuró Vexa.

—No lo comprendo. Si la gente de Sídhe te marcó y te tachó de rebelde, ¿cómo es que acabaste en la Guardia? —preguntó Effie con la voz al borde de la exasperación.

Las palabras calaron hondo.

—No me dieron otra opción.

—¿Te obligaron a luchar por ellos… después de todo? —preguntó Vexa disgustada.

—Así fue como empezó… —me trabé con las palabras—, pero al final fue de otro modo. Creía que hacía lo que estaba destinada a hacer. Lo que era correcto.

—Ese hombre del que has hablado antes… ¿también está en la Guardia? —Effie alzó una ceja.

Yo asentí.

Durante el silencio posterior parecieron juzgarme de un modo mal disimulado, aunque intentaron mantener expresiones educadas.

—Bueno —acabó diciendo Rethlyn, agitando el vino en la botella—, creo que debería darte la típica respuesta de «Te mereces algo mejor».

—No lo entendéis —respondí por fin; mi voz era más cortante de lo que pretendía—. Sé lo que os parece a los tres. Pero no me conocisteis antes. Cuando me metió en la Guardia, todo cambió.

—¿Es el general del que me has hablado antes? —preguntó Vexa; por su cara, estaba conectando los puntos.

Desvié la vista, incapaz de sostenerles la mirada.

—Vaya, tremenda dinámica de poder —musitó Effie.

—No era así —insistí mientras el calor me subía por la nuca.

—Te obliga a unirte a la Guardia, la misma que destrozó tu hogar y te marcó, ¿y te enamoras de él? —La voz de Vexa no sonaba cruel, pero dolía. No estaba segura de qué era peor.

Sabía lo que parecía todo aquello. Cómo debía de sonarles. Hasta revivirlo mentalmente me provocaba náuseas. Su lástima me agobió. Salía de ellos en oleadas.

—Bueno, salta a la vista que hubo un montón de manipulación ahí. —Suspiró Rethlyn, pasándose la mano por el pelo oscuro—. Llevas razón, Fia. Ninguno de nosotros tiene la más mínima idea de lo que es estar en esa situación. —Le lanzó una mirada a Vexa.

Las palabras se me escaparon antes de que pudiera pararlas, movidas por el vino.

—Laryk me enseñó mucho sobre mí misma. A cómo usar mi foco, a cómo luchar. Ha sido la única persona que alguna vez ha visto algo útil en mí.

—Parece que te estaba modelando como una nueva arma perfecta. —Vexa rechinó los dientes.

Me quedé tiesa.

—No sé para qué me molesto en explicároslo a vosotros —repuse con la voz temblorosa—. No tenía una vida, un propósito, hasta que Laryk me encontró. Me da igual lo que os parezca. Yo he sido la que lo ha vivido. Me estaba hundiendo, y él me salvó de mí misma.

Las lágrimas amenazaron con derramarse, pero me negué a que me vieran llorar. Me alejé del fuego.

—¡Fia, espera! —escuché a Vexa gritar a mis espaldas.

Sus disculpas me siguieron mientras me adentraba en la oscuridad, pero no aminoré el paso. Estaba tan concentrada en contener las lágrimas que prácticamente me estampé contra una forma sólida en las sombras.

Aether.

Pues claro que tenía que ser él. Pues claro que tenía que verme de esta manera, con las lágrimas corriéndome por la cara a pesar de mis esfuerzos por contenerlas. Seguro que me criticaba.

—No —dije cuando él se puso a caminar junto a mí—. Quiero estar sola. En silencio.

Pero no se marchó. Se limitó a andar en silencio a mi lado; su presencia, en cierto modo, era más firme que antes.

—No dejes que te afecten —comentó al fin en voz baja—. Yo los ignoro la mayor parte del tiempo, vaya.

La sencillez de su respuesta, tan desprovista de juicio o pena, hizo que el corazón se me aflojara un poquito mientras caminábamos hacia la montaña. Sin embargo, cuando alcé la vista, me percaté de que tampoco me apetecía regresar. Al confinamiento.

Me detuve.

Aether volvió los ojos hacia mí mientras arqueaba una ceja perforada.

—Preferiría… —empecé a decir, mirando desesperada en torno a mí—. No quiero regresar aún.

Se giró entonces del todo y se cruzó de brazos.

—¿Y a dónde quieres ir?

Solté un ligero suspiro al darme cuenta de que no tenía ni idea. Pero si me estaba proponiendo sacarme de aquí, si eso era lo que hacía con su pregunta, iba a aceptarlo.

—¿No podemos pasear y ya? —pregunté.

En lugar de responder, él solo me observó un instante con los ojos entrecerrados. Al final, se dirigió hacia la maleza, en dirección contraria a la montaña. Antes de procesarlo, se giró hacia mí, caminando de espaldas entre las ramas retorcidas.

—Bueno, ¿vienes o qué? —preguntó con una débil sonrisa en los labios.

Me sequé los restos de lágrimas saladas de los ojos y lo seguí.